El primer libro de Aroha Morales, Los finales también se escriben, dice mucho de una filóloga con alma de comunicadora y que cree firmemente en el poder de las palabras.
Podría pensarse que, a sus 24 años, la de Aroha es un alma vieja en un cuerpo joven por la forma tan clara y precisa de expresarse, y por la madurez de sus reflexiones sobre la identidad. Pero nada más lejos de la realidad en el caso de esta autora que hace bandera de su juventud mientras explica que, “como ella, hay muchos jóvenes con inquietudes”.
En su debut literario, la escritora asturiana presenta una colección de relatos que, entremezclando realidad y ficción, transita en un viaje por la identidad, compartiendo con el lector momentos dolorosos, pero también plenos y alegres. La publicación de la editorial Trama Sensible es un sueño cumplido para Aroha, pero también una demostración de que es posible mantener los miedos a raya, aunque estos no dejen de acompañarnos.
-¿De dónde surge la necesidad de escribir Los finales también se escriben?
-Nace de toda mi trayectoria de vida, porque siempre he querido escribir lo que fuera, es una de mis pasiones desde que soy chiquitita. Y dentro de ese sueño grande, hace dos años empezaron a suceder cosas en mi vida que despertaron muchísimo la inspiración.
El primer relato que da el pistoletazo de salida a todo el libro está inspirado en la situación de uno de mis abuelos, al que le diagnosticaron una demencia y, de repente, empezaron a pasar situaciones que en aquel momento necesité procesar. También tenía que procesar el dolor de mi padre al ver cómo sus padres estaban evolucionando, o en este caso diríamos desevolucionando, porque es una enfermedad degenerativa. Mi abuelo fue la pieza clave para que yo me animara a escribir este libro.
-Tu obra recoge relatos que despiertan distintas emociones. ¿Hay algún hilo en común entre ellos?
-Es un libro de relatos sobre la identidad, lo que pasa es que la identidad es un concepto bastante abstracto en nuestra sociedad y en el mundo en general. No hay una única definición y ni siquiera hay una sola identidad para uno mismo en todos los momentos de la vida. Y, como dices, al final son relatos que despiertan emociones. Cada situación y cada proceso vital de los personajes te va llevando en un viaje muy profundo a emociones que igual tildamos de negativas, como la tristeza, el miedo o la angustia y también a otras que tildamos de positivas porque te dan ternura o alegría, porque ves que hay esperanza incluso en el dolor.
«El primer relato que da el pistoletazo de salida a todo el libro está inspirado en la situación de uno de mis abuelos, al que le diagnosticaron una demencia y, de repente, empezaron a pasar situaciones que en aquel momento necesité procesar»
-¿Es un libro para distintas generaciones?
-Claro, en el libro quería, no solo expresar un proceso de identidad que pueda tener alguien de 24, también el de una persona mayor, como mi abuelo, que de repente ve difusa la suya por una enfermedad o el de una mujer mayor que, de repente, ve cómo se incendia su casa y lo qué significa para ella misma. También cómo cambia el mundo de una niña pequeña de ocho años cuando sucede algo en su vida y eso hace que su identidad se marque.
Quería expresarme desde todas las perspectivas y desde todos los momentos vitales, porque la identidad no aparece de repente cuando cumples treinta años, aparece desde el momento en el que tienes algo de consciencia y te van sucediendo cosas que marcan tu proceso, tu vida y tu personalidad.
-¿Cómo es posible que una persona tan joven como tú pueda centrar su obra en la identidad?
-Parece que los jóvenes no tenemos nada que decir, que no entendemos o no sabemos, y evidentemente, no entendemos ni sabemos todo, pero hay muchos jóvenes con inquietudes por lo que pasa en el mundo y por lo que les pasa a ellos mismos interiormente, por lo que sucede fuera, dentro y medio pensionista. El libro también es una llamada de atención y de intenciones por mi parte; los jóvenes no estamos para poner trabas al mundo adulto, sino para convertirnos en adultos, formar parte de una sociedad e intentar mejorarla de alguna manera.
Yo he tenido ya un par de crisis existenciales y de identidad en las que me pregunto ¿cómo hago?, ¿cómo digo?, ¿por qué me pasa esto?, y ¿cómo transiciono a lo que yo quiero ser o a lo que yo quiero llegar? Mucha gente mayor y no mayor me dice ¿por qué te haces esas preguntas? Y yo creo que depende de la personalidad de cada uno el querer hablar de unas cosas u otras. También las sensaciones, los momentos vitales y lo que vas viviendo a lo largo de tu vida te despiertan esas preguntas. Antes o después siempre van a surgir.
