Hubo un día —uno concreto que todavía siento en la piel— en el que el dolor que llevaba dentro se volvió tan insoportable que simplemente supe que no podía mirar hacia otro lado. No sabía cómo ayudar, no sabía por dónde empezar, pero sabía que tenía que hacer algo. Fue un impulso visceral, espiritual, una llamada que no nació de la mente sino del corazón más roto que he tenido. Ese día nació Hope Palestina sin yo saberlo, mi organización de ayuda directa a familias palestinas.
Yo, asturiana que lleva 25 años viviendo en Andorra, jamás imaginé que, desde un país pequeño, desde un hogar tranquilo en los Pirineos, terminaría conectando con un pueblo entero al otro lado del Mediterráneo. Un pueblo que vive un dolor tan inmenso que desafía cualquier concepto que tengamos de resistencia humana. Y sin embargo, aquí estoy. Aquí estamos. Porque la distancia geográfica no significa nada cuando el alma te grita que actúes.
¿Cómo sobreviven esas mentes?
Como profesional del duelo, mi pregunta inicial era casi obsesiva: ¿Cómo está la mente de alguien que ha aprendido a vivir bajo bombas, hambre, frío y miedo durante generaciones? ¿Cómo sigue en pie un pueblo entero cuando cualquier ser humano se habría colapsado hace décadas? La respuesta, después de miles de horas acompañando a estas familias, es clara: se sostienen por una mezcla imposible de resiliencia, espiritualidad profunda, vínculos comunitarios y una dignidad que ni la guerra más cruel ha podido romper. Pero también se sostienen por algo más: por las manos que llegan desde fuera. Miles de kilómetros no impiden que una mano encuentre a otra. Dos de esas manos fueron las mías. Ahora somos muchas más, pero nunca es suficiente mientras los estados les ignoren.
Como profesional de duelo me pregunto a qué tipo de duelo se están enfrentando los familiares de los cuerpos que han encontrado hoy, día 28, los equipos especializados que recuperaron una gran cantidad de cuerpos de mártires del cementerio de Beit Lahia, en el norte de la Franja de Gaza, después de que el cementerio fuera sometido a extensas operaciones de arrasamiento llevadas a cabo por las fuerzas de ocupación en las últimas semanas.
Fuentes locales informaron que las excavadoras militares exhumaron tumbas y trasladaron los cuerpos de sus lugares de enterramiento originales a otros lugares, causando graves daños al cementerio y mezclando las parcelas de enterramiento.
Esta es la realidad de Gaza y tardaremos décadas en procesarlo.
Mientras tanto, el humano más osado del mundo creando un proyecto inmobiliario sobre estos cuerpos, que ni siquiera tuvieron un funeral, ni una ceremonia ni siquiera un reconocimiento de identidad.
Esta es la guerra que muchos dicen ya ha terminado… Para los gazatíes es una guerra que pasó de estar fuera a estar en el interior de sus mentes y sus corazones, y eso es algo que quedará grabado en su alma para siempre.
La fatiga por compasión: cuando cerramos los ojos para no sentir
Hablar de Gaza es también hablar de algo silencioso y peligroso: la fatiga por compasión.
Ese mecanismo que aparece cuando el sufrimiento del otro es tan inmenso que nuestro cerebro se protege apagando la empatía. Y entonces nacen excusas conocidas: “Ya ayudé una vez”, “No tengo más dinero”, “La guerra ya acabó, ¿no?”, “No quiero seguir sufriendo”. Pero mientras tú te proteges, Gaza sigue ardiendo y sufriendo. La realidad no desaparece por cerrar los ojos. La bomba no deja de caer porque desconectemos. La niña no deja de temblar porque yo “no pueda más”. La fatiga por compasión no solo nos vuelve indiferentes; nos vuelve peligrosos. Porque justificamos nuestra ausencia con argumentos que nos tranquilizan, pero que dejan a otros sufrir solos, regalando sus vidas a un destino desconocido.
