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domingo 14, abril 2024

Daniel López-Velasco, ornitólogo: “Intento ser fiel a mi pasión por las aves”

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Siente una pasión desmedida por las aves y, a pesar de su juventud, el asturiano Daniel López-Velasco es ya un experto ornitólogo de fama internacional y un reputado guía de viajes en la agencia Birdquest. Su trabajo es su norte, su vida, y esta es de todo menos convencional.

De pequeño ya apuntaba maneras. Con seis años de edad ya tenía sus propias guías de pájaros y hacía planes para poder verlos, fuese como fuese. Afortunadamente, sus padres, los biólogos y bioquímicos Carlos López Otín y Gloria Velasco Cotarelo, entendieron a la perfección su interés y le apoyaron desde el principio. Con solo diez, descubrió su primera ave rara, una collalba desértica, al lado de su casa, en Salinas. Por eso, Daniel lo tuvo claro cuando, tras licenciarse en medicina, renunció a un cómodo trabajo en un hospital gijonés para lanzarse a la aventura de ser guía ornitológico. Y no uno cualquiera, uno de los mejores especialistas en aves raras del mundo.

Daniel López-Velasco, ornitólogo asturiano
Foto: Merce R. Romero

-No serías un niño prodigio, pero desde luego has sido un ornitólogo precoz.
-No creo que tuviese nada especial excepto el hecho de que me atraía muchísimo la naturaleza. Mis padres y mis abuelos, con los que además tenía muchísima relación, también me lo han inculcado. Desde muy pequeñito lo que más me gustaba era el mar, y como nací en Salinas, estaba en contacto con él desde el minuto uno. Veía los documentales de Jacques Cousteau una y otra vez. Un día hablando con mi abuelo, que sabía que yo estaba loco por los peces y por el mar, él me comentaba que siendo práctico los peces eran difíciles de ver y que por qué no me dedicaba a algo más visible como eran los pájaros.

-¿Con 7 años le pedías a tus padres que te llevasen a ver pájaros en vez de ir al cine?
-Bueno, me considero una persona muy social, así que desde pequeño hacía actividades normales. Iba los domingos al cine con mis amigos, hacía surf, jugaba al fútbol y a la vez me volcaba en ver pájaros. No quería elegir, y muchos de mis mejores amigos actuales son amigos de cuando yo tenía 5 o 6 años. Es importante que mis padres siempre me recordasen que no había que olvidar ese aspecto, porque conozco otras personas en este mundo que no han sabido socializar y que al final solo se relacionan con personas de su círculo de animales o pájaros. Esto tampoco creo que sea sano.
Pero es verdad que de pequeño me levantaba igual a las siete de la mañana para dibujar aves antes de ir al cole. Y en el colegio ya estaba pensando a donde me podían llevar mis padres en el fin de semana o qué plan podría hacer relacionado con aves. No estaría haciendo lo que hago ahora si con 7 u 8 años mis padres no me hubieran llevado a ver aves. Hubo otras personas asturianas que también me llevaron y cuidar a un niño con esa edad es una responsabilidad enorme. Yo esas cosas no las olvido, aunque los que más se ocuparon fueron mis padres, para mi familia era sacrificado que los domingos en vez de dormir más fuésemos a ver pájaros.

“En esta profesión nada ni nadie te enseña, no hay una carrera, un máster o cursos para aprender a guiar en los viajes y hay muy poca gente válida que lo haga bien. La mejor definición para este trabajo es la de ‘solucionador de problemas’

-¿Cómo eran entonces las vacaciones y el tiempo libre en familia?
-Por presión mía, procurábamos que fueran mitad y mitad. Si yo quería ir a Costa Rica a ver pájaros, unos días eran para ir a la playa y otros intentando ver aves, y ellos también lo disfrutaban. Gracias a las aves he visitado decenas de lugares increíbles que no habríamos conocido nunca, y mucho de los viajes fueron con mi padre.

-Recientemente, acabas de demostrar que no hay que irse fuera para hacer importantes avistamientos al descubrir una especie nueva en España: el Mochuelo chico, un pequeño búho, en los Pirineos.
-Totalmente, solo se trata de tener los ojos muy abiertos y estar muy atento, con ganas de encontrar y descubrir. Esto es otro ejemplo increíble de cómo en España puedes descubrir cosas muy relevantes. O por ejemplo, lo que ocurrió en Cabo Peñas hace un año, aunque esto pasó más desapercibido: grabé el sonido que hace el colirrojo tizón, el raitán moro, cuando vuela, cuando está migrando desde Francia a Asturias. El sonido y el canto que hace habitualmente es muy conocido pero este otro sonido no lo conocía nadie en el mundo, y yo lo grabé literalmente al lado de casa.

