Almas de Aller. El proyecto con caballos en Asturias que te reconecta contigo mismo

Comenzaron en abril de este año impartiendo talleres ambientales en colegios y haciendo excursiones. A finales de mayo dio su primer taller con caballos y, hasta hoy, Almas de Aller se ha convertido en un espacio de desconexión del mundo exterior para volver al centro de todo: el encuentro con uno mismo en un espacio en el que los caballos y la naturaleza son los encargados de marcar el ritmo. Almas es “un proyecto que nace desde el corazón con alas y raíces”.

Desde pequeña, Estefanía Trapiello (Fani) vivió de una manera intensa rodeada de naturaleza. Estudió, recorrió mundo, trabajó en diferentes lugares… pero en un momento determinado se dio cuenta de que nada de todo eso tenía sentido si no volvía a sus orígenes. Creó Almas de Aller, un proyecto que aúna actividades de conexión con la naturaleza y el aire libre, talleres de ecología emocional, jornadas de educación ambiental y desarrollo rural y experiencias con caballos.

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En Los Estrullones, un reducto alejado del ruido en plena Montaña Central, sucede la magia. Los caballos consiguen transformar a todas aquellas personas que acuden a las sesiones e interactúan con ellos. No hay que hacer nada, tan solo estar dispuesto a realizar un viaje que te conducirá nuevamente a ti mismo.

-¿De dónde surge tu pasión por los animales y el medio natural?
-Soy doctora en ciencias ambientales y me formé como coach en bienestar emocional asistido con caballos. Todo esto de los caballos llegó bastante improvisado a mi vida. No lo buscaba como una vertiente profesional pero sí que es verdad que, desde pequeña, en mi casa siempre tuvimos vacas, conejos, gallinas, perros, gatos… Me crie en Los Estrullones, un pueblo muy pequeñito en el concejo de Aller y es a donde he vuelto ahora. Siempre tuve un vínculo especial con los caballos. En mi casa había yeguas y tuve muchos años un caballo como animal de compañía, incluso montaba en él a pelo.
Me fui haciendo mayor y marché a estudiar y trabajar fuera. Estuve por muchos sitios y países diferentes formándome y trabajando; trabajé bastantes años de investigadora y técnico en laboratorios en temas de sanidad vegetal y forestal, unos cuantos años aquí en Asturias y otros fuera para la Junta de Castilla y León y en Palencia en un laboratorio de sanidad forestal. Hice mi tesis doctoral sobre una enfermedad del castaño. También estuve trabajando en el concejo de Aller y en toda Asturias de asesor agraria con temas de desarrollo rural, sanidad vegetal, producción ecológica y estuve de docente impartiendo cursos. Mi trayectoria siempre estuvo vinculada al tema ambiental, al medio rural, plantas y animales. Por motivos familiares volví a Asturias hace unos tres años y ahí fue cuando me formé como coach con los caballos.

«Mi trayectoria siempre estuvo vinculada al tema ambiental, al medio rural, plantas y animales»

Estefanía Trapiello (Fani). Creadora de Almas de Aller
Estefanía Trapiello (Fani).

-¿Qué fue lo que te animó a crear Almas de Aller?
-Llegó un momento en el que me di cuenta de que tenía todas las piezas del puzle y me pregunté: ¿qué hago con esto? Me decidí a darle forma a mi proyecto, salieron ayudas, me lancé a probar y ¡salió! El proyecto tiene una parte de educación ambiental en la que hago talleres sobre todo lo que tiene que ver con el medioambiente y la naturaleza. Voy a coles, asociaciones, llevo a gente de excursión y también tengo lo de los caballos. Nuestros caballos son de la familia y estaban en otra zona de Asturias. Mis padres los tenían en una finca en Llanera y, objetivamente, esa zona podría ser más turística, accesible, más grande y, tal vez, podría recibir a más gente, pero lo que me tira son mis raíces. Algo me decía que tenía que ser en Aller. Estoy volviendo al origen.

