Álex Avello, etólogo y divulgador asturiano: “Del 95% de los océanos, no podemos decir nada a ciencia cierta”

Álex Avello es etólogo, divulgador científico, fundador de la Asociación Oceavida y storyteller con National Geographic. Recientemente, ha publicado su último libro “Keni, la pequeña ballena” (editorial BABIDI-DÚ) y está inmerso en la grabación de una docuserie de tres capítulos titulada “Guardianes del Mediterráneo”.

Su patio de juegos fue y sigue siendo el mar. No concibe su vida alejado del gran azul y, desde siempre, ha entendido que preservarlo es también preservar nuestro futuro.
Vivir a medias no es una opción para él. Tampoco dejar pasar los días sin apostar por vivir con pasión aquello que hace que tu corazón lata con fuerza y se emocione. En sus propias palabras: «No le des la espalda a ese yo que grita dentro de ti, escúchalo, determina qué es lo que quieres y hazlo. Es mejor fracasar en lo que amas que tener éxito en lo que no».

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-¿Qué recuerdos tienes de tu infancia?
-Nací en Oviedo y los tres primeros años de vida los pasé pegado al mar en Oviñana, cerca de Cabo Vidio. Estuve con mis abuelos porque mis padres trabajaban fuera. De todo mi crecimiento y mi desarrollo, lo primero que recuerdo, los primeros pasos, son vivirlos en la playa de San Pedro. Allí fue donde aprendí a caminar, a correr, mi primera máscara de buceo, mis primeras aletas, mi primer salabre, mi cubito cuando iba a buscar cualquier atisbo de biodiversidad marina por las rocas, la primera tabla de surf y las primeras olas. Cuando nació mi hermana, todo siguió siendo mar. Paralelamente, crecí con una enorme librería de tomos amarillos de National Geographic, un montón de atlas de animales, álbumes de cromos también de animales y con los documentales de David Attenborough. Inevitablemente, ahí se plantó una semilla que se fue desarrollando con los años.

-¿En qué momento reorientaste tu futuro laboral hacia el mar?
-Estudié la carrera de educación con una mención en psicología y, cuando ya acabé, me dije: ahora que tengo un poco más de criterio, voy a hacer lo que realmente me llama. Descubrí un título en Madrid de animales exóticos y fauna salvaje y me fui a estudiarlo un año. A partir de ahí, es cuando empezaron los viajes. Me fui a Patagonia, Argentina, donde estuve viviendo un tiempo; luego estuve en Azores, Maldivas, Baja California y Puerto Rico. Pero sobre todo fue en Patagonia donde me enamoré del comportamiento animal. Allí, en la Península de Valdés, hay una familia de orcas de once individuos que hacen un comportamiento que se llama varamiento intencional.

-¿En qué consiste?
-La orca aprovecha la inercia de la ola para meterse en la arena y capturar a las crías de leones marinos. Luego empieza a recular y se vuelve otra vez al agua. Lo que me fascinó es que, de todo el mundo, solamente una familia de orcas lo hacía. Son grupos matriarcales y van pasando su cultura de generación en generación. De hecho, los grupos de orcas en otras localizaciones geográficas del mundo, tienen otros comportamientos diferentes. Por ejemplo, en la Antártida, cuando ven una foca encima de un témpano de hielo, empiezan a hacer el comportamiento espía. Se asoman, se retiran y vienen varias coordinadas buceando y hacen una ola que tira a la foca del témpano. Eso me estalló la cabeza. Ahí me dije: quiero saber sobre animales, pero no me gusta la biología, ni el tema de las células. Me gusta su comportamiento. Como ya venía de psicología, decidí hacer el máster de etología (rama de la biología que estudia el comportamiento de los animales en sus medios naturales).

-¿Empezaron después los viajes?
-Hice el máster y creé la Asociación Oceavida. Empecé la casa por el tejado haciendo un proyecto con manatíes en el Centro de Conservación del Caribe en Puerto Rico, donde estuve viviendo una temporada con ellos. Para mí fue como zambullirme en un arca de conocimiento brutal. Está considerado el mejor centro de conservación del mundo y sus profesionales son una pasada. Cada día salía de allí reventado mentalmente de todo lo que aprendía. De ahí salté directamente a Baja California Sur y monté un proyecto de conservación de ballenas jorobadas en México. Lo que hacemos es salir a estudiar los comportamientos de las ballenas y, sobre todo, ver cómo les están afectando factores externos, tanto antropogénicos como ambientales. Después ya me vine para España. Hace un par de años me instalé en Oviedo porque quería tener un nido, una burbuja. Una puerta que cerrar y decir: paz.

