Las imágenes del fotógrafo Glendor Díaz Suárez hablan por sí mismas y dicen todo lo que este artista de la cuenca del Nalón omite generalmente desde su humildad. La espectacularidad de sus cielos nocturnos y la abrumadora presencia de las estrellas nos capturan irremediablemente, nos hacen sentir pequeños ante un universo inmenso.
A veces la valía de un artista parece estar sepultada entre cascotes con forma de razones, comparaciones o mala fortuna. Afortunadamente, no son suficientes para oscurecer la habilidad de Glendor fine art, como firma el artista asturiano oriundo de La Braña.
Es de los pocos fotógrafos asturianos que retratan desde la nocturnidad y nos hacen viajar por la inmensidad de paisajes a la luz de las estrellas. Su pasión por la fotografía le ha llevado a rincones donde la única fuente de luz es la que proporcionan nebulosas y constelaciones. Lugares como los desiertos del Sáhara y Atacama o plazas españolas y asturianas que todavía se preservan de la luz artificial. Ahí es donde el mago de la noche puede hacer su magia.
-¿Cómo te dio por la fotografía?
-Fue algo progresivo, todo empezó cuando hice la Primera Comunión y mi madrina me regaló una cámara de fotos, de esas de carrete que había antes. Y ahí fue cuando empezó a llamarme la atención. Hacía fotos a todo, aunque la mayoría de los carretes no los podía revelar porque había que llevarlos a un laboratorio a que te lo hicieran y costaba 2.000 pesetas.
Fueron pasando los años, cuando tenía once, compré una cámara mejor y cuando cumplí los dieciocho compré mi primera réflex; una analógica, por supuesto. Pasé al mundo digital en 2002 y así fue mi evolución.
-De tus tiempos de infancia o juventud, ¿qué imágenes enseñabas orgulloso a tu familia?
-Pues las de aquí, de mi pueblo. Soy de Tuilla, de una aldea que se llama La Braña e iba a hacer fotos al río y a la montaña que se ve desde delante de mi casa. También le hacía fotos al coche de mi padre, que le tenía aburrido. Y de los viajes de estudios tengo fotos de todos, de los compañeros, los profesores, los lugares a los que íbamos, del avión, del autobús…
Llevaba la cámara a todas partes; recuerdo que en la comunión de uno de mis primos hice más fotos que la persona a la que habían contratado.
-¿Cuándo decidiste encaminarte hacia la fotografía nocturna y empezaste a fijarte en las estrellas?
-Descubrí la fotografía nocturna de forma accidental. Siempre hacía fotos de atardeceres y amaneceres, me encantaba el paisaje y las fotos de larga exposición diurna. Y hubo una época, en el 2009, en la que yo trabajaba en el puerto del Musel. Un día por la noche dejé la cámara encima de un muro que había allí y al hacerlo apreté el botón accidentalmente. La cámara empezó a funcionar e hizo una foto de ocho segundos; me sorprendió todo lo que acababa de salir en la imagen cuando lo que yo veía delante de mí estaba todo oscuro. Ahí fue cuando decidí que quería hacer esto y quise aprender a hacerlo.
«Los fotógrafos como yo nos pasamos la vida buscando el momento justo en el que hay que ir. Planificamos la hora exacta, dónde vas a colocar el trípode, (…) si habrá o no luna y, de repente, ese día llueve y te chafa dos meses de planificación. Esto en Asturias pasa muchas veces»
-¿Fuiste autodidacta?
-Sí, pero de aquella había muy poca información. YouTube estaba empezando, no es como ahora que la encuentras por todas partes. Buscaba en los libros y todos los meses compraba una revista que se llamaba Fotografía, de la que aprendí mucho. Luego, a raíz de un accidente de coche que sufrí en 2010 tuve mucho tiempo libre, lo pasé mal y la fotografía fue para mí una buena salida. Me puse a estudiar la fotografía nocturna más en serio, al mismo tiempo que la tecnología también iba funcionando cada vez mejor.
-Ese percance originó un pequeño caos en tu vida, pero te abrió una puerta muy grande. Mirándolo con perspectiva ¿qué te ha aportado el cambio?
-Pues me ha dado ser lo que soy ahora, un fotógrafo un poquitín conocido en el mundo de la fotografía. Además de ganar numerosos concursos internacionales y nacionales, en 2019 conseguí la medalla de oro de la Liga Nacional en la categoría Nocturnas. Y en 2023 volví a ganarla otra vez.
