Su necesidad de clarificar en momentos de incertidumbre sanitaria ha hecho del epidemiólogo Daniel López-Acuña uno de los rostros más populares en España y fuera de nuestro país. Pero el astur-mexicano cultiva otras facetas menos conocidas. La literaria, con su novela Recogerás tus pasos, es una de ellas.
Cada vez que un nuevo virus sale a la palestra mediática vemos al científico en su faceta comunicadora, a raíz de la pandemia por el Covid-19 llegó a realizar nada menos que 3000 entrevistas. Sus palabras son las de una persona empática, cercana a la gente y preocupada por los valores democráticos y la salud pública, por la que ha luchado durante treinta años con cargos directivos en la Organización Mundial de la Salud.
Su manera de entender el mundo le ha llevado también a recoger los pasos de su padre en una novela que pronto verá la luz, y que recuerda que no podemos dar la espalda a nuestra historia. “¿Cómo se puede ser xenófobo en un país que ha migrado notablemente? No nos olvidemos de que hace unos años ellos éramos nosotros”.
-A pesar de dedicar su vida a la ciencia, escribe poesía y pronto publicará su primera novela. ¿Cuándo descubre su interés por las letras?
-Comienza cuando era estudiante de medicina, entonces escribía poesía, reseñas en revistas literarias y en México contribuí a la fundación de la revista Nexos que tenía vínculos con temas de sociedad, ciencia y literatura. Publiqué, no solo libros de salud pública, de epidemiología y de políticas sanitarias, también un poemario en el año 1979 y he mantenido la actividad literaria que, ahora, se ha intensificado un poco más. Acabo de publicar otro poemario, Centinela del viento, y he concluido una novela que estoy por publicar.

«En mayo del 39, antes de que Francia fuera ocupada por los nazis, el gobierno de México abrió las puertas a los republicanos españoles y mi padre viajó en el primer barco que se fletó, el Sinaia, que llevó a mujeres, niños, ancianos, hombres de todos los credos políticos y de todas las facciones intelectuales»
-¿Qué nos vamos a encontrar en Recogerás tus pasos?
-Es un libro híbrido entre novela y crónica de vida. Está basado en la historia real de mi padre, Pelayo José López Pérez, conocido como Pepín y natural de Candás, pero trato de llevarlo a un espacio y a un universo que no es sólo una biografía, sino un relato con una base de realidad y algunos elementos ficcionales. Cuenta cómo con 12 años, en la Ola del 37 y tras la caída del Frente Norte en Asturias, salió desde el puerto de El Musel hacia Francia en un barco que se llamaba el Mydol y en el que viajaban 2000 personas a bordo. En el barco también viajaba el tesoro artístico de Asturias, que fue preservado en la embajada de París por un tiempo y luego retornado. En Francia, les pusieron en un tren para ir a la parte republicana de Cataluña donde mi padre y sus hermanas vivieron un año y medio acogidos en una masía incautada, pero cuando también cayó tuvieron que volver a Francia atravesando los Pirineos a pie, como lo hicieron medio millón de republicanos, entre los que se encontraba Antonio Machado.
En mayo del 39, antes de que Francia fuera ocupada por los nazis, el gobierno de México abrió las puertas a los republicanos españoles y él viajó en el primer barco que se fletó, el Sinaia, que llevó a mujeres, niños, ancianos, hombres de todos los credos políticos y de todas las facciones intelectuales, obreras, campesinas, maestros. Fue un gran contingente que después fue creciendo hasta casi 50.000 personas emigradas a este país.
–¿Reconstruyeron su vida allí?
-Sí, México les acogió y les permitió insertarse en la vida laboral. Mi padre no pudo seguir adelante con sus estudios, tuvo que trabajar y fue aprendiendo el oficio de fabricación de calzado, montó un taller y una pequeña fábrica que evolucionó hasta tener también dos zapaterías. Se casó con una mujer mexicana, vivió allí siete décadas y allí tuvo a sus hijos, yo soy el mayor.