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-¿En qué momento y cómo llegaron los de los “tomos amarillos”?
-Lo que más me apasiona es la comunicación. Tengo tres libros publicados y siempre me gustó escribir artículos y utilizar cualquier herramienta que sirva para divulgar. Ya puede ser la fotografía, las redes sociales, artículos, libros y, ahora, recientemente, documentales. En medio de todo este trabajo en diferentes formatos, un día me llegó un correo de National Geographic. Lo tuve que mirar varias veces, para creerme que era real y no spam. ¡Resultó ser de verdad! Hoy en día soy storyteller con National Geographic y colaboro con otras muchas entidades.

-¿Te sigues encontrando todavía en la mirada de ese niño que estaba todo el día en la playa?
-100%. De hecho, me alegra que me lo preguntes justo así como lo has dicho porque, muchas veces, cuando tengo tres semanas seguidas para estar en Oviedo, lo que hago es irme a Salinas, a San Pedro o a una de esas playas donde yo crecí a respirar, caminar, apagar el ruido de todo lo que hay alrededor y sentirme ese niño. He visto a mucha gente que, cuando le van llegando las cosas, pierde esa humildad y yo, si algo quiero, es conservar siempre los ojos vidriosos de ese niño. Es una obligación.

-¿Y todavía te sorprendes de lo que ves?
-Sí. Cada cosita que vivo lo hace. Ahora mismo, por ejemplo, estoy supermotivado con un documental que estamos grabando que se llama Guardianes del Mediterráneo. Van a ser tres episodios y la idea es que estén en grandes plataformas. Va muy lento, pero ya tenemos el nombre del primer capítulo: “La Puerta del Mediterráneo”. Cuando me propusieron también ser el guionista, quise empezar por el Estrecho, un lugar que está sometido a tanta presión marítima, ambiental, con especies invasoras, las orcas y los cetáceos con los buques… Hay muchísimo de lo que hablar y por eso quería que eso abriese la puerta al resto de episodios.  

-¿En qué lenguaje te habla el mar?
-¡Buah! Mira, ya desde pequeñito, antes que de los animales, me enamoré del mar. Luego recuerdo que cuando ya tenía dieciocho años, llevaba a mi madre al aeropuerto a las cinco o seis de la mañana porque marchaba a trabajar a Madrid y me encantaba hacerlo porque sabía que, a la vuelta, iba a parar a ver el amanecer desde el agua en Salinas. No lo sabría definir, pero creo que recurriría a la palabra magia. Cuando estaba allí solo, el sentimiento que tenía era de paz, una calma en la que todo cobraba sentido. Sentía que pertenecía a eso, que era ahí donde tenía que estar. Me ha pasado siempre con cualquier mar en el que esté. Es como sentirme en casa otra vez.

-¿Qué encuentras en el mar que pierdes en tierra?
-Absolutamente todo. Tengo un recuerdo de cuando escribí el libro 20 días, 20 olas: cogí el coche y la tabla de surf y me fui durante veinte días por toda la costa norte. Recuerdo pararme en la playa de La Concha en San Sebastián. Era abril, había poca gente y era una época en la que tenía muchísimo ruido en mi cabeza. Siempre he intentado escapar de todo eso, seguir mi propio corazón y, en el mar, siempre he encontrado ese latido marcándome el camino. Es como que apago el volumen de absolutamente todo lo que hay en tierra con todas las cosas buenas y malas. A veces me preguntan cuál es mi mayor miedo en la vida y, normalmente, siempre son dos. El primero es perder a mis seres queridos, sobre todo a mi madre y a mi hermana. El segundo es que me tuviera que perder todo lo que en mi mente proyecto que va a existir o que puede existir y eso es una vida totalmente ligada al océano.