-Utilizar la ficción, pero sobre una base de realidad, ¿marca la línea de todos los relatos o solo de algunos en concreto?
-Para casi todos me inspiré en algo que pasó en la realidad, pero le di la vuelta porque los relatos no han sucedido tal cual están en el libro. Uno de ellos, por ejemplo, está inspirado en los incendios que sucedieron el año pasado en Castilla y León, Galicia y en gran parte del territorio español. Mucha gente se va a poder sentir identificada, personas que se tuvieron que ir de sus casas porque se quemaba el pueblo. Hay una parte de realidad en casi todos, pero he querido modificarlos porque la literatura consigue que la realidad sobrepase otros límites gracias a la ficción y al poder de las palabras.
-¿Está presente el sentido transformador de la literatura? ¿Pueden llegar a ser sanadores o, al menos terapéuticos, los relatos?
-Es muy presuntuoso que lo diga yo como autora, pero creo que sí, y estoy muy contenta por la buena acogida de los relatos. Han sorprendido porque la gente no se esperaba que hubiese tanta profundidad y tantas tiritas en lo que escribe una chica tan joven.
Yo lo hago desde las emociones. Como explico en la sinopsis, el comienzo del libro es el amor, aunque también el dolor, pero el dolor desde la esperanza de que algún día se pasa, no desde el sufrimiento. Intento escribir siempre desde una parte esperanzadora, incluso cuando el relato trata sobre algo duro o sobre algo que alguien ha sufrido. Y después de la tormenta quizá llega la calma y un rayito de sol puede ayudarte. Creo, y también espero, que en algún momento estos relatos puedan ayudar a alguien.
«Mi historia personal, y también creativa, ha estado marcada por el miedo, y gracias a muchos pasitos dados he conseguido vivir un poco menos asustada de la vida. Con este libro, con lanzarlo al mundo, con publicarlo (…), incluso con una cosa tan tonta como escribir eso en un post de Instagram y que la cuenta sea pública, he dado pasos»
-A veces, como sociedad, recordamos los comienzos que son muy llamativos, pero a menudo olvidamos lo que viene después. ¿De alguna manera el título hace referencia a esto?
-Sí y no. La portada es muy sencilla, poética, evocadora porque no hay nada tangible en realidad y el título fue un juego de palabras y también de intenciones. En realidad, hace un guiño irónico a mi propio proceso de escritura, porque llegó un punto en el que los personajes eran tan libres y tan vivos que, como autora, me costaba terminar las historias. Pero muchas personas lo han interpretado un poco parecido a lo que tú comentabas y es cierto que lo que llama la atención son los comienzos, están muy romantizados como sociedad, cuando, en realidad, no importan solo el comienzo y el final, hay todo un proceso y todo un camino. En los libros se refleja, porque todo el mundo ve el resultado, pero no ven los años de trabajo y escritura de cada autor.
-Afirmas en tu IG que a veces hay que saltar al vacío para aterrizar en un campo de flores amarillas, ¿es lo que has hecho con esta aventura literaria?
-Pues sí. Mis flores favoritas son los girasoles, por eso lo de aterrizar en un campo de flores amarillas. Mi historia personal, y también creativa, ha estado marcada por el miedo, y gracias a muchos pasitos dados he conseguido vivir un poco menos asustada de la vida. Con este libro, con lanzarlo al mundo, con publicarlo y que la gente lea mis palabras, incluso con una cosa tan tonta como escribir eso en un post de Instagram y que la cuenta sea pública, he dado pasos. La Aroha de hace uno o dos años sería incapaz de hacerlo, y no sé de dónde saqué la valentía para dar ese salto al precipicio, pero me alegro de haber caído en el campo de flores amarillas en lugar de en un campo lleno de rocas.
«El libro también es una llamada de atención y de intenciones por mi parte; los jóvenes no estamos para poner trabas al mundo adulto, sino para formar parte de una sociedad e intentar mejorarla de alguna manera»
-¿Ese miedo viene por mostrar la vulnerabilidad de cada uno? ¿Por escribir lo que sientes y de alguna manera desnudarte figuradamente?