-¿Regresó a Asturias en algún momento?
-Sí, cuando mi madre enfermó a causa de un ictus, vino con ella a Gijón, entonces él tenía 91 años. Cuando ella murió, se quedó a vivir conmigo, pero en 2020 fue una de las primeras personas que falleció por Covid-19. Su historia está relatada en parte en primera persona con su voz y, en parte, por un narrador que describe espacios, escenarios y situaciones. Se van alternando ambas, con el objetivo de recoger sus pasos. Esto en la tradición indígena mexicana no es únicamente volver a caminar por donde ya lo hiciste, sino recuperar memoria, poner en perspectiva cosas y recobrar aquellas cuestiones y escenarios que te fueron dando una energía vital. El libro describe ese cierre del círculo que termina en Asturias y cómo él ve todas las transformaciones con la perspectiva de siete décadas de exilio. Yo trato también de concluirlo como el hijo de una persona exiliada que ha heredado todo esto en una especie de posmemoria. Heredé una causa, unas heridas, una historia, una saga, y quiero ponerlo en perspectiva a través de la novela.
-¿Qué es lo que le hizo dar el paso de contar la historia de Pepín?
-Siempre estuve vinculado al mundo literario, pero la vida profesional no me daba mucho tiempo para escribir. Lo que precipita el libro son los cuatro años en los que él se queda conmigo en Asturias y pudimos convivir cotidianamente después de treinta y cinco años sin poder hacerlo. En ese tiempo me cuenta muchas cosas, aunque la verdadera escritura la hago una vez que fallece, especialmente en los últimos años, que ya estoy jubilado.
«Mi abuelo fue represaliado, torturado y fusilado, y ahora está en la fosa común del cementerio de Ceares, en Gijón. La novela tiene mucho que ver con un tema de memoria democrática y de cómo a través de la singularidad se puede contar una historia que resuena para muchos y que es importante recuperar y no olvidar»
-En el momento en que decide sumergirse en su historia, ¿el descubrimiento de su persona es todavía mayor?
-Absolutamente, porque no es únicamente contar lo que me contó, sino intentar ponerme en sus zapatos, adentrarme en su vida, usar una primera persona que es su voz, pero sin impostar mi voz en ello, e ir descubriendo la evolución que va viviendo en el exilio de adolescente a adulto hasta persona mayor que regresa. Todo esto también ha estado lleno de descubrimientos, de mucha investigación histórica para contextualizar el hecho de que mi abuelo, que se quedó en Asturias, fue represaliado, torturado y fusilado, y ahora está en la fosa común del cementerio de Ceares, en Gijón. La novela tiene mucho que ver con un tema de memoria democrática y de cómo a través de la singularidad se puede contar una historia que resuena para muchos y que es importante recuperar y no olvidar. Entre 1938 y 1941, 1.934 personas de los concejos de Gijón y Carreño fueron fusiladas en Ceares, y mi padre y yo fuimos juntos a ver el monumento que lo conmemora.
-De alguna manera, ¿se heredan también las heridas?
-Definitivamente. Yo creo que hay este fenómeno que se llama la post-memoria, en donde el legado no es únicamente el material, también tiene que ver con cómo vivió tu antecesor, cómo sufrió el exilio, el éxodo, la orfandad, la noticia de que su padre fue asesinado, la dificultad para salir adelante en un país en el que no tenía ningún vínculo y al que llega con una maleta, con un par de mudas y nada más. Y tiene que ver con la forma en que un hijo de un exiliado procesa también todo este tema y a través de la escritura descubre y redescubre.
Esto me ha mostrado con mucha claridad las dimensiones de lo que yo le llamo la digna derrota, porque hubo una derrota en términos del bando que ganó o que perdió, pero no en cuanto a la pérdida de valores, de fundamentos éticos y, sobre todo, de políticas sociales.
