Aitana Castaño, periodista asturiana: «Siempre digo que lo que no se escribe, desaparece»

En su última novela, “Las madrinas” (editado por Pez de Plata e ilustrado por Alfonso Zapico), Aitana Castaño vuelve a escribir sobre la mujer y la gran relevancia que tuvo en la historia que se fraguó en las cuencas mineras asturianas. Fue redactora de La Nueva España, La Voz de Asturias e informativos de la TPA. Desde el año 2023 forma parte de “Comando Norte”, sección del programa Hoy por Hoy en la Cadena Ser y presenta varios podcasts, entre ellos “Dalle mío nena”, el primer podcast rural de España centrado en contar la historia de mujeres de los pueblos de Asturias.

Antes de empezar la entrevista, es ella la que hace las preguntas. Quiere saber con quién está hablando, de dónde soy, de dónde es mi familia, dónde vivo… Le apasiona conocer las historias de la gente. Conocer para poder contar. Conocer para no olvidar. “Desde pequeña era muy preguntona”, dice entre risas. Tiene un carácter fuerte, luchador. No podría ser de otra manera viniendo de donde viene y teniendo unos padres que no sólo le dieron valores sino también memoria y orgullo de pertenencia.

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-¿Qué te cautivó de las letras?
-Desde guaja quise ser periodista. Estudié la carrera en Madrid y tuve la suerte de poder volver para hacer las prácticas en Asturias y quedarme ya en el periódico. Siempre escribí y, precisamente cuando marché, fue cuando empecé con los relatos relacionados con les cuenques. Yo me había ido de las cuencas, pero ellas no se habían ido de mí. Cuando volví compartía lo que escribía en redes sociales. Rafa Testón, librero de La Buena Letra en Gijón, insistía mucho en que tenía que publicar y fue él quien me puso en contacto con Natalia Fernández, que es mi actual agente literaria. Al principio, las editoriales no querían publicar el primer libro, Los niños de humo, porque nos decían que era algo muy local así que finalmente decimos hacerlo con Pez de Plata.
Por otro lado, soy amiga de Alfonso Zapico y le planteé si quería hacerse cargo de las ilustraciones y ¡ahí seguimos juntos cuatro libros después!

Ilustraciones de Alfonso Zapico para el libro «Las Madrinas».


-¿Te has quedado a vivir en ellas?
-Creo que a donde estoy ahora llegué por el empuje de gente como Rafa Testón y de alguna amiga que es buena lectora, que también escribe, y me animó. Realmente, fue para lo que me metí en periodismo; lo que más me gusta de mi profesión es cuando voy a hacer algún reportaje a un sitio y tengo libertad para escribir.
Fui una niña muy lectora y la literatura llegó de manera natural. Tuve la suerte de criarme en una casa en la que pude acceder pronto a libros que, a lo mejor, no me correspondían por edad. Devoraba todo lo que me gustaba. Así llegué a todos los escritores sudamericanos. Primero Isabel Allende que me flipó y después García Márquez, Vargas Llosa –sobre todo me encantan las novelas del principio–, Marcela Serrano que es argentina… Siempre me gustó la manera que tienen los latinoamericanos de contar historias, como desgranando cosas que a veces rozan el surrealismo más que el realismo mágico. Esto también es muy de les cuenques.  

-¿Por qué esa necesidad de contar la historia de lo que pasa aquí?
-Creo que fue porque me tocó vivir el cambio de era. Alfonso y yo nos dimos cuenta de que éramos la última generación, en siglo y medio de las cuencas mineras, que conocíamos el territorio con minas, mineros y huelgas. Y la primera que no estábamos vinculados al carbón laboral ni vitalmente. Lo hacemos por recordar a los que nos trajeron hasta aquí y también por explicar a los que vienen ahora cómo es esta tierra en la que viven. Actualmente puede parecer muy verde, con mucha ruina industrial, barriadas que no sabes de dónde salieron, pero todo eso tiene una explicación y es la que nosotros intentamos plasmar en los libros. Mostrar esa sociedad de gente que venía a trabajar desde Andalucía, Extremadura, Galicia, León o norte de Portugal. Creo que nos sentimos en la responsabilidad, más que en el deber, de contar esas historias.

