Todo un arcoíris

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Confinamiento o libre circulación. Sintomáticos o asintomáticos. Mascarillas siempre o nunca. Economía o salud. Hoy discutimos sobre la transmisión de enfermedades, medidas de salud pública, gestión de crisis sanitarias o indicadores epidemiológicos con la misma ligereza que antes lo hacíamos de política o de fútbol. Nos hemos convertido en los epidemiólogos de sofá.

Estaba pagando en la caja del super el otro día, cuando una empleada llama la atención al señor que se encontraba justo detrás de mí por no mantener la distancia de seguridad requerida. Supongo que motivado por este percance y en un intento de buscar la revancha, empieza a comentar en voz alta su disconformidad con el toque de queda que anunciaba en aquel momento el Gobierno, así como con las medidas restrictivas que se estaban adoptando. Decía que el virus no era un elemento lo suficientemente importante como para poner en marcha ese tipo de actuaciones solo adoptadas en tiempos de guerra. No estaba de acuerdo y así lo hizo saber al resto de clientes. Enseguida otra persona le recriminó y dijo que dejara hacer las cosas a los que sabían, que bastante difícil lo tenían y que no dijera más estupideces… Cuando la conversación parecía que empezaba a coger temperatura afortunadamente ya me encontraba en la calle.

Estas posiciones extremas también están representadas en las noticias y redes sociales, muchas veces alimentadas intencionadamente. Un ejemplo, hace unos meses el colectivo antivacunas “ReVelión en la granja” acampó en Gijón en el Parque Isabel La Católica. Estaban “en contra de la vacunación masiva en contra de la voluntad de la población, -refiriéndose al fármaco contra el coronavirus-, y también con el uso de las mascarillas porque eran ‘perjudiciales para la salud’. Como alternativa proponían no hacer nada ‘hasta que el mundo mejore’. Este colectivo, que ha surgido en distintos lugares de España, puede llegar a ser un 4% de la población, pero en cambio se pone tal énfasis en sus planteamientos que parece que sean una mayoría de españoles los que piensan así.

Opinamos con alegría sobre temas científicos, influidos por los medios de comunicación que la mayoría de las veces no contrasta las diferentes posturas y expone argumentos. Nos creamos nuestra propia opinión, nos aferramos a ella y no facilitamos el debate, todo es blanco o negro; siempre o nunca; correcto o no; bueno o malo; verdad o mentira.

Dicen los expertos que el miedo a la incertidumbre favorece el nacimiento de las falsas dicotomías y alertan del peligro de los mensajes en blanco y negro, especialmente durante la pandemia, porque puede afectar al cumplimiento de medidas y a la difusión de información veraz. La vida, nos lo está demostrando este virus, no es binaria o simple, está llena de matices y factores que no vemos a simple vista y pueden hacer girar en cualquier momento las cosas. No nos queda otra que aceptar la incertidumbre que nos rodea y aprender a navegar en estas aguas.

Adrián Barbón hace unos días defendía la declaración del estado de alarma para hacer frente al empeoramiento de la situación en Asturias. Fuimos una de las primeras comunidades autónomas en solicitarlo ante el empeoramiento de los datos y la necesidad de tener una cobertura jurídica para adoptar, si fuera necesario, otras decisiones. “Tenemos que doblegar la curva, frenar contagios, evitar hospitalizaciones y salvar vidas. Vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para evitar un nuevo confinamiento en las casas”, declaraba. Las cosas aún siendo las mismas parecen cambiar si hablamos de la Comunidad de Madrid. La región con más casos diagnosticados en España mantiene, a través de su presidenta Díaz Ayuso, una postura alejada de la mayoría de las comunidades autónomas a la hora de combatir esta segunda ola. Ayuso, crítica con el Gobierno Central desde el principio, califica todas estas medidas de “dañinas y perjudiciales para todos los madrileños” e insiste en que no hay datos sanitarios que demuestren que están funcionando en otros sitios. Muchos políticos en vez de aproximar posturas en un momento tan delicado como este, echan conscientemente leña al fuego para potenciar enfrentamientos. ¿Resultado? Un puñado de políticos mediocres y una sociedad polarizada.

Pensar en blanco y negro tiene onda expansiva como también lo tiene el abrir nuestra mente a otras posibilidades, a otras formas de pensar, a la reflexión, a la crítica, a los debates constructivos, a la flexibilidad, a la adaptación. Muchas veces caemos en la trampa de no pensar y nos dejamos llevar por los impulsos, con mensajes que precisamente están diseñados para captar emociones y dividir.

Ante los intentos de polarización, unidad y cohesión social. Hemos de recuperar la misma mirada para salir juntos de esta pandemia porque vamos en el mismo barco.

Y que no nos engañen, entre el blanco y el negro hay todo un arcoíris.

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