Ave del Paraíso de Wilson
Ave del Paraíso de Wilson / Foto: Daniel López-Velasco

-Aún así se te conoce por ser especialista en aves raras. ¿Por qué esta especialidad?
-A mí me gustan todas las aves, desde el mirlo que tengo debajo de casa hasta el ave rara que nunca viene a España. El problema es que algunos ornitólogos han intentado poner una línea que separa y que dice que si te gustan las aves de aquí no te gustan las raras, o al revés. Me parece ridículo. Es como decir, que si te gusta la fabada no te puede gustar el pote, y a mí me gusta todo.
No es que el ave rara sea más importante y no es que me haya especializado en esto, pero encontrar algo que se supone que no tiene que estar allí te da adrenalina. Me ha fascinado, por ejemplo, que un ave que venga de Siberia se pierda y acabe en Asturias. Me parece bastante increíble, pero para profundizar en su identificación primero tienes que saber mucho de los pájaros de aquí.
Cuando era pequeño, en el año 97, encontré un pájaro debajo de mi casa en Salinas que vive en los desiertos del norte de África y en Oriente medio y solo se había visto una vez en España. Yo tenía 10 años, sabía lo que era porque tenía mi guía de pájaros y cuando avisé a mis amigos nadie me creía, lo cual es normal. Este pajarito estuvo aquí todo el invierno y casualmente, un poco antes de que se marchase, un amigo mío lo vio y se dio cuenta de que tenía razón. Y entonces vino mucha gente a verlo, y ya empezó a decir ¡mira tú este niño lo que ha visto!! A partir de eso, la gente empezó a abrir los ojos y a darse cuenta de que pueden llegar pájaros de otros sitios. No es tan descabellado, solo hay que fijarse.

“Soñaba con ver un ave del paraíso desde que era pequeño, lo dibujaba, tenía postales, sellos y libros de él. Verla entre la niebla para mí fue de los momentos más felices de mi vida”

-¿Qué pájaro te ha dado la mayor alegría al descubrirlo?
-En el mundo hay dos aves que son las que más me he alegrado al verlas. Una es el Quetzal, el ave sagrada de los mayas que es verde con una cola larguísima, es espectacular. Lo vi por primera vez en un viaje a Costa Rica, tendría 11 años e iba con mi familia. Mi pobre padre y yo nos pasamos un día debajo de un árbol esperando a que llegase, estaba lloviendo y el ave no apareció. Esa noche no cené, me cogí una perreta y nadie podía hablar conmigo, creía que no iba a tener más oportunidades. Al día siguiente teníamos que marcharnos en coche al aeropuerto, y yo les pedí por favor que antes de marchar lo intentáramos de nuevo. Cuando llegamos al lugar nos avisaron de que un grupo estaba viendo uno, salí corriendo como alma que lleva el diablo y metí la cabeza en el telescopio de los que lo estaban viendo. No lo olvidaré nunca en mi vida. Y cosas de la vida, que he estado en Costa Rica siete u ocho veces, he visto muchísimos quetzales y cada día que veo uno disfruto igual que la primera vez.
La otra es el ave del paraíso, que vive en la isla de Nueva Guinea, en Oceanía. Cuando acabé el colegio, justo antes de empezar la carrera, mis padres me regalaron un viaje a Nueva Guinea porque sabían que era mi sueño número uno. Soñaba con esa ave desde que era pequeño, lo dibujaba, tenía postales, sellos y libros de él. Ver esa ave entre la niebla para mí fue de los momentos más felices de mi vida. Y qué vueltas da la vida que ahora por mi trabajo enseño quetzales y aves del paraíso a otras personas.