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-¿Encuentras en la Asturias actual algún reflejo de lo que fue?
-Creo que quedan rastros porque, al final, son cosas que se aprenden y que si te las enseñan de pequeño, te quedan. Cuando puedes compararte con otras comunidades autónomas en las que has vivido o vas de visita, te das cuenta de que esta es una tierra que puede llegar a ser bastante reivindicativa. Por ejemplo, tuvimos el apoyo total del sindicalismo asturiano a Las seis de la Suiza. Nos vamos adecuando, pero todavía queda algún rescoldo de saber que la lucha colectiva puede tener un peso importante y puede decidir. Es algo que, en el mundo en general, nos intentan quitar, tienden a individualizarnos, a que pensemos que estamos solos y que tenemos que luchar nosotros por nosotros mismos cuando, en realidad, la clave es (y la historia lo dice) que la sociedad avanza cuando la lucha es conjunta.

-Antes, conceptos como “tener conciencia de clase”, “pertenecer a la clase trabajadora” tenían peso específico. ¿Crees que es lo mismo ahora que antes?
-Significar, significan lo mismo. Otra cosa es que no lo usemos o lo desprestigiemos. Lo que pasa es que tú antes hacías sindicalismo en un pozo minero en el que había mil paisanos trabajando. Ahora casi no hay fábricas con esa cantidad de personas. Muchos trabajamos en casa, con nuestros ordenadores o en oficinas muy pequeñas y es más fácil creer que esas cosas ya no se necesitan.
Me hace mucha gracia cuando hablas con gente y le preguntas qué tal están y te dicen que bien. Pero, cuando les preguntas por el contexto general, te dicen que muy mal. ¿Quién te crees tú para decir que estás bien si todo lo demás está mal? Si tuviéramos un poco más de conciencia de lo que tenemos alrededor sería mejor para todos porque al final, si la gente que tiene menos poder adquisitivo u oportunidades tienen una buena vida, es bueno para el resto del país. Me gusta pensar que tenemos una sociedad justa y que tendemos a que lo sea todavía más. Por eso, muchas veces no entiendo los planteamientos que se hacen desde ciertos partidos conservadores o de ultraderecha.

-Siendo una tierra de emigrantes, ¿por qué ahora esas reacciones ante los que vienen de fuera?
-Esa tendencia que hay de valorar que “lo que pienso yo es lo único bueno” no nos permite darnos cuenta de que tenemos espejos en casa, y más los asturianos. Quien más o quien menos tiene a alguien fuera, pero no a alguien que se haya ido hace cincuenta años a Bélgica, sino amigos que marcharon ahora. Con treinta o cuarenta años están en Alemania, Inglaterra, Francia o Madrid. Lo que tendríamos que hacer es fijarnos en esto antes de criticar u odiar a alguien que vive a nuestro lado. A mis tíos de Bélgica siempre les preguntaba si cuando se fueron hace cincuenta años se reían de ellos por lo que comían, por cómo vestían o por lo que rezaban. Me hubiera encantado que me dijeran que no, pero la respuesta era que sí. Así que ahora, en vez de intentar anular a personas que rezan, comen o visten diferente, lo que teníamos que intentar es entenderlos y explicarles que, para ciertas cosas, nuestra sociedad ya es mejor. Pero lo que les estamos dando a entender es que es peor porque somos unos racistas.

