Alberto Vior: “Lo de Rusia fue una relación de amor-odio”

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Alberto Vior, motero viajero
Alberto Vior / Fotos cedidas por Alberto Vior
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Fueron 54 días de viaje y 28.000 kilómetros de ruta en moto. Se dice pronto, pero se le hicieron eternos. Una población con pocos recursos, carreteras sin asfaltar, soledad, mal tiempo… Esta vez la mayor aventura fue resistir, apretar los dientes y repetirse sin descanso que solo había que aguantar un poco más, que la gente que había detrás del proyecto bien merecía ese esfuerzo. Y vaya si aguantó.

Dice que, de momento, no quiere volver a Rusia. Prefiere que lo visiten en España todos los amigos que hizo en esta travesía. Ahora toca reflexionar, dejar que repose un poco la experiencia y sentarse para empezar a escribir las aventuras de este segundo viaje que le ha enseñado a valorar todo cuanto tiene en su día a día. Alberto Vior ejerce como policía nacional en una comisaría de Avilés, pero su verdadera pasión es viajar en moto.

-¿Cómo fue el trayecto que hiciste?
-Salí de aquí el 27 de julio con una PCR que duraba tres días. No quería pararme en Europa y tener que hacerme otra, así que pasé Europa en ese periodo. El primer día dormí en un bosque cerca de Orleans (Francia), el siguiente lo hice en Alemania y el siguiente en un bosque de Letonia. Me levanté a las cinco de la mañana, me puse detrás de una caravana de camiones y a las once ya estaba en la frontera rusa. Fui por el norte del país hasta Krasnoyarsk e Irkutsk, llegué al Lago Baikal, que es impresionante y en invierno se congela, y pasé al lado de Kazajistán. Se nota un cambio de paisajes cuando viajas cerca de las fronteras con estos países. En la frontera con Mongolia, los bosques típicos de Rusia desaparecieron y todo eran estepas. Me hizo gracia hablar con la gente y enterarme de que les encanta venir de vacaciones a Benidorm. Se lo pasan súper bien y se meten unas comilonas impresionantes. Cuando veían que era español les caía simpático y muchos me decían: “Alberto, ¡San Miguel!”.

Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia

-¿Hasta dónde llegaste?
-Hasta el Mar de Japón. Allí me pasó una cosa muy graciosa. Mi moto es una BMW muy grandota y por esa zona no están acostumbrados a verlas. Se acercaron un montón de niños a curiosear, les regalé unas pegatinas y unas chapas y después los subía para que se pudiesen hacer una foto. ¿Te puedes creer que a los veinte minutos me habían regalado un queso, un melón, una sandía y unos pepinos? Yo estaba allí sentado y pensaba “¿dónde me voy a llevar todo esto?”. Son super agradecidos, da la sensación de que nunca nadie les regala nada y que alguien lo haga les sorprende tanto que se quedan parados.
La vuelta la hice por el norte porque era mejor carretera, el paisaje es más guapo, pero también llueve más. Hubo días que me mojé y me sequé tres veces. Tocaba cantar para evitar pensar en lo mal que lo estaba pasando.

Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia

-¿Cómo valorarías este segundo viaje?
-No me lo esperaba así, sufrí muchísimo. Tenemos la visión de Rusia como una superpotencia en la que vas a ver paisajes espectaculares, y qué va. Nada más pasar la frontera ya me di cuenta de que aquello no tenía que ver. Las ciudades son más o menos como en Europa pero con menos nivel. Pero la zona rural era como pasar a cuando aquí éramos críos y todo estaba lleno de carbón y la gente tenía lo justo y necesario para vivir. Las calles estaban sin asfaltar, la gente hace sus necesidades en letrinas que son una chabola con un agujero. Yo entré en una y me llené de pulgas. No hablan nada de inglés y si lo haces tú les ofendes. Te agarran el brazo y te dicen que ellos son el país más grande del mundo y que si estás en Rusia, hables ruso. Como yo no controlo nada de ese idioma, al final decidí hablar en español y por lo menos conseguía que se rieran. Son muy rudos, mal encarados, pero luego ya les cogí el punto. Si les das algo se quedan descolocados y de repente cambian. No están acostumbrados a que nadie les regale nada.

