La Audiencia Nacional dice que no procede juzgar a Julio Iglesias por un tema de acosos a señoras. El Gobierno tiene dolores de cabeza por mandatarios dados al mismo deporte; el partido de la oposición de derechas, un partido de la oposición de izquierdas, varios futbolistas, un productor de cine, dos empresarios hosteleros, un árbitro de fútbol de Segunda, un cura, un muy alto cargo de la policía, un príncipe inglés y el imán de Ripoll…entre otros varones, inciden en idéntica fechoría; ya la criada de Sinuhe el Egipcio le reconvenía: “Todos los problemas de los hombres derivan de eso que os cuelga debajo del mandil”.
Hoy día señalaría la buena mujer lo que subyace en los pantalones tejanos, como en la portada de los Rolling. Corresponde al disco Sticky fingers, -el de Brown sugar o Sister Morphine-, diseñada por Andy Warhol. Aviso para fans entusiastas: el bulto de primer plano no es de uno de los músicos, sino de un modelo profesional.
En tiempos de Carnestolendas puede ser buen momento para hablar de asuntos de bragueta. Época de coplas que desmontan el mundo habitual, días de disfrutar rompiendo con todo. Ya en el Cancionero de Palacio nos deja una partitura Juan del Encina Hoy comamos y bebamos/ y cantemos y holguemos/ que mañana ayunaremos.
En las coplas del pueblo no faltan referencias a los pecados de la entrepierna. A veces de forma descarnada, otras con mayor sutileza literaria: “Cancionero secreto de Castilla y León”, Fundación Joaquín Díaz: Deja que la niña pene/si la pena es de amor/que en esa clase de pena/cuanto más pene mejor. Del pueblo de Sacramenia (Segovia).
Es un adminículo indumentario de final de la Edad Media, creado para unir las calzas (…). Se produjo entonces un abultamiento que se convirtió en instrumento de propaganda viril; Giovanni Battista Moroni, que se ganó la vista de retratero, dejaba constancia eterna del poderío de uno de sus clientes en 1545.
Escribo estas notas en pleno Dimecres de Cendra (miércoles de ceniza), que en Mallorca, con el Entierro de la Sardina, cierra el ciclo iniciado el Dijou Llarder, Jueves de Comadres en Asturias. Jueves Graso, señal de salida de una casi semana de desenfreno; el Jueves Lardero de la tradición castellana, del que nos escribió el Arcipreste de Hita, religioso bien mundano. Algo más tarde, otro díscolo ordenado, François Rabelais, acuñaría el título de comidas pantagruélicas, a la par que hablaba de la última moda entre los elegantes: la bragueta.
Es un adminículo indumentario de final de la Edad Media, creado para unir las calzas, separadas antes, y usado para guardar pequeños objetos, dado que carecían de bolsillos. Se produjo entonces un abultamiento que se convirtió en instrumento de propaganda viril; Giovanni Battista Moroni, que se ganó la vista de retratero, dejaba constancia eterna del poderío de uno de sus clientes en 1545.
Simultáneamente, François Rabelais convierte este invento en foco de sus obras, en su Gargantúa declara que le hicieron una bragueta de dimensiones monstruosas y anuncia: “Mas de esto os diré en otro lugar, en un libro que he hecho acerca de La Dignidad de las braguetas”.
Llegaba la moda hasta los reyes, claro; Carlos de Habsburgo y Trastámara, conocido en unos sitios como Carlos el Primero y en otros el Quinto, emperador de Europa, dueño de casi todo el orbe entonces conocido, feo de nacimiento, posaba exhibiendo potencia.
El Renacimiento la bendice como símbolo de masculinidad: La belle et grosse et longue braguette était la prérogative distinctive du sexe le plus noble (La bella, gruesa y larga bragueta era prerrogativa distintiva del sexo más noble), tanto que Voltaire en su poema satírico La Pucelle d’Orleans denuncia que la Sorbona había iniciado una investigación para hacer quemar a Juana de Arco debido a que había usado calzas con bragueta.
