Borja Ortiz es todo un titán. Recientemente ha cumplido el objetivo de hacer el doble Everesting: subir 14 veces consecutivas al Angliru para realizar el equivalente a la subida del Everest dos veces (17.700 m). El cántabro formará por siempre parte de uno de los puertos de montaña más míticos de Asturias, el conocido como Olimpo del ciclismo. La hazaña comenzó el 21 de mayo a las 6:00 de la mañana y terminó el 23 a las 5:00 de la mañana. 47 horas consecutivas. Se dice pronto.
Dice que es muy cabezota. Que cuando se le mete algo entre ceja y ceja, es difícil que no lo consiga. Ese tesón y esa fuerza de voluntad son las que alimentan las ideas que se le ocurren al deportista Borja Ortiz. ¿Por qué no? Tal vez sea la pregunta más sencilla pero también es la que te pone frente a tu propia realidad. Y ahí no hay posibilidad de engaño. Cuando pasan las horas, empieza el sueño, los músculos queman o aprieta el calor es cuando toca tirar de fortaleza mental y, en eso, Borja tiene un máster.
-¿Qué tiene que tener un reto para que conecte contigo?
-Un buen amigo mío siempre me decía: “mira Borja, un verdadero reto es aquel que no estás seguro de que puedas acabarlo. Si tienes la certeza de poder hacerlo, no es tan bueno”. Eso me llegó al alma. No voy a hacer cosas a lo loco, alguna garantía siempre busco, pero tiene que estar lo más al límite posible. En el Angliru se daban estas circunstancias.
-¿Cuántas horas de entrenamiento para el doble Everesting en el Angliru?
-Para este reto, sólo estuve entrenando de manera específica un mes y medio. Empecé el 1 de abril y el reto lo hice el 21 de mayo. Lo que hacía todos los días era subir un puerto de 18 kilómetros, nada más. A eso le sumo que voy en bici al trabajo y que soy guía de rutas en bicicleta en Cabárceno. Pero la realidad es que llevo muchos años, bastantes retos y un montón de kilómetros en las piernas. Al final, el cuerpo tira de cabeza y de la memoria que tiene.
«Ahora te digo que acabé bien pero, cuando me pongo a ver los vídeos me asusta la cara desencajada, los ojos rojos, el cansancio… Mi chica me dice que le tenía que estar preguntando absolutamente todo porque no me enteraba de nada»
-En las primeras subidas supongo que estás con el ánimo y la adrenalina por las nubes. ¿Qué pasa cuando ya llevas unas horas y sabes que te quedan todavía muchas subidas y bajadas?
-Me tiré desde la cuarta subida pensando que no iba a llegar, que no iba a hacer más de diez. Me dije: “venga, subo la décima y duermo un poco”. Pero no es así como me gusta hacer estos retos. La décima subida la iba a terminar a las tres o cuatro de la tarde y mi idea era dormir hasta las seis, que pasase un poco el calor. Pero cuando iba a empezar la once, ya me entraron ganas de terminar el reto y tiré. Esa fue la subida crítica, la que más me costó, la más dura por el calor. Sabía que para la siguiente ya llegaba mi hermano con unos amigos y eso me ayudó. La décimo cuarta subida la hice muy bien. Ahí ya tu cabeza te empieza a decir que es la última, que todo se acaba. Me encontraba tan bien que, después de La Cueña, subí medio esprintando; fue la cuarta subida más rápida de todas. Ahora te digo que acabé bien, pero cuando me pongo a ver los vídeos me asusta la cara desencajada, los ojos rojos, el cansancio… Mi chica me dice que le tenía que estar preguntando absolutamente todo porque no me enteraba de nada. Tenía las cosas delante y no las veía. La verdad es que ella me ayudó mucho porque yo tenía el cuerpo al límite.
-¿Mejor el día o la noche?
-La noche. Estaba deseando que oscureciese, aunque con la noche, también llega el sueño, pero esa ya es otra historia. Al final, el cuerpo es una máquina y cuando mejor funciona es cuando está refrigerado. Pasó una cosa que a mucha gente le sorprendió. Había viento del sur. El aire en altura pesa menos y sube así que, por la noche, en el pueblo, me moría de frío –estaríamos a unos ocho o nueve grados– y a medida que subía la cosa iba calentando y arriba igual estábamos a dieciocho. En puerto, de noche, a las tres de mañana, se me caían gotas por el sudor. Bajaba en manga corta y no tenía frío.
