Hay conversaciones que no se olvidan y esta es una de ellas. Hablar con Herminio González Suárez, oncólogo y paliativista, es entrar en un territorio donde la vida y la muerte dejan de ser conceptos abstractos y se vuelven carne, mirada, presencia. En su voz hay una serenidad que desarma y una claridad que invita a detenerse, a respirar, a preguntarse si estamos viviendo como de verdad queremos. El Doctor Herminio acompaña a las personas en el tramo más frágil y luminoso de la existencia, y lo hace con una humanidad que invita a la reflexión. Esta entrevista es un viaje hacia ese lugar donde las palabras pesan, el tiempo se detiene y la vida se mira sin filtros.
-Trabajó varios años como médico oncólogo en el HUCA. ¿Qué le llevó a elegir esa especialidad?
-Es una pregunta compleja. Yo no hice la especialidad en España, sino en Portugal, donde me presenté al examen. Fui a elegir plaza con la idea de hacer cirugía o algo relacionado con el quirófano. Justo antes de escoger, la última plaza de anestesia –que me atraía mucho– se la adjudicaron a otra persona. La opción que me quedaba que incluía una parte quirúrgica fue oncología radioterápica. Y fue la que elegí.
Me dediqué muchos años a la braquiterapia, que es la parte más intervencionista de esa especialidad. Y luego está el cáncer, una enfermedad que provoca un enorme sufrimiento, sobre todo en sus fases finales.
-En ese momento, ¿qué pesa más: el dolor físico o el sufrimiento psicológico?
–Cuando a una persona le dicen que tiene un cáncer –o una enfermedad maligna, o “algo que no es bueno”– la noticia cae como un jarro de agua fría. Vivimos como si fuésemos invencibles, y asociamos la palabra “cáncer” con muerte. La muerte nos incomoda porque nos recuerda nuestras limitaciones y nos obliga a mirarnos de frente.
Ante noticias así, la gente queda desorientada, sin saber hacia dónde ir, y es ahí donde los oncólogos hacemos una labor de guía para explicar el camino, que suele ser tecnológico –quimioterapia, cirugía, radioterapia–, pero también humano. Hay que saber comunicar con serenidad, sin dramatizar, pero sin engañar.
La comunicación en oncología (y más aún en cuidados paliativos) es un arte. Puedes formarte, pero hay una parte innata, como quien nace para la música o el deporte. Es un equilibrio entre la técnica y la humanidad.
-¿Qué le hizo dejar la oncología para dedicarse a los cuidados paliativos?
-Fue una catarsis personal. Me vi en una superespecialidad llena de tecnología, pero donde la parte humana quedaba a veces relegada. Yo necesitaba volver a ella.
Puedo decir que los cuidados paliativos me devolvieron esa esencia. Siempre digo que es la parte más humana de la medicina. En paliativos no hay máquinas entre el paciente y tú: estáis frente a frente, acompañando un proceso vital muy profundo. Por eso lo considero el espacio más humano de todos.
«Cuando a una persona se le dice que tiene cáncer, queda desorientada, sin saber hacia dónde ir. Es ahí donde los oncólogos hacemos una labor de guía para explicar el camino (…). Hay que saber comunicar con serenidad, sin dramatizar, pero sin engañar»
-¿Cuál es la prioridad de los cuidados paliativos?
-La prioridad es siempre la persona: que se sienta escuchada, valorada, acompañada. Ya no hablamos de “éxito” médico, sino de relaciones, conversaciones pendientes, asuntos que resolver, emociones que ordenar. Y eso es complejo, porque vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Incluso personas muy mayores creen que aún hay margen para todo. Pero no es así.
Vamos tan rápido que no nos preguntamos si estamos viviendo de verdad. Yo me lo pregunté, y descubrí que no. Por eso digo que los cuidados paliativos me salvaron. Llegó un momento donde quise dejar la medicina.
-¿Cómo llegó a ese punto?
-No me convencía lo que hacía. Estaba enfadado con todo: con mi jefe, con mi servicio, con mis pacientes… pero en realidad con quien estaba enfadado era conmigo mismo porque había perdido la visión que me llevó a querer ser médico, una vocación que despertó en mi con sólo seis años.