-¿Nos iría mejor si hiciésemos propia la causa ajena?
-El planteamiento democrático e igualitario está muy bien para todo el mundo, pero no lo aplicamos. Los enfrentamos más que intentamos convencerlos. Lo que no puede ser es que gente que marchó, que ahora regresa y que tal vez son la tercera generación nacida en Bélgica, venga a jugar a la Selección de fútbol y los consideremos de España; cantan en Eurovisión y los defendamos como propios; van a Llanes y bailan el Pericote que lo flipas y, sin embargo, sale Lamine Yamal con una bandera de Marruecos y nos parece mal porque “España se lo dio todo”. En este país hay cosas muy buenas como la integración y la empatía por el que tienes al lado y nos lo están intentando quitar. ¿Qué más da de dónde seas?

-¿Cómo es todo de relativo?
-Piensa en estos paisanos que acaban de regresar de la Luna para dar perspectiva a que somos una canica flotando en la nada y ahí viven unos humanos peleándose por cosas que no tienen sentido. Por supuesto, hay otros intereses económicos que justifican guerras y otras movidas a través de las que nos intentan enfrentar de todas maneras posibles. Los de allí se marchan por lo mismo que lo hicieron los de aquí: hambre, trabajo, guerra, represión… Otros países les dieron a nuestras familias muchas cosas buenas como la oportunidad de mandar dinero para acá y arreglar casas o que los hermanos pequeños pudieran estudiar. Si ahora somos un país tan fuerte que puede dar la oportunidad a otros para que hagan lo mismo, me parece bien que se haga. Soy muy optimista y pienso que cada día que tengamos este gobierno, es uno que no gobierna el fascismo.

-¿Hubo mucho contraste entre lo que había en tu casa y lo que te encontraste fuera?
-Mi padre fue secretario de organización del Partido Comunista de Asturias en la época de Gerardo Iglesias con lo cual, yo crecí en una familia vinculada a esta ideología y esto me hacía pensar que todo el mundo tenía comunistas a su alrededor. Pensaba que era algo habitual. Además, con lo que significaba ese término en los años ochenta: gente que había estado en la cárcel, exiliada, represaliada y torturada. Me voy para Madrid, y me doy cuenta de que eso no es normal, sino bastante anormal. Y creo que esta fue una de las claves que me dio más inspiración.
Pienso en que a Anita Sirgo le rapaban el pelo, la torturaban, ¡y yo la conocí! Cuando me di cuenta de la excepcionalidad de lo que había vivido, empecé a considerar que había que escribir sobre ello. Siempre digo que lo que no se escribe, desaparece. Cuando muramos nosotros, no habrá nadie que lo recuerde y entonces, se olvidará.

Aitaña Castaño, periodista asturiana, con su libro "Las Madrinas"

-¿Sabrías decirme qué heredaste de Juan Ignacio y de Flora?
-Tengo cosas de los dos. Te diría que heredé el gusto por la lectura, la memoria y el pertenecer a algo. Los traumas que quedaron fueron los justos como para sobrevivir sin problemas. Ellos son personas con un carácter muy fuerte y les pilló muy jóvenes la muerte de Franco. Tenían veinte años y, aunque ya habían vivido alguna cosa porque mi padre ya había estado detenido, les tocó una época muy vibrante del partido comunista y de la izquierda en España. Fue el momento de dejar la clandestinidad, hacer un partido oficial y empezar a luchar. Una etapa de mucha acción con sus luces y sus sombras. A veces ganaron y casi siempre perdieron. Actualmente, siguen en la brecha porque ambos son simpatizantes de Izquierda Unida. Mi padre se presentó en las últimas elecciones municipales en Ribadedeva por Convocatoria por Asturias y mi madre va a todas las asambleas del 8M.