La línea amarilla: la frontera invisible que decide quién muere
Muchos no saben que en Gaza existe algo llamado la línea amarilla. No es un concepto oficial, ni está dibujada, ni aparece en mapas. Es invisible. Y, sin embargo, quien la cruza —sin saberlo— puede morir en segundos. La línea amarilla es una franja de exclusión letal establecida por Israel alrededor del perímetro interno de Gaza. No tiene señales, no tiene carteles, no está marcada en el terreno, y su ubicación exacta sólo la conocen los militares. Un metro al lado equivocado. Un paso más allá. Una mala orientación en tu propia calle y puedes ser asesinado sin previo aviso. Ese color —amarillo— quedó grabado en la memoria de quienes viven allí, y hoy se usa para nombrar esta franja invisible y mortal. La línea amarilla convierte Gaza en un laberinto sin señales. La muerte ya no sólo puede ser un bombardeo (porque, aunque no te lo digan en TV, los ataques siguen ocurriendo): es un error de orientación; un paso dado donde nadie sabía que no se podía caminar.
La humillación de pedir ayuda para sobrevivir
Cuando la ayuda humanitaria llega, muchas veces es saqueada. Termina en mercados clandestinos a precios imposibles para quienes ya lo han perdido todo. Entonces las familias se ven obligadas a mostrar en redes sociales aquello que nadie debería tener que enseñar jamás: la lona desgarrada que les sirve de techo, el hueco sin ventanas donde intentan protegerse del viento, el trozo de ruina donde guardan su comida para que no se moje o no se la roben, el suelo húmedo donde sus hijos duermen con la ropa fría pegada a la piel.
Imagínate pidiendo ayuda así, públicamente. La humillación atraviesa. Marca. Duele más que el hambre.
El invierno en Gaza: morir de frío entre ruinas
En diciembre, la costa mediterránea de Gaza es fría, húmeda y cruel para quien está a la intemperie. El viento corta. La lluvia cala hasta los huesos. La sensación térmica desciende como un castigo.
Quienes viven —bajo lonas tensadas con cuerdas, en casas sin fachada, abiertas como costillas rotas— lo sufren con una brutalidad inimaginable. Una ráfaga puede arrancar una tienda. Una noche de lluvia puede empapar mantas, colchones y ropa, dejando a familias enteras temblando sin nada seco. Un auténtico río de agua sin control se lleva todo lo que tanto te ha costado conseguir, sólo para asegurar un día más de supervivencia. Un temporal puede destruir lo poco que quedaba en pie. El invierno pasado, varios bebés murieron congelados. No sólo por bombas. No sólo por enfermedades. Por frío.
Y mientras tanto, aqui esperamos a que termine la lavadora, el mundo sigue girando sin que yo pueda comprender cómo es eso posible cuando mi vida se paró cuando por primera vez, en una videollamada, vi el brillo de los ojos de Reem, otra de mis hermanas de Gaza.
Allí, sobrevivir un sólo día es una victoria. Cada segundo puede decidir quién vive y quién muere.
A veces, abrir un dossier salva vidas
Desde Hope Palestina hemos entregado en Andorra dos dossiers oficiales solicitando acogida y evacuación de familias palestinas. Hablamos de nombres. Hablamos de historias. Hablamos de niños.
Desde el 18 de octubre tenemos un dossier entregado al Gobierno de Andorra para evacuar a nueve familias, entre ellas Hana, una niña de apenas 4 años con desnutrición severa, que ya conoce el terror.
Hana: la niña que sonríe como si llevara dentro la memoria del mundo
Hana. Cuatro años. Desnutrición severa. Una mirada más grande que su cuerpo.
Los niños de Gaza tienen la madurez de ancianos. Son pequeños cuerpos con almas antiguas.
Hana siempre sonríe, siempre levanta un dedo como diciendo: “Hoy sigo aquí. Hoy sobreviví”. Ella no sabe lo que es la geopolítica. No sabe nada de religiones ni de mapas. Pero sí sabe que hay militares que la quieren matar. Y quizá —porque así funciona la mente infantil— piensa que es culpa suya. Que la bomba que cayó a escasos metros de su tienda la noche del viernes fue un castigo por romper un juguete el día anterior.