-¿Qué tiene el caballo que conecta tan bien con nosotros?
-Son seres muy sensibles y de gran tamaño. Tienen la capacidad de entrar en coherencia cardíaca con nosotros: ellos van sintonizando con nuestro ritmo cardíaco y por eso mucha gente, cuando está con caballos, se tranquiliza. Es muy increíble y difícil de explicar con palabras, pero ocurre. Acabamos vibrando en su frecuencia. Tienen esa capacidad de transmitirnos calma y, aunque no entienden nuestras palabras, detectan el lenguaje corporal y las emociones, las saben leer muy bien. Hay gente que cuando llega te dicen que no le dan miedo, pero por dentro sí lo tienen. El caballo detecta que hay una incoherencia y, en función de eso, empieza a actuar.

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-De alguna manera, ¿te liberan?
-Algo común a todos los animales, seamos quien seamos y tengamos la condición que tengamos cada cual, es que no nos juzgan. Esto es muy importante. El ser humano, en presencia de cualquier animal que tenga unas condiciones más o menos tranquilas y en un entorno cuidado, se relaja. Al no haber alrededor nadie que esté juzgando o mirando, bajamos las defensas, desaparece ese ruido mental que tenemos cuando hay otros iguales cerca que no nos hacen sentir cómodos y no permiten que podamos ser. Se ve mucho en la gente que viene. Incluso en los talleres grupales, rodeados de gente que no conocen, llega un momento en el que todo el mundo suelta lo que trae, se abre, son ellos mismos y se dejan ser. Al final, por imitación, pienso que es una cosa que los animales nos aportan. Es como que volvemos a conectar con esos niños que éramos. Nos hacen vivir el presente.

Almas de Aller

-¿Son los caballos los que, en cierto modo, dirigen las sesiones?
-Hay muchos coaches que hacen otro tipo de sesiones más dirigidas. A mí me gusta trabajar desde la libertad. Es algo que defiendo como principio básico. Lo principal es el respeto al animal. Quiero que sean ellos los que se acerquen si tienen que hacerlo, si quieren mantener distancia que lo hagan… A veces te cuestionas si es el mejor método y también aparecen esos miedos porque piensas que, igual, no ocurre nada. Pero eso nunca pasa. El otro día, una chica me dijo una frase increíble: “Él me eligió”. El caballo estaba lejos, pero vino a ponerle su cabeza encima de la suya. Haciéndolo así, el resultado es más potente y diferente para todos. Quiero experimentar esta manera de ser lo más respetuosa posible con ellos. Los caballos absorben toda la energía y emociones que traen las personas y, para mí, es muy importante que tengan su espacio y su tiempo de liberación.

-¿Notas que la gente sale de aquí transformada?
-Sí, pero no sólo cuando marchan. Mientras están, e incluso antes de que lleguen, yo ya sé mucho del grupo que viene sólo observando a los caballos. Es brutal, pero hay estudios que dicen que a muchos kilómetros de distancia ellos son capaces de detectar cosas, incluso su comportamiento es totalmente diferente con los adultos a cuando es un grupo de niños. Esto también es un ejemplo para nosotros que nos cuesta mucho hacer este proceso. 

«El ser humano, en presencia de cualquier animal que tenga unas condiciones más o menos tranquilas y en un entorno cuidado, se relaja. Al no haber alrededor nadie que esté juzgando o mirando, bajamos las defensas, desaparece ese ruido mental que tenemos cuando hay otros iguales cerca que no nos hacen sentir cómodos y no permiten que podamos ser»

-¡Qué enriquecedor para ti poder observar todo esto!
-Yo tengo que estar al lado de la persona pendiente de si está bien y, sobre todo, acompañar y saber sostener lo que sale en cada momento, pero sin entrar a interpretar. Esto para mí es lo principal. Hay que estar, pero sin ego. Yo sólo soy un canal entre unos y otros. Puedo hablar y decir cosas, pero sólo si la situación lo requiere. Se trata de mantener el silencio, saber leer muy bien lo que la persona necesita y lo que los caballos están mostrando sin caer en las visiones personales; que la persona llegue a las cosas a través de lo que está viendo. Hay veces que es cuestión de mostrárselo de manera sutil, invitándolo a mirar al caballo, lanzando algunas reflexiones, propuestas, pero no es nada dirigido ni forzado. En muchas ocasiones, días después de las sesiones, a la gente le llegan cosas y me contactan para decirme algo que entendieron o que sintieron. Es un trabajo que sirve mucho cuando la gente viene abierta. Y los que no vienen con esa actitud, les ocurre como una magia. La gente viene con muchísimo ruido mental y se va de otra forma. La sensación general es de calma, de paz. Les cambia hasta la cara y el tono de voz. Es bastante alucinante.