-¿Qué supone para la sociedad vivir de espaldas al mar?
-Es darle la espalda a uno de nuestros salvavidas planetarios. Muchas veces escuchamos “está ardiendo el Amazonas” y vemos que los titulares dicen que “se está quemando el pulmón del planeta”. El Amazonas genera entre un 6 y un 9% del oxígeno, mientras que el océano entre un 50 y un 80%. Ambos son importantes, pero tenemos en el mar a nuestro mayor aliado para combatir la crisis climática y es de los entornos que más maltratamos, ya sea con los vertidos de plásticos, la sobrepesca, la destrucción de especies marinas o la minería submarina. No le damos importancia y no somos conscientes de lo que nos podría ayudar.

-¿Cuál es el mito que, si lo eliminásemos, nos ayudaría a acercarnos a él de manera diferente?
-Que es infinito. Como a simple vista no pasa nada, seguimos manteniendo malos hábitos de relación con él, pero, desde hace poco, estamos viendo fenómenos muy palpables aquí en España como son las danas o las nevadas como Filomena. Estos fenómenos climáticos, y otros muchos que van a seguir pasando en el planeta, tienen muchísimo que ver con el mar y sus cambios de temperatura. Como sigamos así, vamos a llegar a un punto de no retorno que va a obligarnos a cambiar nuestro estilo de vida. Ya hay un informe que dice que dentro de veinticinco años habrá diferentes poblaciones de España que se convertirán en inhabitables porque van a estar más de siete meses al año por encima de los 35 grados.

-¿Y cuál es el descubrimiento que más nos sorprendería?
-Teniendo en cuenta que conocemos sólo un 5% de todo el océano, creo que nos sorprendería a todos absolutamente todo. Cuando damos charlas a niños, a todos les gusta el megalodón. Siempre les pregunto: ¿existe, no existe, se extinguió? La realidad es que no lo sabemos porque, del 95% de los océanos, no podemos decir nada a ciencia cierta. Tal vez haya evolucionado hacia nichos ecológicos más profundos que nosotros no conozcamos…

-¿Por qué dices que hay que dejar en los más pequeños dos legados duraderos: las raíces y las alas?
-Durante años, le he dado muchas vueltas a la manera más eficaz de trabajar para la conservación marina y me he dado cuenta de que los niños son la herramienta de conservación más importante del mañana. En esa clase donde estamos hablando, hay futuros alcaldes, gobernantes, arquitectos, médicos, empresarios, ceos, directivos… Esos niños van a ser personas con poderes en el futuro y, si conseguimos plantar en todos esa semilla de la conservación, crecerán con ese gen de querer preservar. De que le gusten los animales, el mar y la naturaleza. Tomarán caminos diferentes en la vida, pero ya tendrán dentro la necesidad de cuidar el entorno y todo lo que habita en él.

-¿Con qué te encuentras en esos colegios?
-Desde luego, están bastante más avanzados que nosotros. Uno de los motivos de ir a los coles y poner el foco en ellos es que cuando yo era pequeño, no tuve la oportunidad de que nadie viniese a nuestra clase a hablar de la contaminación acústica, la sobrepesca y de ninguno de los otros problemas que amenazan hoy en día al mar. Creo que hay que otorgarles la oportunidad de poder conocer. También les hablo mucho de la importancia del turismo responsable y sí que te encuentras con un nivel de conciliación diferente al que teníamos hace veinte años.

El etólogo y divulgador asturiano Álex Avello dando una charla en un cole.

-¿Piensas alguna vez que habrá cosas que las generaciones venideras ya no conocerán?
-Hay colectivos sociales, no solamente niños, que no tienen acceso al mar ya sea por cuestión económica, cultural o de medios y por eso hay que acercárselo. Lo que intento es llevar el mar, la conservación, sus maravillas, las amenazas y todo lo que engloba el océano o cualquier rincón del planeta a todos los que no tienen ese acceso tan fácil como el que podemos tener nosotros. Muchas veces nos parece algo muy cotidiano poder ir a la playa, pero para muchos no lo es. De pequeño no sabía cuál era mi misión, pero sí sabía que iba a estar ligada al mar y a los animales. Muchas veces hay que empezar a andar y, en el camino, nos iremos encontrando con un montón de cosas que nos van a ir abriendo puertas y descubriendo qué es lo que nos gusta y lo que queremos hacer.