Después de muchos años sin haber podido ejercer el derecho a voto, –porque solo tenía un pasaporte de la República Española en el exilio que no servía para nada más que para la identidad– él, al volver para acá, mantuvo siempre su lealtad a lo político y social e iba siempre a votar por las papeletas progresistas.
«Hubo una derrota en términos del bando que ganó o que perdió la guerra, pero no en cuanto a la pérdida de valores, de fundamentos éticos y, sobre todo, de políticas sociales»
-¿El hecho de que sus hijos hayan recogido un testigo en valores es la prueba definitiva de que no hubo una derrota cómo tal?
-Exactamente, yo lo veo con mucha claridad y trato, de que, no panfletariamente pero sí de una manera natural, esto fluya en el libro y que se sienta esa digna derrota como una forma en que se asume la vida y la preservación de los valores, a pesar de haber tenido que salir exiliado.
-México acogió entonces a muchos asturianos, ¿la empatía que mostró este país parece algo inimaginable en tiempos actuales?
-Increíble, yo siempre lo reitero. Llegaron al país y al día siguiente tenían papeles y podían trabajar, incluso a muchos de ellos se les incorporó a universidades, a escuelas, a instituciones como asesores gubernamentales… Es decir, fueron unas manos abiertas totalmente para poder recibir un flujo humano que huía de la represión. Entonces no existían todavía las instituciones, no existía el ACNUR, las convenciones de Naciones Unidas ni los derechos humanos, pero en un gesto real, el gobierno de Lázaro Cárdenas de México puso un ejemplo de lo que no querían hacer muchos otros países, que era acoger, recibir, brindar apoyo y dar oportunidades.
-¿Estamos perdiendo la humanidad?
-Yo creo que muchísima. Por eso, este tipo de historias y la memoria que ello suponen nos permiten desarrollar empatía, si hay los ingredientes esenciales en uno para poder leer lo que hay que leer.
«El hecho de que se vote por una ultraderecha en España que niega el cambio climático, la Agenda 2030 y que busca derogar las medidas de memoria histórica es una ignorancia clara, demuestra que no se entiende cómo funciona el país y cómo funciona el mundo»
-A la vista de la historia, ¿la xenofobia en un país como el nuestro es una postura ignorante?
-Profundamente ignorante en un país que ha migrado notablemente; que ha migrado por razones de la guerra de Marruecos, por la Guerra Civil, por cuestiones económicas durante el franquismo a Suiza, Alemania… ¿Cómo se puede ser xenófobo en este país? Esto deberíamos reiterarlo mucho, recordarlo. Hoy vivimos una mezcla de egoísmo, falta de solidaridad, xenofobia y también aporofobia.
-¿Asistimos a diario a manifestaciones de gente muy joven que defiende valores que en desconocen?
-Que no saben ni lo que son, ni lo han conocido y porque en parte ignoran la historia y no se han sensibilizado ante todos estos fenómenos. Hay que rescatar la memoria en un término de dignidad, de democracia, de lo que supone la adversidad del exilio.
Yo he trabajado mucho profesionalmente en el desarrollo de servicios sanitarios para refugiados y solicitantes de asilo, sobre todo, cuando hubo la gran ola en 2016 en Europa y venían de Irak, de Afganistán y de Siria. En las presentaciones que hacíamos, sobre todo en España, trataba de poner imágenes de las grandes columnas de refugiados, hombres, mujeres y niños, pasando la frontera francesa o en los campos de concentración de Argelés y San Ciprián. Siempre decía: «no nos olvidemos de que hace unos años ellos éramos nosotros».
Todo este resurgimiento del populismo y la ultraderecha, de los valores xenófobos le creaban un shock tremendo a mi padre, no podía entender que volviésemos a esto. Estamos en un momento delicado.

-¿Corre peligro la memoria democrática?