Y si no hubiese tenido ese accidente, seguramente ahora no sería el fotógrafo que soy. Seguiría más o menos con la vida que tenía antes y haría cuatro fotos cada fin de semana. Es verdad que me ha dejado alguna secuela, pero hay que aprender a vivir con ello.
-Has podido conocer lugares como el observatorio de Pangue, en Chile, o las dunas de Ouzina en el Sáhara marroquí. ¿Quién te hubiera dicho que ibas a recorrer mundo?
-Exacto. Después de la pandemia, hubo un pequeño boom y fui a un montón de sitios, aunque yo no vivo de ello. En realidad, para mí es un hobby, pero hago colaboraciones que me dan esas satisfacciones. Me pagan el viaje y la comida, no necesito más. El año pasado estuve diez días en Chile, en el desierto de Atacama, algo que nunca hubiera imaginado.
-Llama la atención la magia de tus fotografías. Incluso lugares de Asturias muy conocidos parecen otros por la noche o acompañados de las estrellas.
-Claro, no es lo mismo ver una playa a las 3 de la tarde en agosto que a las 3 de la mañana en octubre. Cambia la luz, la cantidad de luna que hay iluminada o que no haya luna, que se vea la Vía Láctea o que no se vea. Los fotógrafos como yo nos pasamos la vida buscando el momento justo en el que hay que ir. Planificamos la hora exacta, donde vas a colocar el trípode, hasta dónde llegará el agua de la marea en ese momento, si habrá o no luna… y, de repente, ese día llueve y te chafa dos meses de planificación. Esto en Asturias pasa muchas veces.
Como ejemplo lo del eclipse que va a haber el 12 de agosto, yo ya sé dónde voy a estar, desde qué hora hasta qué hora, lo que voy a hacer, lo tengo todo preparado, solo tengo que esperar a que llegue el día. Habrá que cruzar los dedos, pero si está nublado como hoy, habrá que tirar Pajares abajo. Así es la vida aquí, hay que hacerse a ello.
«La primera vez que vi las Nubes de Magallanes con mis propios ojos, lloré. Para alguien como yo que mira el cielo todas las noches y que sabe dónde están las estrellas, llegar a ese lugar y verlas a simple vista es brutal»
-Las fotos de la Vía Láctea en el hemisferio sur son impresionantes, ¿qué te aporta esta nocturnidad?
-A lo mejor a una persona que no sea fotógrafo, no le da más, pero la primera vez que vi las Nubes de Magallanes con mis propios ojos, lloré. Para alguien como yo que mira el cielo todas las noches y que sabe dónde están las estrellas, llegar a ese lugar y verlas a simple vista es brutal.
Me gusta, me encanta esto, el estar solo ahí en medio de la nada, con esa tranquilidad.
-¿Alguna vez tuviste que solventar algún problema por el hecho de ir en solitario?
-Nunca me pasó nada, pero tengo una fobia muy grande e irracional a los jabalíes, prefiero cruzarme con un lobo que con un jabalí. Si oigo pasos detrás de mí, no pienso si será un oso o un lobo, solo que por Dios no sea un jabalí.
Por lo demás, me gusta esa paz, el estar solo ahí en la oscuridad. Cuando estuve en el Sáhara, mi padre me preguntaba si no tenía miedo, pero siempre le decía: mira papá, tengo más miedo a ir por la calle Uría un día a las 3 de la tarde que aquí a las 3 de la mañana porque aquí estoy solo.
-Estás de noche en un país lejano bajo un cielo imponente… ¿En qué piensas? ¿Qué te hace sentir?
-Pues, te digo lo que me pasaba por la cabeza en el último viaje, cuando caminaba solo por las Dunas de Ouzina, en el Sáhara, porque mis compañeros se quedaron en el hotel: “¿Cómo puede ser que me hayan llamado a mí para participar en este proyecto? ¿De verdad soy tan bueno para que quieran contar conmigo para hacer esto?”. Es lo que pensaba y no se me iba de la cabeza. Era tan espectacular todo, tan inmenso: el cielo, la arena, los camellos a tu lado durmiendo… realmente era de película. Tengo una amiga que me dice que tengo el síndrome del impostor, que tengo que creérmelo y curarlo.
-¿Qué noche fotográfica tildarías de la peor por alguna circunstancia que hayas experimentado y, en contraposición, cuál es fue la mejor?