-¿Bajabas hasta Viapará o hasta La Vega?
-Al pueblo. Si tuviese que hacer un doble Everesting desde Viapará todavía sería peor. Si te vas hasta La Vega, en los primeros seis kilómetros, tienes algo de descanso. Son más suaves y te sirven para coger un poco de aire. Después ya viene todo lo duro.
-¿Cómo se gestiona todo eso a nivel mental?
-Una de las mejores cosas que tengo es mi cabeza. Gracias a ello puedo asumir estos retos. Ya tengo experiencia y sé que, por ejemplo, cuando en un reto de 48 horas llevas siete subidas, es cuando peor lo pasas. Ya estás muy cansado, llevas mucho encima y todavía te queda un montón para acabar. Ahí es donde tienes que tirar de cabeza para no abandonar. A medida que te vas acercando al final, ya vas mucho mejor. Esta vez, sobre todo en las subidas que hice por la noche, hubo momentos en los que me moría de sueño. En la primera noche, a eso de la cuatro o cinco de la mañana, cuando ya empieza a amanecer, en un tramo de la subida que no era muy pendiente, lo pasé fatal. Fíjate que estaba deseando que llegase la cuesta mayor para espabilar porque me estaba quedando. Tenía que pensar todo el rato en otra cosa, cantar o hablar conmigo mismo porque, literalmente, me estaba durmiendo. También me pasó bajando y eso sí que ya es más peligroso. La segunda noche, se multiplicó por dos. Pero en la subida trece llegó mi hermano, se puso a correr a mi lado, me empezó a hablar y ¡cómo no calla! me espabilé del todo. Dejas de pensar en el sufrimiento y te descentras de ti. Fíjate que, en La Cueña, durante la subida, había ratos que podía hablar y eso es muy buena señal. Es una pasada lo que te ayuda tener a alguien al lado.
«No te imaginas lo que significan los ánimos que te dan tanto la gente que viene a apoyarte el día del reto, como los que sabes que te tienen en su cabeza. Se agradece muchísimo porque te impulsan»
-¿Qué significa tener un entorno que te apoye, sobre todo, que estuviese tu chica?
-En fundamental en todo. En este caso, Inma lo ha sufrido a mi lado y soy muy consciente de que lo pasó mal. Sólo llevamos juntos medio año, pero nos han pasado muchas cosas y parece que llevemos diez. La primera subida, que pensé que iba a subir y bajar en dos horas y poco, tarde dos horas y media. Ella estaba atacada y por la noche no me quiso dejar solo. Estuvo de arriba para abajo con la furgoneta hasta que llegaron unos amigos y ya se tranquilizó un poco. Yo sabía que hubo accidentes mortales en el Angliru. Quieras o no, esas cosas las tienes en la cabeza, eres consciente de que es algo peligroso, pero no le quise decir nada para no preocuparla más. En un post que hice luego con Purito, comentaba que subir 14 veces el Angliru tiene su riesgo, sobre todo por el cansancio, las noches, el calor… Sabes que hay deportistas que están perfectamente bien, les da un ataque y se quedan ahí. Son cosas que pasan, pero también es verdad que te pueden pasar en cualquier otro sitio. No te imaginas lo que significan los ánimos que te dan tanto la gente que viene a apoyarte el día del reto, como los que sabes que te tienen en su cabeza. Se agradece muchísimo porque te impulsan.
-¿Qué te dices a ti mismo en los momentos duros?
-Se pasa mal. Es una lucha con uno mismo. La cosa es continuar y no parar. Sé que, para retirarme, me tiene que pasar algo físico como un calambre, que me caiga o una lesión. Mientras sólo sea cansancio, tiro. Después de una experiencia en un reto que tuve que abandonar por una cuestión de la organización de la carrera –conste que todavía tengo la espinita clavada–, ahora ya hago retos para mí. Me conozco y sé fijo que si abandono, al día siguiente lo voy a pasar mal. Puedes pensarlo en el momento porque estás muy cansado, pero tienes que remontarlo siempre que no implique un riesgo importante. En cierto modo, es una cuestión de orgullo conmigo mismo.
