Cristina del Valle, integrante de Amistades Peligrosas. “Llevábamos treinta años en guerra y ahora firmamos la paz”

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Cristina del Valle, integrante de Amistades Peligrosas
Cristina del Valle / Foto: Amistades Peligrosas
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Para Cristina del Valle, Amistades Peligrosas es mucho más que el grupo musical que la llevó a la cima del éxito en los 90. Es una reflexión en tiempo real, un mensaje de esperanza y un sueño que nunca dejó de alimentar. Durante varios años, su compromiso social ha dirigido a la asturiana por otros derroteros, pero ahora regresa para celebrar el treinta aniversario de un grupo que dejó una profunda huella en la historia de nuestra música.

Todos los que la conocen saben que la ovetense siempre pisa con fuerza y se entrega con pasión a todo aquello que hace. Cuando empezó en 1976 a trabajar con grupos de acción social y en organizaciones de mujeres poco podía imaginar que se convertiría en todo un símbolo de activismo social, de lucha por la igualdad y que la música sería la mejor de sus armas. Su primer grupo fue Vodevil pero con Amistades Peligrosas, el dúo con Alberto Comesaña, llegó a lo más alto convirtiéndose en uno de los grupos españoles que más discos ha vendido, conquistando también Latinoamérica. Por eso, el reencuentro de ambos componentes promete muchas alegrías para sus incondicionales fans, que a pesar del paso del tiempo no han olvidado la magia de su música.

-¿Qué supone para vosotros volveros a encontrar?
-La verdad es que supone muchas cosas, y no solo para nosotros, sino para muchas personas. Es algo que marca el regreso de Amistades Peligrosas y a lo que ha contribuido sin duda la situación de pandemia, esta vivencia que llega de pronto y de la noche a la mañana te hace pensar y ver el mundo de otra forma. Y al hacer un repaso de tu vida, sobre todo de las prioridades, ves la gente que ha sido importante en ella. Al final, las relaciones humanas y todo lo que tiene que ver con lo personal es lo que cobra mayor valor.

“Volver a encontrarnos ha supuesto muchas cosas, y no solo para nosotros, sino para muchas personas. Es algo que marca el regreso de Amistades Peligrosas”

-¿Cómo ha sido posible volver a unir algo que parecía tan desmembrado?
-Anteriormente a la pandemia, Alberto y yo habíamos tenido un contacto. Habíamos hablado de lo importante de volver a recuperar y sanar heridas y convertir la palabra conflicto en oportunidad, al igual que ocurre en los procesos de paz en los que tienes que modificar el lenguaje. Y cuando presentó en Madrid su último disco Shock me invitó a cantar con él, entonces fuimos conscientes de la magia que tenemos cada vez que compartimos un escenario, es algo que se escapa de nuestras manos.
A partir de ahí, cada uno teníamos nuestros proyectos, luego llegó la pandemia y lo puso todo patas arriba. Más adelante nos volvimos a encontrar en un concierto de Mastodonte, un grupo español que nos encanta a los dos. En realidad, fue obra de unos amigos que nos citaron por separado sin que lo supiéramos. Como no podía ser de otra manera nos sentamos juntos y estuvimos toda la noche hablando, conversando y recordando lo bueno y lo malo, ahí empezó a cocerse el 30 Aniversario de Amistades Peligrosas.

Cristina del Valle y Alberto Comesaña,  'Amistades Peligrosas'
Cristina del Valle y Alberto Comesaña / Foto: Amistades Peligrosas

-En vuestra primera etapa el éxito os superó y pudo con vosotros. ¿La madurez es lo que permite este reinicio?
-La madurez es fundamental para poder disfrutar de todo el proceso, algo que para nosotros quedó como asignatura pendiente porque nos pilló todo a lo loco. Cuando empezamos no conocíamos cómo funcionaba todo el mecanismo y el éxito no lo puedes nunca controlar, es algo que surge, cambia tu vida, tus parámetros, tus tiempos, lo cambia todo. Estás inmersa en una estructura compleja y en un momento perdimos las riendas de nuestra vida porque era una locura. Se sucedían los conciertos, las apariciones en televisiones, los compromisos… era algo agotador y con un ritmo absolutamente enloquecido y a esto se sumó el hecho de que nos pusimos a vivir juntos de la noche a la mañana. Teníamos una relación sin consolidar y toda la experiencia nos pilló desprevenidos y nos devoró; nos llevábamos los problemas a casa y también al escenario, que lo pisábamos más que nuestra propia casa.
Profesionalmente fue maravilloso porque la gente notaba la energía que desprendíamos, había momentos en que nos enfadábamos en directo y otros en los que nos arreglábamos en directo. La gente no sabía si era parte del show o si era verdad. La verdad fue lo que hizo que tuviese tanta energía y tanta magia.

