El pasado mes de junio, Eva Pérez se proclamó Campeona del Mundo de Kettlebell Sport en Moldavia en la modalidad de Snatch. Por si fuera poco, también consiguió el récord de repeticiones en su modalidad 45-54, con 241 repeticiones en 12 minutos con una kettle (pesa rusa) de 16 kilos. Tras superar un cáncer de mama, Eva encontró en este deporte una forma de reconstruir su vida y también de reconstruirse a sí misma de otra manera.
Hay historias que se cuentan rápido pero que se viven lento. A veces es difícil entender la fortaleza del ser humano. Cómo alguien, después del sufrimiento, el dolor, el miedo a la pérdida y el enfrentarse a una realidad que cambia la vida para siempre, es capaz de volver a sonreír y encontrar la motivación necesaria para construirse de nuevo poco a poco. Su cuerpo tiene cicatrices, su alma también, pero son parte de ella misma. Eva Pérez sonríe. Mucho. No encontrarás en su discurso una palabra negativa, un no puedo ni una sombra de pena. Tiene una energía contagiosa y un ansia inmensa por celebrar la vida.
-¿Quién es Eva Pérez?
-Nací el 3 de octubre de 1977, este año cumplo 49. Soy una chica normal, aunque habrá gente que ya me llame señora. De familia humilde con padres muy trabajadores. Estudié hasta tercero de BUP. Quería ser Guardia Civil, pero, por mi estatura, no daba la talla que pedían en aquella época. Me hubiese gustado estudiar veterinaria, pero no podría asumir el perder a algún animalín. Había que echar una mano en casa así que opté por empezar a trabajar en una panadería en el centro de Gijón. Con diecisiete años, descansaba un domingo al mes. Debí de estar allí unos tres años. De la pescadería que estaba al lado, me vinieron a preguntar si quería ser la chica de los recados. Ganaba más y tenía libre desde el sábado a las cinco de la tarde hasta el martes a las ocho de la mañana. Así que cambié. Me enseñaron la profesión durante los ocho o diez años que estuve allí. Un día me detectaron un tumor hipofisario en la cabeza, tuve que empezar con controles, medicación y eso me afectó muchísimo. Me dejó mal durante una temporada.
-¿Cómo fue la reincorporación después de ese primer diagnóstico?
-Mientras estuve de baja, mis jefes se jubilaron y traspasaron la pescadería a mi compañero. Él no me necesitaba y busqué otro trabajo para cuando me dieran el alta. Empecé a trabajar en otra pescadería en el Mercado del Sur, en la que estuve dos años. La cerraron por cuestiones personales y yo me dije que tenía que abrir una propia. Tenía contactos con proveedores, sabía el funcionamiento, me gustaba el oficio y me lancé. Iba todo muy bien hasta que enfermé. De eso sí que sé la fecha exacta: 20 de diciembre del 2012. Fui al médico porque me había encontrado un bultito en el pecho. Me hicieron pruebas y me derivaron al ambulatorio de Pumarín, Gijón, donde me dieron la noticia de que estaba enferma. A partir de ahí todo cambió.
«Recuerdo la fecha exacta: el 20 de diciembre de 2012. Fui al médico porque me había encontrado un bultito en el pecho. Me hicieron pruebas y me derivaron al ambulatorio de Pumarín, Gijón, donde me dieron la noticia de que estaba enferma. A partir de ahí todo cambió»
-¿Se inició ahí otro capítulo totalmente diferente de tu vida?
-En enero del 2013 empecé con quimio. Me pusieron seis sesiones bastante potentes. Pude trabajar las tres primeras porque no me encontraba mal, pero en las tres últimas ya no podía con el cuerpo. En la última, me acuerdo que estaba tan mal que me puse a llorar y le dije a mi marido que ya no podía más. Que, si me moría, ya estaba. Él me animó mucho.
