Víctor Manuel: «La libertad es lo único que se gana con los años… y yo pienso usarla»

A sus 78 años, el cantautor y productor musical Víctor Manuel (Mieres, 1947) vuelve con “Solo a solas conmigo”, un disco íntimo, valiente y lleno de vida. Charlamos en confianza —dos asturianos que se entienden sin demasiadas explicaciones— sobre memoria, política, amor, canciones que nunca tuvieron suerte y otras que se convirtieron en himnos. Habla del niño curioso de Mieres que aún lo guía, del hombre que aprendió a desaprender y del artista que sigue buscando caminos nuevos sin renunciar a su raíz.

-Unos escriben libros y tú canciones que reflejan el alma de esta tierrina. ¿Qué significó para ti recibir el XVIII Premio de las Letras de Asturias hace unas semanas? ¿Te lo esperabas?
-No, qué va. Ya lo dije allí: yo no soy escritor de libros y me sentía un poco fuera de sitio. Por eso me autoproclamé “escritor de canciones”, que es un término muy anglosajón. Aquí decimos “cantautor”, pero parece que se limita a un tío con una guitarra. Y yo creo que Bruce Springsteen es un cantautor, solo que “electrificado”. Así que me quedé con lo de songwriter, que me gusta mucho. Me sentí reconocido en lo que soy: alguien que escribe canciones desde hace más de medio siglo.

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-Es un reconocimiento a tu labor de compositor, llevas toda la vida escribiendo.
-Sí, claro. Yo escribo, y dije allí que me habría gustado ser escritor. Pero ya voy tarde. Admiro mucho a la gente que escribe libros; es una profesión muy esforzada y, en general, mal pagada. Y no todos los libros son amigables, pero la gente que escribe tiene un mérito enorme.

-Tu canción Mientras tanto canto está nominada al Goya a Mejor Canción Original por la película La cena. Después de siete años sin disco, parece que te llegan todos los reconocimientos juntos.
-A veces bromeo con que hay cosas que te tocan por la edad. Lo del Goya es más casual: hacía mucho que no escribía para cine. La última vez aún no existía ese premio, si no, igual me lo habrían dado por No sé por qué te quiero, aquella canción que cantaron Antonio Banderas y Ana. Correspondía a la banda sonora de El amor perjudica seriamente la salud, dirigida por Manuel Gómez Pereira, que en esta ocasión se acordó de mí y volvió a llamarme, -me prestó mucho-, hice dos canciones y escogió una, -para mí creo que la otra era mejor-. Cosas que pasan…

-En este disco vuelves a trabajar con tu hijo David San José que produce y arregla. ¿Cómo es ese mano a mano? ¿Ha sido la primera vez?
-Llevamos juntos desde 2003. David tiene otra mirada, otra música en la cabeza, otras armonías. Me complementa muy bien y me exige más de lo que yo me exijo. En el estudio no me deja pasar ni una. Si ahora dicen que canto muy bien, algo tendrá que ver el guaje en todo esto. Y a mí me encanta que sea así: que me apriete, que me haga mejorar.

-En este disco te sientas contigo mismo, sin testigos. ¿Qué parte de esa conversación interior fue la más difícil de aceptar en voz alta?
-En voz alta dices lo que quieres, lo que no te gusta lo escondes, como todo el mundo. Yo como músico me pasan las mismas cosas que al resto de mortales. Hay cosas que vivo o que hago con las que estoy muy a gusto, y otras que al cabo del tiempo pienso, “¿para qué habré hecho esto?”. Yo solo soy extrovertido cuando escribo canciones, meto mucha vida en ellas: la mía, la de los míos, la que leo, la que observo. No sé escribir de otra manera. Soy cantante porque escribo esas canciones, si no, igual ni cantaba. Y hay cosas que cuento porque me da la gana, sin pensar en si conviene o no.

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Víctor Manuel, cantautor y productor musical

-¿Y en la vida diaria eres igual de expresivo?
-¡Qué va! En la vida soy como mi güelu, hablo con monosílabos. Es difícil aguantarme en este sentido porque no doy conversación. La gente que vive conmigo siempre me dice que no cuento nada. Pero escribiendo soy todo lo contrario: ahí me explayo, saco lo que hay dentro de mí, no me faltan las palabras.