-¿Qué animal de ese mar que amas es el que más te representa?
-Hay dos, uno de ellos es la ballena. Desde siempre fui “el niño de las ballenas”. Creé un proyecto de conservación con ballenas jorobadas que es mi especie favorita. En el camino, me encontré de manera muy mágica en diferentes puntos del planeta donde no tocaba que estuvieran con las orcas y me han fascinado. Es el animal apex de la cadena trófica de los océanos, tiene una inteligencia brutal y una capacidad predatoria increíble. Me fascinan sus grupos matriarcales, jerarquías, sus comunidades sociales. Su mundo es algo que me encanta.  

-¿Ponemos en ellos comportamientos que son nuestros?
-Efectivamente. Una de las grandes misiones es poder dar voz a todas esas especies que no la tienen. Nosotros usamos mucho el antropomorfismo para hablar de ellos y darles voces que, muchas veces, no se merecen. Por ejemplo, las orcas. Se les llama ballenas asesinas y esto es un error de traducción. Siempre pongo el ejemplo del león: si caza a una cebra, no lo llamamos el gato asesino. Pues con las orcas debería pasar lo mismo. Hay que divulgar para que exista un conocimiento real sobre el comportamiento de estos animales. Hace poco leí un artículo donde se decía que una orca asesina y su grupo de ballenas, buscaban venganza contra el ser humano. Para el que escribe está muy bien en plan titulitis, pero está totalmente fuera de la realidad. Hay que quitar esos mitos. En su caso, se está investigando ese tipo de comportamientos con los veleros, pero, a lo que más apunta, es a que sea un comportamiento de juego.

Álex Avello, etólogo y divulgador asturiano

-¿Alguna vez has tenido la sensación de que un animal te habla?
-Sí y yo también les hablo a ellos. Siempre que estoy en el agua voy haciendo los ruidos que, en mi cabeza, creo que me comunican con ellos. Tengo el recuerdo de una ballena jorobada en Baja California y es uno de los encuentros más mágicos que he tenido hasta el momento. Iba en paralelo con ella y había otra ballena sobre la superficie. En un momento determinado, la ballena empezó a girarse, miró hacia arriba, ella empezó a subir, yo a bajar y llegó un punto donde nos encontramos. Tengo un vídeo grabado del momento en el que ella estira su aleta pectoral y se queda como observándome con ese ojo tan mágico que tiene. Luego, prosiguió su camino. Siempre que entro en el mar, lo hago con la mirada de niño de la que hablábamos antes. Con los ojos vidriosos de descubrir con qué me voy a encontrar. Estoy superagradecido

-Y tú, ¿qué les dices?
-Como muchas veces les digo a los niños, intento que todos los encuentros sean transitorios. Agradezco muchísimo el poder estar ahí y que me permitan hacerlo porque, muchas veces, cuando un animal no quiere que estés, básicamente, se va. En ese momento no te sientes muy bien, es como si le hubieses molestado. Pero cuando sientes que estás teniendo esa conexión, para mí, es de los instantes más felices de mi vida. Te puedo hablar de tortugas, ballenas, tiburones, rayas o de un montón de especies más con las que he estado. Cuando me voy, siempre les doy las gracias.

-¿Crees que ellos entienden por qué estás ahí?
-Las ballenas son los animales que más te generan un sentimiento especial porque te miran con ese ojo que te transmite un montón de cosas. Cuando estuve con las ballenas grises en el norte de México, yo sentía como que ellas estaban pidiendo ayuda. Lo que percibo ya desde que estaba en el mar de pequeño y que sigo sintiendo ahora en distintos puntos del mundo y con animales diferentes, es como si me dijesen que continúe con mi misión porque los estoy ayudando. Lo que sirva o no de lo que estoy haciendo, se verá cuando llegue al final de mis días.

-¿Por qué dices que, en tus viajes, buscas miradas?
-Siempre me han apasionado, pero tanto en el ser humano como en los animales. Existe mucho en la mirada de una persona. No digo en sus ojos, que tal vez sea lo más superficial. Muchas veces, mirando, se establece esa conexión de almas. Siempre me ha fascinado y he buscado descubrir qué te puede estar diciendo esa mirada o lo que puede significar. Busco constantemente ese instante. Aunque sea un mínimo segundo vale mucho.  