-Siempre he sido tildada durante toda mi vida de demasiado sensible, y sí, lo soy, pero no creo que eso sea algo negativo. Después de muchos años de terapia y de trabajo, he conseguido ver que la sensibilidad no es mala, porque gracias a ella consigo escribir como escribo y que las personas se sientan identificadas con mis palabras. Y, como Spiderman, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Durante toda mi vida, en la infancia y en la adolescencia, he escuchado muchos comentarios de por qué lloras, por qué esto te afecta, esto no tendría por qué afectarte… pero desde hace unos años para acá esa invalidación de la sensibilidad y la vulnerabilidad ya no está tan marcada. Gracias a Dios, hemos sufrido un cambio bastante grande como sociedad; el sentir algo, el tener emociones, ya no está tan castigado como lo estaba antes. E imagino que esto viene con la madurez, con la adultez, pero ya no siento que sea una señal de que algo está raro en mí, como podía pensar de pequeña. Siempre fui un triángulo y todo el mundo se sentía más cuadrado. Ahora el mundo está rodeado de triángulos, cuadrados, círculos, hexágonos y octógonos; la diferencia y la vulnerabilidad tienen más espacio y esto se traduce en el arte y la literatura, incluso la ciencia bebe mucho de la creatividad.
-Has expresado que, en determinadas ocasiones, no dejaste que el miedo te manejase, pero sí que lo sentaste a tu lado de copiloto, aunque no conduciendo. ¿Cómo se hace eso?
-Pues la verdad es que no tengo una respuesta, la metáfora me la dio mi psicóloga porque me daba pánico conducir y fue algo que estuvimos trabajando. Saqué el carnet hace tres o cuatro años, y en el último fue cuando empecé a conducir sola, algo que parece supersencillo y que hace todo el mundo, pero a mí me bloqueaba el miedo. El ejemplo de la conducción es muy bueno porque yo intentaba estar preparada para todo. En el caso de que hubiese un peatón, empezaba a parar cien metros más allá porque no quería atropellarle, si había una piedra en la carretera, cambiaba de carril mucho antes para esquivarla… Intentaba anticipar todos los movimientos para estar segura de que no iba a causar daño a nadie, ni al coche, ni a mí misma, aunque yo estaba en un tercer o cuarto plano.
Es una metáfora muy buena, porque en la vida, y también en la carretera, es imposible adelantarse a todo. El peatón que tú ves cien metros más allá, igual ya cruzó y de repente está viniendo otro. La piedra que tú viste la movió un coche que pasó por encima y ya no está en el carril derecho, y puedes circular sin ningún tipo de problema.
-¿También dejaste el miedo atrás al escribir el libro?
-Pues sí, respecto a escribir, a esa parte de poner en palabras cosas que llevaban dentro mucho tiempo, no me atrevía a decir que estaba escribiendo un libro hasta que no estuvo tangible, por si acaso nunca salía. Era consciente de las miradas que parecían decir: “¿De verdad qué lo estás haciendo? Eso no es una profesión”.
Para este tipo de situaciones creo que lo mejor es no adelantarse y simplemente dejar que pasen cosas. La verdad es que doy consejos que para mí no tengo, porque todavía me afecta la ansiedad, pero creo que lo de dejar el miedo en el asiento del copiloto va por secciones. Y de momento va viento en popa, ya lo he conseguido hacer en dos ámbitos de mi vida.
Al final, el miedo es una emoción que siempre está ahí para protegernos y por eso hemos sobrevivido tantos siglos, pese a nuestros intentos de matarnos unos a otros. Lo que pasa es que tenemos que aprender a que no nos domine y a que no sea la única manera de conducir nuestra vida. Y yo siento que en mi caso ha estado al comando mucho tiempo.
«Siempre fui un triángulo y todo el mundo se sentía más cuadrado. Ahora el mundo está rodeado de triángulos, cuadrados, círculos, hexágonos y octógonos; la diferencia y la vulnerabilidad tienen más espacio»
-La literatura va contigo allá donde vayas, pero ¿qué otras pasiones tienes?
-Pues llevo desde los 16 años trabajando como monitora de tiempo libre. Me da mucha ternura la infancia, aunque después de casi diez años trabajando con niños me apetece encontrar nuevas fronteras laborales. Como, por ejemplo, lo que ya estoy haciendo de literatura, comunicación, la radio y los podcasts, que empecé con ellos porque mis amigas, que estaban hartas de escucharme las mismas historias una y otra vez, me dijeron: “Reina, ábrete un podcast, monetízalo, y así el café mío no es tan pesado, porque no callas”.
