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miércoles 28, febrero 2024

Adela Gabarri, Asociación Gitana de Gijón: “Nunca me he callado”

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Es ella la que empieza la entrevista. “No sé si tienes preguntas o prefieres que empiece a contarte. Tú me cortas cuando quieras”, me dice. La dejo hablar, me interesan sus palabras porque me llegan desde el corazón. Le comento que será una conversación entre amigas, y la invito a continuar.

Hace muchos años, en los primeros números de nuestra publicación dedicamos un especial al pueblo gitano: sus valores, su cultura, sus reivindicaciones, su problemática… y comentándolo con Adela Gabarri, encontramos a personas en común que habíamos entrevistado que incluso eran familia suya. Percibo su cercanía.

“La gente desconoce nuestra historia, no sabe de nosotros. No puedes juzgar lo que no conoces. Estuve este fin de semana participando en una manifestación en defensa del pueblo palestino. ¿Sabes lo que están pasando? La gente huye de las guerras, de la opresión… pues algo así nos ocurrió a nosotros. Hay que ponerse en la piel del otro para entender su historia”, me dice. “Afortunadamente ahora tenemos leyes que nos amparan. El antigitanismo ha sido reconocido como una forma específica de odio y aunque esto, a la hora de la verdad, no cambie mucho las cosas, no deja de ser un paso importante hacia delante”.

-Acaba de recibir el premio Asturianos de Braveza que concede la Asociación Yumper para la Defensa de los Valores Humanos. ¿Qué le ha supuesto recibir este galardón?
-Cuando me llamó el presidente de la Asociación, Víctor Vázquez y me dijo que me iban a dar un premio pensé en un principio que aquello era un timo, y él se echó a reír. Es un reconocimiento a mi labor de defensa de los derechos del pueblo gitano, mi lucha contra la discriminación de las mujeres y por mi libro, Lágrimas de una gitana, una biografía que no solo habla de mi vida sino también de la historia del pueblo gitano. Me dijeron que iba a recoger un ‘cuadrito’ pero no fue solo eso: el reconocimiento que recibí, la gente que me quería y estuvo presente, me hizo llorar, algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba.

“Cuando me llamó el presidente de la Asociación Yumper y me dijo que me iban a dar un premio pensé en un principio que aquello era un timo, y él se echó a reír. Es un reconocimiento a mi labor de defensa de los derechos del pueblo gitano, mi lucha contra la discriminación de las mujeres y por mi libro”

-La historia es suya y quien la escribe es María José Capellín, presidenta del Fórum de Política Feminista de Asturias. ¿Cómo nace ese vínculo?
-Somos amigas desde hace muchos años. Nos conocimos en la casa de encuentros de mujeres en La Arena, siempre me ayudó mucho. Sin ella no habría libro y sin mí no habría historia. Este libro ha sido como un dolor de parto. Nos ha costado mucho. Yo empecé en mi casa con mi nieto al ordenador que tenemos en la salita. Le iba contando mi vida y él escribía. Cuando me escuchaba, me decía: “abuela, estas son lágrimas de una gitana”. Así que cuando se lo pasé a María José Capellín, me dijo que no, que ella lo que quería era escuchar mis audios, mi voz en primera persona. Tuvimos muchos encuentros en su casa, me hacía preguntas para aclarar cosas porque lo que yo quería no era narrar sólo mi historia, detrás de ella están 600 años de vida del pueblo gitano en España, y tenía necesidad de que eso se conociera. Es un libro que no va dirigido al pueblo gitano, si no a ustedes, los payos. Estamos viviendo juntos desde hace muchos años y necesitamos que nos comprendan, que entiendan nuestra cultura: todos necesitamos las mismas oportunidades. Lo que sí le dije a María José era que en el libro se recogiera que “hoy me siento libre, como un pájaro y siento que tengo alas para volar”. Me ha costado muchísimo llegar a donde estoy.

