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jueves 5, febrero 2026

Beatriz Duplá, presidenta de la Asociación asturiana Hashtg. Cómo salvar vidas a través de la cooperación

La Asociación Hashtg (acrónimo en inglés de Asociación Humanitaria para la Formación Sanitaria) nació en Oviedo en septiembre del 2019 y recientemente ha conseguido traer a Asturias a un chico de Madagascar que necesitaba una compleja operación de urgencia para salvar su pierna de una amputación.

Beatriz Duplá es la presidenta de esta asociación. Su presentación, toda una declaración de intenciones: «Somos una Asociación Humanitaria de origen local, pero con el ambicioso objetivo de mejorar la formación y asistencia sanitaria a nivel internacional».
Ginecóloga en el HUCA (Hospital Universitario Central de Asturias) y presidenta de la Asociación de Ginecología del Principado de Asturias, descubrió a través de la medicina una forma de ayudar a los demás. Y a través de la cooperación, una manera diferente de conocer el mundo y otras realidades en las que poder transformar, gracias a su formación, la vida de muchas personas.

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-¿Por qué vinculaste tu vida a la medicina?
-En mi familia no hay ningún médico. Cuando yo tenía siete años, nació mi hermano con Síndrome de Down. Recuerdo que, cuando mi madre nos dio la noticia, para que entendiésemos que él no era normal, dijo: “Tu hermano nunca se va a poder casar”. Ya sabes, cosas que decían las madres en aquella época. No me acuerdo bien, pero me dicen que, a partir de ese momento, siempre dije que quería ser médico para curarlo. Creo que eso nos marcó a todos porque mis otros dos hermanos trabajan en centros de educación especial. Estudié medicina en Oviedo y cuando me fui a presentar al MIR lo que quería era pediatría o ginecología. Ambas estaban ligadas a mi hermano. Quería quedarme en Asturias y ginecología me parecía una especialidad más completa así que me decanté por ella. Escogí Cabueñes porque tenía varias amigas allí y estaban contentas. Mi hermano murió el año pasado.

-¿Y a la cooperación?
-Creo que, como casi todo el mundo que estudia medicina, tienes curiosidad por saber cómo es la cooperación en desarrollo o hacer voluntariados. Siempre estaba pendiente de alguna oportunidad para marchar, pero es complicado empezar. Fui a un congreso de ginecología en el año 2006 o 2007 y en una de las charlas, comentaron que los jesuitas y una ONG catalana estaban montando un hospital en Llamena, la capital de la República del Chad. Necesitaban especialistas en ginecología que fuesen a trabajar allí un mes. Nos dieron una dirección de correo y escribí. Me hicieron una entrevista y, de los diez que habíamos escrito, sólo quedamos dos. Fui a un hospital que se llamaba Le bon samaritain y resultó ser una experiencia durísima. Viajé sola y, la verdad, ahora mismo no le recomendaría a nadie empezar en esto así.

Beatriz Duplá haciendo una ecografía a una mujer embarazada en un país africano.

-¿Qué fue lo que te hizo querer seguir?
-El denominado “cinturón del hambre”, que es la parte más dura de la cooperación. En ese hospital se morían todos los días varias mujeres en el paritorio, no tenían recursos ni cosas básicas. Pero, no me preguntes por qué, algo me enganchó. Por esas casualidades de la vida, resulta que la secretaria del hospital en Asturias, tenía un cuñado traumatólogo asturiano que era el presidente de la Asociación Andaluza de Cooperación Sanitaria y necesitaban una ginecóloga. Me fui con ellos a Madagascar y, en uno de esos viajes, conocí a un grupo argentino que más tarde montó una ONG en Mozambique y también empecé con ellos. En el año 2018, uno de los ginecólogos que había conocido en el Chad, Obelix Askemdet, intentaba venir a España para reciclarse, aprender técnicas de emergencias y cómo evitar las complicaciones del parto, que es de lo que más se mueren las mujeres allí. Fue un proceso progresivo…