Mi misión era ayudar, y sentía que desde la oncología no lo estaba haciendo. Puede sonar chocante, pero era así. Por eso tuve esa transformación interna. Me pregunté qué quería realmente. Y lo que quiero es cuidar a las personas en todas sus dimensiones: física, emocional y espiritual.
Ponerse en la piel del que va a morir
-Supongo que para acompañar a alguien en el final de la vida hay que tener una mente muy abierta, más allá de la religión o las propias creencias. ¿Hay diferencias en el modo de partir?
-Todos tenemos un lado espiritual. En unas personas está más ligado a una religión y en otras no, pero ese sentido de trascendencia –la idea de que hay algo más, llámese universo, supraconciencia, cielo o infierno– está en el corazón de todo ser humano y hay que ser muy respetuoso. Yo tengo mis creencias, pero no las impongo. Acompaño a cada persona en su propio camino espiritual, ayudándola a preguntarse si su vida ha tenido sentido, si ha merecido la pena. Ese es un trabajo muy personal. A veces es como atravesar un desierto interior que uno mismo ha ido construyendo y para el que no siempre ha tenido tiempo.
En el final de la vida surgen preguntas esenciales: quién soy, hacia dónde voy, qué he querido, cuál ha sido mi misión. Y también si has hecho felices a otros. Para mí, ahí está la clave: si has dejado un legado que haya mejorado la vida de los demás.
-Has dicho alguna vez que es un privilegio inmenso acompañar a alguien en sus últimos días. ¿Qué le lleva a sentirlo así? ¿Qué ha experimentado?
-Cuando acompañas a alguien en sus últimos días, la persona vuelve la vista atrás y revisa su vida como si fuese una película. Muchos llegan con la sensación de que “no han hecho nada”, o con desesperanza. Y tu labor es ayudarles a ver que su vida ha tenido valor, que no la han perdido. Han tenido una infancia, una juventud, una madurez; relaciones personales, profesionales, sociales… Si ellos no hubiesen existido, la vida de quienes les rodean no sería igual. Todos dejamos huella, aunque no lo pensemos. Y cuando el paciente lo descubre, encuentra sentido a su vida.
Si todos nos parásemos a pensarlo, veríamos que nuestra vida también ha influido en la de otros. Yo mismo lo veo: si no hubiese vivido, la vida de algunas personas no habría sido igual. Eso te hace comprender muchas cosas.
«Todos tenemos un lado espiritual. En unas personas está más ligado a una religión y en otras no, pero ese sentido de trascendencia –la idea de que hay algo más– está en el corazón de todo ser humano»
-¿Cómo se pone uno en la piel de alguien que va a morir?
-Es muy complicado. Atender a pacientes en los últimos días o con enfermedades incurables te enfrenta a tu propio final, a tus limitaciones. Es un trabajo personal que yo he hecho y sigo haciendo. Nadie lo tiene completamente resuelto. Si no haces ese trabajo interior, lo pasas mal. Tengo compañeros que actúan “por manual”, pero eso no funciona. Cada persona y cada familia es un universo. He visto familias estructuradas, desestructuradas… pero todos acabamos en la misma pregunta: ¿Ha servido mi vida? Y no hablo de vivir intensamente en el sentido superficial, sino de si has crecido como persona y has contribuido a mejorar la vida de otros.
Hay situaciones que te tocan profundamente. Por ejemplo, acabo de venir de poner un infusor a una mujer de 33 años. Cuando me abrieron la puerta descubrí que era la hija de una amiga mía de toda la vida. Tiene solo cuatro años más que mi hijo mayor. Eso es muy duro. ¿Qué haces? Pues dar un abrazo enorme y pensar que podría ser yo quien estuviese al otro lado de la puerta. Tienes que ponerte ahí de verdad porque, si no conectas, si solo sigues un protocolo, no sirve. La conexión humana es esencial.
-Y esa conexión es lo que le llena de esta profesión…
-Sí. Desde la medicina puedo aliviar síntomas y hacer que el paso a otra dimensión sea más llevadero. Pero también hay que velar para que no haya sufrimiento en la familia, dar palabras de aliento, procurar que el paciente marche tranquilo. Esa parte humana es la que llena.
-¿Cómo se cierra bien una vida?
