La Marcha de Mina Miura: dignidad en un territorio que se queda sin aliento

Cuatro mineros caminaron 150 kilómetros desde Ibias hasta Oviedo para reclamar doce nóminas impagadas. Su protesta, más que una reivindicación laboral, es el retrato de un sector en ruinas y de unas vidas golpeadas por la precariedad, la desprotección y la deshumanización empresarial.

Cuando los trabajadores de la Mina Miura llegaron a Oviedo, tras quince días encerrados en el interior de la explotación y seis jornadas de marcha, no solo arrastraban el cansancio físico. Lo que pesaba de verdad era la incertidumbre acumulada durante meses, la angustia de no saber cómo pagar la luz, la hipoteca o la comida de sus hijos. Caminaban con la espalda cargada de deudas, pero también con la determinación de quien ya no tiene nada más que perder.

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A su llegada, cerca de mil personas los acompañaron en los últimos metros. No era una manifestación más, era un abrazo colectivo a cuatro hombres que habían decidido convertir su desesperación en un acto de dignidad. En cada pueblo que atravesaron –Cangas del Narcea, Tineo, Salas, Grado–, los vecinos salían a la carretera para aplaudirlos, ofrecerles café caliente o simplemente decirles que no estaban solos. La cuenca suroccidental, castigada por el cierre industrial y la despoblación, se reconocía en ellos como en un espejo.

La situación que viven estos mineros va mucho más allá de unas nóminas impagadas. Muchos llevan meses sobreviviendo gracias a préstamos familiares o trabajos temporales que apenas cubren lo básico. La ansiedad se ha convertido en compañera de turno, y el miedo al futuro se cuela en cada conversación doméstica. Uno de ellos lo resumía con una claridad que desarma: «No pedimos limosna. Pedimos lo que ya hemos trabajado». Detrás de esa frase hay noches sin dormir, discusiones en casa, hijos que preguntan sin entender por qué su padre trabaja, pero no cobra.

La Marcha de Mina Miura. Mayo de 2026

La situación que viven estos mineros va mucho más allá de unas nóminas impagadas. Muchos llevan meses sobreviviendo gracias a préstamos familiares o trabajos temporales que apenas cubren lo básico.

El conflicto de Miura se superpone a la herida aún abierta del accidente de Zarréu, donde cinco mineros murieron en 2025. La tragedia dejó una marca profunda en toda la comarca. No solo por la pérdida de vidas, sino por la sensación de abandono que vivieron las familias. Nadie de la empresa les llamó para informarles del accidente; algunas se enteraron por la radio, otras por los vecinos.

La explotación, gestionada por Blue Solving, no tenía permiso para extraer carbón, pero lo hacía de forma habitual. La investigación parlamentaria ha sido contundente: denuncias ignoradas, inspecciones avisadas con antelación y una cadena de responsabilidades políticas y empresariales que falló estrepitosamente.

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Para los mineros de Miura, Zarréu no es un caso ajeno. Es un recordatorio de que la precariedad no solo empobrece, sino que también mata. Y de que, cuando algo ocurre, las familias quedan atrapadas en un limbo legal y emocional. Algunas, como la pareja de uno de los fallecidos, ni siquiera podrán acceder a indemnizaciones por no estar inscritas como pareja de hecho. Otras llevan más de un año sin ingresos, sin respuestas y sin la certeza de que algún día llegará justicia.

El entramado empresarial que rodea estas minas añade una capa más de desolación. Sociedades con capitales sociales mínimos, propietarios que cambian de nombre o de sede con la misma facilidad con la que incumplen nóminas, y operaciones tan opacas que cuesta distinguir dónde termina la negligencia y dónde empieza el fraude.

Figuras como Jesús Rodríguez Morán, conocido como Chus Mirantes o Fernando Martínez Blanco, un publicista reconvertido en empresario minero, aparecen en el relato como ejemplos de una gestión que ha puesto en jaque la vida de decenas de familias. Para los trabajadores, estos nombres no son titulares, son las personas que han puesto sus vidas patas arriba.

Llegada de la Marcha de Mina Miura desde Ibias a Oviedo tras recorrer alrededor de 150 km. 13 de mayo de 2026

El impacto psicológico de esta situación es profundo. Muchos mineros describen un estado de agotamiento emocional que no se ve desde fuera. La marcha, para ellos, fue también una forma de recuperar autoestima, de demostrar que no están derrotados. Caminaron para hacerse visibles, para que su historia no quedara enterrada bajo expedientes, promesas incumplidas y silencios administrativos.

Detrás de cada uno de ellos hay una familia que también sufre. Parejas que sostienen el hogar con trabajos precarios, hijos que ven a sus padres marcharse a caminar cientos de kilómetros; madres y padres mayores que vuelven a ayudar económicamente a sus hijos como si el tiempo hubiera retrocedido. La precariedad no afecta solo al salario: afecta a la salud mental, a la convivencia, a la esperanza.

La marcha de los mineros de Miura es, en el fondo, el símbolo de un sector que se apaga dejando tras de sí un reguero de precariedad, fraude y tragedias. Pero también es la prueba de que, incluso en las peores condiciones, los trabajadores siguen defendiendo su dignidad. En un contexto de empresas opacas y administraciones que miran hacia otro lado, ellos caminan. Caminan para cobrar, para ser escuchados, para no desaparecer. Caminan, sobre todo, para que nadie olvide que detrás del carbón hay vidas.

Leer reportaje completo en el blog Cartes de Cuturrasu


Miguel Ángel Fernández, autor de 485.2 kilómetros en las Marchas de la Dignidad y colaborador querido de Fusión Asturias, escribe desde un lugar poco habitual en el periodismo, el de quien acompaña. No mira la realidad desde lejos, sino a la altura de quienes la viven.

Acaba de caminar junto a los mineros de Miura. Su escritura nace de ahí, de esa cercanía que convierte cada crónica en un gesto de respeto hacia quienes luchan por mantener su dignidad en tiempos difíciles.

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Miguel Ángel Fernández es autor, entre otros libros, de "485.2 kilómetros en las Marchas de la Dignidad" (Sangar) / Foto gentileza de Díaz Tejera

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