-¿De iniciarte duramente en la cooperación a montar una ONG que trabaja sobre el terreno?
-Cuando conocí a Obelix, era estudiante en ese hospital del que te hablé. Tenían un sistema muy bueno, no sólo hacían asistencia, sino también formaban médicos. Cada dos o tres años, unos veinte estudiantes de los que entraban eran becados por una familia española con el compromiso de que, al acabar, se quedaran diez años trabajando en ese hospital. Cuenta que, en África, nada es fácil y cuando ya eres médico lo que quieres es irte de allí cuanto antes, mejorar tu situación y la de tu familia. Al empezar a hacer todos los trámites para traerlo a España, fuimos conscientes de lo complicado que era realizarlo. Si no había detrás una asociación o una fundación, te ponían muchos problemas. Mi pareja, que es el actual secretario de la asociación, es abogado y está acostumbrado a estos trámites porque ya los había hecho para otras entidades, así que planteó crear una asociación que nos sirviese de respaldo. En el 2019 creamos la Asociación Humanitaria para la Formación Sanitaria, Hashtg. Solicitamos que nos acreditaran como formadores para poder avalar las formaciones que diésemos y empezamos con formaciones online para sanitarios españoles, muchas de ellas orientadas a la cooperación.

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-¿Cuál es el hilo que os conecta a todos los profesionales que formáis la Asociación?
-Es verdad que para nosotros lo más importante es la salud materno-infantil. Por ejemplo, Blanca es ginecóloga y no ha estado en cooperación, pero sí que es una persona a la que le interesa el voluntariado, la solidaridad y los proyectos sociales. Concesa, que es la otra ginecóloga, es compañera  desde hace muchos años y ella ya hacía cooperación con otras ONGs en algunos sitios. Jaime Baladrón fue el fundador del curso MIR y siempre ha colaborado desde aquí, nunca sobre el terreno. Alberto, abogado, creaba asociaciones de forma gratuita. Simón, pediatra, lo conocí en Madagascar y es también de la Sociedad Andaluza de Cooperación Sanitaria. Lleva toda su vida haciendo cooperación y dando charlas. Lo que creo que compartimos todos, y para mí lo más importante, es el espíritu solidario y de cooperación que, en el fondo, es dar y recibir. No hace falta que te vayas a hacer una campaña a África, simplemente es dar lo mejor de ti y tener ganas de colaborar en lo que mejor se te da hacer. Enseñar cosas que salvan vidas.

-¿Qué es lo que hace que quieras volver?
-El feedback de la gente. El año pasado fuimos a Madagascar en mayo o junio. El viaje es terrible, tardas entre cuatro y cinco días en llegar. Es caro, agotador, pero cuando llegamos, tanto las monjas (la mayoría de los hospitales en África dependen de organizaciones religiosas) como el resto de las personas te reciben con un montón de cariño, te tratan con respeto; vas por la calle y la gente sabe tu nombre en un pueblo de 50.000 habitantes. Ellos saben quién eres y a lo que vas y lo valoran mucho. Yo recibo mucho y siempre digo que es una forma muy diferente de conocer el mundo. Si sólo viajas, no lo puedes conocer así.

Niños y niñas en una aldea de un país africano.

-En estos lugares, ¿hay otra forma de valorar las cosas?
-Sí. Incluso si lo comparamos con otros países que, en teoría, son avanzados como Estados Unidos. Fíjate lo que decía la gente de Groenlandia: ¿Van a ser capaces de darnos la sanidad y la educación gratis como la tenemos ahora? Incluso en África no hay nada gratis tampoco. Nuestra labor es solidaria, pero los de allí te dicen que si no se les cobras nada, las familias no lo valoran igual. Si no pueden pagar, hacen trabajos para la comunidad porque la misión tiene terrenos, escuelas, talleres, arrozales, frutales… Allí el cuidado del enfermo no depende de la sanidad como aquí, que llegas y te dan la comida, te asean, te lavan la ropa y no necesitas que nadie se quede a cuidarte. Esto es un problema gordo, sobre todo con los niños que necesitan un soporte familiar para quedarse a su cuidado. Imagínate una madre que tiene 6 hijos, uno se le pone enfermo y lo tiene que llevar al hospital. Ella misma te dice: “sólo tengo cinco días para estar con él porque tengo que atender a los otros”. Esto es de las cosas más duras que he visto porque tienen que escoger. Es muy trágico.