“Los rusos son súper agradecidos, da la sensación de que nunca nadie les regala nada y que alguien lo haga les sorprende tanto que se quedan parados”

-¿Te sorprendió no encontrarte esa super potencia?
-Moscú, San Petersburgo, la zona del circuito de Fórmula 1, son más europeas y están cuidadas. Pero en Moscú estuve en un hotel que supuestamente estaban en el centro y el que lo atendía sabía menos inglés que yo. El tema del idioma fue muy sorprendente.
Después está el tema de las carreteras, la Transiberiana que cruza de un lado a otro todo el país, está la mitad sin asfaltar y la otra mitad asfaltada. Los conductores están como cabras, pasaban a mi lado rozándome y además adelantaban tanto por la izquierda como por la derecha. Hablando con unos moteros de allí, me dijeron que ellos no hacían estas rutas jamás, que era una locura. Como mucho, cogían la moto y se iban a la ciudad de al lado que estaba como a unos ochenta kilómetros.

-Así que no fue lo que tú esperabas…
-¡Qué va! Veía un lago y paraba con la intención de acampar o hacer unas fotos, pero no encontraba ningún camino de acceso. Cogía el dron para ver si así había forma de entrar y no había nada de nada. Cuando le preguntabas a los vecinos si no aprovechaban ese sitio para ir con sus familias el fin de semana, te veían con cara rara. En general te das cuenta de que no tienen ilusión por nada, están sentados esperando que pase el tiempo. Cuando entras en sus casas ves que están llenas de carbón, todo sucio, la ropa llena de agujeros. Te invitan a un café y la botella de leche que sacan está llena de unos ronchones que dan un poco de impresión. Entonces piensas: lo último que tienen te lo están dando a ti, qué vas a hacer, ¿despreciarlo?

Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia

-¿Cuál dirías que es la mayor diferencia respecto al viaje anterior?
-En el viaje anterior tenía de todo: gasolineras, supermercados, la gente celebraba que fuera español, se acercaban a hablar conmigo. En Rusia no conseguía hablar con nadie, aparcaba en una gasolinera que era como una caja fuerte con una señora dentro, a través del móvil le decía lo que quería y no había más. También puedo decir que la gente con la que me crucé se portó muy bien conmigo. Te puedo contar el caso de unos moteros que me encontré en una carretera. Eran unos diez y me adelantaron con sus Custom, al principio pensé en ponerme detrás de ellos para ir entretenido, pero no me atreví. En un semáforo les pregunté si los podía acompañar durante un tramo, me dijeron que sí y fui con ellos unos doscientos kilómetros. Cuando paramos en una gasolinera, les regalé una botella de vino a cada uno como agradecimiento. Al principio estaban super serios preguntándome dónde iba, de dónde venía, pero tras el detalle cambiaron el chip. Quisieron saber dónde iba a dormir y cuando les dije que lo haría en mi tienda de campaña, se negaron en rotundo y me dijeron que tenía que ir a su club para ducharme, dormir y que, como no me entendían muy bien, iban a llamar a una chica que sabía inglés para que hiciese de traductora. ¡Fue alucinante! Además, ya me advirtieron de que no se me ocurriese pasar de largo a la vuelta. Me encontré también con otro matrimonio en un pueblo. El señor me enseñó una noria de agua que tenía, me llevó a un lago para que me pudiese bañar y su mujer mientras preparó comida y un té para el viaje. Otro, que estaba medio borracho, me echó un pulso en un bar y menos mal que llegó su mujer y lo llamó a consultas porque si no seguro que me hubiese metido en algún problema.

Club de moteros rusos. Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia

-¿Qué fue lo peor?
-A la ida, salvo un día que me granizó, hizo sol y temperaturas de veintidós o veintitrés grados, pero a la vuelta me coincidieron todos los días lloviendo y la temperatura estuvo entre los tres y los cinco grados. Ahí me desesperé un poco y sufrí mucho. Cuando te levantas por la mañana, está lloviendo a mares y sabes que tienes por delante una medida de cuatrocientos kilómetros hay que hacer acopio de todo lo que llevas dentro porque si no plantarías el tema. A la media hora de subirte a la moto ya estaba desesperado y todavía quedaban cinco horas de viaje. A esto suma que no sabes dónde vas a dormir, a comer o cómo vas a hacer para ir al baño.

