David Carricondo, hospitalero del albergue de Bodenaya

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David Carricondo y Celia Gubea frente al Albergue de Bodenaya, el cual regentan.
David Carricondo y Celia Gubea frente al albergue que regentan / Fotos cedidas por Albergue de Bodenaya
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El Camino de Santiago es su norte. David Carricondo reconoce que en esto es un poco friki, pero los peregrinos que llegan hasta su albergue en Bodenaya, Salas, salen profundamente agradecidos y con necesidad de retornar algún día. Tal vez porque este peregrino y hospitalero no entiende otra forma de vida que abrir cada día y de par en par las puertas de su casa y de su corazón a la familia de peregrinos.

David Carricondo
David Carricondo

Tenía lo que se considera una vida normal: unos estudios, un trabajo… hasta que decidió hacer la peregrinación a Santiago de Compostela. La experiencia le acabó enganchando y mientras realizaba el Camino Primitivo, este madrileño de Aranjuez hizo parada en Bodenaya. El hospitalero que le atendió, Alex, fue quien años más tarde le pasaría el relevo en esta tarea. “Yo había estado viviendo en otras partes del Camino muy especiales como Foncebadón, acogiendo a peregrinos como hospitalero voluntario, -explica Carricondo. Las causalidades propias del Camino le trajeron hasta este lugar de Asturias donde ahora comparte la experiencia de acoger peregrinos con Celia Gubea, la barcelonesa que conoció siendo hospitalera en el albergue de La Espina, el pueblo de al lado. “Vine en 2015 y aquí me enamoré de Celia, me la ligué para quitar la competencia -David se ríe al contarlo- y desde hace cuatro años vivimos aquí. El albergue es nuestra casa; en realidad nosotros somos peregrinos que compartimos nuestro hogar cada día con otros peregrinos”.

Bodenaya es un albergue que mantiene el espíritu puro del Camino, donde los hospitaleros comparten mesa con los caminantes, les curan las heridas y les ayudan en todo lo que pueden. Una hucha recuerda que, si quieres, puedes hacer un donativo.

-Qué vueltas dio la vida para que acabases en Bodenaya, donde ya llevas siete años.
-El de Bodenaya fue el primer albergue privado que empezó en Asturias, lo abrió un taxista de Vallecas. La primera persona que durmió aquí lo hizo en julio de 2007, y yo de las cuatro veces que hice el Camino Primitivo, tres dormí en Bodenaya. Para mí, no era un albergue, Bodenaya era ‘casa’, y yo tenía ese sentimiento de que venía a casa con Alejandro. Cuando él tuvo que marchar, yo cogí la casa para seguir esa hospitalidad, no quería que se perdiera un albergue así.

-¿El Camino ha marcado tu vida a diferentes niveles?
-Sí, en todo. Siempre se dice que el Camino te da lo que necesitas, no lo que quieres, y todo lo que he necesitado me lo ha dado.

“El Camino hace a todo el mundo igual, da igual que seas joven o mayor, que seas cristiano o budista, seas lo que seas, tengas mucho o poco poder económico, aquí todos tenemos que sufrir las mismas ampollas y el mismo cansancio”

-Has comentado en alguna ocasión que el Camino es una línea de realidad frente a un mundo irreal. ¿Por qué lo consideras así?
-Hemos oído muchas maneras de definir el Camino y esa frase me la comentó un peregrino que es un alto cargo de los Mossos d’Esquadra y es que es la realidad. En el Camino hay una humanidad, hay unos valores que son los que intentamos promover en lugares así, valores cristianos de compartir, de ayudarse, de respetarse. En una sociedad como en la que hoy vivimos, tan competitiva, tan deshumanizada, lo que se vive en el Camino termina siendo más real, más humano que lo que vivimos en el día a día. El Camino hace a todo el mundo igual, da igual que seas joven o mayor, que seas cristiano o budista, seas lo que seas, tengas mucho o poco poder económico, aquí todos tenemos que sufrir las mismas ampollas y el mismo cansancio. Lo que se crea es una realidad muy bonita, una realidad humana. Por eso, la vida que se experimenta aquí para nosotros es más real que lo que se vive día a día en una ciudad.