-¿Cómo cambia en cada uno la realidad de estas personas cuando le pones nombre y apellidos?
-Muchísimo. Es verdad que cuando vuelves se te olvida todo muy rápido y empiezas a protestar porque hace frío o estás cansada, pero de vez en cuando te viene un flash de una de esas personas y tomas tierra rápido. La vida de las mujeres en África es muy, muy dura. Trabajan muchísimo y son ellas las que mantienen a la familia. Si no hubiese ido allí esa primera vez a trabajar, no hubiese montado la asociación y, de todo lo que he hecho en mi vida, es lo que más me satisface. Ahora tengo 57 años y sé que este es el proyecto en el que voy a enfocar mi vida cuando laboralmente pare. Conozco a más gente que le ha ocurrido lo mismo. Es verdad que aquí también curas, pero es diferente. En un hospital de los nuestros no pasa nada porque yo falte o me jubile, siempre llegará otra persona. El problema allí es que no tienen a nadie. A los sanitarios se los valora muchísimo y por eso es importante para ellos que los formes. Es importante que aprendan cosas que puedan mejorar la salud de los locales.

-“Dejamos huella para no ser necesarios”.
-Esta frase refleja muy bien la mentalidad que queremos tener. Te formo para que yo no tenga que estar aquí. Sí que te recuerden porque eso querrá decir que les has enseñado algo. Cada uno nos sentimos bien haciendo unas cosas y nada es mejor ni peor. Hay otras personas que se van a la playa, a correr o a la montaña para encontrarse bien consigo mismos. Nosotros centramos nuestro trabajo en esto. Simplemente, somos diferentes.

-¿Me cuentas la historia de Princio?
-Con 15 años iba en moto y tuvo un accidente contra un camión. Llevaba ingresado 6 meses en Farafangana, una leprosería en el sur de Madagascar a unos 100 kilómetros de su pueblo. Allí le hicieron una cura de emergencia, le pusieron sangre y parecía que todo iba bien hasta que empezó a empeorar. Se le infectó y lo volvieron a operar, pero tenía la herida abierta, el hueso completamente infectado y le faltaba un trozo de músculo. Cuando llegamos a finales de mayo, la monja responsable del hospital nos dijo que teníamos que ver a un chico que llevaba ingresado bastante tiempo para saber si podíamos hacer algo por él. Fuimos a verlo todo el equipo y aquello era impresionante. Poco podíamos hacer con los recursos que teníamos y, además, los familiares que le estaban cuidando nos dijeron que por favor intentásemos no amputarle la pierna. Fue cuando a Concesa se le ocurrió llamar al SESPA. Contactamos con un médico de cirugía plástica del HUCA, que es puntero a nivel nacional, le enviamos los informes y dijo que se podía intentar. Nos indicó con qué traumatólogo teníamos que hablar porque estaba acostumbrado a tratar casos similares. Con el ok de los dos, hablamos con la dirección médica y nos dijeron que, si el resto daba vía libre, ellos también.

Princio en la UCI pediátrica del HUCA.
Princio en la UCI pediátrica del HUCA.

-Los trámites en España son de una manera, pero en África todo debe costar tres veces más…
-El secretario de las monjas, que funciona muy bien, nos dijo que teníamos que hacerle un pasaporte y eso allí es muy complicado, empezando porque vale unos cien euros y, para que te hagas una idea, el sueldo de un médico son veinte euros. Además, había que desplazarse hasta la capital. Las monjas allí saben moverse muy bien, le mandamos el dinero a un familiar que tenían en la capital y se inició el trámite. Empezaron las negociaciones y ya vimos que nada era sencillo.
Hablamos con la Agencia Externa de Cooperación al Desarrollo y nos dijeron que sólo había convenio con Gaza y los campamentos saharauis para poder traer a gente; contactamos con la cónsul de Madagascar (una mujer vasca con mucho carácter) y como allí no hay embajada tuvimos que ir a Durban, en Sudáfrica, y todos los que trabajamos en la ONG empezamos a tirar de contactos. Los 15 días antes de traerlo, que coincidió que yo estaba de vacaciones, estuve todo el tiempo con el ordenador y el teléfono gestionando cosas. Fue un infierno todo el papeleo que tuvimos que hacer, pero es impresionante saber cuánta gente se ha puesto de acuerdo para participar en algo así sin conocernos de nada.

