@elcampuylamaria: la transformación de una mujer a través de la naturaleza asturiana

María (@elcampuylamaria) llegó al bosque sin saber de plantas, ni de obras, ni de soledades. Llegó, sobre todo, sin saber que una casa podía elegirla.
En pleno confinamiento y mientras el mundo se encogía entre paredes, ella, caminando por el monte, vio una casa humilde orientada al sur con un manantial escondido y un futuro aún por escribir. Desde entonces, María vive allí, aprendiendo a su ritmo, descubriendo que la vida -cuando se escucha- tiene maneras muy suyas de abrir caminos. Esta es su historia: la de una mujer que decidió confiar, quedarse y construir con sus manos un hogar que también la está construyendo a ella.

-María, tú venías de la ciudad sin experiencia en plantas, construcción ni vida en soledad. ¿Cómo te enfrentaste a un salto tan grande sin un manual de instrucciones?
-Yo me dejé llevar. Confío tanto en la vida que, aunque no tenía a nadie como ejemplo, sentía clarísimo que este era mi camino. En plena pandemia, con el mundo parado, esta experiencia me llenaba de aprendizajes nuevos, algo que de verdad necesitaba. Y en vez de sentirme vulnerable, cada cosa que vivía me nutría más. Decidí no temer lo que aún no había vivido.
Me di cuenta de que la gente proyectaba en mí sus miedos: “¿Cómo vas a estar sola sin luz?”. Yo pensé: “Me voy a exponer a la oscuridad total y voy a ver qué pasa”. Y descubrí que muchas cosas eran más mentales que reales: la soledad, la oscuridad, estar en medio de la montaña siendo mujer. Todo eso estaba más en las cabezas que en la vida.
Incluso lo de ser mujer sola en el monte. La sociedad te coloca en un lugar de vulnerabilidad, pero yo me di cuenta de que era más un patrón mental que una realidad. Si fuese por la mente, nadie empezaría nada. Pero cuando te enfrentas, ves que no es para tanto.

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-¿Y la soledad? ¿Cómo la llevas ahora?
-A día de hoy la soledad me parece un privilegio. Eso no quiere decir que no quiera pareja; me encantaría compartir este espacio con alguien. Pero mientras no llegue, estoy feliz. Vivo según lo que siento: si quiero ver a mi vecino Román, voy; si no, no. Si me viene un retortijón porque me baja la regla, paro. Nadie me obliga a continuar.
He aprendido a hacer en base al sentir. Y claro, cuando encuentras ese equilibrio contigo misma, también te vuelves más exigente con lo que permites entrar. Cuanto más crezco internamente, más difícil es encontrar a alguien que encaje. De hecho, tuve pareja aquí durante años y lo que para mí eran retos para él era un marrón. Solo puedo tener pareja si me suma. Si me resta, no.
Y también he descubierto que estar sola en un pueblo no es estar sola: aquí siempre hay vida. Pájaros, insectos, plantas, estaciones que cambian el paisaje entero. Aquí todos estamos en nuestro ciclo: el árbol, mis gatos, yo. Sola nunca me he sentido.

-¿Qué hacías antes de dar este volantazo a tu vida?
-Siempre trabajé de cara al público, en ventas. El último sitio fue en Sephora, estaban encantados conmigo y querían hacerme fija. Era un buen trabajo, buen sueldo… pero justo cuando me lo propusieron apareció esta casa.
Antes viví en Portugal, vendía artesanía en la calle. No tenía ni idea de hacer artesanía, pero me puse y aprendí. Cuando cogí la casa, tener un taller propio me hizo muchísima ilusión. Una artesana con espacio… eso es un sueño.

