De higos, manzanas y otras pitanzas

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Corazón de manzana.
Foto: Pepo Maralva
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La inconmensurable despensa del otoño solo se compara, en volumen, a la explosión floral de su hermana equinoccial. Parece que los dioses nos quisieran abastecer para el inerte invierno con una superproducción de alimento, que a duras penas, nos permite mantener el ritmo de los procesos de conservación.

Por mucho que nos guste delimitar todo acontecimiento natural dentro de nuestros estándares de tiempo artificial y, pese a que el otoño haya entrado en su justo momento, su influencia se viene manifestando desde hacía ya varias semanas.
Como en un sistema de producción acelerado, de pronto nos encontramos con moras, escaramujos, saúco, avellanas, nueces, majuelos, peras, manzanas, piescos, higos… Sin dejar de lado los productos hortícolas: les fabes, pimientos, acelgas, maíz, calabazas.
“¿Aguantará sin llover? Vamos a organizarnos que se nos va de las manos. ¡Los higos! ¡Venga, todo a la vez!” Menos mal que los años de experiencia ayudan a gestionar mejor, pero tampoco mucho.

Como en un sistema de producción acelerado, de pronto nos encontramos con moras, escaramujos, saúco, avellanas…

Es momento de trabajar. Hoy se recolectan los frutos del esfuerzo previo y serán el disfrute durante el resto del año. Esas mermeladas con el café de la mañana, esos encurtidos con el vermut del domingo, la calabaza asada con la que elaborar paté, las castañas en almíbar, casadielles con relleno de nuez. Con estos alicientes es imposible no esforzarse.

Es en esta época donde la sidra dulce corre por litros acariciada por maderas de roble, arrastrando consigo el aroma propio de un jugo tan llambión que resuena a metros de distancia penetrando hasta la memoria reptiliana, rebotando entre neuronas de la biblioteca olfativa y, cuando el olor ya identificado vuelve a la mente consciente las pupilas se dilatan.
Les ocurre a las ovejas, se les salen los ojos cuando escuchan el golpear de las manzanas contra el suelo. Emiten un berrido y echan a correr cegadas por algo en sus adentros que las lleva a pecar a tal ritmo que la avaricia se avergüenza. El disfrute debe ser comedido, breve, de lo contrario sufrirán una fermentación en su interior con trágico desenlace.
Unas manzanas con caramelo, como aquellas de las fiestas del pueblo. ¡Qué cosa más rica! por sabor y por recuerdo. Un dulce de manzana, tartas Tatín, una salsa de manzana y mantequilla para acompañar carne de caza…

La sidra dulce corre por litros acariciada por maderas de roble, arrastrando consigo el aroma propio de un jugo tan ‘llambión’ que resuena a metros de distancia.

Higo
Higo / Foto: Pepo Maralva

Los higos, de culo rojo y reventón, comienzan a madurar de a pocos. Uno hoy, dos mañana, como si se aguantasen las ganas. Hasta que llueve, momento en el que todos adquieren la mayoría de edad al unísono en una orgía interminable que te emboba. Y uno, con los brazos en jarras, posando la mirada de higo en higo y pensando “¿y ahora qué hago con todo esto?”.
Ensalada de higos, cuajada de higos, helado de higos, licor de higos, pan de higos ¡Señor! ¡Me faltan ollas para tantos kilos de mermelada! Tan dulce como es, no necesita más de un 30% de su peso en azúcar para alegrar varios meses, y hogares, los desayunos y postres de estaciones venideras. Si hay tiempo es mejor pelarlos, con cariño, y romperlos por la mitad con las manos antes de echarlos a la olla. Al cocer, mantendrán en su mayoría la estructura permitiendo que, al disponerla sobre un buen pan de pueblo tostado con mantequilla a la sartén, encontremos la agradable sorpresa de un trozo de higo translucido y resultón.

Y uno, con los brazos en jarras, posando la mirada de higo en higo y pensando “¿y ahora qué hago con todo esto?”

No sé muy bien cuántos tarros de cristal se habrán esterilizado ya, cuántas tapas sustituidas y cuántas etiquetas. Se sabrá al repasar inventario. Es importante llevar un control de los gastos, de la producción. Aún así, el gasto será ínfimo en comparación con sus versiones comerciales. ¿Y la calidad? Abrir la despensa y verla a rebosar de vida, eso es calidad.

Abrir la despensa y verla a rebosar de vida, eso es calidad.

Mientras el resto de productos también se vuelven locos pero a otro compás, hasta con cierto flow, miro de reojo ansioso hacia un árbol contando las hojas que le quedan por perder “hum… aún no están”. Los carápanos se hacen de rogar. Les encanta lucirse, provocarme. Lo siento, en este caso soy avaricioso cual oveja.

Para atenuar la espera, conformo mi hambre con el olor de la magaya hasta saturar el olfato, esperando que los carápanos estén popos, en su punto exacto entre maduro y fermentado, como la manzana oxidada del llagar.

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