-¿Cuándo llegó a Asturias?
-El 26 de julio se vino para acá. Aterrizó en Bilbao un viernes y el lunes siguiente ingresó. Le hicieron las pruebas y le operaron con una cirugía maratoniana de trauma y plásticos. Duró desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, pero fue todo muy bien: estaban calculadas tres intervenciones y ocho meses de recuperación. Al final fueron dos intervenciones y tres meses de recuperación. Su resistencia fue increíble, ¡no tomó ni un paracetamol! Están acostumbrados a pasar dolor.

-¿Ya es de la familia?
-Sí y lo echamos mucho de menos. También se generó un vínculo grande con todos los médicos que hicieron su cirugía. Estás muchas horas en un quirófano y hubo una gran cantidad de gente que se comprometió en todo el proceso. Esos lazos quedan tendidos.
Con él hablamos todas las semanas. Nos escribe, al igual que su hermano y su padre. Cuando tiene datos para poder hacerlo, mantiene la relación con mis sobrinos y los de Concesa, que son de la misma edad. La calidad de vida que tiene ahora es muy buena y el agradecimiento brutal. Supongo que para él es difícil de procesar todo lo que ha vivido. Viajar hasta la capital que nunca había ido, subirse a un avión, llegar a Europa, tener una ducha en casa… Todo fue nuevo.

-¿Qué proyectos tenéis actualmente sobre la mesa?
-Principalmente, crecer. Estamos intentando entrar en la Agencia de Cooperación al Desarrollo que pide cinco años de historia y una memoria. Tenemos un proyecto para formar sanitarios en Mozambique, siempre a través de alguien local. En Madagascar lo hacemos a través de las Hijas de la Caridad y en Mozambique a través de Juan Gabriel Arias, un sacerdote argentino que tiene una parroquia con una misión y una maternidad allí. En el Chad estamos con la Associació Ampert, una ONG catalana a través de la cual viajábamos y que fundamentalmente tiene traumatólogos. Llevamos unos meses de negociación con ellos porque van a unirse a nosotros. Son personas que ya tienen una edad y que no se ven capaces de seguir trabajando sobre el terreno. Como nosotros conocemos la zona, es algo natural. También queremos seguir haciendo campañas en diferentes sitios.

-Poder vivir todo esto, ¿te ha enriquecido a nivel personal?
-Es una riqueza brutal. No sólo he conocido a gente increíble en cada sitio sino también a otros cooperantes impresionantes de países como México o Argentina que ya son amigos. Sus historias son impresionantes como la de Gonzalo Hagerman, un cirujano mexicano que creó la Fundación Sandra Sucar en memoria de su mujer. Ella falleció a los 44 años la primera vez que los dos salían juntos de cooperación. Fue una tragedia y de ahí él montó ese proyecto, se implicó muchísimo y lo convirtió en el eje de su vida. Ahora, que ya han pasado siete años desde aquello, se ha casado con otra ginecóloga y ha formado una familia. Es una persona fuera de lo normal, al igual que otros muchos de los que te podía contar infinidad de cosas.

-¿Cuánto ayudaría que todos viviésemos alguna experiencia de este tipo?
-La gente que está en estos lugares son todas personas muy comprometidas haciendo una labor increíble. Debería ser obligatorio que todos los chicos hiciesen un voluntariado, que puede ser aquí recogiendo a la gente que llega en patera, no hace falta irse a África. Pero tendrían que hacerlo implicándose de verdad. Sería muy beneficioso y enriquecedor tanto en su formación como en su desarrollo personal.  

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Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

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