“Si algo nos ha enseñado esta pandemia es a mirarnos en el espejo del fracaso como seres humanos; somos la única especie que destruye el lugar donde vive”

-Sacáis un tema nuevo Alto el fuego, ¿en qué hace falta hacer un alto el fuego?
-En nuestro caso personal, en Alto el fuego está todo lo simbólico porque Alberto y yo llevamos treinta años en guerra y ahora firmamos la paz, pero habría que hacer un alto al fuego en tantas cosas… Primero con nosotros mismos porque si algo nos ha enseñado esta pandemia es a mirarnos en el espejo del fracaso como seres humanos; somos la única especie que destruye el lugar donde vive. Querría un alto al fuego como especie para replantearnos todo, nuestra relación con los demás, con el mundo, con la tierra, con los animales, con el ecosistema… creo que hemos destrozado todo y más, y ahí tenemos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

También haría un alto al fuego en la falta de visión de la clase política. Lo que ha ocurrido en este tiempo ha sido terrible; cómo ante una situación tan grave ha aparecido lo más miserable de la clase política para intentar rentabilizar una pandemia en una situación excepcional. Sobre todo, la oposición, que ha sido de lo más deleznable y denigrante. Frente a otros países como Portugal, en el que nadie se planteaba sacar rédito, en nuestro país aparecía la carroña política que intentaba aprovecharse de una situación dramática mientras el colectivo médico intentaba sumar fuerzas para salvar la vida de las personas.

-¿Qué ha puesto de relieve la crisis sanitaria?
-Que los derechos son fundamentales y que hay que conquistarlos y defenderlos a muerte, porque de pronto hemos dimensionado lo que llevaban alertando las mareas en las calles. La gente se dio cuenta que los años y años de recortes y de políticas de esquilmar la sanidad pública han tenido un coste en vidas, lo hemos visto todos. Teníamos hospitales con plantas cerradas, faltaban médicos; luego está lo que sucedió con nuestros mayores, a los que se negó la asistencia en hospitales y que refleja el modelo neoliberal, en el cual ya no eres valioso porque no eres rentable e intercambiable por monedas, y por tanto no tienes derecho a la salud. Ha salido lo peor y lo mejor de la sociedad y ese alto el fuego tiene que servirnos para replantearnos todo.

“Los años y años de recortes y de políticas de esquilmar la sanidad pública han tenido un coste en vidas, lo hemos visto todos”

-¿Ha cambiado la pandemia la percepción de tu entorno más cercano?
-Sí, antes vivía, como casi todo el mundo, sin saber quién estaba en la puerta de al lado, pero esta pandemia ha servido para encontrar detrás de las puertas y muros a seres humanos que pueden ser de pronto tus mejores aliados, tus mejores amigos. La humanización de nuestros entornos es algo fundamental y es un alto al fuego a la indiferencia, a la insolidaridad, a la falta de empatía, a que nuestro mundo sea solo nuestro pequeño círculo y lo abramos al mundo.

-El confinamiento trajo mucho dolor pero también mucha belleza, no hay más que ver la experiencia en vuestro barrio.
-Sí, eso es algo que se ha vivido en todos los barrios de España, lo que pasa es que nuestro caso no dejamos que se quedara en salir a las ocho a aplaudir a nuestros sanitarios. Yo como artista me planteé que desde el arte podíamos hacer muchas cosas y aportar, convertí mi terraza en una sala casi discoteca porque la música era tan necesaria como lo fue en estos tiempos toda la cultura. Me di cuenta que tenía una vecina al lado que era una máquina, una ingeniera industrial que sacó su parte artística, ella tenía un megáfono y con él nos dirigíamos a toda la gente del barrio para hacerles propuestas creativas. Hacíamos homenajes a distintos colectivos; a las cuatro de la tarde la gente ya empezaba a decorar los balcones, a buscar vestuario… yo me quedé sin rotuladores y sábanas. Empezamos a organizarnos con los vecinos por wasaps, estábamos todos volcados, y a las ocho de la tarde comenzaban los aplausos y luego la fiesta. Yo preparaba una playlist alusiva al tema que habíamos elegido y estábamos más de una hora bailando en los balcones, aunque lloviera o nevara; recuerdo un día que estábamos todos con paraguas de colores haciendo la coreografía de Bailando bajo la lluvia.