-¿Qué te llevó a dar el salto? ¿De dónde surge el valor?
-Fue instinto de supervivencia. El COVID me hizo ver que no éramos tan dueños de nuestra libertad. Pensé: “María, las cosas se van a poner peor. Coge esta oportunidad”. Aquí soy rica en tiempo, aprendo cada día, me demuestro a mí misma de lo que soy capaz.
Me di cuenta de que todas mis comodidades dependían de otros: el alquiler, la luz, la comida. Aquí, si sube el precio del tomate, no me afecta si yo planto mis tomates. Si sube la luz, tampoco, tengo placas solares. Esta casa era una burbuja de aire limpio. Un lugar para sobrevivir viviendo. Y además pude pagarla al momento: 6.000 euros. Con 26 años tener una propiedad con terreno es algo que no imaginé nunca.

Nogalia, la finca de María @elcampuylamaria
Nogalia, la finca de María.

-¿Cómo apareció esta casa en tu vida? ¿Sentiste que te estaba esperando?
-Totalmente. Yo siempre digo que ella me eligió a mí. Durante el confinamiento tenía todo el tiempo del mundo. Me iba a limpiar el monte, el río, a caminar. Y un día llegué hasta este lugar. La vi y sentí como si la casa me dijera: “Vienes para quedarte”. El primer día supe que iba a ser para mí sin saber precio, ni cómo era por dentro. Tiré de esa emoción y hasta hoy.

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-¿Qué tiene este lugar que lo hace tan especial para ti?
-Para mí, lo especial es que esta casa respeta mis tiempos. No está tan mal como para agobiarme, ni tan bien como para no necesitarme. Por 6.000 euros tener paredes firmes y un tejado decente ya era un regalo. Aunque por dentro esté todo por hacer.
La naturaleza aquí es un libro abierto. Cada día cambia. Llamé a mi casa Nogalia sin tener un solo nogal y resulta que tres años después, desbrozando, encontré uno que habían plantado los propios pájaros. Esas cosas me parecen magia.
Los animales vienen porque aquí porque sienten que no hay violencia. Cuando hice el vallado para que no se me escapara la perra al pueblo, dije que no quería cerrarles el paso. Quiero seguir escuchando a los corzos por la noche.
Y luego están las sorpresas: tengo un manantial propio, árboles frutales que no sabía que existían, un lavadero escondido, incluso alcantarillado gracias a mi vecino Román. Esta casa es un cúmulo de regalos.

-¿Cómo fue esa primera etapa sin luz y sin agua?
-Mágica. A veces la echo de menos. Vivía con los ritmos del sol: amanecía y me levantaba, oscurecía y me iba a la cama. No tenía cobertura, así que no perdía tiempo mirando el móvil. Escribía con una vela. Era todo muy puro. Aprendí muchísimo sobre mis miedos. Me preguntaba si sentía miedo y la respuesta era no. Ese tiempo me preparó para todo lo que vino después.

Baño provisional construido por María @elcampuylamaria. Ahora han comenzado las obras para hacer uno dentro de la casa.
Baño provisional construido por ella. Ahora han comenzado las obras para hacer uno dentro de la casa.

-¿En ninguna ocasión tuviste miedo?
-No. Tuve tiempo para darme cuenta de que todo era mental. Y me doy cuenta de que con los años he desarrollado una fortaleza que antes no tenía. Si pasara algo, ya no me quedaría en shock. Recuerdo que tuve un conflicto con un cazador que entró en mi finca y me sorprendió mi reacción. Otras veces no decía nada, pero esta vez me pareció demasiado, encima me faltó al respeto y eso no lo permito. Fui hacia él como un misil con el móvil para grabarlo todo hasta que marchó. Fui al día siguiente a la Guardia Civil y me dijeron que no podían hacer nada. Estaba claro que lo que para mí era extraordinario -que entren personas armadas en mi casa-, para ellos debía ser algo habitual. Decidí quitarlo de mi cabeza y no darle más importancia.
Una vez incluso pensé que había alienígenas (risas) porque vi un flash potente que entró por la ventana de la habitación y luego escuché ruidos alrededor de la casa. Pensé: “Si son alienígenas que llamen a la puerta si quieren algo. Y me dormí”. Al día siguiente bajé al pueblo y supe que ese ruido lo hacían los tejones y que por la noche había pasado una tormenta eléctrica por la zona.