-¿Qué sintió cuando tuvo el libro en sus manos?
-Mucha alegría. Ya he dicho que quiero que este libro vaya a los colegios de forma gratuita para que tengan la información y conozcan más sobre la cultura gitana. Cuando nos decían que teníamos que adaptarnos, a mí me parecía fatal. Creo que nadie se tiene que adaptar a nadie, sino que tenemos que aprender a vivir juntos. Vivo en una comunidad de 48 vecinos, doce pisos por cuatro manos cada uno. Hace 43 años que vivo allí. ¿Sabes cuántos años he tardado en que me reconozcan como una buena persona, en que las vecinas me quieran? Pues unos cuarenta años. ¿Te crees que está bien esto?

“¿Sabes cuántos años he tardado en que me reconozcan como una buena persona, en que las vecinas me quieran? Pues unos cuarenta años. ¿Te crees que está bien esto?”

Adela Gabarri acompañada por su nieta (primera por la izda.), su hija y bisnieta
Adela Gabarri acompañada por su nieta (primera por la izda.), su hija y bisnieta

-Pronto se dio cuenta de que era diferente a los demás aún viviendo en el mismo barrio y con las mismas penurias. ¿Dónde radicaba esa diferencia?
-Siempre me sentí diferente, incluso entre mis hermanos. Quise desde pequeña progresar, ir al colegio, aunque no me lo permitieron porque antes no daban valor a la educación ni tampoco era obligatoria como ahora. Nunca tuve Reyes ni juguetes como otras niñas del barrio, me veía igual que el resto, pero era diferente. Aquello me parecía terriblemente injusto, lloré mucho por estas cosas. Y a los 13 años siendo una niña pasé a ser una mujer, y a los 14 años me casaron, era la cultura de aquel momento. Para mí aquello fue terrible y eso me dio fuerzas para luchar e intentar cambiar las cosas, para que mis hijas no tuvieran que vivir aquello. Hoy afortunadamente las mujeres son libres para elegir, se relacionan con chicos, se conocen, se enamoran, todo eso me parecen avances. Tengo nietas que conviven con sus parejas y pasan por mi casa en Nochebuena o Nochevieja y sin ningún problema.

-¿Cómo llega al activismo gitano? ¿Qué le ha aportado a su vida personal?
-Yo nací en León. Mi marido era camarero en el Club Radio de la capital. Cuando se quedó sin trabajo nos vinimos para Gijón porque teníamos familia aquí, pero estábamos mucho peor que allí. En la Avenida de Portugal había mucho chabolismo y yo, aún siendo una cría peleaba por mejorar esas condiciones de vida. No sabía de mediación, pero lo estaba haciendo. Conocí a José que era el más mayor y hablaba con todos. Ahí vi que podía aprender y hacer cosas por mi comunidad. En 1988 planteé crear una asociación gitana en Gijón, me junté con una compañera y elaboramos unos estatutos que siguen vigentes a día de hoy. En aquel momento no me dejaron participar porque era cosa de hombres. En el 2000 el pastor de la comunidad viene a casa y habla con mi marido para ver si puedo presidir la asociación, acepté con una condición, que toda la directiva fueran mujeres. Y ahí empezamos a luchar juntas por el progreso de nuestra comunidad, desde entonces el avance ha sido importante.