«Llevo muchos años, bastantes retos y un montón de kilómetros en las piernas. Al final, el cuerpo tira de cabeza y de la memoria que tiene»
-¿Cuándo y cómo te iniciaste en este tipo de proyectos?
-En retos de larga distancia llevo unos veinte años. En 2005 hice el primero que fue subir y bajar el Mont Blanc desde Chamonix, 4000 metros de desnivel. Ahí empezó todo. Hago montaña he realizado varios retos de este tipo. Por otro lado, llevo dieciocho años montando en bici y es en lo que más retos he asumido porque es lo que mejor se me da. Correr se me da bastante mal porque en las bajadas sufro mucho. También he hecho algún reto de natación: en su día fui nadando desde Castro Urdiales hasta Santander (54 kilómetros en 16 horas) y al año siguiente, desde Santander hasta San Vicente de la Barquera (56 kilómetros en 18 horas). No hice más retos de este tipo porque nadar me resulta bastante aburrido. En el mar no tanto como en la piscina, pero psicológicamente es muy duro porque parece que no avanzas. El denominador común en todos es que son de muchas horas.
-¿Podrías hacer un resumen de todos los que has realizado?
-Hice retos más originales como un triatlón a mi manera: nadé 15 kilómetros dando toda la vuelta a Santander que es como cruzar el Estrecho Gibraltar. Tardé seis horas. Después me cogí la bici y fui desde Santander hasta los Lagos de Covadonga, que son 180 kilómetros. Y a las diez de la noche dejé la bici y me hice la Travesera Integral de los Picos de Europa que es de las pruebas más duras que hay en cuanto a carreras de montaña. En total: 27 horas corriendo, 9 horas en bici y 6 nadando. ¡Casi 48 horas! Fue uno de los retos más duros que hice porque me cogió calor. Para que te hagas una idea, en el tramo de Los Picos de Europa fui con un compañero, me dio un paraguayo y lo vomité de cómo iba. ¡Imagínate!
Otra de mis pasiones es el esquí de montaña y haciendo esquí de travesía me crucé Cantabria hace diez años y fueron 150 kilómetros en 48 horas. También con esquís enlacé los tres montes más altos del Pirineo -Aneto, Posets y Monte Perdido- en 48 horas. Y otra travesía que hice fue desde Chamonix, en Francia hasta Hermance, en Suiza. Se suele hacer en cuatro o cinco días y a mí me llevó menos de 20 horas.
En bici, el más largo que afronté fueron los 27 puertos que hay en Cantabria. 810 kilómetros en 55 horas, durmiendo una hora nada más, con 20.000 metros de desnivel. Después hice el doble Everesting en Los Machucos. 26 subidas con 17.000 metros de desnivel. De ahí, el siguiente, que ya ha sido el Angliru.
-¿Y lo del paddle surf?
-¡Es verdad! Me compré una tabla de paddle hace 3 años y el año pasado me fui desde Bilbao hasta Santander. Fueron 90 kilómetros en 13 horas. Es de los retos más bonitos.
-¿De dónde surge la pasión por este tipo de retos?
-Pues no sabría decirlo. Una vez que haces el primero y ves que puedes asumirlo, que aguantas tantas horas sin dormir y tu cuerpo responde, te planteas cosas que te van exigiendo más. Siempre me ha gustado mucho la montaña y la bici. Para mí, es como una forma de superación personal. Me gusta y me siento bien haciéndolo. Me pongo un reto, lo supero y, el siguiente, lo quiero hacer un poco más duro para saber si aguanto. Los años van pasando, ya tengo 47, pero de momento me encuentro bien. Tengo el mismo fondo de siempre e igual un poco menos de velocidad. Pero eso me da igual. Por ejemplo, en el Angliru, las primeras subidas las hice en menos de dos horas, las siguientes en mucho más y, en la última, la hice en dos horas y seis minutos. ¡Fue una de las más rápidas! Está claro que fui a mejor en vez de a peor. Sí que es verdad que fue muy duro y lo pasé muy mal sobre todo por el calor. El famoso kilómetro de La Cueña se me atragantaba cada vez que llegaba. Pero el Angliru es lo que es gracias a ese punto concreto, no sería lo mismo sin ese desnivel tan brutal en esa distancia.