-¿Por qué nos llevamos tan mal con el silencio?
-Pues porque nos lleva a conectar con nosotros mismos y eso nos produce muchísima incomodidad. No sabemos cómo estar ahí. Creo que, en general, vivimos muy hacia fuera. En esta sociedad estamos muy en el hacer, en el qué dirán, en las expectativas hacia otros, pero no estamos en el presente y en conectar. A lo mejor, lo que hay que hacer, es no hacer nada por un rato y estar. Ahí es cuando ocurren cosas increíbles.

Almas de Aller

«La gente viene con muchísimo ruido mental y se va de otra forma. La sensación general es de calma, de paz»

-¿Habitar nuevos espacios?
-Sí. Al final, somos animales. Venimos de las cuevas, de la naturaleza, de andar descalzos, alimentarnos de la tierra, de convivir con un montón de especies. Tenemos años de evolución –aunque no tantos– y esto es como volver a nuestros orígenes. En el sistema actual, que cada vez va más rápido, estamos programados para producir como máquinas. Nos envuelve la vorágine del día a día, el trabajo, la casa, los niños, las actividades. Llenamos nuestro tiempo de cosas y de mil distracciones que nos impiden ver lo esencial. Estamos tan distraídos que necesitamos cada vez más estímulos y cuando nos quitan todo eso, nos quedamos perdidos. Pero si esto ocurre en una experiencia donde hay un entorno natural (y los caballos ayudan mucho en esto), sucede algo mágico.  

-¿En qué se convierte una sociedad que se desvincula de la naturaleza?
-Pues una sociedad muy poco empática. Se pierden los principios básicos que es el estar, el ser, el respeto a lo que somos y a la naturaleza. Cuanto más nos desconectamos, menos nos respetamos a nosotros mismos, a nuestros iguales, al resto de seres y a la naturaleza en sí. Si todos estuviéramos conectados con el lugar de dónde venimos, no estaríamos pegados a un móvil y sí más preocupados por proteger lo que tenemos. Seríamos más conscientes a la hora de utilizar los recursos, hacer la compra, actividades e, incluso, del turismo que realizamos. Viviríamos de un modo más respetuoso. No estoy en contra de la tecnología, pero lo importante no son las apariencias en redes sociales. Creo que estamos viviendo totalmente fuera y parece que lo más importante es ir a un sitio bonito no para disfrutar de la naturaleza sino para hacerse una foto y colgarla. Hemos perdido el foco y eso, al final, pasa factura. Yo creo que ahora mismo tenemos una sociedad enferma.

-¿Qué te encuentras en los jóvenes que acuden a las sesiones?
-Los niños todavía están muy conectados con lo que son. Si dejas a un niño en un espacio natural, ellos rápidamente juegan, conectan y no necesitan nada más. Yo pienso en mi infancia y me recuerdo feliz. Vivía en la montaña, hacíamos trashumancia, íbamos a ver las vacas en caballo, pasábamos meses en una cabaña en el puerto… Mis años más felices fueron esos en ese entorno. Con este proyecto, lo que quería era que esa conexión que se está perdiendo en la gente se recupere de alguna manera. Esto lo veo más en adolescentes, pero también en gente mayor y en los propios habitantes del medio rural, y es algo que me frustra y me choca todavía más. Me llama la atención el desconocimiento del entorno que tienen, y no te hablo de críos que vivan en Oviedo o en Gijón sino de los que están en los pueblos de alrededor. Por ejemplo, no saben cómo se llaman los árboles ni qué fruto dan. Hemos sustituido ese conocimiento por actividades extraescolares para que tengan el día ocupado y los padres puedan trabajar. Hemos cambiado el tiempo que antes invertíamos en transmitir esos conocimientos por pantallas o videojuegos. En este sentido, se está perdiendo el norte.

-¿Consigues que suelten el móvil?
-En alguna sesión era imposible que lo hicieran. No sólo es una falta de educación, sino que ahí ya veo una adicción. Me he encontrado con problemas derivados de estar permanentemente expuestos a esos estímulos. Están acostumbrados a ver cosas rápidas todo el rato y cuesta que levanten la cabeza, vean el entorno, escuchen los pájaros… De ahí surgen muchos de los trastornos de déficit de atención que estamos viendo actualmente.