-Haces alusión a los valores cristianos, pero quienes llegan no necesariamente tienen que ser de esa confesión.
-Los restos del Santo Apóstol se descubren en el siglo IX, el Camino tiene 1.200 años y sigue siendo el mismo, solo ha cambiado el peregrino y sus motivaciones de caminar. Durante esos 1.200 años, la sociedad, la cultura y la religión han cambiado y el Camino es un reflejo del peregrino. En la Baja Edad Media se hacían peregrinaciones cristianas puras y duras, mucha gente moría durante el recorrido. Ahora es distinto, el peregrino es más espiritual, y aunque en muchos se mantenga ese componente cristiano, también hay otro tipo de motivaciones: culturales, deportivas e incluso gastronómicas. Hay peregrinos que lo están haciendo porque quieren descubrir la gastronomía de cada lugar, pero como en el Camino somos una familia que nos respetamos, aquí todo el mundo es igual.

“Siempre se dice que el Camino te da lo que necesitas, no lo que quieres, y todo lo que he necesitado me lo ha dado”

-Visto lo visto, ¿se puede decir que no existe una única definición del Camino y que casi habría una por cada persona?
-Eso, hay tantos caminos como peregrinos, porque incluso un mismo peregrino es una persona diferente cada año de peregrinación. Por ejemplo, yo he hecho el Primitivo cuatro veces y en esas cuatro ocasiones, aunque el escenario fuese el mismo, yo era diferente, y las personas con las que me encontré y pude compartir el trayecto también eran diferentes. Además, en cada momento vienes buscando cosas distintas, un año puedes hacerlo por una cuestión de desamor, otro, porque estás un poco perdido en la vida, y en otra ocasión, porque te encuentras bien pero quieres volver a vivir la experiencia.

Interior del Albergue de Bodenaya (Salas)
Peregrinos en el interior del albergue de Bodenaya

-He leído que el Camino descoloca y descarrila a cada uno en su vida para, luego, volverla a encarrilar.
-Sí, a lo mejor es lo que se dice de que Dios escribe con renglones torcidos. El Camino te ayuda a cuestionarte muchas cosas, porque en nuestra vida, a veces, la velocidad es tan grande que vamos corriendo y no tenemos tiempo de pararnos, de ver las señales que nos ofrece la vida. El Camino es lento, es pausado y te da tiempo a ver esas causalidades, a reconocer esas señales, a mirar un poco dentro de ti. Al mismo tiempo es algo muy sencillo, muy básico; solo tienes que preocuparte de caminar, comer, ducharte, y lavar unos calzoncillos. Es algo que te permite valorar otras cosas, el compartir y entender que a lo mejor tu vida no es tan real como pensabas, y ver que hay muchas otras realidades. A lo mejor te encuentras a un peregrino que acaba de superar un cáncer o que lo tiene en ese momento, y tú que piensas que tienes un problema, a su lado te das cuenta que lo tuyo es una tontería. O vienes porque has tenido una ruptura sentimental y te encuentras con otro peregrino que te cuenta que se ha casado ocho veces. Es curioso lo que crea el Camino, porque te da lo que necesitas.

-¿La simplificación del día a día te enseña a reconocer lo que es importante?
-Sí, es como dicen los ingleses, Back to basic, volver a la esencia, a lo básico. Una vez conocí a Cristian, un brasileño que había vivido catorce años solo en el Amazonas y él me decía: “David, en nuestra sociedad tenemos un problema porque sabemos que mañana tenemos un plato de comida. Si no lo supiéramos, los problemas que tenemos ahora serían tontos”. Y eso es lo que hace el Camino, te hace preocuparte de cosas muy básicas.
Además, hoy en día vivimos en una sociedad en la que todo está muy estructurado y tú sabes lo que vas a vivir mañana y casi con qué horarios. El Camino no tiene eso. Tú echas a andar y no sabes qué va a pasar, ni al lugar dónde vas a llegar, es un descubrimiento momentáneo a cada rato. Avanzas y tan pronto llegas a un valle súper bonito como a un pueblo o encuentras una subida dura ante la que sueltas un ¡ostia! o llegas a un albergue en donde te recibe un hospitalero al que no conoces. Es todo un descubrimiento, te revienta la puta cabeza.

