Arantza Margolles acaba de publicar Rutas por Asturias con historia, un libro que combina senderismo, memoria y emoción. Conversamos con ella sobre cómo nació el proyecto, qué historias la sorprendieron y por qué conocer el pasado cambia la forma en que miramos el paisaje.
-Tu libro nació casi por casualidad, a raíz de un artículo que escribiste. ¿Qué encontraste en aquel encargo para convertirlo en un proyecto mayor?
-En El Comercio me propusieron escribir un artículo sobre recorridos con misterio, algo para mí muy novedoso porque nunca había hecho nada parecido. He de confesar que lo primero que me surgió fue miedo, estoy acostumbrada a divulgar historia, pero en cuanto a sentido de orientación en rutas soy muy mala. Aún así, era algo que me apetecía mucho hacer porque tenemos muchos lugares con historias muy distintas y desconocidas, desde el Ídolo de Peña Tú en Llanes hasta monasterios abandonados como el de Santa María la Real de Obona (Tineo). Como me sentí tan cómoda escribiendo aquel artículo decidí hacer algo de más envergadura. Pensé en Ana Roza de Delallama Editorial porque me encanta cómo trabaja. Como a ella también le gustó aquel artículo pues ahí empezó nuestra historia.
-¿Qué llegó primero: las rutas o las historias?
-Las historias. Siempre me gustó caminar, pero lo que me movía era buscar esas historias pequeñinas. A medida que investigaba en prensa, bibliotecas o archivos, me entraban ganas de visitar esos lugares para ver si encontraba pistas de los misterios que aparecían en los documentos. Un ejemplo es la ruta de Llanera al pico Gorfolí: parece una ruta sin más, pero si tiras de archivo tiene su punto de misterio y hasta policíaco.
-¿Hiciste las rutas sola?
-No, nunca. De niña, caminaba con mi padre por su pueblo mientras me contaba historias familiares: “este prao era de tu bisabuelo, este molino…”. Ese fue mi bautizo uniendo rutas e historia. Para los recorridos de mi libro fui con mi pareja, Diego, que además hizo algunas fotos. Y casi siempre vino mi perro, Tronco. Eso me hizo pensar en incluir indicaciones para quienes caminan con perro: no es lo mismo ir por Luarca que entrar en un cementerio, o recorrer Saliencia en Somiedo, donde hay que respetar las normas del Parque Natural.
«En El Comercio me propusieron escribir un artículo sobre recorridos con misterio, algo para mí muy novedoso porque nunca había hecho nada parecido. Ese fue el principio de un proyecto mucho más ambicioso»
-¿Cómo elegiste qué rutas entraban y cuáles quedaban fuera?
-Con mucho sufrimiento. Tuve que descartar algunas porque se parecían demasiado a otras. Por ejemplo, incluí el monasterio de Santa María de Obona para hablar de la desamortización y del patrimonio abandonado, pero eso me obligó a dejar fuera Cornellana.
También pensé en Covadonga, pero entre el tiempo, la fotografía y que es la ruta que todo el mundo espera, decidimos guardarla para una segunda parte y darle un enfoque distinto. Parece que siempre nos cuentan la historia de Pelayo, la Reconquista, y en mi mente está el contar más cómo se gesta esa leyenda, qué intereses históricos hay detrás, qué ocurre en 1918 cuando vienen los reyes a consagrar tanto la basílica, coronar a la Virgen e inaugurar el Parque de Picos de Europa. Busqué equilibrio: occidente, centro y oriente; historias conocidas y desconocidas; monumentos, lugares abandonados y rutas que sorprenden.
-¿Cuál fue la ruta más difícil de documentar?
-La de Mengollo, en Quirós. Es una historia fascinante que se transmite por tradición oral: un pueblo en la montaña cuyos habitantes habrían aparecido muertos en 1855. Los encontró el párroco cuando después de las nieves del invierno, subió al poblado para ver a sus feligreses y se encontró con este escenario. Fue la que más investigué para no encontrar nada. Pateé toda la zona, revisé archivos… y no encontré pruebas, tan solo alguna cabaña de pastores. Eso no significa que sea falso, pero sí que la historia puede tener más leyenda que realidad. Aun así, es de las que más interesan a la gente.
«Parece que siempre nos cuentan la historia de Pelayo, la Reconquista y en mi mente está el contar más cómo se gesta esa leyenda, qué intereses históricos hay detrás»
-¿Cómo manejas ese equilibrio entre historia y leyenda?
-Es lo más interesante del oficio. Me gusta comparar lo que se cuenta con lo que ocurrió y preguntarme por qué se narra así. En Mengollo, por ejemplo, el año 1855 coincide con uno de los años de hambruna en Asturias. La tradición oral acierta en el frío y las lluvias, aunque no haya pruebas del supuesto pueblo. También intento recuperar historias que se están perdiendo, como la de Llanera, que ya casi nadie recuerda, pero sí aparece en la hemeroteca.
-En el libro conviven brujas, inquisidores, corsarios, vikingos… ¿Qué figura te atrapó más?