-¿Qué te ha regalado la soledad?
-Conocerme a mí misma. Estar sola no es sentirse sola. En un pueblo siempre hay vida. Aquí todos estamos en nuestro ciclo: el árbol, mis gatos, mi perra, yo. Mi perra Senda, por ejemplo, se va al pueblo porque allí pasan más cosas que aquí. Ella tiene su propio ritmo.

María @elcampuylamaria con su perra Senda.

-Después de cinco años viviendo aquí, dices que has descubierto a la nueva María, que en realidad es la auténtica. ¿Qué te lleva a decir esto?
-Que soy mucho más de lo que pensaba. Antes creía que lo mío eran las ventas. Aquí descubrí que no tengo límites: puedo ser fontanera si necesito agua, horticultora si quiero plantar, aprender permacultura, talar un árbol o construir con barro. Aprendo haciendo. Y eso me ha demostrado que no soy solo una cosa, puedo ser muchas.

-¿Hay algún momento que se te haya quedado grabado en la piel?
-El día que le di al interruptor de la luz. Y el día que encontramos la llave de paso del agua después de meses buscándola. Ver salir el agua por el grifo fue como ver salir la vida: tierra, sol, agua… ya estaba todo. También me emociona pensar en la gente que construyó esta casa hace décadas, picando aquí en medio del monte donde no llega la carretera. Si ellos pudieron, yo también.

-Dices que te recarga hacer cosas en la naturaleza que ya hacían los antiguos en esta zona.
-Es una sensación agridulce. Por un lado, agradecimiento a todos los que ayudaron a crear esto. Por otro, dolor porque en aquellos tiempos no había conciencia medioambiental y su basura sigue aquí. Yo solo hago que sacar sacos y sacos del bosque porque me siento en deuda con la naturaleza porque ella está mostrando la vida y también la muerte como algo natural. Yo entierro a todos los animales que encuentro muertos y eso me ha enseñado a asumir la muerte con más serenidad.

-¿Cómo haces para mantenerte económicamente?
-No soy gastosa y en el pueblo, también te digo que no hay dónde gastar. Estoy haciendo casi toda la reforma yo, así que ahorro mucho. Vivo de la artesanía, con expositores en varios puntos de Asturias. Por Instagram también vendo algo, aunque ahora lo tengo más parado porque estoy centrada en la casa. YouTube lo dejé porque me quitaba tiempo y dependía demasiado de la electricidad. No voy a volver por presión de la gente: volveré cuando realmente lo sienta. Además, mis seguidores me ayudan mucho: me envían comida para los animales, semillas, regalos. Incluso un señor mexicano me compró toda la instalación solar. La vida me lo devuelve.

-¿Cuándo sentiste que querías compartir tu experiencia con el mundo?
-Durante el COVID. Veía a la gente encerrada, triste, sin esperanza, pero yo no me encontraba así. Creé “El Campu y La María” para hacer reír, para mostrar otra forma de vivir. Todo lo que publico en Instagram son hechos reales. No busco fama ni seguidores. Quiero que venga quien tenga que venir. Tuve muchos años 1.600 seguidores y hoy tengo más de 40.000 que no tienen ni un solo comentario negativo hacia mí. Cuando Álvaro (Hilux Aventura) me entrevistó, se produjo el primer bombazo. La gente da mucha trascendencia a lo que voy compartiendo y me dicen que lo aplican a sus vidas. No fui consciente de ello hasta que me lo dijeron. Aunque tengo una parte espiritual, diría que es espiritualidad en el día a día, en la vida. No me gusta llamar a ningún dios para que me dé respuesta sobre ningún tema. Una vez me regalaron una carta natal que ponía que tengo una especie de don que es como hacer cotidiano lo místico; también que tengo facilidad para contar las cosas desde un vocabulario normal y natural, vamos, de la calle. Y eso lo reconozco en mí. Creo que mi Instagram, de alguna manera, ilumina.