-¿Sabemos mirar?
-Hay que aprender. En base a todo lo que hablamos antes, sobre todo, lo que hay que hacer es aprender a coexistir. Al final, el ser humano, para adaptarse, siempre ha destruido y seguimos haciéndolo. Hay un montón de especies que estaban aquí antes que nosotros y que hemos desplazado o extinguido. Debemos mirar con otros ojos mucho más responsables y empáticos hacia todo lo que nos rodea, hacia la naturaleza y aprender a convivir juntos. Es a partir de ella desde donde nosotros somos.

-En tus publicaciones dices que una de tus preocupaciones es cómo dejar de lado la pandemia del ego. ¿Qué es lo que te preocupa de ello?
-Me preocupa que, a lo largo de mi vida, me he encontrado con el ego en muchas partes del mundo de la conservación. Pensaba que ahí no lo había y me doy cuenta de que el orgullo, lo único que hace, es que pierdas tiempo. Anula cosas que pueden ser positivas. Creo que es algo que tenemos que derrocar como sea porque, al final, si una persona quiere llegar rápido lo puede hacer solo, pero todos juntos conseguimos mucho más. La vida dura un rato y no podemos perder el tiempo en tonterías. Necesitamos mucho más la unión, tender puentes, crear lazos.

Álex Avello, etólogo y divulgador asturiano, muestra su último libro "Keni, la pequeña ballena"
Álex Avello muestra su último libro: «Keni, la pequeña ballena».

-¿Hay algo en todo este camino que te haga dudar, pensar en abandonar?
-No. De hecho, siempre mantengo esa esperanza que tiene el niño. No voy a meterme en política, pero muchas veces escuchas cosas a Trump o a Vox, que te podrían hacer perder la paciencia, pero mi mayor esperanza es el ser humano y que creo que, por suerte, no estamos en el mismo momento en el que estábamos hace años. Todo va avanzando y se ven más entidades, medios, marcas y personas que se están sumando a la conservación. Nos están estallando en la cara muchas cosas que a la gente le va a hacer ver la realidad y darse cuenta de que igual todo esto que llevábamos hablando desde hace años, no está mal encaminado. Se va subiendo al barco cada vez más gente y yo tiro muchísimo de eso y de mensajes que me llegan de personas que me dan las gracias por la inspiración. Esto me llena muchísimo por dentro. Por ejemplo, me pasa con mi último libro Keni, la pequeña ballena. Cuando me mandan vídeos o fotos de todos esos niños trabajando con él en los colegios o amigos que me dicen que se lo compararon a sus hijos y se lo leen por la noche, estos mensajes me liberan mucha fuerza y me hacen saber que vale la pena todo.

-Conociste a Jane Goodall. ¿Qué hay de ella en ti?
-Era y es la etóloga por excelencia. Hay un libro de Doug Abrams que se titula El libro de la esperanza que recoge una conversación con ella. En una de sus páginas, muy cerca del inicio, Jane le dice que ha hecho muchos trabajos científicos y que eso es genial, pero que ella se considera naturalista. Cuando leí esa frase dije: ¡200% como yo! Soy etólogo, he realizado estudios científicos, pero nunca me he sentido como lo hago cuando divulgo o intento llevar el mensaje de la conversación por muchas partes como hacía Jane. Cuando la conocí, la miraba a los ojos y la sensación era la de perderte en un auténtico océano de sabiduría.