-Hay figuras de “alto copete”, como los Jovellanos en Gijón, que nos conectan con la Ilustración. Pero me atraen mucho los personajes populares que marcaron a su época y hoy están olvidados. Uno de ellos es Santiago, un criminal de principios del siglo XX cuya historia se cruza con la del Torreón de Peñerudes (Morcín). Se trata de una ruta muy sencilla de apenas un kilómetro y en ese trayecto conoceremos la historia del Torreón, cómo estaban organizados esos terrenos en la Edad Media y qué ha ido pasando hasta ahora. En ese camino descubriremos la figura de Santiago y conoceremos por qué cometió un crimen que generó tanta expectación en el lugar. Era tan locuaz que incluso inspiró obras literarias como El gallo de Santiago. Me encanta rescatar esas vidas que explican cómo era la sociedad asturiana.
«No es lo mismo el trabajo sedentario de buscar en archivos a pisar el terreno, creo que ahí entra mucho la parte emocional. Me parece muy guapo eso de poner paisaje a una historia porque en ese momento la historia deja de ser abstracta»
-¿Cómo cambia tu mirada de historiadora cuando estás físicamente en el lugar?
-Muchísimo. No es lo mismo el trabajo sedentario de buscar en archivos a pisar el terreno, creo que ahí entra mucho la parte emocional. Me parece muy guapo eso de poner paisaje a una historia porque en ese momento la historia deja de ser abstracta. Cuando estás en el Naranco y ves los restos del antiguo acueducto que dio agua a toda la ciudad de Oviedo hasta su destrucción a finales del siglo XIX, entiendes de golpe cómo cambió Oviedo. O cuando te plantas frente a San Pedro de los Arcos y piensas en la muerte de Aída de la Fuente, –símbolo de la lucha revolucionaria en Asturias–, la historia se vuelve carne. Esa conexión emocional es lo que fija la historia en la memoria.
-Después de recorrer tantos caminos, ¿hay algún lugar que sientas como tuyo?
-Muchos. Las rutas urbanas de Gijón, por ejemplo. Soy gijonesa y esos recorridos los viví en todos los registros: estudiando, de fiesta, paseando. Conocer su historia me lleva a redescubrirlos, a sentirlos como propios. Hay otros lugares donde no tengo raíces, pero cuando los conoces algo te cambia dentro. Me ocurrió con las Minas de Texeo, en Riosa. Allí, en el poblado de Rioseco, hay unos carteles explicativos dentro de un paisaje aparentemente desolado, –cuando vas o estás solo o hay como mucho dos personas– que te cuentan la historia del lugar y te recuerdan que ese paisaje “de cine” fue un espacio de vida y trabajo, donde las mujeres tuvieron una parte muy importante en su historia.
Si nos vamos a la zona de los lagos de Saliencia en Somiedo –que recientemente ha servido de escenario para el rodaje de Los Juegos del Hambre–, yo pensaba… “si la gente supiera que esas piedras son corros levantados por pastores (era paso de vaqueiros) hace siglos para cobijarse del frío tanto ellos como sus ovejas, empatizarían mucho más con el lugar”.
-¿Qué parte del proceso te removió más: investigar o escribir?
-Escribir. La documentación ya la tenía bastante avanzada, pero al redactar conectas todo: lo que viste, lo que leíste, lo que sentiste. Ahí ocurre el “clic mágico”. A mí en el primer curso de carrera de Historia me dijeron algo que me impactó: “el historiador no es quien recuerda 500 fechas en la cabeza, sino quien conecta todo lo que tenemos y sabe ponerlo en relación”. Hay recursos para acceder a esas fechas que no tienes por qué aprender, pero lo importante está en relacionarlo todo.
«Me gustaría, por un lado, que el lector entendiera que cada paisaje tiene una huella humana y por otro, que los asturianos recuperemos también ese amor propio que a veces olvidamos»
-¿Hubo historias que preferiste no contar?
-Sí. Algunas personas no se sienten cómodas recordando ciertos hechos, aunque hayan pasado hace más de cien o ciento cincuenta años. Esas historias, por muy apasionantes que fueran, como generaban incomodidad, decidí no contarlas. El respeto a las personas es lo primero.
–¿Alguna anécdota que te guste contar?
-Muchas. En la ruta de Castrillón incluí la expresión “La Peñona Maldita”, porque la gente de la zona lo repetía tras un crimen ocurrido allí hace décadas. Era algo muy local, muy oral, y me parecía bonito conservarlo.
Y luego está la libertad que me dio la editora para incluir la palabra “coño” en la anécdota de la reina María Cristina de Habsburgo en el lecho de muerte de Alfonso XII. Dudé en ponerlo, pero es que la anécdota funciona precisamente por cómo se contaba.
-En la introducción dices que esta tierra será también la del lector, si así lo decide. ¿Qué te gustaría que sintiera alguien que no conoce Asturias?
-Que vaya más allá de la postal. Asturias es preciosa, sí, pero también es un lugar donde vive gente, con problemas derivados del turismo y con una historia riquísima que se escribe con nombres y apellidos. Me gustaría, por un lado, que el lector entendiera que cada paisaje tiene una huella humana y por otro, que los asturianos recuperemos también ese amor propio que a veces olvidamos.
-Defiendes la historia con mucha pasión. ¿De dónde nace?
-Si no la viviera con emoción, no habría estudiado Historia, hubiera elegido otra carrera con más salida laboral. Y también porque creo que, a través de la Historia, de su divulgación, se pueden cambiar muchas cosas, aunque sea en detalles pequeños. Y eso ya merece la pena.