-Aceptándote y buscando siempre puntos de mejora. Todos tenemos cosas que no hemos hecho bien, y se trata de intentar corregirlas. Pero hay algo fundamental: llegar al final sin arrepentirte de lo que no hiciste. Es terrible llegar al final y decir: “Quería haber hecho esto y nunca lo hice”. Cuando una persona llega al final habiendo hecho lo que quería hacer, sin arrepentirse por lo que dejó sin intentar, ha alcanzado la plenitud.
«Todos dejamos huella, aunque no lo pensemos. Y cuando el paciente lo descubre, encuentra sentido a su vida»
-¿Recuerda alguna vivencia con un paciente que le haya marcado especialmente?
-Sí, varias. Pero hay una que siempre cuento. En septiembre tuve que sedar a un amigo y eso es algo muy difícil, porque es alguien que ha formado parte de tu vida y de repente deja de estar, se marcha a otra dimensión y tú te quedas aquí. Es un duelo que te obliga a reinventarte como persona. Es algo muy complejo.
-Con toda su experiencia, ¿qué ha comprendido de la muerte que antes no sabía?
-Que el tiempo se nos va volando. Cuando entiendes que el tiempo es finito, valoras mucho más tu vida. La frase “el tiempo es oro” no la entendemos porque vivimos en una vorágine en la que los días parecen repetirse, pero no lo hacen.
Si he aprendido algo es a aprovechar el momento, Carpe Diem. Ahora, por ejemplo, estoy disfrutando de esta conversación contigo. Cuando pierdo el foco y pienso en lo que tengo que hacer después, en que no me da tiempo… sufro. Tenemos un presente que debemos aprovechar al máximo. Ese tiempo no vuelve, y puede hacernos mejores personas.
La muerte, un libro y el programa ANIMA
-En unos meses verá la luz su libro La muerte no incomoda si sabes cómo hablar de ella. ¿Qué va a encontrar el lector en esas páginas?
-Es un libro que habla de la muerte, pero no desde el punto de vista médico, sino humano. Habla de cómo vivir plenamente para que, cuando llegue la muerte, no incomode. He visto a muchas personas que, en el final de la vida, se dan cuenta de cosas que no han hecho. Lo descubren demasiado tarde, cuando ya no hay solución.
El libro va dirigido a quienes acompañan a pacientes en cuidados paliativos y también a los propios pacientes. La idea es recordar que la vida hay que vivirla.
Saldrá publicado el 1 de mayo y el día 6 haremos una presentación en Avilés, a las 19:30. Será la primera de muchas: Bilbao, Barcelona, Madrid…
-También está poniendo en marcha el programa ANIMA. ¿En qué consiste?
-ANIMA nace en paralelo al libro y está pensado para ayudar a los cuidadores. Muchas veces no saben si lo están haciendo bien, otros son muy perfeccionistas, otros sienten culpa. ANIMA es un sostén emocional para las familias, para que se sientan más tranquilas a la hora de cuidar, para que sepan que lo están haciendo bien y que tienen herramientas para gestionar sus propios sentimientos.
Quien cuida sufre mucho, tanto física como emocionalmente. No todo el mundo tiene la suerte de tener a un paliativista al lado. Para eso se ha creado este programa.
-Ha dicho: “A mí la muerte no me incomoda, me incomoda más el silencio”. Es un tema que, por lo visto, aborda con frecuencia en su casa.
-Sí, realmente sí. A mí la muerte no me incomoda porque hablo de ella. Hablo de ella como si fuera a venir una amiga que no sé cuándo llegará, pero tengo que estar preparado para recibirla. Y esa preparación consiste en hablar de cómo quieres que sea, cómo te gustaría marchar, cómo te gustaría que te recordaran.
Lo que me incomoda es el silencio. Muchas familias prefieren no decirle al paciente que se está muriendo, o es el propio paciente el que no quiere decirle a su familia que se está marchando. En paliativos hablamos de la “conspiración de silencio”: todos saben lo que está pasando, pero nadie lo verbaliza. ¿Por qué? Porque la muerte te pone cara a cara contigo mismo. Si has vivido olvidado de ti, la situación se vuelve muy difícil.
«La muerte es como si fuera a venir una amiga que no sé cuándo llegará, pero tengo que estar preparado para recibirla. Y esa preparación consiste en hablar de cómo quieres que sea, cómo te gustaría marchar, cómo te gustaría que te recordaran»
-Desde su experiencia como oncólogo, ¿en qué momento debería plantearse la derivación de un paciente a cuidados paliativos?