-Haces también mucha referencia a la magia. ¿Cuántas veces dirías que te la has encontrado?
-Me la encuentro todos los días en cualquier rincón. Me gusta mucho mirar la belleza del amanecer o de un atardecer en el mar. Ahí la estoy viendo. También la encuentro en muchísimas especies. Siempre he sido más de animales de mar que de tierra firme. El año pasado, por primera vez, estuve en África y pude ver todos los animales de la sabana con los que desde niño había soñado. Allí la vi en los ojos de las jirafas o de las cebras. Si como decíamos antes, sabemos tener esa mirada, la encontramos por todas partes

-¿Cómo la definirías?
-Son instantes. Me encanta no poder definir las cosas. Creo que esto me viene por ser etólogo. Dentro de la etología estás constantemente formulando hipótesis. Te tienes que repreguntar las cosas muchas veces y nunca encontrar una definición concreta, sino dejarlo abierto. Creo que hay muchas cosas que no se pueden definir y, constantemente, más en estos últimos tiempos, tratamos de ponerle nombre a todo. Queremos saber lo que son las cosas y tener todo bajo ese autocontrol. Es precioso dejarlo sin definir y más aún cuando entramos en el mundo de los sentimientos o de lo que nos dicta el corazón. No hay que ponerle nombres sino saber que existe y seguirlo.

-¿Crees que como especie nos hemos distanciado mucho del origen?
-Yo creo que sí. Inevitablemente vamos avanzando hacia la innovación, pero estamos mucho más desconectados. No voy a entrar, por ejemplo, en el tema de los niños y las pantallas porque forma parte de la evolución y habría que ver qué contenidos se les pueden ofrecer, pero cuando nosotros éramos pequeños, estábamos más tiempo jugando o subiéndonos a los árboles. Seguramente, si cojo a un grupo de adolescentes y les propongo ir a dar un paseo por la playa, hablar de las olas y darnos un baño, me dirán que están genial viendo Instagram o TikTok. Soy el primero que no hace más que pensar en cómo poder llegar a ellos y comunicarnos de una manera más efectiva.

Álex Avello, etólogo y divulgador asturiano

-¿En tu cuerpo hay más sangre o más salitre?
-Me quedo al 100% con el salitre. No concibo mi vida sin el mar. Ha sido mi patio de recreo, mi colegio, mi instituto y, de hecho, ahora ya lo puedo contar porque mi madre está curada de espanto, pero cuando me iba al instituto, muchas veces salía de casa, decía: “mamá, me voy” y lo que hacía era pillar la tabla de surf, coger el tren desde la estación de Llamaquique hasta San Juan de Nieva, caminaba por las vías y me iba a surfear. Llegaba a casa a la hora de comer. Mi instinto, mi naturaleza y mi corazón me llevó a seguir viajando y buscar destinos en los que había mar, olas y fauna salvaje.

-¿Más mareas que años?
-Totalmente. Con el tiempo, cada uno atraviesa diferentes mareas a lo largo de su vida. Te enfrentas a problemas con los que no cuentas y me encanta saber que nunca voy a poder controlar las olas o las mareas. Pero sí puedo aprender a estudiarlas o a surfearlas. Creo que de eso se trata mucho la vida, de que lo que te llegue a tu corazón lo afrontes firme y pisando el camino que quieres.

-¿Estás realmente donde te apasiona y quieres?
-Sí, totalmente. Estoy en ese camino y para nada veo un final. Existe una luz en ese túnel infinito y voy guiado e intentando llegar a ella. Disfrutando de todo lo que hay y de lo que me voy encontrando que es algo que me apasiona. Me gusta mucho la sensación de despertarme un día y no saber qué voy a hacer el próximo mes, dónde voy a estar. Sé que me van a poder surgir muchas oportunidades que me van a apasionar y que voy a saber en el momento en el que surjan si realmente las quiero o no. El corazón me va a decir si es lo correcto y, siempre en base a eso, voy a decidir. Yo siempre he dicho “a la deriva”.

-Creo que Álex Avello no sabe lo que es aburrirse…
-Intento no hacerlo, pero también creo que en esos procesos de aburrirse es donde encontramos el descubrimiento que nos cambia. Yo le llamo “los 5 minutos de tu vida”. Hay mucha gente que está haciendo cosas que no le dicen nada o no están donde quieren. A mí me pasó con 20 años, antes de decidir irme por medio mundo. Cuando te vayas a la cama, piensa que mañana, cuando abras los ojos, vas a estar viviendo la vida con la que sueñas. Es convertir en realidad esa frase de que, si hacemos lo que de verdad queremos, nunca vamos a llamarlo trabajo. Creo mucho en esos cinco minutos que cada uno puede tomarse para pensar y decidir qué es lo que realmente le apasiona y quiere hacer.

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Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

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