-Ya está corriendo peligro en gobiernos de coalición del PP y VOX, en muchas comunidades autónomas han derogado las leyes de memoria democrática. Y es una ley muy necesaria en España, porque está empezando a tratar de cerrar heridas que quedaron abiertas por mucho tiempo. Otros países han resuelto esto de manera más acelerada, como la Comisión de Verdad y Reconciliación en Sudáfrica para todos los crímenes del apartheid o los procesos de demanda ante los genocidios practicados por la Junta Militar Argentina. Lamentablemente, si en los próximos comicios tenemos un resultado que favorezca una coalición de derecha y ultraderecha, se corren muchos riesgos de que haya retrocesos.
Y el hecho de que se vote por una ultraderecha en España que niega el cambio climático, la Agenda 2030 y que busca derogar las medidas de memoria histórica es una ignorancia clara, demuestra que no se entiende cómo funciona el país y cómo funciona el mundo.
-Estamos ahora ante la suspensión cautelar de la Ley de nietos, ¿qué opina?
-Es una aberración jurídica y una aberración de derechos imperdonable. No se puede conculcar un derecho constitucional y mucho menos así, a posteriori, por una maniobra electoral. Más allá de por dónde se incline el voto, no puedes suspender derechos constitucionales a personas que han recibido la nacionalidad, que tienen derechos y obligaciones. ¿Cómo vas a crear ciudadanos de segunda categoría que no puedan votar? No puedo entender cómo el aparato jurídico puede crear esas medidas cautelares, espero que en su momento el Tribunal Constitucional lo suspenda porque esto es una violación al derecho constitucional.
«La suspensión cautelar de la Ley de nietos es una aberración jurídica y una aberración de derechos imperdonable. No se puede conculcar un derecho constitucional y mucho menos así, a posteriori, por una maniobra electoral»
-Cuando vivimos el confinamiento a causa del Covid-19 falleció su padre. En ese momento, usted ejercía un papel fundamental en la comunicación respecto a la enfermedad y la manera de hacerle frente. ¡Vaya situación que le tocó vivir!
-Fue un momento muy difícil, porque estás en el empeño total de contribuir a través de la comunicación y la asesoría en términos epidemiológicos, y al mismo tiempo estás viendo cómo los grupos vulnerables son afectados por el virus, que no hay vacuna, no hay otro tipo de solución y que mi padre es ingresado. Por fortuna, entró en el Hospital de Cabueñes en cuanto fue diagnosticado, no vivió lo que muchas personas mayores en Madrid a los que no les dejaron llegar a los hospitales por una circular del propio gobierno de la Comunidad.
Había que estar alentando a que se respetase el confinamiento, al no contacto, que se entendiera que teníamos que hacer las cosas de la manera en la que lo estábamos haciendo si queríamos evitar muchos más contagios, y fue duro no poder acompañarle. Lamentablemente, en una semana el desarrollo fue fatal.
-¿Situaciones como las que ocurrieron en Madrid en las residencias de mayores dejaron muchas cosas en evidencia?
-Este tipo de cosas también hacen surgir las peores dimensiones de la condición humana en términos de la codicia, del trato despectivo hacia personas mayores, de la lógica de no usar los recursos sanitarios para las personas que “de todos modos se iban a morir”. Es prácticamente disponer de vidas sin derecho a ser.
-Además de poseer conocimientos hay que tener cierto temple para saber abordar situaciones como las originadas por la pandemia. Cómo director de acción directa en emergencias en crisis de la OMS ¿qué requiere esa templanza?
-Sí, hay que tener un cierto temple y aunar varias cosas. Primero, solidez técnico-científica; saber que tienes que actuar en razón de la evidencia científica, de las experiencias, de las buenas prácticas, no por impulsos y ocurrencias, y mucho menos por presiones o variabilidades políticas. Segundo, una cierta capacidad diplomático-política. Para esto es muy importante haber actuado en un organismo multilateral que conjunta la voluntad de 192 países miembros y crea los consensos necesarios.