-Has dicho que este disco contiene verdades que no hace falta que todo el mundo sepa. ¿Cuál te costó más sacar de tu refugio íntimo?
-En este disco ninguna en especial. Después de tantos años, lo único que ganas es libertad. Cuento lo que me da la gana. Si digo en una canción que “hay batallones de bobos que no votan porque dicen que da igual”, sé que no es lo más conveniente para mi carrera, pero ya está. Llevo toda la vida metiéndome en líos. Dependo solo de mí y del público: si un día no quieren verme, me voy para casa.

-Tienes un apartado en los conciertos que llamas “Canciones desgraciadas”. Cuéntame en qué consisten y qué suponen para ti.
-Sí, y la verdad es que gustan mucho. Son canciones que están bien, yo lo sé, pero que no tuvieron éxito. Hice una lista en Spotify y salieron más de 90. Escucharlas juntas da gusto. Si supiésemos por qué unas funcionan y otras no, haríamos siempre la misma canción. Los únicos que acertaron siempre fueron los Beatles. Ellos dieron con la fórmula perfecta y todas sus canciones se convirtieron en éxito.

-En Déjame por Dios que coja aire aparece cierto cansancio político. ¿Qué buscas hoy que no buscabas hace 20 años?
-Yo soy un resistente, un optimista histórico. Veo a Trump y pienso, “este gilipollas desaparecerá pronto”. No me rompo la cabeza. Milité en el Partido Comunista creyendo que iba a transformar el mundo y lo único que conseguí fue que el mundo no me transformara a mí. Ya en el 78 escribí La esperanza donde digo que “con un voto no cambiamos casi nada”. Y lo sigo pensando, aunque claro que se cambian cosas, por eso voto, participo políticamente, opino cuando me preguntan.

-¿Qué te preocupa más: la nostalgia de la dictadura entre los jóvenes o la indiferencia política?
-A mí nunca me dio igual nada. Lo de la nostalgia es curioso: si les explicas a esos jóvenes en qué consistía aquello, saldrían corriendo. En Yo nací a la sombra de un cerezo hablo de eso: me gustaría llevarlos por el túnel del tiempo y ponerlos conmigo, con siete años, cantando el Cara al sol en el patio del colegio haciendo el saludo fascista. No saben lo que dicen.

-Has pagado un precio por posicionarte políticamente, incluso con violencia (atentaron dos veces contra Ana y contra ti). ¿Qué te sostuvo entonces y qué te sostiene ahora?
-Ahora me da más miedo recordarlo que cuando pasó, si te digo la verdad. Con 30 años te crees inmortal. Nunca pensé en callarme ni en dejar de hacer canciones. No sé hacer otra cosa. Cuando no se podía decir algo, buscabas vías alternativas. Cuando se puede, lo dices y ya está.

Víctor Manuel en concierto.

-Callar lo que se dice callar tampoco es algo que vaya contigo…
-No, pero hubo una época en que había claramente canciones que no podías cantar en público, o si lo hacías ya sabías a qué te exponías. En ese sentido siempre he hecho un poco lo que he querido hacer. El otro día recordaba una frase que me dijo Julio Iglesias con todo el cariño hace muchos años: “Hay que ver, Víctor, con lo que tú has podido ser…”. Él pensaba que yo tenía un futuro, por lo menos como el de él. Y le contesté, “pero Julio, ¿a ti quien te ha dicho que esto no es lo que yo quiero ser? No quiero otra cosa, si la quisiera, lo intentaría y ya ves que no lo hago”. Me he sentido libre para hacer lo que he querido en cada momento, y por eso me he equivocado tanto.

-En Yo nací a la sombra de un cerezo aparece el niño de Mieres. ¿Qué parte de aquel chaval sigue guiando al hombre que eres ahora?
-Una parte que considero importantísima es la curiosidad. La veo ahora en mi nieto pequeño y me reconozco. Querer saberlo todo, incluso lo que no entiendes por edad. No me voy a meter ahora en la física cuántica pero sí, en el humanismo de las cosas que tienes a mano y que puedes comprender. Eso sigo teniéndolo, así como el afán de mejorar, eso me lo planteé algo que sigue vivo desde mi segundo disco. He querido hacer cosas diferentes, evolucionar. Si hubiese seguido haciendo canciones como Paxarinos, ya no estaría cantando. Asturias sigue entrando en mis canciones, pero no como obra completa.