-Yo la haría cuanto antes. A veces la gente piensa: “Pero si aún no se está muriendo”. No se trata de eso. Cuanto más precoz es nuestra intervención, más eficaz resulta, tanto para el paciente como para la familia.
Intervenir pronto evita miedos, llamadas al 112, ingresos innecesarios, ambulancias… Muchas visitas a urgencias nacen del miedo: de no saber si se está haciendo todo lo posible. Cuando se acepta la enfermedad como una compañera a la que hay que abrazar, y no como un enemigo del que huir, se libera una carga enorme.
Paliativos en Asturias
-¿Cómo ve la situación de los cuidados paliativos en Asturias?
-Mejorable. Hay cosas muy buenas, especialmente la atención domiciliaria, que está bastante bien cubierta. ¿Podría ser mejor? Sí. ¿Podría haber más equipos? También.
Veo dos áreas clave para mejorar. La primera es la hospitalaria: en Asturias no tenemos una unidad de cuidados paliativos como tal que integre hospitalización, consultas externas y atención domiciliaria. Deberíamos tener unidades dentro de los hospitales para que hubiese una simbiosis real entre hospital y casa.
La segunda es la formación académica. En los grados de Ciencias de la Salud, la formación en cuidados paliativos es muy deficitaria. Si queremos formar médicos humanistas, no solo profesionales que se preparan para un examen MIR, hay que darles esa visión: no todo se soluciona con tecnología. Hay una parte profundamente humana que necesita formación reglada, y ahora mismo es muy escasa.
Crearíamos así, como dice el doctor Jacinto Bátiz, una cultura paliativa en la sociedad. Antes, en los pueblos y en las ciudades pequeñas, la muerte estaba presente en las casas. La gente enfermaba en casa, el médico iba, se cuidaba, se acompañaba. La muerte ocurría rodeada de los suyos. Eso lo hemos perdido. Ahora, el lugar “natural” para morir parece el hospital o la residencia geriátrica, y eso aleja a los niños y a la sociedad de una realidad que debería formar parte de la vida. La vida es limitada. Y por eso no podemos perder el tiempo: hay que ser feliz y hacer felices a los demás. Ese es el legado.
Al despedirnos del doctor Herminio González Suárez queda una sensación difícil de explicar: una mezcla de calma, gratitud y una especie de sacudida suave que obliga a recolocar prioridades. Sus palabras tan sencillas como hondas quedan latiendo un rato más, como si pidieran ser digeridas poco a poco. Sus palabras no solo hablan de muerte, hablan sobre todo de cómo vivir antes de que llegue; del privilegio de acompañar y de que mirar de frente lo inevitable puede ser una maravillosa forma de celebrar la vida.
¿Qué es ANIMA?
ANIMA es un programa creado por el médico paliativista Herminio González Suárez para acompañar emocionalmente a quienes cuidan de un familiar enfermo. Nace tras décadas de experiencia atendiendo a pacientes en el final de la vida y observando una realidad que suele pasar desapercibida: el cuidador también sufre, y a menudo lo hace en silencio.
El proyecto ofrece un espacio seguro donde los cuidadores pueden expresar dudas, miedos o sentimientos de culpa, y aprender herramientas para sostener el proceso sin agotarse. ANIMA trabaja aspectos como:
- La gestión emocional del cuidado.
- La comunicación con el paciente y la familia.
- El autocuidado, para evitar el desgaste físico y psicológico.
- La aceptación de la enfermedad y de los propios límites.
- La construcción de una mirada más humana hacia el final de la vida.
El objetivo es que la persona que cuida se sienta acompañada, comprendida y capaz. Como explica el doctor Herminio González, “no todo el mundo tiene la suerte de tener a un paliativista a su lado; ANIMA nace para ser ese sostén que tantas familias necesitan”. Instagram: @dr.hermi
Tuve la suerte de conocerle. Acompañó a una familiar y también a toda nuestra familia en sus últimos momentos. En situaciones así, no se valora lo suficiente lo importante que es no sentirse solo. Su humanidad, su cercanía y su forma de estar nos dejaron un recuerdo imborrable.
Gracias por tu comentario, Carlos. En este tipo de vivencias es donde se ve la humanidad de las personas y el valor que tiene cada gesto.
Un saludín!!