-Pues no he tenido ningún problema en las sesiones, la verdad es que las disfruto mucho, pero sí tengo una experiencia negativa, el peor día de mi vida y que no olvidaré nunca. Estaba en Albacete, preparando una sesión en La Manchuela cuando esa noche me llamó la mujer de un amigo mío, un compañero inseparable, un hermano para mí, y me comentó que le había dado un ictus. Fue horrible porque la situación pintaba tan fea que ya no me iba a dar tiempo a verlo y, de hecho, así fue. Esa fue la peor noche.
La mejor, cuando mi novia vino conmigo por primera vez a una sesión fotográfica y le enseñé cómo hacía las fotos. Estábamos en las islas Cíes y es un lugar fantástico para estar por la noche.
-¿Este tipo de fotografía requiere de mucha técnica?
-Pues sí, tanto cuando haces la foto, como en edición y posproducción después en casa. Por ejemplo, una imagen buena de la Vía Láctea, una en la que se ve con tanto detalle y color, en realidad no es una sola foto. Yo hago 20, 30, 40 o incluso 60 fotos al cielo, de 30 segundos de duración cada una, y luego con un programa obtengo la información de todas, y el resultado es una foto nueva en la que salen todos los detalles del cielo. Todo lo que el ojo humano no ve sale haciendo un proceso que es divertido pero largo, porque no es simplemente llegar y disparar. Así es cómo consigues que salgan todas las nebulosas, los colores, las estrellas, todo como es en realidad, no como lo vemos nosotros.
En lugares como el desierto de Atacama o como el Sáhara, en los que hay tanta ausencia de luz nocturna, puedes mirar al cielo y ver la Vía Láctea, pero no la ves con los colores que consigue una cámara porque el ojo humano por la noche ve en blanco y negro.
«En lugares como el desierto de Atacama, en el que hay tanta ausencia de luz nocturna, puedes mirar al cielo y ver la Vía Láctea, pero no la ves con los colores que consigue una cámara porque el ojo humano por la noche ve en blanco y negro»
-Hay constelaciones, como Orión, que se repiten tus fotografías. ¿Por alguna razón en especial?
-Desde abril hasta septiembre, el cielo lo preside la Vía Láctea, mientras que en invierno, lo preside la constelación de Orión. No es posible ver juntos el centro galáctico y Orión, por eso en verano la protagonista es la Vía Láctea y en invierno, el guerrero de Orión, aunque como hace frío en esa época hago menos fotos. También tengo alguna de la Osa Mayor, que me encanta.
-¿De niño ya mirabas las estrellas o es algo que llegó más tarde?
–No, es de siempre. Me encantaba, siempre miraba al cielo. Recuerdo las noches de verano en el pueblo de La Braña, en el que había muy poca contaminación lumínica. Todas las noches veía una nube en el cielo con la misma forma, y hoy sé que aquella nube que veía era una nebulosa de la Vía Láctea en la región del Cisne.
-¿Cómo te sentiste la primera vez que viste la Vía Láctea a través de tus fotografías?
-Muy mal, la primera muy mal. Yo había visto fotos de la Vía Láctea de fotógrafos extranjeros, porque en España en aquella época muy pocos o casi ninguno hacían fotos a la Vía Láctea. Había uno en particular, Michael Shainblum, yo flipaba con sus fotos y me dije que tenía que hacer lo mismo que él. Así que miré en Internet cuando había luna nueva y me fui a Barrios de Luna a hacer la foto, pero cuando luego la vi pensé: ¡menuda mierda! Marché desesperado para casa. Eso fue en 2013, pero luego volví y fui mejorando, tanto que en 2019 gané la medalla nacional de la Liga Fotográfica.
-No solo la ganaste una vez, repetiste en 2023.
-Sí, fui el ganador absoluto en la categoría de fotografías nocturna, fue la hostia.
-¿Empezaste a sentirte un poco más fotógrafo?
-Sí, pero me ocurrió lo de siempre, pensaba ¿cómo estoy yo aquí arriba entre todos estos fotógrafos, con el nivel que tienen? El resto de la gente siempre me decía: “Pero si tú estás el primero, tienes más nivel que ellos”.
El otro día me escribió una amiga, me mandó una foto y me escribió: “Mira, ya te superé”. Y me alegré mucho, me encanta que me superen porque quiere decir que tengo que seguir aprendiendo cosas. Así me obligan a avanzar más, a superarme.