“En nuestra vida, a veces, la velocidad es tan grande que vamos corriendo y no tenemos tiempo de pararnos, de ver las señales que nos ofrece la vida. El Camino es lento, es pausado y te da tiempo a ver esas causalidades, a reconocer esas señales, a mirar un poco dentro de ti”

-Quien hace el Camino ¿siente la necesidad de repetir la experiencia?
-Hoy en día cuando dos peregrinos se cruzan se desean “Buen Camino”, y ¿sabes cómo se dice en polaco? se dice ‘dobrei drogui’, y ¿cómo se dice en polaco ‘camino’? se dice ‘droga’. Esto es una puta droga, la jacobina. Entre los peregrinos hablamos que cuando la jacobina se te mete en vena ya no puedes salir, estás enganchado para toda la vida. Lo que engancha es esa humanidad, el volver a creer en las personas, el sentirte en un entorno agradable, el poder sentarte en donde quieras, que te quites las zapatillas y todas las personas que pasen por tu lado se paren a preguntarte qué tal estás. Eso lo haces en la ciudad y no se para nadie.

-Al llegar a vuestro albergue al caminante le laváis su ropa y le preparáis la cena. ¿Cuál es el objetivo de este recibimiento?
-Lo hacemos para que tengan tiempo de compartir y poner en práctica todos esos valores humanos de los que hemos hablado, porque cuando esos valores desaparecen ya no es Camino, es una ruta de senderismo. Tanto los hospitaleros como los peregrinos que llevan mucho tiempo tenemos la labor de educar al peregrino. Ahora se utiliza de manera despectiva la palabra ‘turigrino’, que junta al turista con el peregrino, pero todos hemos sido en algún momento turigrinos. El primer año que hice el Camino, en 2003, cuando salí de Burgos, era un turigrino que salía con la mochila a buscar flechas amarillas. Cuando empiezas a hablar con quienes lo han hecho varias veces y te explican lo que es caminar, la historia de las peregrinaciones, y cuando llegas a albergues como puede ser el de Grañón, vas entrando en otro sentimiento. Esto es lo que intentamos hacer en casa, explicarles un poco lo que es, que la gente se ayude por la tarde y que compartamos una mesa. Luego, entre todos los peregrinos, se decide una hora para despertarse y lo hacemos con música para que tengan un despertar bonito. Se trata de educar y que la gente comparta, que se integre y tengan ese sentimiento de familia. Nosotros queremos vivir la experiencia de ayudar a la gente, no podemos cambiar el mundo, pero cada día en casa provocamos un pequeño micromundo, el mundo que nos gustaría.

“Para nosotros no vienen peregrinos cada día a casa, sino que cada día viene una familia, y así los recibimos”

Comida junto a los peregrinos en el Albergue de Bodenaya (Salas)

-¿Qué ocurre cuando, tras un día caminando, os sentáis juntos a la mesa?
-Cuando a las personas les invitas a que compartan, te abren el corazón, te abren el alma. Nosotros promovemos que antes de cenar cuando uno se presente en la mesa, si quiere que comparta algo para los demás, un consejo útil para el Camino, una motivación para hacerlo… lo que cada uno quiera. Cuando la gente abre su corazón y lo deja encima de la mesa se crea magia, y eso lo hacen los propios peregrinos.

-Recibir a tanta gente y todos los días, ¿no supone un enorme desgaste de energía?
-Es verdad que esto es muy intenso, pero los hospitaleros también somos un poco vampiros de la energía de los peregrinos. Cuando hay mucho mogollón requiere más esfuerzo físico y psicológico, y cada época es diferente, no es lo mismo el peregrino del mes de agosto que el de invierno. En agosto, la energía que hay es diferente, hay más caminantes que peregrinos, y nosotros cerramos un día para descansar. Luego en diciembre y enero cerramos un mes y medio para hacer el Camino porque seguimos siendo peregrinos. Es importante no olvidar ese agotamiento, ese desfallecimiento emocional o qué se siente cuando caminas con ampollas y llegas a un albergue. Como hospitaleros, es muy importante para poder empatizar con los que luego llegan a Bodenaya. Para nosotros no vienen peregrinos cada día a casa, sino que cada día viene una familia, y así los recibimos.

