Verónica Rodríguez, artesana asturiana: «Ser alfarera tradicional hoy es un acto de resistencia»

Se reconoce como alfarera, pero ante todo se enorgullece de ser asturiana. De sus raíces, Verónica Rodríguez extrae su fuerza, su resistencia, y ambas alimentan su compromiso con tradiciones profundamente unidas a la tierra y que, ahora, corren el riesgo de desaparecer.

Lo de trabajar el barro le viene de familia pues su abuelo era alfarero en Llamas del Mouro (Cangas del Narcea) al que también siguieron su padre y su tío. Esta pequeña aldea del suroccidente asturiano es bien conocida por su cerámica negra, única en Asturias, y que extrae su característico color negro del humo que la penetra. Verónica era muy pequeña la primera vez que tocó lo que luego sería, más que un oficio, una manera de entender la vida.

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Anterior generación de Verónica Rodríguez en la alfarería de Llamas del Mouro (Cangas del Narcea)
Anterior generación de Verónica Rodríguez en la alfarería de Llamas del Mouro (Cangas del Narcea)

Con la misma determinación que mostró para proteger y conservar el legado familiar, acudió al rescate de otra tradición con riesgo de perderse en Asturias: la cerámica de Faro, que desde el siglo XI se viene haciendo en Limanes, Oviedo. La canguesa aprendió del último artesano, José Vega (Selito), las técnicas y prácticas para continuar con una tradición a la que también ama profundamente.

Ahora su vida transcurre a caballo entre Oviedo y Llamas del Mouro, dando continuidad a dos estilos diferentes de hacer alfarería que son muy reconocibles en la región, porque como explica la artesana, «cada taller que se cierra es una historia que se apaga. Y cada taller que sigue vivo es una llama que resiste». Esta labor la compagina con la enseñanza del oficio y de lo que supone trabajar el barro en su taller en Oviedo. Más allá de la transmisión de los conocimientos, la alfarera busca sembrar respeto, paciencia y amor por una tradición que merece seguir viva.

-¿Qué es para ti el barro con el que trabajas?
-Para mí no es simplemente tierra mojada; el barro es memoria. Es el mismo barro que trabajaron otras manos antes que las mías, mujeres y hombres que hicieron pucheros, cazuelas y loza para las casas cuando todo giraba alrededor del fuego bajo. Asturias ha sido siempre tierra de oficios. Aquí la artesanía nunca fue un lujo, fue supervivencia. El hierro dio herramientas y herrajes. La madera se convirtió en madreñas, carros y hórreos. La cestería acompañó el trabajo del campo y el transporte de alimentos. Y la cerámica fue imprescindible en las cocinas y en la vida doméstica. La alfarería tradicional, como la que existió en Llamas del Mouro o en Limanes, producía piezas para cocinar, conservar y almacenar. No eran objetos decorativos: eran parte de la vida diaria.

-Cuando te preguntan por tu trabajo, enseguida sale a relucir tu asturianía, ¿cómo vinculas tu profesión con tus raíces?
-Si hablamos de Asturias, hablamos inevitablemente de su gastronomía, de la fabada cocinada despacio, del pote, del fuego lento. Hablamos del queso, como el Queso Cabrales, fuerte como nuestra tierra, y de la sidra asturiana, que no se bebe sin más: se escancia, se comparte, se celebra. En Asturias la comida no es solo alimento, es reunión, es familia, es comunidad. Y lo mismo ocurre con la música y el folclore. Yo siento que mi trabajo está unido a todo eso, porque la alfarería nace del mismo espíritu: aprovechar lo que la tierra nos da, transformarlo con las manos y devolverlo convertido en algo útil y bello.
Como alfarera tradicional, siento que mi trabajo está unido a todos estos elementos. Trabajo con la tierra que da forma al paisaje y hago piezas que históricamente sirvieron para cocinar esa gastronomía. Mi oficio forma parte de la artesanía que sostuvo el mundo rural, y de esta forma mantengo una tradición que es cultura viva. No se trata sólo de hacer cerámica, se trata de continuar una historia colectiva.