-En este disco te atreves con estilos con los que no sueles trabajar.
-Sí, hay canciones que nunca había escrito y también ritmos muy variados: habanera, reggae, balada, pop. Tiene su riesgo, pero la marca soy yo.

-¿Y cómo te surgió la idea de recuperar ahora el romance de Aris Llaneza, una de las canciones de este nuevo disco?
-Conocí a Aris en México en 1970. Me contó muchas historias de la guerrilla en el monte, por la zona de Mieres. Esa historia de amor y defensa de una mujer siempre la tuve en la cabeza. Y es que cuando Aris está en el monte, su mujer queda embarazada y en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Un día decide bajar al bar del pueblo, con el riesgo que eso suponía, se apoya en la barra, pide un vermú, se lo bebe y regresa al monte. A partir de ahí todo el pueblo ya sabía que ese hijo era suyo. Hace tres años me salió de golpe la canción, como si hubiese escuchado esta historia ayer, y tenía que formar parte de este último trabajo.

-En Bájame la luna aparece un enamoramiento adolescente. ¿Qué queda de aquel chaval?
-Sigo siendo enamoradizo. Estos días, con la muerte de Brigitte Bardot, mi primer amor imposible, recuerdo que me compré todos los libros que encontré de ella en su día. Esperaba encontrármela un día por la calle para saludarla en francés, como cuando estudiaba en la Academia d’Arts. Eso no llegó a pasar, pero sigo enamorándome de la belleza, de un árbol, de la naturaleza, de lo que me rodea. Me parece que estoy rodeado de “milagros” que quiero explorar.

-En Gracias por todo hay una gratitud adulta. ¿Qué te enseñó Ana sobre ti?
-Muchísimo. Vengo de una generación donde el hombre dominaba por naturaleza. Para convivir hoy tienes que desaprender casi todo lo que te enseñaron. Una mujer bien plantada te enseña que se puede ser feliz de otra manera. Hay una frase en la canción que dice: “Gracias por tener tantas almas encendidas, nunca fue ningún atajo ser mujer”. Esa canción habla de eso: del camino de las mujeres, de lo difícil que ha sido todo. Está escrita para Ana, pero es para todas.
Hay una cosa que escuchas muchas veces a los tíos en general, también a los jóvenes, y es que ahora “todo es para las mujeres”. Vamos a ver, para ellas será lo que les corresponda y para ti lo que te toque. Si creen que las mujeres ganan las oposiciones por ser mujeres, están equivocados, será más bien que estudian más. ¿Por qué cada vez hay más doctoras, magistradas o juezas?

-Cuando escuché esa canción por primera vez me pareció casi un himno, un reconocimiento a todas las mujeres.
-De hecho, será una canción que cante siempre en los conciertos. Es una canción de amor de las miles que le he dedicado a Ana. Esta en concreto es muy especial, son de esas que cuando uno la acaba dice, “mira, ¡qué bien ha salido!”. Doy las gracias a Ana por nuestra vida en común y por las cosas que he podido aprender a su lado; también de lo que yo pienso de las mujeres.

-¿Qué has descubierto de ti en este disco tan íntimo?
-He encontrado muchas cosas que quería contar y, además, desde frentes distintos y con temática muy variada. Dejé fuera un montón de canciones que podrían estar en el disco, pero tendrán que esperar para el siguiente.

-¿Qué hiciste en estos siete años de silencio discográfico?
-Trabajar muchísimo. En cuanto se pudo volver a cantar después de la pandemia, volví con fuerzas renovadas. Hice un acústico, La vida en canciones, el sinfónico… y mientras tanto empecé a componer para este nuevo disco. Me puse a calcular un día y en tres años hice casi 200 conciertos.

-¿Estar de gira y componer son compatibles?
-Para mí no. Nunca escribí una línea estando de gira. Necesito soledad y aislamiento, un entorno sereno, cosa que no encuentro en los conciertos.