“Cuando te levantas por la mañana, está lloviendo a mares y sabes que tienes por delante una medida de cuatrocientos kilómetros hay que hacer acopio de todo lo que llevas dentro porque si no plantarías el tema”

-¿En algún momento pensaste en darte la vuelta y dejarlo?
-Lo pensé nada más pasar la frontera. El policía que estaba allí era muy prepotente y tuve una bronca bastante fuerte con él. Era de Letonia, se puso a gritarme con la mascarilla puesta y yo no entendía nada. Me di cuenta de que los camioneros que estaban allí se fueron echando para atrás y me dejaron solo con él porque ya debían de conocerlo. En un momento determinado, opté por quedarme quieto, no darle ninguna documentación ni decirle nada. Se metió en la garita y no salió hasta una hora después. No sé qué le pasó, pero salió mucho más relajado, me pidió en inglés la tarjeta verde del seguro, el pasaporte, el permiso de conducir y todo tan normal. Te juro que, en ese momento, yo solo quería darme la vuelta y mandarlo todo a tomar por el culo. Me veía allí, en medio de la nada, solo, los camioneros llevaban parados en la frontera tres días, el tío aquel tan desagradable… Lo de Rusia fue una relación de amor-odio.

Faro en el Mar de Japón. Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia-¿Y de qué tiras cuando en tu cabeza surge esa posibilidad?
-Pues de pensar que detrás tengo a gente que ha puesto dinero de su bolsillo para que yo pueda estar ahí. Me pesa no decepcionarlos y me digo: “ya has pasado mucho, tira un poco más que seguro que puedes”. Además, si me daba la vuelta eran 14.000 kilómetros para no haber llegado a ninguna parte. Cuando llegué al Mar de Japón encontré un faro muy bonito y pensé en quedarme allí un par de días para recuperar. Ya lo tenía decidido cuando la chica del hotel me pregunta si había visto el pronóstico meteorológico: para el día siguiente daban un 65% de agua, una barbaridad. Además, el puerto que había que atravesar para llegar hasta allí era de tierra y me dijo que con esa cantidad de agua se embarraba tanto que era imposible atravesarlo. Con lo cual, al día siguiente, a las seis de la mañana, cogí la moto, y ya pasé el puerto lloviendo detrás de un camión. Ni descansar, ni lavar la ropa, ni nada de nada. Se me rompieron todas las cremalleras del traje porque se me iba metiendo tierra y barro. ¡Imagínate la pinta que tenía cuando bajaba de la moto! parecía un pordiosero. A esto súmale el olor porque no encontraba ningún sitio para lavar la ropa. De vuelta paré en el club y cuando me vieron aparecer directamente me dijeron que me olvidase de marchar al día siguiente. Que esa noche dormía allí, ellos me lavaban la ropa, la llevaban a una costurera para que la arreglase y que, al día siguiente, me llevaban a visitar la ciudad. Fueron más sensatos que yo.

-¿Con el tiempo se te olvida lo malo?
-Sí, siempre se te acaba quedando lo bueno: la familia que me acogió en su casa, los moteros… Hasta de la policía que me paró en la carretera. Allí todos me decían que tuviese cuidado con ellos y resulta que un día me dan el alto en un sitio en el que no pasaba absolutamente nadie. Uno de ellos me empezó a soltar un rollo interminable que supongo que era una bronca y yo solo asentía con la cabeza. Cuando acabó le pregunté si me lo podía repetir en español. El tío se quedó con los ojos abiertos como platos y tanto el compañero como él empezó a reírse. Les regalé dos pegatinas del viaje y unas chapas, me hice un selfi con ellos y me piré. Cuando se lo estaba contando a los del club se quedaron alucinados y me aseguraron que había tenido mucha suerte porque lo normal es que se metan en el coche y, hasta que tú no les pagues, ellos no te dejan marchar. Se debieron de quedar tan descolocados que no supieron cómo reaccionar.

Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia

-¿Notaste alguna diferencia con el tema del Covid?
-En Rusia nadie lleva mascarilla, solo ves a alguna persona mayor con ella. Cuando les preguntaba si estaban vacunados me decían que sí, pero pienso que me engañaban porque ellos mismos te comentaban que su vacuna era una mierda y que no se fiaban de ella. Lo que te decían era que con el vodka se le soluciona el problema. Cuando entras en Europa la cosa ya cambia. Te piden el visado, les enseñas el código QR, pero tampoco te piden un documento para cotejarlo con lo cual es un poco pantomima porque puede ser de tu padre y ni se enteran.

“Me di cuenta de la suerte que tengo de vivir en España, de tener a mi familia conmigo, de que mis padres estén vivos, de poder comer todos los días…”

-El viaje anterior supuso un enfrentamiento a tus miedos y también traspasar fronteras por primera vez. ¿Qué has descubierto esta vez?
-La capacidad de sufrimiento que puedes llegar a tener. Por muchas de las zonas por las que pasé no había cobertura, son sitios en los que no te encuentras con nadie y si tienes un accidente no te van a encontrar fácilmente… Me di cuenta de la suerte que tengo de vivir en España, tener a mi familia conmigo, que mis padres estén vivos, poder comer todos los días…

-Supongo que las cosas llegan cuando estás preparado. Si el primer viaje hubiese sido así, tal vez no hubiese habido un segundo…
-¡Qué va! No lo hubiera aguantado sobre todo por el tema de la soledad. Recorres muchos kilómetros solo, llegas a un sitio y no te encuentras con nadie, ves que no cuidan ni explotan sus entornos… Te da mucha pena. En la carretera encuentras de vez en cuando puestos que ponían los cazadores para venderles a los camioneros pinchos morunos que hacían con los ciervos que cazaban. Ya me advirtieron que tuviese cuidado porque muchas veces la matanza es de varios días y puedes ponerte a morir. Lo que hacía era comprar fruta, sabía que me estaban estafando porque me cobraban por un kilo de peras tres euros. La verdad es que tampoco me importaba porque veías a aquella paisana que estaba allí desde las siete de la mañana y sabías que para ella ese dinero significaba mucho. Rabiaba pensando en esa gente que viene reivindicando el comunismo. ¡No se tiene ni puñetera idea de lo que es eso! No vayas a Moscú, vete a las zonas rurales y le cuentas a esa gente lo bien que viven con el comunismo…

Viaje de Alberto Vior de Asturias a Rusia

“Quiero hacer otro libro para contar todas las anécdotas de este viaje. Si se me da bien y consigo más patrocinadores tengo dos proyectos. Uno sería ir a EEUU por el norte y volver por el sur y otro es dar la vuelta a Australia”

-¿Viajar te hace comprender tu realidad?
-Yo me vine pensando todos los días lo importante que es la familia, tener cerca a la gente que quieres. Cuando lo estás pasando tan mal, llega un momento que dices: estoy por estas carreteras y si me pasa algo nadie va a mirar si estoy bien o mal. Me la estoy jugando y estoy totalmente solo. Ahí es donde te das cuenta de que tienes a tus hijos, a tus padres, amigos y de que puedes perderlos.

-¿Volverías?
-A todo el mundo que me pregunta le digo que ahora mismo, no. Posiblemente, cuando pase un tiempo y se me olvide, cambie de opinión, pero lo veo difícil. De momento prefiero que venga a España la gente a la que he conocido.

-¿Qué tienes ahora en mente?
-Quiero hacer otro libro para contar todas las anécdotas de este viaje. Si se me da bien y consigo más patrocinadores tengo dos proyectos. Uno sería ir a EEUU por el norte y volver por el sur y otro es dar la vuelta a Australia. Lo que pasa es que te pones a hacer cuentas y eso se dispara un montón. Tienes que mandar la moto para allá en un contenedor que son dos mil euros ida y otro tanto vuelta, mi billete son tres mil, más lo que gastes en gasolina y comida. Al final estás hablando de un presupuesto de unos diez mil euros y es mucho dinero. En este viaje, salvo las ruedas, los productos de Carretilla y un casco, lo he pagado yo todo así que ahora toca recuperarse un poco.

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