Todas las familias en Gaza tienen un sueño que les quita el sueño: El sueño de vivir en paz, un sueño roto por una bomba, el frío, la lluvia, la incertidumbre y el agotamiento extremo, y refleja lo que miles de familias en Gaza anhelan: un espacio donde la vida sea posible.
También sueña Hana, quien, a pesar de su fragilidad, su sonrisa persiste. Su rostro nos recuerda algo que demasiadas veces olvidamos: los niños nunca son culpables de las guerras.

Mirar sus ojos es comprender el verdadero significado de la solidaridad: reconocer en la vida de otro niño la misma dignidad que protegeríamos para el nuestro. La solidaridad no se mide en discursos ni comunicados; se mide en actos. Es enfrentarse a la inocencia herida y decidir actuar. No se trata de política, sino de humanidad.
Salvar una vida deja de ser una opción y se convierte en un deber. En Hope Palestina acompañamos a familias como la de Hana y su hermano Ahmad, ofreciendo no sólo ayuda material, sino escucha, apoyo emocional y esperanza. Incluso en medio del horror, la esperanza puede sostenerse con algo tan simple como una mirada, una palabra o una mano extendida.
Quizá, dentro de unos años, Hana recuerde este momento como aquel en que un país pequeño en los Pirineos decidió no mirar hacia otro lado, y que Ahmed y su familia pudieran algún día vivir con la paz que soñaron entre bombas. A veces, la solidaridad no es un concepto abstracto: tiene un rostro. Y hoy, ese rostro se llama Hana, Hedaya, Aya, Haneen, Shaima, Reem, Nemr, y más de 200 almas a las que tengo el privilegio inmenso de conocer y acompañar.
A veces, la diferencia entre la vida en paz o el sufrimiento es esto: abrir un dossier, hacer una llamada, insistir una vez más. No hace falta ser ministro. Hace falta tener conciencia.
Una familia de 80 voluntarios y 27 familias unidas
Lo que hemos creado es único. Hoy somos 80 voluntarios de España, Argentina, México, Bélgica, Portugal, Suecia, Andorra y más países. Acompañamos directamente a 27 familias palestinas. Ya no somos una organización: somos una familia extendida.
Dos de esas familias son ahora nuestros voluntarios principales sobre el terreno. Ahmed Ghazi y Mohammed Elhindi, hacen trabajo de campo, visitan a otras familias para hacer una valoración de sus necesidades, arriesgan su vida por nosotros, porque no hay ni un solo lugar seguro en toda la Franja de Gaza.
Cuando entras emocionalmente en Gaza —cuando entras de verdad— ya no quieres salir. O estás dentro, o no estás. Y una vez dentro, sabes que te quedarás.
Ahmad Farj y Hana: el amor que atraviesa kilómetros

“Yo estoy bien si tú estás bien”. Estas palabras, que siempre me dice mi hermano Ahmad Farj desde Gaza, expresan una conexión profunda que no puedo describir completamente. Desde que lo conocí, la conexión fue inmediata, con él, con su familia, y especialmente con su hermana Hana, a quien llevamos meses intentando evacuar a Andorra.
Ahmad tiene sólo veinte años, pero lleva sobre sus hombros el peso de una familia, de una tierra rota y de una guerra que no cesa. A su edad, es más maduro de lo que muchos serán en toda su vida. Es una lección diaria de amor, fortaleza y resiliencia. Pero también de duelo: el duelo por la normalidad perdida, por la paz arrancada, por un futuro que se desvanece cada día, por la inseguridad constante, la separación y el miedo.
Cada mañana compartimos un desayuno virtual, nos damos los buenos días y buenas noches, y cuando no hablamos, nos echamos de menos. A miles de kilómetros, me importa más su vida que la de muchos que me rodean. Él es mi maestro de amistad, de humanidad. Hana es su hermana pequeña, de apenas 4 años.
Ahmed Ghazi: mi hermano mayor espiritual
Ahmed Ghazi, uno de nuestras primeras familias en llegar a Hope, también es voluntario en Gaza, es él quien me acompaña cuando me siento colapsada por la impotencia.