Coincidió que en la tercera sesión había ido a Burgos a buscar a un galgo, que es un perro que me encanta. Me acuerdo que Pas me decía: “Eva, acabas de traer a Leo, tienes que ponerte bien para cuidarlo. ¡Venga! Tira, agárrate a lo que sea”. Y tiré. También es cierto que mi oncólogo siempre me decía que intentase estar fuerte para ponerme seguidas todas las sesiones y así acabar cuanto antes. Me cuidé muchísimo e hice todo lo que me mandaron. En mayo me puse la última sesión de quimio y el 11 de junio de ese mismo año me operaron en Jove. Me hicieron una mastectomía porque el tumor no se había reducido. Por el tipo de cáncer que tenía, me tuvieron que poner durante un año y medio más una quimio de 21 días cada ciclo. Como consecuencia de la operación, al haberme quitado el pecho entero y todos los ganglios (porque había metástasis en dos o tres), en el brazo derecho no me podía hacer ningún tipo de daño ni lesión porque no tengo linfa. Sólo tenía el izquierdo para poder pincharme y recuerdo que, las últimas sesiones de quimio fueron horribles porque no tenía venas. Acabé en el 2015.
-¿Qué vino después?
-La cirugía la llevé fatal. Pasé dos años horribles. Empecé con 35 años, acabé con 37, pero hasta los 39 no quise salir de casa. Tenían que tirar de mí para todo. Fíjate que, mientras estuve con la medicación salía, no me importaba estar con la gente, que me vieran con el pañuelo. Sólo recuerdo haberlo pasado mal una vez en Parque Principado que unos chicos se me quedaron mirando. Pero después de acabar con todo el proceso, me amargué y amargué a la gente que me rodeaba. Tenía toda la vida por delante y la gente me decía: “Eva, diviértete, haz algo”. Y yo sólo quería estar en casa con mis animales y no ver al resto del mundo.
-¿Qué fue lo que te hizo cambiar?
-No sé lo que me pasó. Un día hice un clic en mi cabeza y me dije: “Joder, Eva, estás tú misma adelantándote la vejez. Cuanto tengas 45 años ¿qué vas a hacer?, ¿vas a estar metida en la cama dando pena?”. Fui empezando a moverme, a hacer un poco más de deporte, preguntar qué podía hacer para mejorar la movilidad del brazo y coger más fuerza. Hablé con mi cirujano y mi oncólogo, y ellos me dijeron que yo era sabía, mi cuerpo también. Que tirase para adelante con cuidado. “Tienes cabeza para ello así que vete viendo y no te pares”.
-¿Te debilitó más física o mentalmente?
-Me afectó en todos los sentidos. El brazo derecho no podía moverlo y, además, no me podía pasar nada en él así que iba con un montón de miedo. Gracias al oncólogo, al cirujano y al fisio, fui mejorando en movilidad, pero todavía, a día de hoy, de vez en cuando me pongo la malla compresora porque lo noto cansado. Hay gente que me ve haciendo deporte y piensa que todo está guay, pero hay días que tenemos el brazo que no lo aguantamos ni nosotras mismas. Hay que aprovechar los días buenos para hacer un poco más de fuerza y, los que tienes malos, aguantar, ir a pasear, nadar o quedarte en casa tranquila. Yo todos los días intento ir a entrenar para estar activada. Después de esos dos años que estuve metida en casa, entendí que hay que seguir tirando de la vida porque, sino lo haces tú, no lo va a hacer nadie por ti. Te das cuentas de que puedes estar amargándote tú vida, pero también se lo estás haciendo pasar mal a los que están alrededor.
«Todos los días intento ir a entrenar para estar activada. Después de esos dos años que estuve metida en casa, entendí que hay que seguir tirando de la vida porque, sino lo haces tú, no lo va a hacer nadie por ti. Te das cuentas de que puedes estar amargándote tú vida, pero también se lo estás haciendo pasar mal a los que están alrededor»
-¿Cómo asumes verte tan cambiada tras todo el proceso?
