Píldoras de Sabiduría

Recogedoras de algas en Zanzíbar
Recogedoras de algas en Zanzíbar
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Desde tiempo vengo pensando, y de paso expresando, que sería una sabia decisión que todo buen Maestro, el Maestro con mayúsculas, dedicara unos minutos cada día a poner un refrán o aforismo en la pizarra, o en el medio al uso, y cada día un alumno habría de reflexionar sobre el mismo en presencia de todos. Evidentemente se irían turnando de forma que todos tendrían la obligación y la oportunidad de pensar, interpretar y provocar porque aforismos y refranes interpretan la realidad, interpretan la vida.

Y así creyendo me veo en la obligación de proceder, es por ello que coloco en “pizarra” tres frases que pretenden desafiar los límites mentales.

“En cualquier hombre auténtico hay un niño que quiere jugar”
(Friedrich Nietzsche)

Para Nietzsche (Filósofo alemán, 1844-1900) creer que los cuentos y los juegos son cosas de la infancia es signo de una gran miopía intelectual. La vida tiene color, tiene sentido, tiene sonido y es gratificante si somos capaces de mantener la curiosidad y el espíritu lúdico.

La misma postura mantuvo Saint-Exupery (aviador francés, escritor 1900-1944), postura que puso de manifiesto en su obra más conocida, El Principito, en la que nos dice: “Todos los mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan”.

Hacerse mayor no tiene que significar perder la inocencia y el alma de los niños, porque conservar y mantener al niño que llevamos dentro es bueno, se tenga la edad que se tenga.

Y, en ese sentido, cabe recordar, o quizá aprender, que vivir y existir son cosas diferentes. Los niños ¡Viven! miran las estrellas, juegan con las estrellas, cuentan las estrellas, las esconden tras las nubes para luego redescubrirlas. Observar e imaginar porque en la imaginación también está nuestra vida.

Por tanto, a partir de la frase en la pizarra debemos reflexionar y debemos concluir. Conclusión para el día a día, para ser más felices, para afrontar nuestro discurrir y, quizá, la adversidad cuando sea necesario.

Las conclusiones podrían ser:

  • Mientras haya claros en el cielo la vida es bella. Entrenemos el ojo infantil para descubrirlos.
  • La madurez de un hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.
  • Los cuentos se escriben para dormir a los niños, pero también para que los hombres despierten.

Segundo “apunte de pizarra”:

“Usar las mismas palabras no es garantía suficiente para el entendimiento… hay que tener experiencias comunes”
(Autor desconocido)

En la novela Amor en minúscula, se pone el siguiente ejemplo:

“Imagina que voy a hacer un largo viaje del que no sé cuándo volveré y tú vas a la estación de tren a despedirme. Si luego nos comunicamos por correo o por teléfono y rememoramos aquella despedida nos estaremos hablando de lo mismo, aunque alimentemos la ilusión de que es así. El tuyo y el mío serán recuerdos diferentes cuando no directamente opuestos. Tú recuerdas a un hombre que se aleja en un tren y saluda con la mano desde la ventanilla. Yo, en cambio recuerdo a un hombre que estaba inmóvil en el andén y se hacía pequeño…”

Y eso es lo único que podemos compartir, la sensación de que el otro se hace pequeño.

La conclusión, o moraleja, es la siguiente:

  • Si no se comparten experiencias comunes es difícil de entenderse. Por ello el refrán “Hablando se entiende la gente” es una verdad a medias, una verdad que necesita revisión y matización, esa matización que surge del análisis y de la reflexión: “Hablando se entiende la gente que ha tenido, o tiene, experiencias comunes”.
  • Sería, por tanto, una gran innovación, hacer lo que propongo, porque ayudaría a ir matizando, cuando así conviniera, lo inacabado, eso que va adquiriendo otra dimensión a través del conocimiento que vamos recogiendo en nuestro caminar por la vida. Ya Ludwing van Beethoven (compositor alemán, 1770-1827) lo expresó de la siguiente forma “Hay momentos en que me parece que el lenguaje no sirve todavía absolutamente para nada”. En todo caso es el instrumento que tenemos y es por ello que tenemos que afinarlo en la medida a la que anteriormente me he referido. Quizá entonces nos ayudaría a entendernos mejor.

Tercer “apunte de pizarra”:

“Todos sabemos por experiencia propia que los ambientes tristes generan y atraen más tristeza, mientras que los entornos optimistas ayudan a generar bienestar emocional”
(Carlos López-Otín)

Carlos López-Otín es uno de los investigadores de mayor relevancia internacional y catedrático de bioquímica de la Universidad de Oviedo donde compagina su actividad docente con la investigación sobre el cáncer y el envejecimiento.

Cuenta en su libro “La vida en cuatro letras” la siguiente experiencia vivida en la Isla de Zanzíbar a la que acudió de vacaciones:

“Por la mañana temprano, como es habitual en mí, salí a encontrarme con la vida. En este caso la vida estaba a pocos metros…. era simplemente una inmensa playa de arena blanca. Me senté bajo una palmera y me puse a mirar, a pensar y a sentir. Al poco rato la vida empezó a crecer, a lo lejos unas manchas multicolores se aproximaban a un ritmo pausado. Eran zanzibareñas vestidas con trajes que exploraban sin pudor todas las combinaciones cromáticas. Supe entonces que eran recogedoras de algas… Durante una semana apenas hice otra cosa que disfrutar del mismo espectáculo”.

Las conclusiones se dejan ver rápidamente:

  • Busquemos lugares confortables, agradables, bellos, coloridos. Dejemos entrar el sol en nuestras viviendas, en nuestras vidas.
  • Salgamos, como diría López-Otín, a encontrarnos con la vida, con el movimiento, con el bullicio, con el color. Rompamos rutinas. ¡Vivir, no existir sombríamente!

Con estas frases sabias, píldoras de sabiduría, viajamos por la vida, recogiendo a la vez otros conocimientos que nos vayan saliendo al paso.

De la pizarra al asfalto, al camino.

Observando, avanzando… porque tal como dijo Nietzsche “Solo los pensamientos que nos vienen caminando tienen valor”.

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