Quetzal Resplandeciente
Quetzal Resplandeciente /Foto: Daniel López-Velasco

-Trabajas para Birdquest, la mejor empresa de viajes ornitológicos del mundo, recorriendo países y enseñando aves a grupos de clientes. Parece de lo más atractivo pero ¿qué hay detrás de una profesión tan desconocida?
-Lo primero es que en esta profesión nada ni nadie te enseña, no hay una carrera, un máster o cursos para aprender a guiar en los viajes y hay muy poca gente válida que lo haga bien. Vas aprendiendo sobre la marcha, tienes que tener esa intuición. La mejor definición para este trabajo es la de ‘solucionador de problemas’. Yo es lo que hago continuamente. Encontrar las aves para mí es lo más fácil, es lo que me gusta y en lo que soy muy bueno objetivamente; el principal problema es lidiar con la gente y lo que hace difícil esta profesión. Yo prácticamente guío en todos los países del mundo, eso a lo mejor hay veinte personas en el mundo que puedan hacerlo, no muchas más, pero lo más complicado es el trato con las personas. Igual estás un mes conviviendo con un grupo de personas dieciocho horas al día. Normalmente nos levantamos a las 4 de la mañana para ver búhos, estás todo el día fuera, no hay descanso, no hay siesta, y por la noche volvemos a ver más búhos. Físicamente es durísimo y mentalmente lo es mucho más porque estás mucho tiempo fuera de casa y porque cada día ocurren cosas. Cuando veo lo que les pasa a Jesús Calleja o a Frank de la Jungla me da la risa, porque a mí se me ha hundido un barco, he viajado en una avioneta que casi se estrella contra el mar y en Papúa Nueva Guinea hubo una revuelta de gente matándose entre ella fuera de mi tienda y yo pude ver los muertos… Ese es mi día a día, por eso yo me lo tomo todo con mucha filosofía. Solucionar problemas todos los días ya es bastante, aunque la gente es lo más duro.

“Cuando veo lo que les pasa a Jesús Calleja o a Frank de la Jungla me da la risa, porque a mí se me ha hundido un barco, he viajado en una avioneta que casi se estrella contra el mar y en Papúa Nueva Guinea hubo una revuelta de gente matándose entre ella fuera de mi tienda y pude ver los muertos”

-¿Cómo es posible que esta parte sea la más complicada?
-La mayor parte de los que vienen a ver aves es buena gente y luego hay bellísimas personas con las que he trabado amistad y con las que ahora hago viajes privados e incluso vienen a mi casa; pero a veces tienes que convivir un mes con alguien que está queriéndote hacer la vida imposible. Tú te esfuerzas día y noche para que todo esté bien y estar tanto tiempo con alguien que solo te da problemas en sitios remotos es durísimo, pero son gajes del oficio. Al principio, cuando empecé como guía quería agradar a todo el mundo, pero esto no funciona así. Un buen guía tiene que saber lo que tiene que hacer, guste o no guste, y tiene que mantenerse firme. Hay muy pocos tan jóvenes como yo porque no suelen tener la experiencia necesaria, y cuando tienes que reñir o decirle lo que tiene que hacer a personas de 70 años, a veces no se lo toman a bien; muchos de ellos son empresarios pudientes acostumbrados a mandar. Yo tengo mucho genio pero poco a poco he ido cambiando mi carácter, creo que he mejorado como persona en muchos aspectos. Ahora tengo más paciencia, no me queda otra. Aunque aún a veces tengo que sujetar a la fiera porque sigo saltando con las cosas injustas que pasan, como que a un cliente no le dejen subirse a una avioneta porque una letra de su apellido esté mal. Es una frustración enorme, pero cada día aprendes más.
La gente cuando sabe de mí piensa que lo que vivo es algo idílico: ‘a este le pagan por viajar a sitios increíbles’. Yo entiendo que puede parecer esto, pero nada más lejos de la realidad, esto no tiene nada que ver con irme de vacaciones.

Daniel López-Velasco, ornitólogo asturiano
En un trekking al lago Habbema, en Papúa Occidental (Indonesia), acompañado por dos porteadores locales / Foto: Mark Van Beirs