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-¿Se puede vivir de la alfarería tradicional hoy?
-Vivir de la artesanía nunca fue fácil, ni antes ni ahora. La diferencia es que antes era una necesidad cotidiana y hoy es una elección consciente. No es un camino rápido ni cómodo, pero es digno. Y cuando el trabajo tiene verdad y calidad, encuentra su público. Ser alfarera tradicional hoy es, en cierto modo, un acto de resistencia. Pero también es un acto de amor porque no se trata de mirar al pasado con nostalgia, sino de traerlo al presente para que tenga futuro. Y es demostrar que lo rural no es atraso, sino raíz. Yo no trabajo solo con barro, trabajo con tierra, con agua, con fuego… y con memoria. Cada pieza que sale del horno lleva algo más que forma: lleva identidad. Asturias, para mí, no es solo el lugar donde nací, es la materia con la que trabajo cada día. No me hice alfarera para hacerme rica, sino para vivir con sentido.

-¿Es un oficio condenado a desaparecer?
-Está en riesgo, sí, pero condenado no. Los oficios desaparecen cuando dejan de tener quien los valore y ahora mismo veo algo muy esperanzador: hay una vuelta a lo auténtico, a lo hecho a mano, a lo local. Mientras haya personas que entiendan que una pieza hecha a mano no es un objeto más, sino cultura, el oficio seguirá vivo.
Hoy vivimos tiempos rápidos, tiempos industriales. Pero cada vez más personas vuelven la mirada hacia lo auténtico, hacia lo hecho a mano, hacia lo que tiene historia. Y ahí es donde la artesanía vuelve a tener sentido.

-¿Las nuevas generaciones no quieren trabajar en esto?
-Las nuevas generaciones no rechazan el oficio; rechazan la precariedad. Si conseguimos que la artesanía tenga reconocimiento, apoyo y visibilidad, habrá jóvenes interesados. Lo que necesitan es estabilidad y respeto por su trabajo.

-¿Son suficientes las ayudas o el apoyo institucional que recibís?
-Siempre se puede mejorar. La artesanía forma parte del patrimonio cultural, y protegerla no es un gasto, es una inversión en identidad. Creo que cada vez hay más sensibilidad hacia esto, pero todavía queda camino por recorrer.

-¿Es rentable mantener un taller tradicional frente a la producción industrial?
-La industria y la artesanía no compiten en lo mismo. La industria ofrece cantidad y rapidez, mientras que la artesanía ofrece identidad, tiempo y alma. Son dos lenguajes distintos. Y la modernidad no significa olvidar. Una sociedad avanzada no es la que rompe con su pasado, sino la que sabe integrarlo. La tradición no es algo antiguo: es algo que sigue teniendo sentido. Hoy en día, mantener abiertos los talleres de Llamas del Mouro y de Limanes significa mantener viva una forma de conocimiento que no se aprende solo en libros, sino con las manos. Son oficios que se transmitían de generación en generación, muchas veces dentro de la propia familia. No había manuales escritos; había observación, práctica y paciencia.

Piezas de la alfarería de Faro (Limanes, Oviedo)
Piezas de la alfarería de Faro (Limanes, Oviedo)

-¿El precio por continuar es un elevado sacrificio personal?
-Todo lo que merece la pena implica sacrificio, pero también implica satisfacción. Cuando abro el horno y veo una pieza bien hecha, siento que estoy exactamente donde debo estar.

-¿Te da miedo que esto desaparezca contigo?
-Me daría más miedo no intentarlo. Si consigo que una sola persona valore más lo hecho a mano después de escucharme, ya habrá merecido la pena. En realidad, lo más duro de este oficio es la incertidumbre, porque trabajar el barro es un acto humilde, necesita tiempo y silencio. Necesita aceptar que no todo se controla y que el fuego no siempre obedece; pero también eso forma parte de la belleza del oficio. Y, al fin y al cabo, eso también es muy asturiano: aquí sabemos convivir con lo que la naturaleza impone.

-¿Es más difícil hacer todo esto siendo mujer?
-Históricamente muchas mujeres sostuvieron la artesanía sin reconocimiento. Hoy seguimos trabajando con la misma fuerza, pero con más voz. Y eso es un avance.

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Isabel G. Muñiz
Isabel G. Muñiz
Periodista y reportera de Fusión Asturias desde 1994, especializada en turismo, patrimonio natural y experiencias locales en los concejos del Principado. Gallega de origen y asturiana de adopción desde hace más de 35 años. También realizo entrevistas divulgativas sobre talento cultural, científico, deportivo y social.

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Periodista y reportera de Fusión Asturias desde 1994, especializada en turismo, patrimonio natural y experiencias locales en los concejos del Principado. Gallega de origen y asturiana de adopción desde hace más de 35 años. También realizo entrevistas divulgativas sobre talento cultural, científico, deportivo y social.

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