El campo asturiano está que trina, y no es para menos. El acuerdo de Mercosur se percibe como una sombra larga que amenaza con cubrir los prados donde pastan nuestras vacas y donde la ganadería lleva siglos sosteniendo vida, paisaje y economía. Las organizaciones agrarias hablan sin rodeos de “amenaza mortal”: temen una competencia desleal que permitiría la entrada de carne más barata, producida con estándares ambientales y sanitarios que aquí quedaron atrás hace años. No es solo una cuestión de precios, es una cuestión de principios.
El Gobierno de Asturias y los sindicatos lo han dicho alto y claro: este acuerdo pone en riesgo el futuro del medio rural y de la soberanía alimentaria. Y no es una alarma exagerada. Si la ganadería se tambalea, también lo hace la demografía de los pueblos, la conservación del paisaje, el turismo rural y, en definitiva, la vida que aún late en las aldeas. Asturias sabe bien lo que ocurre cuando un sector estratégico se deja caer: lo ha visto demasiadas veces.
La paradoja es evidente y duele. Durante años, la Unión Europea ha exigido a los ganaderos avanzar hacia modelos más sostenibles, invertir en modernización, cumplir normas ambientales, sanitarias y laborales cada vez más estrictas. Y ahora —denuncian los afectados— se abre la puerta a productos que no cumplen esos mismos requisitos. Carne más barata porque no asume los mismos costes. “Se nos exige un modelo y, cuando lo asumimos, se desautoriza con acuerdos como este”, lamenta David Pérez, de COAG Asturias. Cientos de empleos están en juego, y decenas de explotaciones podrían verse abocadas a pérdidas o incluso al cierre.
Y no solo es la carne. La miel y la faba también sienten el temblor. La apicultura asturiana, ya castigada por el avispón asiático, la sequía y los incendios, difícilmente puede competir con producciones a gran escala y menor exigencia. La faba, que ya sufre la entrada de producto barato de fuera, llegaría ahora sin aranceles, con precios “tirados” que harían aún más difícil sostener la producción local.
Pero no todo es amenaza. Para el metal, el acero y los bienes de equipo asturianos, el acuerdo abre un horizonte de oportunidades. Brasil y Argentina se convierten en mercados más accesibles, y eso puede traducirse en exportaciones, empleo y dinamismo industrial. Mercosur, tras 25 años de negociaciones, creará la mayor zona de libre comercio del planeta, con 750 millones de consumidores y la eliminación de aranceles en el 90% del comercio. Un hito histórico, sí, pero también un equilibrio delicado.
Las organizaciones agrarias lo resumen con claridad: el acuerdo está desequilibrado. El sector agroalimentario no ha tenido el peso que merecía en la negociación. Y es que este tratado no es solo comercial, es también un instrumento geopolítico. Europa busca reforzar su presencia en América Latina en un mundo donde Estados Unidos y China compiten por influencia. La UE necesita aliados y materias primas, y en ese tablero el campo europeo corre el riesgo de convertirse en moneda de cambio.
Vivimos en un mundo global, pero con consecuencias locales. La pandemia nos recordó que el campo no es un adorno ni un sector prescindible: es un pilar de supervivencia. No podemos depender de terceros para algo tan básico como alimentarnos. Por eso, Asturias no puede permitirse que su medio rural sea sacrificado en beneficio de otros sectores.
La salida no es cerrar puertas ni levantar muros, sino negociar con firmeza, exigir reglas justas, mecanismos de protección eficaces y una estrategia de transición que no deje a nadie atrás. Asturias necesita un pacto por la competitividad del campo que rescate y revitalice el medio rural, que lo reconozca como lo que siempre ha sido: un tesoro silencioso, constante, imprescindible.
Porque el campo asturiano siempre ha estado ahí, sosteniéndonos. Ahora toca sostenerlo a él.