-¿Hay alguna situación en la que se te hayan puesto de corbata?
-Muchas y muy variadas. El aspecto más peligroso de mi trabajo posiblemente sean los medios de transporte, es lo peor, porque estás en lugares subdesarrollados donde no tienen los controles que tienen aquí. Son transportes primitivos y en malas condiciones de seguridad.
Recuerdo que volando en avioneta sobre las islas Comoro lo pasamos muy mal; había mucho viento, el piloto temblaba y pensábamos que nos caíamos, que íbamos a morir. Y una vez en Nueva Guinea íbamos en una barquita que empezó a dar señales de que se iba a hundir, en un lugar donde se han ahogado muchas personas. Aquí es donde un guía tiene que saber dónde está el límite, porque, aunque llevas un grupo de gente que ha pagado mucho para ver aves, llega un momento en el que si sigues adelante, te puedes quedar, puede morir mucha gente y nadie te va a rescatar. Allí nos pasó una ola por encima y tuve que decir que nos dábamos la vuelta para no ahogarnos.
En Nueva Guinea además hay muchas disputas entre las tribus y allí hemos tenido problemas graves con gente borracha que llega armada y se pone muy agresiva. Tú no sabes el idioma y estás en sitios remotos en los que estás días sin cobertura y si pasa algo, es difícil contactar con gente de fuera.

“La gente piensa que lo que vivo es algo idílico. Entiendo que puede parecerlo, pero nada más lejos de la realidad; esto no tiene nada que ver con irse de vacaciones”

-Cuéntame la aventura que vivisteis para avistar a la paloma apuñalada de Negros, ¡qué vaya nombre tiene esta ave!
-Sí, es un nombre chulo. Esto fue la leche, porque el viaje fue en febrero del año pasado, justo antes de que se cerrase el mundo. Yo estaba en Filipinas y allí todo el mundo estaba con mascarillas, mientras que en España todavía no se sabía lo que era el Covid.
Esta paloma es uno de los pájaros más raros del planeta, la han visto pocas personas en el mundo; vive en un sitio remoto, de muy difícil acceso. Mi empresa nunca había ido allí, con lo cual era un poco aventura. Después de un año preparando el viaje, cuando llegamos a la isla de Panay (Filipinas) nos encontramos con que había un tifón en la zona y no se podía hacer nada. Después de dos días en el hotel sin poder salir y viendo llover, pensé en hacer un cambio de planes e ir primero a otra isla. Lo hicimos así, vimos los pájaros de ese lugar y cuando regresamos había mejorado el tiempo y pudimos iniciar la subida. Yo no la conocía: era un territorio kárstico con acantilados por varios lados y puntos en los que, si te caías, te matabas. Yo temblaba por los clientes porque aunque estaban relativamente en forma (era un requerimiento para poder ir), aún así era peligroso.
Cuando llegamos arriba, al lugar indicado, nos encontramos que la persona local que había quedado en traer comida y agua no lo había hecho. Por si fuera poco, dos personas de una organización inglesa (el Zoo de Bristol) nos comentaron que llevaban dos semanas allí y que todavía no habían visto ninguna paloma, justo lo que no quieres escuchar delante de los clientes.
Yo llevaba algunas barritas energéticas en la mochila con las que podríamos tirar mientras la gente del pueblo no nos traía los suministros y una pastilla potabilizadora para el agua del río. Dormimos como pudimos en hamacas, y al día siguiente volvimos a caminar un buen trecho. Por intuición nos metimos por el cauce de un río seco en plena selva virgen, y ya cuando amanecía, el primer pájaro que veo en el afluente por el rabillo del ojo es la paloma. Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida en tema de pájaros. Pudieron verla todos e incluso pude hacer un par de fotos. ¡Imagínate!, después de tres días comiendo y durmiendo mal fue la felicidad plena. Descendimos con mucho cuidado y todo salió bien; cuando llegamos a Europa, a los dos días se cerró España.

-Te han retenido en un aeropuerto mexicano confundiéndote con un narcotraficante e incluso te has colado en una cárcel de Filipinas… ¿Qué no harías por avistar un ave?
-Queríamos colarnos en la cárcel porque dentro de ella hay un bosque que llevan los presos. Ellos son los que te lo enseñan y es el único lugar de la isla que se ha preservado y donde todavía es posible encontrar las diez aves que teníamos que ver. El problema es que esta vez no nos dejaban pasar por el tema del Covid, así que tenía que idear una entrada diferente al bosque de la cárcel. La encontré por Google Maps, nos colamos de noche con frontales de luz roja para poder ver los pájaros y volver sin que nos viesen los guardas. Lo conseguimos y todos contentos.