María, de @elcampuylamaria, transportando una bombona de gas por el monte.

-En algunas publicaciones bailas y lo haces muy bien. ¿Qué lugar ocupa el baile en tu vida?
-Hice danza del vientre desde los 9 años. En mi casa siempre se bailó: música alta, espejo en el salón, limpiar bailando. El baile es un lenguaje bonito que explotamos poco. Fui también profesora de danza del vientre, pero lo dejé porque no me compensaba. Y sí, bailo sin vergüenza. Me da igual lo que piensen de mí. Me encanta que la gente se ría conmigo o de mí. La música es mi aliada, me acompaña en la soledad, me anima, me mueve. A veces estoy en silencio, que también me gusta, otros estoy con música. Y si estoy animada, grabo un vídeo para que la gente se ría.

-¿Alguien te llamó loca cuando decidiste dejarlo todo?
-Lo que más chocó fue el precio de la casa. Mis amigos flipaban, ellos no podían pagarse ni una furgoneta y yo me compraba una casa. Otros no entendían cómo podía decir que no a Sephora. Para ellos, en el COVID lo importante era el sueldo. Para mí, vivir mi vida. Mi moneda de cambio pasó a ser el tiempo. Y asumí desde el principio que este proyecto era mío. No podía esperar nada de nadie. Mis amigos venían a verme, pero no a ayudar. Yo no podía estar toda la tarde mirando el mismo árbol. Si querían estar conmigo, que cogieran guantes y echaran una mano. Si alguien me llamó loca, no me afectó. Hay una parte de mi locura que me encanta.

-¿En qué proyecto estás ahora?
-En el baño. He decidido delegar porque ya era hora de tener mi propio cuarto de baño y mi propia bañera. También quiero terminar la instalación eléctrica y, algún día, tener lavadora. Echo de menos disfrutar más del huerto. Ahora estoy muy enfocada en obras, pero llegará el momento de volver al “quiero” y no al “tengo que”.

María habla del bosque como quien habla de una familia: con respeto, con humor, con la certeza de que cada día trae una lección nueva. Su vida en “Nogalia” no es un retiro idílico ni una huida romántica, sino un pacto honesto con la tierra, con el tiempo y consigo misma. Al despedirnos, me queda la sensación de que ella no solo rehabilita una casa: rehabilita una forma de estar en el mundo. Una que, quizá, muchas habíamos olvidado.

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Mariló Hidalgo
Mariló Hidalgo
Periodista con más de 30 años de experiencia, especializada en entrevistas y reportajes de profundidad. Tras formarme en Derecho, encontré en el periodismo mi verdadera vocación. Llevo 12 años en Fusión Asturias y desde 2012 soy directora de la revista, donde escribo sobre territorio, cultura, proyectos humanos y paisajes sociales del Principado. Mi trabajo se centra en la conversación pausada, la escucha y el retrato honesto de personas que construyen Asturias desde dentro.

2 COMENTARIOS

  1. Me gustó mucho la historia. Despierta aquella parte aventurera, exploradora, de nosotras mismas. Y nos permite adaptar su experiencia a nuestra propia situación. Historia muy inspiradora, gracias.

    • Gracias a ti María Teresa por tu comentario.
      María es una mujer valiente que ha decidido apostar por su sueño, afrontar las dificultades que se encuentre y vivir la vida tal y como ella la entiende.
      Un ejemplo inspirador.
      Te animamos a que nos sigas para leer más historias de gente como ella.
      Un gran abrazo.

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Mariló Hidalgo
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Periodista con más de 30 años de experiencia, especializada en entrevistas y reportajes de profundidad. Tras formarme en Derecho, encontré en el periodismo mi verdadera vocación. Llevo 12 años en Fusión Asturias y desde 2012 soy directora de la revista, donde escribo sobre territorio, cultura, proyectos humanos y paisajes sociales del Principado. Mi trabajo se centra en la conversación pausada, la escucha y el retrato honesto de personas que construyen Asturias desde dentro.

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