No me quiero dedicar a la educación, prefiero el mundo de los medios de comunicación, el de la publicidad y el copywriting. Una de mis pasiones más grandes es el compartir palabras, que creo que han perdido peso, y sin letras no hay ser humano ni sociedad.
-No has mencionado la ilustración, pero creo que también te gusta.
-Sí, llevo toda la vida pintando. El arte y la escritura han sido los dos amores de mi vida. De hecho, empecé Bellas Artes, pero el academicismo y el cómo está visto el sistema educativo hizo que mis expectativas fueran hipergrandes. Pensaba que mi creatividad iba a estar satisfecha, que iba a poder crear diferentes cosas, pero eso no se hace en primero de carrera, se hace en tercero y cuarto y no llegué tan lejos porque vino una crisis existencial y, de repente, la literatura, que siempre había estado en el tablero, volvió a ganar peso.
El arte es mi forma de procesar el mundo y de entender lo que sucede, y las palabras son mi forma de estar en él. El arte me evade y las palabras me hacen estar presente donde estoy.
«Una de mis pasiones más grandes es el compartir palabras, que creo que han perdido peso, y sin letras no hay ser humano ni sociedad»
-¿Qué sensaciones has tenido con el libro ya en la mano?
-Pues creo que el síndrome de la impostora es muy potente y cuando lo tuve en mis manos había muchísima emoción, pero la emoción del resto y de personas que me querían y que llevaban esperando esto mucho tiempo fue más fuerte que incluso la mía. Y cuando algo se me mete en la cabeza voy a por ello con todo.
Cuando terminé el libro hubo uno o dos meses de duelo. Fue un poco duro porque ya no iba a escribir esas historias, tenía que dejar que el libro viviera y diera sus propios pasos en las casas de otras personas.
-¿Alguna vez habías imaginado cómo sería terminar esta aventura?
-Nunca te imaginas cómo va a ser el momento en el que llevas a cabo un gran sueño. Tampoco me esperaba llevarlo a cabo a los 24; me imaginaba con 50, con la piel más flácida y con más arrugas. Pensaba que sería algo de mi versión más adulta y, sin embargo, ha llegado en un momento de inestabilidad laboral, de hacer 3.500 cosas para poder conseguir trabajo.
-¿Es precisamente esto de que la vida es lo que sucede mientras tú planeas otras cosas?
-Exacto, literalmente. Pero después de esos dos meses de duelo ya puedo decir que es superpositivo y que hay muchas emociones. Cómo, por ejemplo, tener esta entrevista que nunca me la hubiese imaginado, así que muy contenta.
«Tenemos que aprender a que no nos domine el miedo y a que no sea la única manera de conducir nuestra vida. Y yo siento que en mi caso ha estado al comando mucho tiempo»
-El significado de Aroha, amor a todo, ¿es para ti una consigna? ¿Tienes que ser fiel a ello?
-Sí, Aroha en realidad no es un nombre, es una palabra en maorí. Cuando nací echaron a suertes qué nombre me ponían, y salió el otro, pero mi madre puso un puchero que hizo que mi padre le dejase elegir a ella. Creo que marca mucho y también creo que marcan los valores que ellos y mis abuelos han inculcado en mí, que es el amor por todo. El libro se lo he dedicado a mis cuatro abuelos, que siguen aquí conmigo, y siento que las mejores partes de mí son de ellos. Cuando escucho mi risa sé de qué abuelo proviene, también sé de dónde viene mi pasión por la literatura o por cantar. El que cante bien sin haber estudiado nunca música tiene que ver con heredar el oído de mis dos abuelos que también cantaban.
Siento ese amor por mis raíces y soy una privilegiada que ha podido vivir con sus cuatro abuelos y ver que soy parte de cada uno de ellos. Y es una consigna que quiero seguir manteniendo incluso cuando ellos no estén aquí.
-Corroboras con ello que para ser consciente de la identidad no hace falta tener años. ¿Solo hace falta mirar desde la profundidad?
-Yo creo que hace falta mirar, ni siquiera mirar muy profundo, simplemente te das la vuelta y ves de dónde vienes y las cosas que te han sucedido. Y no solamente tiene que ver con las raíces, hay niños adoptados que miran a su alrededor y saben de dónde vienen porque su familia está allí con ellos. Igual no tiene tanto que ver con la profundidad sino simplemente con pararte a mirar.