-¡La libertad mamada desde la cuna!
-Imagínate la riqueza que había en mi casa de cosas que tenían que ver con la historia de España. Por ejemplo, el Partido Comunista aquí fue uno de los más críticos con Rusia cuando la primavera de Praga. Eso supuso un antes y un después para los comunistas en el exilio; esa gente, de repente, se tuvo que marchar de Rusia hacia Hungría. ¡Yo todo esto lo conocí en Sama!
Los paisanos de aquí te enseñan fotos suyas y están jugando al ajedrez en el lago Balatón, posan en el Centro Antonio Machado de Bruselas donde había otros camaradas que ya estaban exiliados o te cuentan cómo era su vida en París en los años 60. ¡Todo esto es una mina de historias!

-En el libro, todos los personajes tienen detrás una historia que nunca es lo que parece. ¿Nadie somos lo que aparentemente mostramos?
-Creo que somos lo que mostramos y mucho más. Al final, todos pertenecemos a algo y, si decides no hacerlo, eso ya te hace pertenecer a una forma de estar en la vida. Cuando voy a los institutos a hablarles a los guajes de los libros, siempre les digo que lo que te da pudor a los quince años, posiblemente, sea lo que a los cuarenta quieras contar. Pienso que la juventud está para recibir todos los estímulos y después, pararte y decir: ¿qué quiero contar? Eso que ahora te da un poco de vergüenza, al final, es lo que te va a definir. En mi caso, fue darme cuenta de que pertenezco a un sitio especial. No significa que sea mejor ni peor que el de nadie. Es distinto por las muchas cosas que lo conforman.

-Para ti, ¿cuál es el sello más identitario de este carácter?
-No sé qué decirte… Creo que va cambiando, pero diría que el orgullo de pertenencia a este sitio. También nos lleva a ello el conocer las historias de los que estaban aquí antes nosotros. Por eso hace falta cantar canciones como Marisa Valle Roso, escribir libros, o montar un negocio en un pueblín de cualquier concejo. Hay mucha gente en les cuenques que tuvimos la suerte de no tener que marchar y ahora los hay que pueden volver, así que si ponemos entre todos nuestro granito de arena, esto se mantiene. Yo pertenezco a la Asociación de Vecinos de mi pueblo y, por ejemplo, hacemos las fiestas. Trabajas con los tuyos, pones todo arreglado, haces una sextaferia unos días antes para que todo el mundo lo vea guapo… Hay veces que no podemos arreglar las grandes cosas, pero sí podemos mejorar nuestro alrededor. Creo que una de las claves es participar en el colectivo que hay en tu pueblo, en una asociación de vecinos, de padres, deportiva… ¡Lo que te apetezca! Pero ya haces algo.

-Existe actualmente un compromiso de personas que habéis pasado a la acción y que compartís el denominador común de permanecer anclados a unos orígenes…
-Muchas veces hablo con Juan Ponte de que tampoco te puedes quedar en la nostalgia, pero si la conviertes, desde tu punto de vista, en algo que mejora tu vida, la sociedad o el mundo que te rodea, ya estás aportando. Hay que seguir tirando hacia delante. Esto es lo que somos, esto lo que fuimos y, con ello, todavía tenemos muchas cosas que contar. ¿Cómo lo hacemos? Pues con unos pañuelos guapísimos que hacen ahora en Puru Remangu, con una camiseta que quieres tener porque te apetece formar parte de un proyecto, participando en un videoclip de una canción de Marisa Valle Roso o te sumas a cualquier proyecto que te proponga Rocío Antela porque es imposible no estar. Lo mejor, es que mires a tu alrededor para darte cuenta de la gran cantidad de personas con talento que hay haciendo cosas.

-¿Sería más fácil dejarse contagiar que estar constantemente ofreciendo resistencia?
-Hay que volver a bailar, tocar la pandereta y cantarlo todo. Incluir al movimiento LGTBIQ+ en todo lo que se haga porque estamos en esta sociedad juntos y forman parte de ella. Se pueden hacer y se están haciendo cosas muy guapas. Se trata de que las disfrute cada vez más gente y que se den cuenta de que no todo es confrontación. No tienes por qué estar al 100% de acuerdo con nadie, pero no tiene por qué ser cero.