«Una vez que haces el primero y ves que puedes asumirlo, que aguantas tantas horas sin dormir y tu cuerpo responde, te planteas cosas que te van exigiendo más»
-¿Cómo es el momento en el que piensas lo próximo que te gustaría hacer?
-En un momento se me pasa por la cabeza y, en cuanto eso sucede, ya empiezo a darle vueltas y no lo puedo dejar. Todo eso viene de cuando hice el doble Everesting en Los Machucos. Es un puerto de Cantabria muy duro con rampas por encima del Angliru, lo que pasa es que no es tan continuo. La más pendiente tiene un 28% de desnivel y son 300 metros. Después tienes un descansito y eso hace que no sea tan duro como el asturiano. Para hacerlo tuve que hacer 26 subidas y, cuando ya lo había hecho y descansado, se me metió en la cabeza hacer lo mismo en el Angliru. Eso fue en el 2021, ya han pasado cinco años, pero fue ahora cuando decidí que era el momento. El reto de Cantabria lo quise hacer con una bici de carretera normal pero no me daba el desarrollo y, en la subida, tuve que coger la de montaña. Para el Angliru cogí lo mejor de la bici de carretera que son las ruedas finas, con lo mejor de la de montaña a la que le puedes cambiar el desarrollo y ponerle un piñón muy grande y un plato muy pequeño. La cambié entera y, de la bici original, sólo quedan las ruedas y el cuadro.
-¿Pros y contras que te planteas cuando empiezas a planear un reto?
-Lo que más pereza me da cuando afronto un reto es saber que lo voy a pasar mal. Los entrenamientos, todo el sacrificio que tienes que hacer, el esfuerzo previo… Lo más bonito, y por eso los hago, es la satisfacción que sientes cuando los has acabado. A mayor sufrimiento, mayor recompensa. Hago los retos porque me cuestan mucho esfuerzo, esa es la realidad.
-Programar retos innovadores, ¿es una energía que impulsa tu creatividad?
-Sí. Comentaba con mi hermano que mi idea era que este fuese mi último reto en bici. El año que viene quiero cruzar con el paddle surf todo Cantabria desde Castro Urdiales hasta Unquera, que son unos 110 kilómetros y terminar ya con todos los retos. Pero ¡claro! Después del Angliru, una vez que ya he descansado y me he encontrado un poco mejor, la cabeza ha vuelto a ponerse en marcha. El otro día me hicieron una entrevista en Antena 3, que me hizo mucha ilusión porque era la primera vez que salía en una televisión nacional, y les dije algo que tengo en mente desde hace unos años, concretamente desde la pandemia. Estaba en casa, aburrido, cogí el ordenador y se me ocurrió la idea de hacer una especie de Camino de Santiago, pero a mi manera. Saldría en bici desde Francia para llegar a Santiago, pero haciendo todos los puertos que me cruce en el camino. Estoy dándole vueltas porque hay partes que tengo que estudiar ya que no sé si las podré hacer sin dormir. También me gustaría conseguir apoyos.
-Estos retos, ¿te convierten en la persona que eres?
-Sí. Son parte de mí, de mi manera de ser. Mi chica me dice que soy muy cabezón y es verdad. Aunque en parte, gracias a ser así, he podido asumir estos desafíos. Es bueno y sano, aunque en momentos, me lleva por caminos un poco tortuosos. Hay veces que me frustro de una manera tonta cuando no consigo algo y tampoco este es el objetivo de lo que hago. Tengo que aprender a controlar esto porque, la vida, no es para estar todo el día preocupado sino lo consigo.
-Cada desafío, ¿te han transformado?
-Sí. La vida es un proceso de vivencias y todos estos retos me ayudan a ser mejor persona. Te hacen ser más humilde y a valorar cosas que, a lo mejor, otras personas no valoran. Es un proceso continuo y, al final, eso forja a la persona que eres.