-Por el tipo de cáncer que tenía no me pudieron poner el expansor cuando me operaron. Cuando terminé todo, pensar en volver a pasar por el quirófano para ponerme un pecho que no iba a ser el mío y que podía rechazar, me imponía mucho respeto. Me dieron dos opciones: una, ponerme silicona y otra engordar en ciertas partes de mi cuerpo y quitarme grasa de la zona de la barriga o la cadera para la reconstrucción. Eran doce horas de quirófano y me asusté. Después iba a tener que tatuarme el pezón y sabiendo cómo tenía la zona de sensible, decidí que no me compensaba pasar por todo eso. Pensaba también que como mi cáncer era de los agresivos, si volvía a aparecer, me iba a tener que quitar todo eso y no quise hacerlo. Ahora tengo una cicatriz que no me gusta nada, pero es lo que me ha quedado.
-¿Cómo llegan a tu vida las pesas rusas?
-A los dos años, en una revisión rutinaria, me detectaron otro quiste en el pecho izquierdo y hubo que reanudar todo el proceso. Es verdad que se cogió a tiempo, era un tumor que no llegaba al centímetro, pero me lo quitaron porque era malo y también en previsión. Esta vez sólo hubo que cortar un poco. Yo nunca fui de mucho pecho así que no se nota mucho la cicatriz de esta segunda intervención.
Fui a un box de crossfit que tenía cerca de casa en Siero y le llevé mi informe médico al entrenador para que supiese cómo estaba. Poco a poco fui movilizando el brazo, escalando movimientos y, en ese box, había un profesor que daba kettle. Me llamó la atención y quise probar. Empecé poquito a poco con una de ocho kilos y sólo con el brazo izquierdo.
«Ahora me encuentro bien, fuerte y animo a todas las personas a que hagan deporte, luchen por lo que les gusta y que se motiven con algo que les mueva.
Si pueden emplear dos días a la semana para hacer fuerza, sobre todo mujeres a partir de los cuarenta que ya entramos en peri y menopausia, que lo hagan»
-¡Espera! ¿Ocho kilos son pocos viniendo de dónde venías?
-¡No me pesaba! Yo no notaba esos ocho kilos. El entrenador me fue metiendo carga, ejercicios y vimos que respondía bien. Con el brazo derecho fue otra progresión. Empecé con una mancuerna de dos kilos y medio. Al año y medio empecé con la de cinco, luego con la de siete y medio. Cuando llevaba ya un tiempo y ví que podía, metimos la de ocho. Todo esto lo iba hablando con el oncólogo y el fisio y ¡hasta hoy! Ahora me encuentro bien, fuerte y animo a todas las personas a que hagan deporte, luchen por lo que les gusta y que se motiven con algo que les mueva. Si pueden emplear dos días a la semana para hacer fuerza, sobre todo mujeres a partir de los cuarenta que ya entramos en peri y menopausia, que lo hagan. No es porque lo diga yo, sino que está comprobado tanto a nivel médico como científico, que ganas en salud. Te cambia totalmente.
-En una publicación decías que el músculo es el nuevo lujo. ¿Olvidado ya eso de que, nosotras, si nos ponemos fuertes, no somos atractivas?
-El otro día me dejaron un comentario que decía algo así como “perdió la feminidad. Parece un hombre”. Hasta cierto punto, estas cosas no me molestan, pero puede haber otras mujeres leyéndolo que sí les afecte. Además, ¿qué importa si te pones grande? ¿Qué más da si tienes una espalda o unos brazos como los de un chico? Lo importante es que tú estés bien por dentro. Eso es lo que va a mandar. El físico es importante, pero tú tienes que sentirte bien contigo misma. Lo demás, da igual. Mi cabeza cambió y, gracias a eso, estoy ahora hablando con vosotras, empecé a competir, gané un mundial… Hay veces que sólo es ponerse, intentarlo. Si no sale, no pierdes nada. No se puede juzgar a la ligera porque nadie sabe lo que hay detrás de las personas.