“Me siento libre, como un pájaro y siento que tengo alas para volar. Me ha costado muchísimo llegar a donde estoy”

-Dice que ejerce de mediadora, ¿ese papel no estaba reservado para los hombres? ¿Cómo aceptan que sea una mujer?
-A mí me quieren y me respetan muchísimo. Saben que cuando van a echar a alguien de una vivienda, estoy en primera fila luchando por sus derechos. Siempre he alzado mi voz, nunca me he callado, soy una persona luchadora, lo llevo en la sangre. He peleado con todo el mundo, incluso con mis consuegros, y eso lo he heredado de mi abuela por parte de madre. Ella era viuda y cuando vivíamos en Las Ventas, en León, había una hija que vivía muy mal con su marido -más que con su marido, con la suegra- y se quería separar. Vi luchando a mi abuela con un remango que no pude por menos que decirle de dónde había sacado tanto valor. Ella me contestó que “cuando luchas por tu casa, por defender a los tuyos, nunca has de tener miedo. Sólo tienes que tener vergüenza para pecar”. Fíjate que lo recuerdo como si fuera ahora. Eso es lo que intento transmitir a mi gente, a mis hijas, a mis nietas: cuando tengas que defender algo, hazlo sin miedo. Sin importante si son hombres o mujeres. La gente joven cuando se dirige a mí me llama “Tía”, como señal de respeto. Soy una persona mayor reconocida por mi comunidad.

-Se siente orgullosa de ser gitana, ¿qué supone para usted?
-Lo primero que soy es persona, además soy gitana y feminista. Así me defino. Siento el orgullo de ser gitana que me ha transmitido mi generación y eso es lo que inculco también a mis hijas. Una de ellas trabaja desde hace tiempo en un hotel de Gijón y si ves cómo la quiere la dueña, te asustarías. Siempre le digo que no reniegue de lo que es, hacerlo es como negarme a mí. Tengo una nieta que ha hecho Trabajo Social, a nietos que están estudiando soldadura. Un edificio se empieza por los cimientos y la educación es la base para el cambio. Tienes que empezar por tu casa. Quiero que defiendan nuestros valores, nuestra cultura, el respeto a las personas mayores, la solidaridad, la palabra, la familia y que apuesten por la educación. Hay que formarse para poder trabajar y eso creo que mi gente lo va teniendo más asimilado.

Bisabuelos (izda.) y hermanos de Adela Gabarri (dcha.)
Bisabuelos (izda.) y hermanos de Adela (dcha.)

“Mi abuela me decía: “Cuando luchas por tu casa, por defender a los tuyos, nunca has de tener miedo. Sólo debes tener vergüenza para pecar’”

-Dicen que, si no fuera por la narrativa oral, la historia del pueblo gitano no se conocería. Al final siempre son las mujeres las que cuentan. Han sido activistas casi sin saberlo.
-Mira, es una pena. Fuera de España se habla nuestro idioma (caló) pero aquí se mezcló. En mi casa ya no se hablaba. Mi marido antes de morir dejó escrito un libro en caló para que no se perdiera lo que había llegado a él y lo tengo guardado. Cuando llegamos aquí hace 600 años vinimos puros con nuestras costumbres y nuestro idioma, pero lo fuimos perdiendo. Hemos sido perseguidos y masacrados. En lo que se conoce como la “Gran Redada” (1749) murieron muchos gitanos, se puede consultar la historia; se les condenó a trabajos forzados, se les separó de sus mujeres e hijos a quienes también pusieron a trabajar. Nos han prohibido hablar en nuestro idioma, incluso llegaron a cortarnos la lengua. Como consecuencia el caló fue perdiendo fuerza. Todo eso está ahí. La persecución y marginalización del pueblo gitano en España ha sido muy dura. Nadie sabe lo que hemos sufrido.

-¿Qué le ha enseñado la calle, la vida en este tiempo? ¿Dónde ha adquirido su sabiduría?
-La primera trabajadora social que tuvimos en la Asociación y hoy está trabajando en Oviedo, me dijo antes de marchar -yo siempre les digo a todas que en el momento que encuentren un trabajo mejor que se marchen, que gente para sacar del paro hay un montón-, que había aprendido más conmigo que en todos los años de carrera que había hecho. La llevaba a los sitios para que viera a la gente, conociera de primera mano sus problemas. Tenemos socios, pero algunos no pueden pagar ni la cuota anual de 10€ porque necesitan comprar leche, por ejemplo. Hemos trabajado con los más difíciles que hay en Gijón. Soy voluntaria y voy donde me llaman, allí donde pueda ser útil. Yo quiero que el gitano progrese en todos los sitios donde esté, no sólo en Gijón.