«Nosotros, al igual que ellos, somos seres sociales y necesitamos a nuestros iguales. Nos sentimos mejor cuando estamos acompañados y podemos contar con personas a nuestro alrededor. Esto los caballos lo muestran muy bien porque ellos necesitan estar en manada»

-¿Qué dirías que tiene la manada que se pierde en un individuo?
-Es una pregunta muy interesante porque es algo que trabajo mucho, sobre todo cuando vienen sesiones en familia. Tenemos una manada de dieciséis caballos, pero ahora estoy trabajando con un grupo de cinco y aprovecho su figura familiar para que la gente vea cómo sienten ellos esa necesidad de protegerse, incluso podemos ver muchas veces como, según el carácter, cada yegua necesita más o menos espacio, cómo se agrupan cuando escuchan un ruido raro, cómo se ayudan entre sí. Todo esto lo voy explicando, lo vamos trabajando y siempre hago un símil con las personas. Nosotros, al igual que ellos, somos seres sociales y necesitamos a nuestros iguales. Nos sentimos mejor cuando estamos acompañados y podemos contar con personas a nuestro alrededor. Esto los caballos lo muestran muy bien porque ellos necesitan estar en manada. Si están solos lo pasan fatal. Se sienten muy desprotegidos.

-Tus caballos, ¿están domados o preparados de alguna manera para realizar esas actividades?
-Ninguna de mis yeguas está domada. Tienen el manejo mínimo necesario para cuando las cambio de prao, las hay que desparasitar o para cuando, igual una vez al año, se montan en el remolque para ir a otro sitio al que no podemos llegar andando. Su comportamiento es puro, no es como un caballo que está muy humanizado. Si está encerrado en un box todo el día, con poco espacio, ya no es caballo. Entiendo que haya algunos que tengan que estar de esa forma porque, por ejemplo, los usan para las terapias de la gente con quimio y cosas así. Esto también se lo explico a la gente que viene porque el carácter del animal es completamente distinto. Mi principio básico es el respeto hacia ellos y que estén en la mayor libertad posible.

Caballo del proyecto Almas de Aller

-¿Por qué decís que “no sólo tocamos cuerpos, tocamos ALMAS”?  
-Es una especie de magia que sucede. Mucha gente pregunta: ¿Qué se hace? Yo explico algo, pero, al final, ponerle palabras a la experiencia es limitarla porque cada persona que viene, lo vive a su manera. Vamos a estar ahí y ver qué ocurre. ¡Ya está! Tengo la confianza en que, lo que tenga que ocurrir, ocurrirá. Incluso estoy abierta a que no pase nada. Me costará lo mío sostener esa sesión, pero será porque tiene que ser así y algo nos traerá. Pase lo que pase con cada persona yo estaré acompañándoles y vivirán lo que tengan que vivir.

-A estos encuentros, ¿acuden más mujeres que hombres?  
-Empecé hace poco, pero, en general, te podría decir que sí. Este verano he tenido varias familias, grupos de amigos o parejas. Pero sí me he dado cuenta de que, cuando vienen en familia, ellos vienen diciendo que si están allí es porque a su hijo o a su mujer les va a venir muy bien esa actividad, pero, al final, te das cuenta de que quien más lo necesitaba era él. Me pasó con una familia que el padre acabó llorando y sorprendido de sí mismo por lo que le estaba pasando. Si te dejas ir, pasan cosas. Sólo hay que dejar caer el escudo protector con el que vivimos.
Lo que pasa mucho con las mujeres es que no se permiten hacer esto para ellas, es como que crean la experiencia para la familia y ahí se diluyen un poco más. Me doy cuenta de que las mujeres todavía estamos muy pilladas por el sentimiento de culpabilidad y el no permitirnos dedicarnos ese tiempo y ese regalo para conectar. Hay muchísima necesidad y te das cuenta que, cuando se juntan un grupo de mujeres que ni se conocen, surgen cosas comunes que están ligadas a algo ancestral que pertenece al linaje de la mujer. Es algo precioso.  

-¿Hay alguna sensación que te encuentres de manera habitual en la gente que acude?
-Les cuesta mucho verbalizarlo, pero lo que más me encuentro es miedo. Muchas veces no son ni conscientes, pero es muy gratificante ver como cuando se van ya lo han vencido. No pasa nada. Aquí se puede venir con miedo.

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Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

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