-Si pudieras hablar un minuto con el Víctor de 16 años que dejó Mieres, ¿qué le dirías?
-Que no sabía nada y que estaba todo por aprender. Mi camino fue muy solitario: estudiar piano, canto, escuchar música, empaparme de las cosas que me gustaban. Fue un trabajo muy para dentro. A la larga me ha funcionado muy bien, pero podía haber sido lo contrario, esto es una lotería. Cuando dije en casa que quería cantar, no sé cómo no me dieron una hostia. Por el contrario, me apoyaron, me dijeron que tenían unes perres guardadas para estudios, pero que si quería música que lo hiciera. Eso no pasa normalmente.

Solo a solas conmigo, último trabajo de Víctor Manuel

-¿Qué te gustaría que pensara la gente de Asturias cuando escuche Solo a solas conmigo?
-Los conciertos en Asturias son muy especiales. Hay una gran complicidad que no se da en otros sitios. Siento que piensan que hablo de ellos, porque han vivido cosas parecidas. Hay gente que me dice: “Llevo toda la vida escuchándote”. Y es verdad: son los güelos los que tenían mis discos, pero mi música ha conseguido saltar a otras generaciones. Todo eso lo experimento cuando vengo a Asturias y me emociona.

-Cuando estás de promoción y te hacen entrevistas casi a diario, ¿cómo llevas eso de repetir tantas veces lo mismo?
-Claro que me repito. Pero vengo de una generación en la que contestas a todo, no hay preguntas que no se puedan hacer, por lo menos en mi caso. A veces estás más brillante, otras menos. Es parte del trabajo: si haces un disco, tendrás que explicarlo, no me planteo si me gusta o no.

-Dicen que eres un cocinillas, hace unos años incluso te animaste a escribir El gusto es mío donde mezclabas recetas, viajes y anécdotas de tu vida.
-Sí. Mi madre me mandó a Madrid con el libro El arte de cocinar de María Luisa García en la maleta. Pero sobre todo aprendí a cocinar viajando y comiendo por ahí. Soy totalmente autodidacta. En casa por lo general cocino yo; a Ana no le gusta. Me encanta cocinar para los míos, eso sí, no me pidas coser un botón. Yo estoy especializado en despensa y comida. Ella sabe hacer un montón de cosas que yo no sé. En ese sentido, nos complementamos.


Víctor Manuel habla sin prisa, como quien ya no necesita levantar la voz para que lo escuchen. Y, sin embargo, cada frase suya tiene el peso de lo vivido y la ligereza de lo que se cuenta desde la verdad.
Hay momentos en los que asoma ese chaval de Mieres que quería entenderlo todo. Y en otros, aparece el hombre que aprendió a desaprender, que se dejó moldear por el amor y se equivocó sin miedo porque la libertad —esa palabra que repite sin ceremonia ninguna— siempre fue su brújula.
Nos dice que mientras le queden historias que contar, seguirá cantando. Y no lo hace por obligación, ni por costumbre, sino porque es su manera más íntima de estar vivo. Porque para él —y eso se nota— cantar es otra forma de querer.

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Mariló Hidalgo
Mariló Hidalgo
Periodista con más de 30 años de experiencia, especializada en entrevistas y reportajes de profundidad. Tras formarme en Derecho, encontré en el periodismo mi verdadera vocación. Llevo 12 años en Fusión Asturias y desde 2012 soy directora de la revista, donde escribo sobre territorio, cultura, proyectos humanos y paisajes sociales del Principado. Mi trabajo se centra en la conversación pausada, la escucha y el retrato honesto de personas que construyen Asturias desde dentro.

4 COMENTARIOS

  1. Me ha gustado mucho tu entrevista.
    He podido conocer mejor a la persona que hay detrás del cantante , al que admiro desde que era un chaval.

    • Gracias por tu comentario. La verdad es que fue todo un placer charlar con el. Una persona muy cercana y muy unida a la tierra… hay una gran persona detrás de ese gran cantante

  2. Hola. Acabo de leer la entrevista y tengo que decir que la disfruté muchísimo. Muy cercano, sincero, comprometido…un verdadero placer!!!

    • Es verdad. Siempre es un placer hablar con él. Persona sencilla, reflexiva y muy comprometida… algo que sabe contagiar. Me alegro que te haya llegado

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