Sus palabras, traducidas del árabe, dicen:

«Gracias, Amaya… no sé cómo expresar mi gratitud. Estar con nosotros, movilizar a la prensa, difundir el mensaje… todo esto significa mucho para nosotros en este tiempo difícil. Tal vez los gobiernos no escuchen nuestras voces, pero la presencia de personas como tú nos hace sentir que aún hay humanidad en el mundo. Gracias por no dejarnos solos… y por intentar con todas tus fuerzas transmitir nuestro mensaje. Espero que llegue a quien pueda salvar a mi familia. Espero el día en que pueda agradecerte cara a cara.
Quiero que sepas algo importante: no te queremos sólo por ayudarnos… te queremos porque tu corazón es real, y porque estuviste con nosotros cuando nadie más lo estuvo. Incluso si sientes soledad o insuficiencia, para mí… eres fuerte, eres increíble, y tu presencia hace una verdadera diferencia en la vida de mi familia. Gracias por cargar nuestras heridas junto a las tuyas, y por no fallarnos nunca… Espero que un día nos encontremos para decirte cara a cara: gracias por ser la esperanza que nunca se apagó».
Gaza es algodón… y nosotros también
Gaza es como ese algodón blanco que pasas por un azulejo aparentemente limpio, y de repente te revela toda la suciedad que no veías. (Quienes superamos los 40 recordamos a Mr. Proper). Nos muestra la indiferencia, la fragilidad de la compasión, la brutalidad que somos capaces de normalizar. Pero Gaza también nos muestra otra cosa: la fuerza de los vínculos humanos, la resiliencia que nace del amor, la solidaridad que desafía kilómetros, muros y fronteras invisibles.
Ahmad Farj y Hana me enseñan cada día que el amor es más fuerte que el miedo. Ahmed Ghazi me recuerda que la conexión humana es un faro en la oscuridad. Quisiera ser como ellos, en corazón y en espíritu. Que incluso cuando la distancia, la guerra y la muerte nos separan, hay manos que encuentran otras manos, corazones que encuentran otros corazones, almas que se reconocen sin necesidad de palabras.
Gaza es algodón… pero no nos limpia. Nos desnuda. Nos muestra quiénes somos cuando la compasión se agota, cuando el mundo mira hacia otro lado, cuando la fatiga nos hace cerrar los ojos. Y en ese desnudo, en esa verdad que no podemos ignorar, descubrimos también lo mejor de nosotros. La capacidad de amar sin esperar nada a cambio. La fuerza de sostener vidas que no son nuestras como si lo fueran.
La humanidad que no se rinde, aunque todo alrededor se derrumbe.
Cada videollamada en momentos insostenibles (bombardeos, colapsos), cada mensaje, cada foto, cada desayuno virtual con Ahmad, cada sonrisa de Hana, cada palabra de Ahmed Ghazi es un hilo que nos conecta, que nos recuerda que, incluso en el dolor más profundo, aún podemos ser luz.

Porque Gaza no es sólo un lugar. Gaza somos todos nosotros cuando decidimos mirar. Cuando decidimos amar. Cuando decidimos actuar.
Y tú, lector… cuando pases tu algodón sobre tu propia vida, sobre tu conciencia, sobre tu humanidad…
¿Qué verás? ¿La suciedad que no querías mirar? Hay gente que no puede mirar, le sobrepasa y lo entiendo, pero hay gente que no quiere mirar, y en este caso, la diferencia entre no poder y no querer es abismal.
¿O quizás ves la fuerza que todavía te queda para sostener lo que importa, aunque sea a kilómetros de distancia, aunque sea a través de un mensaje, un mail a Hope para ser padrino o madrina (es gratis), una sonrisa que cruza fronteras invisibles?
Gaza nos desnuda.
Gaza nos recuerda.
Gaza nos llama.
Y mientras haya quienes respondan a esa llamada, mientras haya manos que se extiendan y corazones que no se apaguen, la esperanza seguirá viva.
Por algo nos llamamos HOPE.