“Hay poca gente en España que viva este trabajo con tanta pasión como yo, aunque sí hay una persona que lo vive parecido, la fotógrafa Mercedes Rodríguez Romero. Yo la admiro mucho, ha dejado su trabajo como ingeniera forestal para dedicarse a esto”

-Viendo el nivel de experiencias que asumís, imagino que los clientes tienen que confiar en ti. ¿Es cuestión de liderazgo?
-En esto funciona mucho el boca a boca y el que te vean cómo funcionas. El liderazgo, la intuición son parte del trabajo. Una de las cosas más gordas que me han pasado ha sido en un pueblecito en los Andes, a 3.500 metros; hacía mucho frío y por la mañana un cliente no vino a desayunar, había desaparecido. Vino una partida de búsqueda del ejército y cuando apareció estaba en una situación muy mala: había tenido un brote psicótico, con alucinaciones, y pasó la noche en camiseta corta a cero grados. Mientras el resto de clientes estaban esperando, lo llevamos a un centro médico, pero no querían hacerse cargo de él. Yo insistí mucho porque tenía una hipotermia grave. Fui muy persuasivo y al final conseguí que una ambulancia se lo llevase a un hospital grande que estaba a tres horas de allí, de esta forma conseguí que no le tuvieran que amputar los pies, que es lo que hubieran hecho. Y claro, esta persona ahora está muy agradecida.
Son cosas que pasan que no puedes prever y que no le pasan a la gente normal, pero yo ya las normalizo.

-¿Una vida normal para ti sería aburrida?
-Para mí la vida normal es la vida que ya llevo. Irme mañana lejos es lo normal es lo que me gusta, lo que he elegido, con emociones y con aspiraciones. No me atrae una vida gris, plana, no sería feliz con una vida así.

Leopardo de las Nieves
Leopardo de las Nieves en Kashmir, India / Foto: Daniel López-Velasco

-¿Qué sueños te quedan por cumplir?
-Buena pregunta porque no es fácil contestar. He visto cosas increíbles; curiosamente mi sueño número uno no ha sido ver un ave sino el leopardo de las nieves, y por fin, en 2015 en el Valle de Cachemira, lo pude ver. Hay muchas cosas que quería hacer o ver y que ya las he hecho o visto, pero hay una muy general y es profundizar mucho más en el conocimiento de los sitios a los que voy. Cuando vas a un país una vez o dos no llegas a saber nada de él y yo aspiro a intentar conocer todo lo posible de estos lugares, de los pájaros, de la gente… y no quedarme en la superficie. También hay sitios en los que aún no he estado a los que me apetece muchísimo ir como el interior de Australia, el Tibet o Buthán.
Otro de mis sueños sería compartir con alguien que sea como yo estas experiencias. Muchas de estas cosas las vivo solo con clientes, no con alguien con quien conecte, que sienta lo mismo que yo, y eso es lo bonito. Por ejemplo, ver pingüinos en la Antártida con mi padre me ha llenado infinito, pues algo así. La verdad es que hay poca gente en España trabajando en esto y que lo viva con tanta pasión, aunque sí hay una persona que lo vive parecido aunque más enfocado hacia la fotografía y es la extremeña Mercedes Rodríguez Romero. Una persona a la que admiro mucho y que ha dejado su trabajo como ingeniera forestal para dedicarse a esto.

-A pesar de estar rodeado de gente tu vida no deja de ser una vida solitaria. ¿Resulta difícil mantener vínculos siendo tan trotamundos?
-Sí, es casi imposible, es un hecho. En la vida todo son sacrificios y quien algo quiere algo le cuesta y esto yo lo he vivido. He estado bastantes años con una persona que respetó muchos mis viajes, pero esto es algo tan poco convencional y tan difícil de entender que no es fácil llevarlo. Te pueden respetar mucho, aguantar mucho, pero en el tema personal o sentimental eso no es suficiente. Si esa persona no tiene la misma pasión por lo que uno hace, si no ha ido contigo a muchos viajes, no tiene ni idea de lo que sufres, de cómo lo vives, de lo que supone estar varios días solo en una tienda, lloviendo y sin poder hacer nada.
Yo intento ser fiel a mi pasión y sí es un poco egoísta, pero si no lo fuese no podría estar fuera 7 u 8 meses al año. Esta es una vida muy solitaria, extraordinariamente solitaria. Yo no voy con otro guía que me haga compañía, y estoy solo con la responsabilidad. Todo el peso lo tengo yo, y es muy grande, porque si tomo una mala decisión puede morir gente, y siempre tengo que estar lidiando con mi cabeza. Tienes que aprender a convivir con tu mente, aprender a relajarte, a tranquilizarte, porque nadie lo va a hacer por ti.

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