“Nosotros queremos vivir la experiencia de ayudar a la gente. No podemos cambiar el mundo, pero cada día en casa provocamos un pequeño micromundo, el mundo que nos gustaría”

-¿Cómo habéis vivido el tiempo de pandemia, incluyendo el periodo de confinamiento más estricto?
-Pues nos ha dado algo diferente. La palabra ‘crisis’ en japonés es ‘problema y oportunidad’, son dos palabras juntas, y así es como lo hemos vivido nosotros. Para muchos albergues que han hecho una inversión grande este año fue un problema, pero para nosotros fueron los mejores años. Era tener ese peregrino que en realidad sentía el Camino, acogíamos a pocos en casa, tres o cuatro, y era todo muy familiar y muy intenso.
Hubo momentos, como el año pasado en el que no nos manteníamos, así que Celia se fue a trabajar a un hotel y yo a ordeñar vacas. Además, como en Bodenaya somos muy pocos y nos llevamos muy bien entre todos, yo siempre tenía alguna cosa para arreglar en casa de algún vecino. En el confinamiento también daba clases de whatsapp para que pudieran hacer videollamadas con sus hijos. La vida es maravillosa, solo hay que cambiar los ojos, y aceptar. No hay problemas, siempre aparecen oportunidades. Todo está bien, esta es nuestra frase.

-Como uno de los protagonistas del libro La maravillosa vida de la gente corriente, de Iván Ojanguren, el autor resalta de ti la capacidad de mirar al pasado y saber entenderlo.
-Sí, es que como decía: un problema es una oportunidad al mismo tiempo. Antes en Bodenaya dormían a lo mejor veinticuatro personas y era una locura, no podíamos cuidarlos. Yo me iba mal a la cama porque no podía atenderlos como yo quería. Por eso tener tres o cuatro peregrinos era una maravilla.
Y ahora que se están abriendo albergues que cada vez son más grandes, nosotros vamos al revés; hemos ido reduciendo camas progresivamente, de veintiuna pasamos a once. Nosotros queremos ser ricos, pero en experiencias.

“La palabra ‘crisis’ en japonés es ‘problema y oportunidad’, son dos palabras juntas, y así es como lo hemos vivido nosotros durante la pandemia”

-¿Seguís funcionando en base a la voluntad del peregrino?
-La filosofía del donativo es como era la acogida tradicional en el Camino. Aquí todos somos iguales, lo mismo puede venir un ama de casa, que un alto ejecutivo de la Samsung, un barrendero, o un juez del Tribunal Superior de Justicia de Murcia. Todos tenemos las mismas ampollas, caminamos los mismos pasos, el mismo cansancio y las mismas necesidades y si nosotros ponemos que este albergue vale tanto, a lo mejor hay peregrinos que no se lo pueden permitir.
Nosotros no decimos nada, ni siquiera que es donativo. Cada cuatro o cinco días, cuando tenemos que hacer la compra, se abre la caja y ya está. Si sobra dinero de la compra se guarda para el mantenimiento del albergue.

-Vuestra forma de vida también os obliga a un permanente desapego. ¿Cómo se vive cada día en un constante acoger peregrinos de los que os despedís al poco tiempo?
-Es una aceptación, pero nos pasa a nosotros y a cada uno de los peregrinos porque el Camino acaba siendo como una vida concentrada en unos días. Para la mayoría de los hospitaleros es un aprendizaje propio el tener que despedirse cada día de una familia. Las hay muy especiales, y si cada día sale caminando un cachito de tu corazón, el corazón se vacía y te revienta. Nosotros utilizamos mucho el tema de la limpieza de la casa, es un acto físico pero también psicológico. Cuando empiezas a recoger la cama donde una persona durmió la noche anterior, le das las gracias por aportar su energía, su esencia, le deseas lo mejor y te despides de ella y al limpiar la cama ya queda limpia a todos los niveles. Es un trabajo interno, personal de cada uno.