-En un proceso como el tuyo, ¿cómo es de importante rodearte de “ángeles”, tengan la forma que tengan?
-Siempre he tenido perros y todos me ayudaron. Tal vez haya gente que le suene raro y otra que lo entienda, pero, cuando vi una foto de Leo en la tercera sesión de quimio, sentí que tenía que ir a buscarlo donde estuviese. Fue el amor de mi vida. Siempre digo que, si hay otra vida, nos vamos a encontrar. Yo le buscaré o él me buscará a mí porque fue un apoyo muy grande. Lo pasé muy mal cuando se fue hace dos años. Luego tuve otra galga que me traje de Huelva cuando estaba terminando la medicación y, más tarde, un pastor alemán que me dio un policía de Madrid y que también fue un apoyo fundamental para mí. Los tengo tatuados en la piel. En la zona donde vivo alimento a una colonia de gatos y, hay una que le llamaba Ratita que ahora ya está en casa con nosotros. Me adoptó ella a mí. Los animales me han ayudado muchísimo en todo mi proceso. El otro pilar, el fundamental es mi marido, Pascual.
-¿Qué significa él para ti?
-Ha estado siempre ahí y ha sido el apoyo que nunca me ha faltado. Pas tiene las ideas muy claras, es superdirecto, no te adorna las cosas y, si tiene que decir algo, lo hace te parezca bien o mal. Es como yo creo que tienen que ser las cosas. Te tienen que hablar directamente para que lo entiendas porque hay veces que no quieres verlo o no quieres escuchar ciertas cosas y yo lo agradezco mucho. Claro y cristalino como digo siempre. Llevábamos 26 años juntos y, de aquella, llevábamos 13. Estábamos construyendo nuestro proyecto de vida, ya teníamos casa y, de pronto llega todo esto y te da un vuelco total. Me di cuenta de que no podía dejarlo solo y, si él estaba tirando de mí, yo no me podía permitir el abandono. Mucha gente me dice que no sabe si podría pasar por lo que yo pasé y siempre les digo lo mismo: sí que podrías. Ojalá nadie tuviese que pasar por una enfermedad, pero llegan y hay que hacerles frente porque, aunque vives mucha dureza, también hay mucha belleza.
«Ojalá nadie tuviese que pasar por una enfermedad, pero llegan y hay que hacerles frente porque, aunque vives mucha dureza, también hay mucha belleza»
-¿Quién eras antes y quién eres ahora?
-Antes era una repunante de la limpieza. Tenía que tenerlo todo ordenado y, si venía alguien a casa, enseguida estaba con la bayeta en la mano. Es verdad que me gusta tenerlo todo ordenado y limpio, pero me he dado cuenta de que no hace falta ser así. Antes lo quería tener todo bajo control, hacerlo como yo quería, pero ahora vivo todo cómo surja. Si las cosas no se pueden hacer, pues no se hacen. No pasa nada. No le doy tanta importancia a todo como se lo daba antes. Este es el punto en el que más he cambiado. En lo demás, sigo siendo como siempre: sonriente, echada para adelante, divertida, humilde, simpática. Me gusta mucho ponerme en la piel de la otra persona y saber o entender qué le puede pasar. Me gusta ayudar a la gente y a los animales.
-Irradias una positividad contagiosa…
-No sé qué contestarte porque siempre he sido así. Sólo se vive una vez y te cruzas con personas a las que les han pasado cosas más fuertes que lo que lo que me ha pasado a mí. O niños que están sufriendo un montón y me doy cuenta de tengo suerte de estar aquí y agradezco poder vivir la vida que tengo. Dentro de todo lo que me ha pasado, soy una privilegiada, no me puedo quejar de nada. Creo mucho en el karma: si tú haces el mal, más tarde o más temprano, te va a llegar. Si haces el bien, te van a pasar cosas porque forman parte del aprendizaje de la vida, pero van a ser completamente diferentes. Siempre digo que hay que sonreírle a la vida, aunque a veces te fastidie o te haga daño. Tienes que salir, ver, conocer y disfrutar de la gente para bien y para mal. Si te hacen daño, aprendiste y si se portaron bien contigo, probablemente habrás ganado un amigo.