“El poder de los artistas es brutal, yo lo he podido vivir y creía tanto en ello que cuando dejé Amistades Peligrosas formé la Plataforma de Mujeres Artistas contra la Violencia de Género, fue un sueño hecho realidad”

-Lo realmente complicado es que lo que nace bajo unas condiciones determinadas permanezca vivo cuando estas varíen. ¿Es vuestro caso?
-Somos casi todo mujeres las que mantuvimos esta iniciativa aunque es verdad que sus maridos nos han ayudado con muchas cosas, y ahora hemos seguido manteniendo el contacto, hemos creado una amistad. Salimos juntas a caminar al Retiro y yo me he convertido en profesora de zumba, todos los días a las ocho vienen mis vecinas a casa, siempre respetando las distancias de seguridad y el número de personas que podemos juntarnos. Hacemos turnos para que todo el mundo pueda venir.

Cristina del Valle, integrante de Amistades Peligrosas
Foto: Amistades Peligrosas

-¿Cómo se ha vivido un año como 2020 desde el sector de la música?
-Los músicos vivimos más la noche que otra cosa y no hemos podido hacer nuestro trabajo, el no subir a los escenarios y no tener contacto con el público se echa mucho de menos. No es mi caso, pero si además de no tener trabajo tienes una familia que alimentar, la cosa se pone muy complicada. Y menos mal que hemos tenido un Gobierno que ha priorizado el tema de ayudas y derechos sociales, pero todavía hay mucha gente que se ha quedado fuera. Hay situaciones dramáticas en nuestro colectivo, yo espero que esto sirva para regular el tema de la cultura de otra manera, que cambie la normativa y haya cambios en la situación laboral y en los derechos de este colectivo.

-Te criaste con tu madre, una mujer muy valiente, y os enfrentasteis a situaciones complicadas relacionadas con la violencia de género y en un momento determinado tú has adquirido un compromiso. ¿Cada persona tiene un compromiso que debe asumir?
-A mí no me gusta ir de dogmática, ni de decir a nadie lo que tiene que hacer. Lo que sí creo firmemente es en la coherencia entre los hechos y el discurso, en que tengan una unidad en tu forma de estar en la vida. Creo en la responsabilidad profunda como artista, pero jamás voy a cuestionar a un artista porque no se comprometa, aunque sí lo echo de menos.
El poder de los artistas es brutal, yo lo he podido vivir y creía tanto en ello que cuando dejé Amistades Peligrosas formé la Plataforma de Mujeres Artistas contra la Violencia de Género, fue un sueño hecho realidad. Y ese poder se sumaba si trabajábamos juntas, lo pude comprobar cuando empezamos de la mano de los movimientos feministas a trabajar en la construcción de una ley integral contra la violencia de género en un momento social en el que esta violencia contra las mujeres era percibida como un hecho aislado, no se les ponía nombres y apellidos y la gente lo seguía viendo desde la estigmatización o el estereotipo.

-¿Cómo ha sido el peregrinaje con este colectivo?
-Empezamos a hacer camino juntas y para mí fue la experiencia más importante de mi vida. Fueron dieciocho años de entrega total y absoluta, desmedida, sin horarios. Si Amistades fue una locura, en esta época en mi casa ya ni se dormía. Eran las veinticuatro horas del día trabajando para las organizaciones internacionales con las que colaborábamos, era de una gran complejidad por todos los países y lugares a los que íbamos: Palestina, Irak, Sahara Occidental, Guatemala, Ciudad Juárez, El Cairo… países donde había situaciones que eran de extrema gravedad y donde se hacía necesaria la participación y el apoyo de grupos internacionales como el nuestro.
En Navidades, por ejemplo, nos íbamos a Palestina cerca de cien personas, entre artistas y periodistas, a pedir la paz. Durante una semana hacíamos reuniones con las organizaciones feministas, también nos juntábamos con partidos políticos de todas las facciones y organizábamos encuentros y conciertos para exigir leyes contra la violencia y para la igualdad. En El Cairo estuvimos en una reunión histórica con políticos que nunca se habían reunido con mujeres, y en Irak estuvimos denunciando la guerra quince días antes de que estallase.