Peregrinos frente al Albergue de Bodenaya (Salas)
David con un grupo de peregrinos, frente al albergue

-¿Qué es para ti la felicidad?
-Una cosa es la felicidad y otra la dicha, la felicidad es algo efímero, tiene tiempo, es como una montaña rusa que sube y baja. Tú eres feliz cuando te has comprado un traje de Gucci y durante los diez minutos que lo desempaquetas o cuando te has comprado un coche, pero cuando te sientes dichoso es estar arriba siempre, el sentirse bien contigo, con lo que haces, con cualquier pequeño detalle porque somos afortunados. Es una gran diferencia y también el gran error que tenemos en nuestra sociedad. La dicha la llevas tú y no tiene nada que ver con ser feliz.

-Algunas de las personas que recibís deciden emprender el viaje a Santiago debido a momentos personales difíciles. ¿Se puede huir de los problemas?
-No, podemos dejarlos un poco apartados, pero siempre vuelven, y son cosas que tienes que solucionar. Puedes huir el tiempo que quieras, pero al final van a volver a aparecer. Es algo que hay que afrontar y la solución la tenemos nosotros. Somos perfectos como somos y tenemos las herramientas necesarias para solucionar esos problemas que a veces son miedos o egos. Y si no quieres afrontarlo en este momento, la vida se encargará de ponértelo más adelante, así que no pasa nada, todo está bien.

“La felicidad es algo efímero, es como una montaña rusa que sube y baja. Pero cuando te sientes dichoso es estar arriba siempre, el sentirse bien contigo, con cualquier pequeño detalle porque somos afortunados”

-Tras siete años de hospitalero en Bodenaya habrás presenciado trances difíciles, en los que hay que dejar atrás cosas dolorosas.
-Sí, hay momentos más complicados, otros menos, pero cada día es un aprendizaje, porque no sabes quién va a llegar a casa, qué historia trae, en qué situación viene, qué está buscando… Cada día compartes con unas cuantas personas sus experiencias y su vida. El otro día, por ejemplo, una peregrina llamada Carmen nos explicó durante la cena que hacía el Camino porque se había muerto su madre, y cuando una mujer de unos sesenta años rompe a llorar hay momentos de pausa antes de ir a darle un abrazo y decirle que todo está bien. Hay momentos complicados, a veces algunas personas se vienen abajo porque llegan con una lesión física muy grande y ven que no van a poder llegar a Santiago. Tienes que tenerlas en casa cuatro o cinco días, arroparlas mucho y explicarles que esto no es una derrota, que el Camino tiene paciencia infinita. Que regresen a casa, se recuperen y cuando estén bien, vuelvan otra vez y lo terminen.

-Cuéntanos algo de las experiencias más bonitas que recuerdas.
-Muchas historias de amor. Aquí en Bodenaya se han hecho parejas para aburrir. Antes había pocos albergues y necesitábamos camas y en alguna ocasión, cuando veía a dos que estaban muy acaramelados, les decía que podían hacer la cucharita y dejarme una cama libre. Algunos me han escrito para decirme que ya llevan siete años juntos. Son esas causalidades y conexiones que crea el Camino entre uno y otro.
También cuento mucho la historia de Carmina, una mujer mayor, vecina del pueblo. Un día estábamos sentados fuera del albergue y había un peregrino, y ella me preguntó que de dónde era. Yo le contesté que de Australia, y entonces me dice: “ostras, allí yo tengo un familiar, a lo mejor lo conoce”. Y yo le decía, “pero Carmina, Australia no es un pueblo, es continente”.
Pues hace tres años aparecen un hombre de origen italiano, Giuseppe, y su hija Patricia, que vivían en Australia. En pleno mes de marzo, con un frío de la ostra, era su primer Camino, lo cual no es muy normal, así que les pregunté que cómo es que hacían este camino en invierno. Pues resulta que el vecino de la casa de al lado de Giuseppe era Perfecto, un asturiano de La Espina, y era el cuñado de Carmina. Había emigrado hace sesenta y dos años a Melbourne y no había vuelto a Asturias, y sigue viviendo en Australia como antiguamente, sin lavadora, sin teléfono… Nos enteramos que todavía tenía una hermana en La Espina, así que nos fuimos a verla mientras el novio de Patricia se acercaba a casa de Perfecto y poco después, a través de una video-llamada, pudieron volver a verse. Después de tantos años pudo hablar con su hermana y volver a ver la casa donde nació, fue muy emocionante. Esta es una historia muy emblemática porque es muy de Asturias, de la gente que tuvo que emigrar y que no pudo regresar.

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