«Dentro de todo lo que me ha pasado, soy una privilegiada, no me puedo quejar de nada. (…) Siempre digo que hay que sonreírle a la vida, aunque a veces te fastidie o te haga daño»
-¿Cómo se mantiene a raya el miedo?
-Viviendo día a día las cosas que te vengan. Hace tres o cuatro años, me empecé a hinchar. De un día para otro, no tenía tobillos y mis piernas parecían dos patas de elefante. Al principio pensé que sería el calor del verano, pero aquello no pasaba. En el box hay un chico que es médico internista en el HUCA y se lo comenté. Me dijo que fuese por su consulta que me hacía una analítica e íbamos viendo a medida que tuviésemos los resultados. Mis riñones no estaban funcionando bien. Ahí sí que tuve muchísimo miedo. La nefróloga me dijo que creían que había vuelto el bicho pero que no estaba dando la cara. Tenían que hacerme una biopsia de riñón y ahí, con perdón de la palabra, me acojoné pensando que me podía morir. En los marcadores tumorales no salió nada. Con la medicación se pudo controlar. Tuve que pasar por ese proceso con la incertidumbre que conlleva, pero no estás todo el día viviendo con miedo. Siempre está ahí, pero tienes que intentar no pensar en ello, echarle un par de ovarios y tirar p’alante. Hay gente que necesita ayuda de un psicólogo o psiquiatra y me parece muy bien, pero, cómo tú no hagas algo por ti misma, ellos no te van a poder ayudar.
-En todo este tiempo, ¿qué te ha aportado el deporte?
-Ha sido un proceso bastante duro y lo he llevado bien gracias también al deporte. Mientras estaba con el tema de los riñones seguía entrenando a un nivel muy bajo. Iba al box y el entrenador, cuando veía que en algún wod me cansaba, bajaba la intensidad. Tienes que aprender a tirar y no volverte el epicentro de todas las cosas. Saber poner en perspectiva qué está pasando. Yo no quería dar pena. Quiero vivir mi vida lo mejor que pueda, sin hacer daño a nadie, pero no que la gente tenga que estar pendiente de mí porque cada uno tiene sus problemas y puede que los suyos sean más grandes. Los que te rodean tienen derecho a tener su libertad.
-Lo que piensas y lo que te dices a ti misma, ¿tiene que estar alineado?
-Lo que piensas tienes que hacerlo, no vale sólo con que lo digas. Muchas veces la gente tira de ti, pero si tú no respondes, ellos también se cansan. Puede no apetecerte hacer algo, pero tienes que intentarlo o hacerlo con menos ganas, no pasa nada. Debes adquirir una obligación contigo misma y, ahí, soy muy disciplinada. Me pasa con los entrenos. Hay días que no me apetece, pero los hago porque también el entrenador se está molestando e invirtiendo su tiempo en mí para que mejore.
-¿Dirías que ha sido un proceso transformador?
-A veces pienso si esto lo viví como un indicativo de la vida que me dijo: “no sigas por ahí porque te vas a hacer daño”. Es como si te condujese por otro camino, aunque te duela y lo pases mal. Te tienen que pasar situaciones así para que te transformes. Te das cuenta de muchas cosas, pero es un proceso duro. He sufrido, lo he pasado mal y se lo he hecho pasar mal a los que están a mi alrededor. No sé si tenía que ser, pero ha pasado. Te puedo asegurar que, lo que sí han cambiado, son mis prioridades.
«Te tienen que pasar situaciones así para que te transformes. Te das cuenta de muchas cosas, pero es un proceso duro»
-Ahora mismo, ¿qué es para ti la vida?
