La responsabilidad del votante

Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo. Asturianos en Mauthausen
Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo
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Se acerca un periodo electoral inusual, ya que desde 1979 no se vivía la circunstancia de celebrarse, en un plazo temporal tan breve, dos convocatorias tan relevantes, en el caso actual las Elecciones Generales (28 de abril) y las Elecciones Municipales, Autonómicas y Europeas (26 de mayo). En aquel año, Generales y Municipales se sucedieron en apenas unas semanas (entre el 1 de marzo y el 3 de abril), en una secuencia que tenía como causa principal la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978 y la necesidad de adaptar la representación elegida a los estándares marcados por la Carta Magna (incluyendo los primeros ayuntamientos democráticos).

En la actualidad, no estamos en periodo constituyente ni inmediatamente posterior a un cambio tan sustancial, aunque sí en tiempos convulsos, entre otras muchas razones, precisamente, por la patente imposibilidad de dar respuestas políticas a la “fatiga de materiales” (como dice Muñoz Machado) de la Constitución; y también por la incapacidad de alcanzar acuerdos de gobierno estables, dada la escasa voluntad de lograrlos que se aprecia en una parte importante de los líderes políticos de nuestro país. Lo cierto es que vamos a un ciclo de convocatorias a las urnas con ciertas dosis de excepcionalidad: legislatura corta en el Estado, exceso abrumador de decibelios en la discusión pública, crecimiento de alternativas no precisamente favorables a la cohesión social y la integración, heridas del intento secesionista catalán aún abiertas, etc.; además del riesgo significativo que el auge del nacional-populismo en el Parlamento Europeo representaría, de triunfar, para la continuidad del proyecto comunitario y la propia concordia en el continente. Si no se resuelven favorablemente las encrucijadas más acuciantes, con gobiernos razonablemente estables, disposición para el diálogo y la transacción y vocación de frenar este ciclo de desacuerdos y envilecimiento, las cosas no pintarán nada bien en los años por venir. En Asturias todo parece algo más tranquilo, aunque en absoluto escapamos a la dinámica del entorno y, además, las incertidumbres económicas tan agudas que vivimos (con los efectos del envejecimiento, la nuevas reconversiones industriales en curso y la menor actividad productiva), añadirán un estrés creciente, que puede viciar el ambiente.
A la crispación reinante y a la irresponsabilidad de no pocos dirigentes, empeñados en banderías y en agitar los ánimos, se suele achacar el contagio, en el electorado, de una actitud irreflexiva y dominada por la voluntad de dar salida al cabreo, como respuesta primaria al estado de cosas. El rosario de dificultades dejado por la crisis, que ha malherido la juntura social y ha desacreditado a las instituciones, ha hecho mucho de su parte. El triunfo de un estilo de liderazgo político y social de connotaciones autoritarias, abiertamente desafiante y carente de empatía, llama a las posturas reactivas y a la desconfianza. La sustitución total del diálogo y el análisis por la “comunicación” publicitaria y por el eslogan o la imagen ocurrente, también contribuye a este deterioro.

Estamos en tiempos convulsos, por la patente imposibilidad de dar respuestas políticas a la “fatiga de materiales” de la Constitución; y también por la incapacidad de alcanzar acuerdos de gobierno estables

Y, paradójicamente, cuando más medios de informarse y contrastar las cosas existen (sabiendo buscar adecuadamente, seleccionando las fuentes y cultivando el espíritu crítico), la incapacidad de pensar con la amplitud y serenidad necesarias nos conducen a esta era de la posverdad y de la manipulación, alimentada por conductas individuales que prefieren jalear o abuchear antes que escrutar y elaborar el propio pensamiento.
En este escenario, es práctica común justificar a toda costa determinadas decisiones de los votantes, tentados a dejarse arrastrar por discursos dirigidos a encanallar y sembrar cizaña. Si todo está tan mal (luego la gravedad de las cosas puede ser relativizada, si miramos en perspectiva), si las voces que escuchamos desde la tribuna invitan al garrotazo goyesco, si los nuevos medios que nos orientan confunden la legitimidad de tener línea editorial con el mercenario desprecio a todo rigor, qué menos que sumarnos a la fiesta. Así se entendería votar con las tripas, hacerlo con la intolerancia por bandera y desde una posición de perpetuo agraviado frente a un poder oculto que nos somete o nos amenaza (hasta el del omnipresente Soros, si hacemos caso a ciertos discursos delirantes que pueblan el nacional-populismo); sentimiento éste que, curiosamente, invade incluso a quien ostenta una posición económica y social privilegiada.
Sin embargo, el manipulado por las noticias adulteradas o por las publicaciones burdamente tendenciosas en redes sociales, o el movilizado por las medias verdades y por la degeneración del discurso público, es, sobre todo, víctima de sí mismo. Ciertamente, nadie se escapa, en distintos grados, a esta fiebre de frívola y, en ocasiones, cruel inmadurez que parece haber sobrevenido. Pero existen medios de sobra para apartar la maleza mediática, atenuar el ruido de las redes, y bracear la espuma de la política, quedándonos con lo mucho que importa y vale de todo lo que podemos escuchar, aprender y examinar. La responsabilidad sobre lo que hacemos la tenemos, en suma, los titulares del derecho democrático más esencial: el voto. Es esencial, en efecto, hacer uso de él, y participar en el debate público, con toda la firmeza que se quiera en la defensa de las convicciones, pero sin convertir nuestro voto en una piedra que arrojar, en un desahogo momentáneo o en un escupitajo de desprecio.
No olvidemos que la salud democrática y la cohesión de cualquier sociedad dependen, sobre todo, de la voluntad y compromiso cotidiano de todos. Si se decide que los valores que la inspiran -que son, a la postre, reflejo de nuestras proclamas a favor de los Derechos Humanos- ya no sirven o son secundarios, nada de ello pervivirá.

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