Tercero, entender el papel de la comunicación. No se trata solo de comunicar en el sentido de transmitir un mensaje genérico a la población, hay que entender dónde están las áreas grises, los núcleos complejos que requieren clarificaciones, sobre todo dirigidas al público general, a los profesionales sanitarios, a los políticos sanitarios y a los políticos en general.
«La pandemia marcó un antes y un después por la magnitud, por la extensión mundial que esto tiene y por el hecho de que nos enfrentábamos a un fenómeno sustancialmente desconocido. Se trataba de un agente infeccioso nuevo para el que no había vacunas y del que incluso desconocíamos los modos de transmisión»

-Y seguro que tratar con actores locales no siempre ha sido fácil, más aún cuando hablamos de los gobiernos de algunos Estados.
-Claro, a veces hay que negociar con dictadores para tratar de viabilizar la ayuda humanitaria en países con muchas restricciones a los derechos humanos y al derecho humanitario internacional. Necesitas tener determinación para plantear que en situaciones de crisis hay actuaciones que tienen que ser hechas porque, por encima de todo, está un principio de humanidad, de neutralidad, de protección de la vida y de las formas de vida de la gente. Uno aprende mucho en esas tareas porque hay que evaluar permanentemente, en tiempo real, para redirigir el curso de la acción y ver si las cosas han tenido el efecto que se quería. Hay que aprender de las lecciones, tanto de lo bueno como de lo malo.
-La expansión del coronavirus causó un shock mundial, ¿a partir de ese momento se empezó a mirar hacia las pandemias de otra manera?
-La pandemia marcó un antes y un después por la magnitud, por la extensión mundial que esto tiene y por el hecho de que nos enfrentábamos a un fenómeno sustancialmente desconocido. Se trataba de un agente infeccioso nuevo para el que no había vacunas y del que incluso desconocíamos los modos de transmisión. Había que hacer muchas cosas muy rápido, no había desarrollos tecnológicos ni para pruebas diagnósticas y mucho menos para vacunas, pero se fue logrando secuenciar genéticamente el virus y hacer los dispositivos. De alguna manera, la pandemia sensibilizó a toda la población a que hay peligros comunes, que hay conductas colectivas y que esto no es un fenómeno distante. Obligó a mucha reflexión, pero también a muchísima clarificación de las cosas que son importantes y las que no lo son.
Como consecuencia también ha tenido que existir un trabajo muy intenso para contrarrestar los bulos, las noticias falsas, todas estas cuestiones que han distorsionado mucho las respuestas sociales y que, incluso hoy, tienen una consecuencia muy negativa como es, por ejemplo, el movimiento antivacunas.
«Estamos viviendo años de conflictos bélicos que repercuten en el aumento del presupuesto en el gasto militar. Y todo eso nos lleva a situaciones muy complejas de abandono de la inversión en salud pública, en la atención primaria y en la preparación pandémica»
-Ante una situación sanitaria como esa se abren muchos frentes en los que operar, algunos evidentes como el sanitario, el político o lo social. ¿Algo más a tener en cuenta?
-En el caso de España, llegamos a ver también un frente adicional que lamentablemente no jugó un papel positivo, y es el de la judicialización excesiva de las decisiones y acciones de salud pública. Los jueces haciendo lo que en inglés llaman un second guessing, queriendo adivinar lo que se tenía que hacer o no, juzgando la pertinencia de medidas de salud pública y frenando muchas veces medidas que no debían ser frenadas. Ahí se han cometido muchos errores, es parte de una distorsión del sistema judicial. Siempre hay que reiterar lo que decían los romanos, que la salud pública es ley suprema, y que cuando se trata de preservar la vida de la gente no se puede ir jugando de esa manera.
-¿Hemos aprendido algo?
