Lo reconozco, cuando desembarco en Madrid parezco la versión remasterizada de Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. Me cuesta trabajo entender que se jueguen partirse un pie bajando despavoridos por tres tramos de escalera mecánica, arrollando a los que vamos despistados, para coger un Metro que pasa ¡cada seis minutos!
Luego ves a la interfecta sentada mirando el teléfono, el otro pasea nervioso por el andén; han tenido que esperar 120 segundos, que para ellos debe ser una vida…
En la banda de estribor del vagón dieciocho personas, todas pendientes de su móvil excepto dos; la sudamericana que se ha quedado profundamente dormida, en la cara marcado el cansancio acumulado de días. Puede tranquilamente ser una de esas camareras de piso que tienen que hacer 24 habitaciones del hotel en 8 horas; o sea, dejártela limpia y aseada, terraza incluida, en 20 minutos.
La otra que no está pendiente de artefactos electrónicos es una señora que ya ha pasado de los ochenta. Entra con timidez y prudentemente, de escorzo, se sienta ocupando el escaso espacio que le permite un ciudadano grande muy concentrado en su pantalla. Pasan las estaciones y la buena mujer intenta reducirse al mínimo volumen, pero ni así cabe.
“Caballero, ¡deje sitio a la señora!” Levanta la mirada, sorprendido de que fuera de su mundo virtual haya vida (…). Al fin el tipo, sin responder palabra, en un acto de suprema generosidad, se mueve; un bonito ejemplo de supremacía varonil, hoy 8 de marzo, que escribo estas vanas líneas.
“Caballero, ¡deje sitio a la señora!” Levanta la mirada, sorprendido de que fuera de su mundo virtual haya vida; la pobre mujer me hace gestos de que me calle, que ella aguanta lo que sea. Al fin el tipo, sin responder palabra, en un acto de suprema generosidad, se mueve y sólo ocupa asiento y cuarto en vez de los casi dos que llenaba. No ha mirado a ni a su víctima ni al increpante; un bonito ejemplo de supremacía varonil, hoy 8 de marzo, que escribo estas vanas líneas.
A la salida nos espera la buena señora para agradecernos la ayuda y nos cuenta lo que tuvo que pasar en el último año y medio llevando en Metro a su marido, enfermo de ELA. Ni ascensores, ni asientos reservados libres, ni un poco de humanidad entre el pasaje.
La ciudad es dura y contradictoria. Capaz de que ver un señor tirado en Plaza Mayor sin que nadie mire para él, como de encontrarte en plena calle con Paula, una joven amiga gijonesa exiliada laboral que sobrevive pluriempleada. Que en un bar de barrio te sepan servir un valdepeñas fresco, mientras en la taberna centenaria, -objeto de campañas turísticas-, con sus cenefas de azulejos talaveranos, su letrero de “prohibido escupir en el suelo” y su repisa superior para sombreros, la camarera no sepa qué es un vino clarete (o rosado, como usted quiera). De sitios donde pagas dos euros por una caña a otros de cuatro por un café.
Los financieros nos dicen “You Will Never Bank Alone”. Aparte de que no creo que las letras de cambio sean tan poéticas como las musicales, no bailaría con ellos, ciertamente.
Los trenes del Norte nos dejan en la estación de Chamartín en cuyo entorno está creciendo el mayor proyecto urbanístico de los últimos años; cuatro grandes torres representan el poderío del dinero, en el hall de cualquiera de ella podrían alojarse espaciosamente cinco familias. Alrededor publicidad del lujo; en inglés, a ser posible, que el castellano no es elegante para tratar business.
El Openbank pregona en el escaparate un remedo de la vieja canción (1963) “Nunca caminarás solo” de Gerry and the Pacemakers, una balada muy bailable que es seña de identidad de los fanáticos del Liverpool Football Club. Los financieros nos dicen “You Will Never Bank Alone”. Aparte de que no creo que las letras de cambio sean tan poéticas como las musicales, no bailaría con ellos, ciertamente.
Unos pasos más allá una expo de automóviles orientales: chinos, japoneses o coreanos, entre los que no falta una marca que debería haber aparecido en el artículo que hicimos en enero sobre la mala publicidad; como decía Marta cuando me lo señaló, “tuvo su notoriedad entre los hablantes galaicoportugueses”, que denominan “cona” a un muy señalado elemento anatómico femenino. (Ustedes perdonarán la foto, sacada desde este lado del escaparate).
Entre tanto anglicismo alguien escribe en castellano. No ha tenido éxito, y lo siento, porque habían sido valientes; se llamaba el establecimiento Antojería Mexicana, anunciaba “un mezcalito para quitarse el mal”. En eso creo, no tanto en “un tequila para rezarle a la virgen”; os lo repito: los santos no andan en negocios.
Han hecho desaparecer las cuatro tiendas de campaña de pobres sin techo en el solar de Agustín de Foxá para no desmejorar la perspectiva de las Cuatro Torres. Debajo de ellas un amplísimo espacio comercial ultramoderno, tanto que no puede faltar un gimnasio; como se llevan ahora, con amplias cristaleras, para que veas a la gente sudar a chorros, criaturitas sedentarias rompiéndose la espalda cargando pesas. En este caso tienen en primera línea de escaparate un ring; ya se sabe que el mundo financiero es muy competitivo, así que hay que estar preparado para partirle la cara al rival. Y que te vean, claro.
En el mundo ya no se entiende el concepto negociación, ni siquiera entre los negociantes, así vuelve a considerarse deporte el boxeo, incluso con competiciones infantiles. En Gijón dan un paso adelante y se celebran en locales municipales competiciones de Artes Marciales Mixtas, o sea, humanos y humanas metidos literalmente en una jaula de dos en dos, para practicar el “arte” de hacerse polvo mutuamente. Imagen publicitaria de un triunfador:
No quiero cerrar este artículo con esta cara. Seguramente buena parte de nuestro público lo habrá visto, porque fue en un reportaje de la TPA, pero me permito subrayarlo, ya que empecé este artículo en plan de tipo de pueblo despistado. En Mestas de Con cierra Casa Luis, bar tienda tradicional que lleva Maripí. Manifiesta la mujer ese sabor agridulce de querer descansar y sentir la pérdida de una gratificante actividad cotidiana; entre las anécdotas el caso de una clienta que fue a devolver las pilas de la radio porque “ahora habla en francés”. Bienaventurados los humildes…