No tanto como llevar a los protagonistas a la hoguera, pero eclesiásticos y gobernantes han procurado evitar las burlas populares que denunciaban su forma de vida. La Iglesia se pone en contra muy tempranamente: año 320, Concilio de Laodicea, imponiendo penas de años de penitencia a quienes asistieran a ellos, máxime si se disfrazaban de religiosos, que ya se sabe que son los únicos que pueden ir travestidos. Los concilios toledanos siguieron la tradición y me dicen que hasta el siglo pasado aún seguía la prohibición en los documentos sinodales.
Fracaso en toda regla, porque curas y monjas no dejan de ser seres humanos, sujetos a las mismas apetencias que el resto, y en asunto venéreo más, por la represión en que viven. La Trinca cantaba el recuerdo de sus profesores con “aquella bragueta inmensa, de cuerpo entero”.
El Renacimiento la bendice como símbolo de masculinidad (…), tanto que Voltaire en su poema satírico La Pucelle d’Orleans denuncia que la Sorbona había iniciado una investigación para hacer quemar a Juana de Arco debido a que había usado calzas con bragueta.
Si éstos apelaban a su carácter sacro, las autoridades políticas se encomendaban al orden público. Carlos I, en 1523 amenazaba con pena de cien azotes o seis meses de destierro al que se disfrazara de máscara en tiempo de carnaval durante el día, pena que se doblaba si la juerga era de noche. El general Primo de Rivera, a quien Alfonso XIII presentaba con orgullo como “mi Mussolini”, hizo lo posible por hacer desaparecer las mascaradas.
Después vino otro golpe de militares, mucho más cruento que el de Rivera. Se quejaba un espectador de Os Reises do Valledor, inocente entretenimiento enmascarado, “Franco lo prohibió y hasta hoy”. Realmente no fue él, sino uno de los suyos; el general Luis Valdés, dictaba una orden desde Valladolid, el 3 de febrero de1937, que explicaba cómo “las circunstancias extraordinarias porque atraviesa el país aconsejan un retraimiento de las alegrías externas”, dando argumentos sobre “el honor y la salvación de España” concluye que “Este Gobierno General ha resuelto suspender en absoluto las fiestas de Carnaval”. Y así siguió la historia desde el punto de vista legal cuarenta años.
Pero lo militar es tan risible como cualquier otra actividad humana. Y para muestra un botón, aunque no se usen botones en las indumentarias que siguen. Hace tiempo que Isabel Gómez Melenchón titulaba en La Vanguardia “Braguetas de acero”, subtitulando “Viaje al mundo de las armaduras, con sus modas, sus creadores, sus clientes y los problemas de tallas”, informando de lo que ella consideraba “muy interesante exposición que el Kunsthistorische Museum de Viena dedica a los hombres de hierro y sus armaduras”. Se lo recomiendo, porque verán incluso armaduras con minifalda.
En 1891 inauguró Francisco José I un palacio dedicado a exponer el arte coleccionado por los Habsburgo, junto a colecciones de Historia natural. Las cabezas coronadas europeas gustaban de lucir sus propiedades (Hermitage, 1764; Louvre, 1793; National Museet de Dinamarca 1807; El Prado, 1819), y les gustaba andar en guerras, donde no solían morir los reyes, claro.
Ellos sí tenían armaduras, ricamente repujadas, que no salían al campo de batalla, sino que se exhibían en salones y pinturas. Traigo una, con bragueta, y junto aprovecho para una reflexión de asuntos químicos: Habida cuenta de que en combate no se puede levantar la mano para pedir permiso ni se pactan treguas para ir al baño, se debe pensar que los caballeros, en batallas de sol a sol, evacuaban sobre sí mismos, ¿No se oxidaban estos trajes de hierro?
Debo aclarar que cuando el amigo Ramiro cita a Miguel Ángel se está refiriendo al Signore Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni, ciudadano florentino, gloria del Renacimiento.
Y bueno, hubo un tal «Il Braghettone» (el Braguetón), apodo de Daniele da Volterra, que añadió «braguetas» por orden papal, pañuelos a los personajes del Paraíso en la Capilla Sixtina, que Miguel Ángel pintó desnudos… a los desnudos del Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
También habla del tema Julia Otero, viene a decir que los papeles del 23 F acerca del monarca demérito no dignifican ni su fiscalidad «ni su bragueta».