-El COVID-19 nos dejó muchísimas lecciones de las que tendríamos que aprender en mayor grado. No todas se han internalizado lo suficientemente y no hemos incorporado todo lo que tendríamos que incorporar para no repetir los mismos errores y para poder hacer las cosas de otra manera ante potenciales futuras pandemias, que las habrá, tarde o temprano. Lamentablemente, cuando desaparece el problema agudo, la gestión política se desentiende. Se ha ido borrando la percepción de urgencia y no se hacen los esfuerzos necesarios en materia de inversión o de asignación económica de recursos.
Por otro lado, estamos viviendo años de conflictos bélicos que repercuten en el aumento del presupuesto en el gasto militar. Y todo eso nos lleva a situaciones muy complejas de abandono de la inversión en salud pública, en la atención primaria, en la preparación pandémica. Esto no ocurre únicamente en España, está ocurriendo en muchos países del mundo. El Panel Independiente para la Preparación y Respuesta frente a Pandemias, que en su momento se formó para evaluar la gestión de la pandemia, sigue insistiendo y acaba de hacerlo ante la Asamblea de Naciones Unidas, en la importancia que tiene no bajar la guardia en cuanto a la preparación pandémica.

-El virólogo Juan Fueyo inicia uno de sus libros diciendo que, viendo cómo han ido aumentando los virus, la humanidad podría sufrir en los próximos diez años el ataque de uno con capacidad para asesinar a millones de personas. ¿Hay conciencia de que están aumentando los riesgos?
-Yo creo que no hay suficiente conciencia. No sé si el escenario es tan sombrío como lo que se plantea en ese inicio, a mí me parece un pelín sensacionalista, pero el riesgo de una pandemia considerable está ahí. Podemos tener una pandemia por gripe aviar de la noche a la mañana, quizá esa es de la que estamos más cerca.
En la medida que avanza el cambio climático y que hay explotación de zonas antes vírgenes en selvas o en los polos, se van desentrañando virus o bacterias de distintos tipos y algunos pueden tener un papel letal. Tenemos que estar muy preparados porque el tema del cambio climático es absolutamente crítico y tiene que despertar nuestras conciencias.
Nos falta un abordaje más integral de una sola salud, es decir, una articulación mayor de la salud animal, la salud ambiental y la salud humana. Prestarle más atención, interés a la zoonosis, al riesgo del salto de enfermedades infecciosas de especies animales a humanas. En los últimos 20 o 25 años hemos tenido esencialmente ese salto, en casos como el SIDA, el SARS, hasta el MERS, el COVID, la propia mpox (viruela del mono)… han sido los cambios ecológicos y de ecosistema los que han producido más riesgos en este sentido, pero no hay suficiente conciencia.
«En la medida que avanza el cambio climático y que hay explotación de zonas antes vírgenes en selvas o en los polos, se van desentrañando virus o bacterias de distintos tipos y algunos pueden tener un papel letal. Tenemos que estar muy preparados porque el tema del cambio climático es absolutamente crítico y tiene que despertar nuestras conciencias»
-Cuando por fin saltan a la opinión pública, ¿el miedo se contagia más rápido que las propias enfermedades?
-Así es, es lo que estamos viendo y lo que hay que poner en perspectiva. Por ejemplo, el miedo que ha imperado a partir de la detección de un caso de peste neumónica en Siberia, que se ha sacado mucho de contexto. Es un tema importante, pero no es una nueva pandemia porque hasta ahora hay un caso, no hay casos secundarios y se puede tratar con un antibiótico. Lo más probable es que la contaminación haya sido por la manipulación inadecuada de muestras de la bacteria de Yersinia pestis. Lo que hay que hacer es una vigilancia muy estrecha y evitar su contagio, pero no estamos ante una de estas incidencias que nos llevan a declarar una pandemia mundial contra la que no tenemos herramientas.