“En lo que se conoce como la ‘Gran Redada’ (1749) murieron muchos gitanos, se puede consultar la historia; se les condenó a trabajos forzados, se les separó de sus mujeres e hijos a quienes también pusieron a trabajar. Nos han prohibido hablar en nuestro idioma, incluso llegaron a cortarnos la lengua”

-Dirige la Asociación desde hace 24 años, ¿hay relevo generacional?
-Yo hace tres años que quiero dejarlo, pero no me dejan. Quiero vivir un poco, hacer algún viaje con el Imserso o con amigas, disfrutar un poco de la vida. Estoy formando a tres chicas jóvenes para el relevo. Yo las seguiría apoyando, pero no caería todo el peso sobre mí. Si yo me muero, conmigo se moriría también mi legado y no me lo puedo permitir.

-¿Cuántos miembros tienen en la Asociación y qué cosas organizan?
-Seremos alrededor de 800 personas. La sede la tenemos en el hotel de Asociaciones en la Avenida de Galicia 62, un lugar de lujo, rodeados de buena gente. Organizamos muchas cosas y cada año introducimos nuevos proyectos. Yo he llevado talleres de empleo, aprobados por el Principado, con mujeres gitanas. Pusimos en marcha uno de costura, otro de mediación, de cocina, de cómo llevar un hogar. Los de costura tienen mucha demanda. Luego a los niños, como recompensa, cada año los llevamos a las piscinas de Valencia de Don Juan (León) para motivarlos.
También hacemos charlas de planificación familiar. Tenemos a cinco personas contratadas que forman parte de un programa de apoyo y seguimiento escolar en los centros de enseñanza porque lo que más valoro en mi vida es la educación y la formación. Yo siempre le digo a mi gente que no dependa de ayudas porque eso es temporal, que estudien. La gente cuando organiza jornadas paga a un ponente, yo lo que hice fue buscar a gente que estaba estudiando en Roces -todos con carrera- y les propuse que hablaran de su experiencia. Allí sonó cómo una profesora le dijo a una niña gitana que para qué estudiaba si a los 15 años se casaría. ¿Cómo alguien puede decir algo así? Su obligación es enseñar a esa niña y no meterse en la vida privada de las personas. Desde la asociación también trabajamos con los niños que necesitan refuerzo en los colegios. Me gusta dar a conocer otros referentes para que la gente luche por ellos. El año pasado seis personas gitanas sacaron una carrera, una de ellas es nieta mía. Mis hijas están todas trabajando y mis nietos estudiando. Están cambiando mucho las cosas.

“Yo siempre les digo a las mujeres que cuando tu marido no te respeta, cuando se tiene una vida amargada, es mejor coger las maletas y marcharse. Nadie tiene que estar sometido a nadie y ahora las cosas son más fáciles. Nosotras lo tuvimos mucho más difícil”

Adela Gabarri-Se define como mujer, gitana y feminista. ¿Cómo conviven dentro de usted todas ellas?
-Pues muy bien. A mí la gente ya me conoce. Saben que valgo y que lucho por los míos. Tengo un hijo de 45 años -con el que convivía hasta que me marché- que se sentía responsable de mí, quería controlarme hasta que le dije: “Cariño, soy mayor y soy libre como un pájaro. Mira a ver qué haces tú, que tienes mujer y dos hijos”. En medio de risas me dijo que nadie podía conmigo. Y es verdad, si su padre no pudo, va a poder él… Mi marido -hace en marzo nueve años que murió- en una ocasión me pidió elegir entre él y la asociación. Se lo dejé claro y nunca más me volvió a preguntar. Estuve a su lado hasta el momento en que falleció porque ha sido mi compañero de vida. Nos respetábamos mutuamente. Yo siempre les digo a las mujeres que cuando tu marido no te respeta, cuando se tiene una vida amargada, es mejor coger las maletas y marcharse. Nadie tiene que estar sometido a nadie y ahora las cosas son más fáciles. Nosotras lo tuvimos mucho más difícil. Yo me quise separar en dos ocasiones y tuve que regresar a donde estaba. Todo eso lo cuento en el libro porque quiero que se conozca.