-Qué pregunta tan sencilla, pero a la vez tan complicada de responder. Son momentos tremendamente bellos que vives con personas, animales o contigo misma, pero, a la vez, te encuentras con maldad, hambrunas y cosas que suceden y no están bajo nuestro control. Creo que se complementan las dos partes. Van unidas. Mira lo que está pasando en Venezuela. Una situación tremendamente horrible, con miles de muertos, necesidad, destrucción, pero, al mismo tiempo, la gente se está uniendo, ayudando, contribuyendo con lo que tiene. Si te tuviese que resumir la vida en dos palabras serían felicidad y dureza.
-Cuando ahora te pones frente al espejo, ¿qué ves?
-Veo a una persona totalmente distinta y contenta. Me siento orgullosa de ver cómo estoy y lo que he conseguido en estos últimos años. Me siento bien conmigo misma. Hace un tiempo estaba enfadada, no me reconocía, me veía como un bicho raro. Es verdad que hay momentos en los que me veo y no me reconozco, sobre todo cuando veo la cicatriz y también el pelo. Yo era rubita y lo llevaba siempre como P!nk que es una cantante que me gusta mucho. Después de todo el proceso, nació oscuro y, cuando me vi, no me identifique. En ese tiempo lo pasé muy mal porque me veía distinta, no era yo. También con la medicación el cuerpo cambia, engordas y te hinchas por toda la porquería que le estás metiendo. Ahora me vuelvo a encontrar y estoy tranquila. Antes vivía más acelerada, me llamaban polvorilla; soy nerviosa por naturaleza, pero voy con más de pausa. Pienso las cosas, sobre todo me gusta pensar mucho en los demás, en cómo poder hacer todo sin hacerles daño. Principalmente, me siento en paz y tranquila.
«Hace unos años se puso de moda el crossfit y ahora ya está más normalizado, por eso pedimos que en los propios gimnasios metan algo de kettles, para que se vayan familiarizando y conecten con esta disciplina»
-¿Cómo es de importante asumir tu nueva realidad?
-Muchas mujeres se han puesto en contacto conmigo y veo que les doy un poco de luz en todo este proceso que es un aprendizaje. Me dicen que no van a poder mover el brazo y siempre les digo que sí, que lo van a poder hacer. Es una progresión que dura años. Ahora tengo 48 y ya lo puedo mover bien, pero todavía hay zonas que me molestan. Desde el hombro hasta el codo no lo siento. Ellas mismas se dan cuenta de que pueden volver a retomar el ejercicio con su realidad actual. Como me siento bien, intento que los que estén a mi alrededor también lo estén. Cuando la gente me dice cosas, me carga las pilas así que es un acto recíproco. La energía y la positividad se transmiten. También es importante que no te la quemen. Hay gente que es muy pesimista. Puedes intentar tirar de ellos, pero no te puedes agotar.
-¿Algo que te gustaría destacar de manera especial?
-Para nosotros es muy importante que la gente conozca el deporte. Nos gustaría poder optar a que las instituciones nos echen una mano. Si la gente lo practica, se van a dar cuenta de que es un complemento para muchas cosas, da resistencia, fuerza física, pero, sobre todo, mental. En Asturias somos un club pequeñito, pero yo me acabo de proclamar campeona del mundo y mi entrenador, Diego Alvarez Galán, fue doble subcampeón de España en distintas modalidades en el campeonato de Palma de Mallorca. A nivel nacional, hay varios clubes que están trabajando muy bien y dando a conocer este deporte.
Hace unos años se puso de moda el crossfit y ahora ya está más normalizado, por eso pedimos que en los propios gimnasios metan algo de kettles, para que se vayan familiarizando y conecten con esta disciplina. Nos encantaría poder contar con más medios, patrocinadores, espacios en los que nos diesen voz y que más boxes dieran clases específicas porque, te puedo asegurar que es un deporte que ayuda mucho a superar procesos como el que yo viví.