-En el más absoluto silencio de una noche estrellada ¿qué pensamientos te invaden?
-Pues de lo más variopinto, desde pensamientos propios del síndrome del impostor hasta los días que faltan para que podamos cobrar o que marché de casa y no puse los garbanzos a remojo. Y también otras cuestiones más trascendentales como pensar que la estrella que estoy viendo está a 5 millones de años luz. Y que, aunque siga viendo su luz, a lo mejor esa estrella ya no existe.
«Recuerdo las noches de verano en el pueblo de La Braña, en el que había muy poca contaminación lumínica. Todas las noches veía una nube en el cielo con la misma forma, y hoy sé que aquella nube que veía era una nebulosa de la Vía Láctea en la región del Cisne»
-Has ido pasando por muchas fases en tu trayectoria fotográfica, ¿crees que en tu evolución habrá algo más potente que la astrofotografía?
-Eso sí que me lo pregunté, pero no sabría qué decir. Ahora mismo estoy tan centrado en esto, me gusta tanto y soy tan feliz haciéndolo… Cuando fui a Marruecos pensaba ¿qué tal me saldría si hago retratos a esta gente como hacen otros fotógrafos?, pero creo que me da miedo salir de mi zona de confort y también que ya he hecho fotos de todo tipo: de productos, de contenido social, de calle… más o menos le di a todos los palos y, al final, la noche es lo que más me gusta.
-En un momento determinado, una situación accidental hizo que tu vida se reencaminase ¿de alguna manera la vida te está dando pistas para tu definir tu trayectoria?
-Sí, es posible, porque todo lo que va ocurriendo fue a base de casualidades. Empecé en la fotografía nocturna por una casualidad, se me disparó la cámara, algo que es curioso, y flipé. Y luego, cuando tuve el accidente, seguí en la fotografía como una forma de salida.
En el 2016 gané un concurso de fotografía que se llamaba Olympus Explora. Uno de los premios era ir a las Islas Cíes un fin de semana y cuando llegué allí, el anfitrión, Fernando Rey, un embajador de Olympus, era el guía que nos llevaba a los sitios. Nos hicimos muy amigos, a día de hoy seguimos siéndolo, y es el dueño de la empresa audiovisual LuzLux que organiza muchos de los viajes a los que voy por petición suya. Es otra de las casualidades. Si no me hubiese presentado a ese concurso, no lo habría conocido.
-¿A tu hijo le gusta también la fotografía o con lo que hace su padre es suficiente?
-No le gusta nada. Cuando estaba estudiando le dije que, si aprobaba todas, le compraba una cámara de fotos, la que él quisiera. Su contestación fue: «papá, cómprala para ti». De hecho, en su Instagram tiene tres o cuatro fotos nada más. Y mi novia se aburre mucho y no suele acompañarme.
-¿Tienes algún proyecto en mente?
-Tengo la exposición Mientras tú dormías, que lleva dos años moviéndose por Asturias y, de momento, no tengo nada más a la vista. Desde una productora me han animado a escribir un libro y me han ofrecido su ayuda, pero dije que no, aunque tampoco es un no para siempre, nunca se sabe. Me dicen que, con mis fotos, ya tengo un 80% del libro asegurado. Si algún día me decido, no sería una publicación técnica, más bien algo en plan anecdótico con las cosas que me han ido pasando, algo medio cómico.
Mientras tú dormías
La exposición fotográfica Mientras tú dormías de Glendor Díaz muestra un universo nocturno difícilmente imaginable y apenas imperceptible para el ojo humano. Con una serie de 20 imágenes nocturnas espectaculares de la Vía Láctea y los mejores cielos de Asturias, de España y de lugares como el desierto de Atacama y el Sáhara, el fotógrafo asturiano nos hace soñar despiertos y a lo grande.
«Tengo fotos hechas en Allende, que tiene la certificación Starlight –explica el artista–. También de los Picos de Europa por la noche, de los Lagos de Covadonga y de lugares como el Castillo de Zafra, en Guadalajara, uno de los mejores cielos de toda la península».
La muestra lleva dos años moviéndose por Asturias. Empezó en el CIFP Cislán, en la Felguera, y a partir de ahí estuvo en diferentes centros y en muchos equipamientos culturales. Ahora mismo está en la Casa de la Cultura de Tineo, durante el mes de agosto podrá visitarse en el Ateneo de Gijón y en septiembre estará en las Escuelas Dorado, en Sama de Langreo.