-Todo el dolor vivido, los sinsabores, ¿ha conseguido superarlos o los sigue teniendo presentes?
-Sufrí mucho, pero he aprendido a deshacerme de lo malo y quedarme con lo bueno, a eso me enseñó mi abuela. Soy una persona alegre y eso que he vivido cosas muy fuertes. Lo más difícil fue perder a mi hijo David de diez años a causa de una leucemia. Aquello fue una desesperación para mí. Estuve a punto de tirarme a un coche. Un día la mente me dijo: ¡Qué egoísta eres! ¡Piensa en los cinco hijos pequeños que tienes! ¿Qué va a ser de ellos? Y eso me hizo tirar para adelante. Mi marido tuvo que ir a Salud Mental porque le afectó mucho esa pérdida. A partir de ahí cambió mucho, nos unimos más. Se hizo más sensible, contaba conmigo para todo, me necesitaba. Soy muy luchadora. He sufrido muchísimo, hay cosas que no he puesto en el libro porque no quiero hacer daño a mi gente, especialmente a mis hijos.

“Nací discriminada y cuando me muera me llevarán a un cementerio público donde hay una zona reservada para gitanos, al lado de un paredón (…). Que exista esto en 2024 es una barbaridad”

-Ha dicho en una ocasión que nació discriminada y que morirá también discriminada. ¿Por qué?
-Nací discriminada y cuando me muera me llevarán a un cementerio público donde hay una zona reservada para gitanos, al lado de un paredón. El que quiera verlo que vaya al cementerio de Jove. Que exista esto en 2024 es una barbaridad. Así que ya ves que todavía hay que luchar por muchas cosas, algo que tampoco me tira para atrás porque dentro de mí tengo la experiencia de mi madre, mi abuela y todos los míos. Son más de 150 años los que corren por mis venas.

-Está afiliada al PSOE, ¿se siente atraída por la política?
-Mi padre, que siempre ejerció su derecho al voto, me decía que el PSOE defendía nuestros derechos. Y es verdad, si miras todo lo que es el Estado de Bienestar, ha sido gracias a ellos. Me encanta la política, apoyo en lo que pueda, aunque tampoco me meto en profundidades. Cuando me han propuesto ir a una mesa, voy porque lo veo como un deber. Es un partido en el que siempre confió mi padre y en el que yo también confío, me siento a gusto con ellos.

-De todos los galardones que ha recibido, ¿a cuál tiene más cariño?
-Este que acabo de recibir me ha hecho mucha ilusión, pero el que recuerdo con más cariño, quizá por lo que representa, es el de “Comadre de Oro Especial” que me concedió la Tertulia Feminista Les Comadres y que compartí con Teresa Fernández de la Vega. Me lo dieron en reconocimiento a la labor realizada en favor de la promoción e igualdad de trato de las mujeres gitanas. Fue algo muy especial para mí.

Cara limpia, sonrisa amplia, ojos vivos e inteligentes conforman un rostro que se ve hermoso a pesar del paso de los años. Sus palabras, su alegría, su espíritu de lucha me han cautivado. Insiste en que lo que desea el pueblo gitano es convivir en paz como iguales, no integrarse. No quieren perder su cultura, sus valores, ni el peso de su historia. En Adela hay dignidad, poder, pero sobre todo esperanza, mucha esperanza. Ojalá muchas mujeres sigan su estela.

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