Hay una especie de shock post-traumático después de la pandemia, pero esa especie de pánico, muchas veces infundado, hay que ponerlo en perspectiva. De ahí la importancia de la evidencia científica de un trabajo que esté sustentado no en el alarmismo, no en el opinionismo, sino en mucha más base científica.
-En España, hay también una fuerte convulsión en la sociedad en torno a la vivienda. ¿Es un tema también de salud pública?
-Definitivamente lo es y esto hay que ponerlo en perspectiva. La Sociedad Española de Epidemiología ha emitido un comunicado, que me parece muy acertado, reiterando que la vivienda es un determinante social de la salud, que en última instancia es un problema de salud pública. Esto lo sabemos desde hace tiempo y por muchas vías, cuando las condiciones en la vivienda predisponían a la tuberculosis o a otras enfermedades infecciosas de fase de contagio, o porque la vivienda pudiese tener componentes estructurales tóxicos como el amianto o la pintura de plomo. Y luego está el estrés que genera la precariedad de la vivienda, lo hemos visto con el caso de Maricarmen, desahuciada, desalojada a una elevada edad y con condiciones de salud muy deplorables y que ha concluido con su muerte.

-¿La solución en este tipo de casos tiene que ver con renunciar a determinados beneficios de mercado y priorizar la salud?
-Bueno, algunos pensamos que los beneficios de mercado deberían de jugar un papel secundario y no primario, y que el Estado debería regular aquellas cuestiones en donde esto es un problema. Para mí, la vivienda es una de ellas, habría que regularla en términos de precios, en términos de adquisición por fondos buitre, en términos de mayor construcción de vivienda pública. Es decir, garantizar el derecho a la vivienda.
-Las implicaciones del cambio climático, por ejemplo, en la subida de temperaturas, ¿piden también tener en cuenta otros parámetros?
-Claro, hoy tenemos que entender que la vivienda, aún en la zona norte de España, va a tener que estar climatizada, sobre todo para personas mayores. Tenemos temperaturas más elevadas, una profunda intensificación de olas de calor que dan lugar a una mortalidad excesiva por esta causa. En las residencias geriátricas o en las escuelas, todo esto lo tenemos que atender de alguna manera y tenerlo en cuenta en la vivienda en general.
«Desde mi perspectiva, quisiera que pudiésemos mantener un gobierno progresista para no perder muchas de las ganancias obtenidas y de los derechos que empezaban a apuntalarse»
-Viendo a lo que nos enfrentamos, ¿hacen falta políticas que sepan cuidar a las personas?
-Exactamente, y ahí es donde hay que tener en cuenta el rigor científico, que en realidad siempre lo hubo, pero ahora parece que todo el mundo hace ciencia y hay un montón de cosas que no tienen sentido. Hay que intensificar el rigor y evitar esta hiperinflación de información aparentemente científica, pero que no tiene base de sustentación por pruebas científicas. Eso es toda una tarea, porque hay que combatir los bulos y la desinformación. La ciencia, al servicio de la toma de decisiones, tiene que ayudar también a separar la paja del trigo.
-A las puertas de unas elecciones generales, se aprecia la evidente polarización de la sociedad, ¿cómo podemos proteger lo que es vital para la sociedad de las posturas que nada tienen que ver con la salud pública?
-La manera de blindar y proteger es a través de marcos legislativos que impidan que las cosas ocurran según sopla el viento de acuerdo a quien gestiona un gobierno y a su ideología. Vamos a tener un proceso muy complejo con las elecciones de noviembre. De sobra está decir que, desde mi perspectiva, quisiera que pudiésemos mantener un gobierno progresista para no perder muchas de las ganancias obtenidas y de los derechos que empezaban a apuntalarse. Lamentablemente, creo que si las cosas no van por ese camino vamos a tener que luchar mucho para proteger instituciones, programas… en definitiva, proteger la salud pública. Y otras cosas como, por ejemplo, la memoria democrática que se ve notablemente amenazada.