-¿Cuánto de lo que tenemos actualmente se lo debemos a mujeres que no aparecen en la historia?
-Dentro de lo que es la lucha por la libertad, el movimiento antifranquista y la clandestinidad, la base, eran las mujeres. Ellas eran las que atendían y cuidaban. ¿Qué significaba cuidar en aquel entonces? Pues que cuando venía Horacio Fernández Inguanzo a hacer un mitin a cualquier pozo, se quedaba en casa de alguien y comía, cenaba, tenía la ropa limpia y, además, lo avisaban por si venían a buscarlo y lo escondían en el desván. Esto lo hacían mujeres. Y los paisanos que lo vivieron, lo saben. Cuando yo empecé a escribir, me lo dijo Fausto Sánchez, un histórico comunista de Langreo que murió en 2020. Siempre me decía que tenía que escribir sobre las mujeres porque, sin ellas, no habrían hecho nada.

-¿Nuestra libertad es, en parte, suya?
-Lo que pasa es que estas mujeres no sabían que lo estaban haciendo. Había que dar pasos adelante y ellas lo hacían a escondidas. Ahora no te lo planteas así. Aquí todas salimos ya del armario por mucho que les joda a algunos. En cualquier sociedad, el feminismo y la igualdad tienen que ser sí o sí. En aquella época era algo residual, pero ahora ya no porque el modelo que nos tenían impuesto no nos vale. No queremos quedarnos en casa sin nada que hacer y desperdiciando talento.
Esto por un lado y, por otro, hay decisiones que nadie tiene que tomar por nosotras. Yo soy una persona adulta y decido por mí y por mi cuerpo. Nadie me tiene que legislar porque, ¿a que no legislamos cuerpos de señores? La libertad empieza por uno mismo. ¿Qué es eso de andar diciendo quién es mujer o quién es hombre? Aquí no estamos para decir que no a nadie. Bueno, sólo a los machirulos que todavía andan por ahí sueltos. Lo que tenemos que hacer es reconocer de dónde venimos y pensar en qué es lo que queremos dejar cuando nos vayamos.

-¿La palabra utilizada como recuerdo?
-Cuando voy cuando a los institutos, a los guajes siempre les digo que tienen que hablar con los güelos, que les pregunten muchas cosas, tipo ¿qué merendabas?, ¿cuánta ropa tenías?, ¿ibas al colegio?, ¿tenías libros en casa?, ¿qué hacíais cuando no teníais tele? Si en la casa de tus abuelos había tele y criados, es totalmente distinto a si tú eras el criado. Las dos historias son buenas, pero cada uno tiene que contar la suya. Porque cuando la historia la empiezan a escribir los hijos de los proletarios, se empiezan a contar las cosas de la clase obrera de otra manera. La realidad siempre supera la ficción y te da perspectivas diferentes. Hay que ser hijos de nuestro tiempo y eso significa que, a veces, tienes que escribir libros y hacer un poco de apología a través de redes sociales.

-¿Nos queda algo de lo que te gustaría hablar?
-Me gusta mucho hablar de Luisa María Linares, la escritora que aparece en el libro. Publicó un libro que se llama Esta semana me llamo Cleopatra. Yo no la conocía de nada y una amiga mía me dijo que en su casa, había una colección de libros de ella que habían desaparecido y nunca más los había vuelto a ver. Un día, en una librería vieja, encontré ese libro y lo compré para regalárselo. Lo leí antes y me pareció fascinante. Esta señora escribió treinta y pico libros, vendió un montón de ejemplares, se tradujeron a tres idiomas y más de veinte se convirtieron en películas. Llegué a la conclusión de que no sabemos quién es porque es mujer y porque el tipo de novelas que escribía no eran como las de Corín Tellado. Por eso no llegó a ser importante. ¿Por qué menospreciamos esto? No podemos dejar que desaparezca.

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Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

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