“No me gusta ir de dogmática, ni de decir a nadie lo que tiene que hacer. Lo que sí creo firmemente es en la coherencia entre los hechos y el discurso, en que tengan una unidad en tu forma de estar en la vida”

-¿Qué papel tenía la música durante esos años?
-Para mí la música siempre fue una manera de reivindicar y cuando dejé el grupo necesitaba esa trascendencia, porque, más allá de que te aplaudan y vendas muchos discos, la música es un instrumento de cambio. Siempre la viví con esa emoción de que podía provocar cambios, como la primera vez que me vi en un escenario en los campos de los refugiados saharauis o en Palestina.
Me acuerdo también de una experiencia en la que más de cien mujeres de diferentes organizaciones estuvimos no sé cuántas horas subiendo por la montaña en un viaje de estos en los que parece que llegas al fin del mundo, y de pronto nos encontramos ante 3000 mujeres indígenas que hablaban 36 lenguas y actuamos en un lugar donde jamás se había dado un concierto.
Y no olvidaré lo que nos decían las madres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez ‘mientras ustedes se suban a un escenario en cualquier lugar del mundo y cuenten lo que aquí han vivido y les pongan voz a nuestras hijas, ellas seguirán vivas’.
La Plataforma en ese momento fue prioritaria, lo dejé todo por ella porque la responsabilidad del artista está en acabar con la impunidad y ponerle el foco a las situaciones invisibles.

-¿Sigue activa la Plataforma?
-Ahora no estamos con tanta intensidad, pero seguimos todas en contacto y mantenemos un espectáculo que se creó a raíz de esta experiencia que es ‘Ellas dan la nota’. Lo coordina Lydia Cacho, la periodista mexicana que ahora está en España protegida porque en su país estaba amenazada de muerte. Este año hemos actuado un par de veces y cuando es así nos juntamos varias artistas con ella y llevamos imágenes de lo que ha sido nuestra experiencia internacional.

“Para mí la música siempre fue una manera de reivindicar y cuando dejé el grupo necesitaba esa trascendencia, porque, más allá de que te aplaudan y vendas muchos discos, la música es un instrumento de cambio”

-¿Cómo ha sobrevivido Amistades Peligrosas todo este tiempo en el que estabas con otros proyectos?
-Fue el proyecto de mi vida, fue muy importante y siempre he mantenido vivo el espíritu y el amor por el grupo. Es verdad que durante la época de la Plataforma saqué dos discos en solitario y desarrollé la parte individual como artista representando a esta organización, pero el resto del tiempo me moví como Amistades y he estado trabajando con otros compañeros para mantener vivo el grupo y el cariño que tenía la gente por él.

Cristina del Valle, integrante de Amistades Peligrosas
Foto: Amistades Peligrosas

-Ahora que os reeditáis, ¿vais a seguir manteniendo la línea de sensualidad y compromiso que os caracterizó en el pasado? ¿Qué tenéis previsto?
-Sí, porque el 30 Aniversario lo celebramos con un disco recopilatorio de los grandes éxitos de Amistades. Lo hacemos con la compañía Warner, las canciones estarán tal cual, porque hay muchas generaciones que nos van a descubrir ahora, pero algunos temas contarán con una colaboración internacional. El grupo va a mantener su esencia, aunque haremos una gira internacional y, obviamente, en directo, siempre haces actualizaciones y cambios.
A finales de marzo o principios de abril sacaremos el tema nuevo Alto el fuego que cuenta la historia de cómo nos reencontramos, lleva también una colaboración internacional súper importante y un videoclip. Se completará con un documental sobre la historia del grupo y un libro que escribirá Lydia Cacho sobre nuestra historia. Es una reflexión sobre dos personas que fueron pareja y que teniéndolo todo lo destruyen todo. Una reflexión al hilo de toda la época de los 90, que retrata la gran crisis de estos años, los miles de cambios que se sucedían en el mundo y los que se producían alrededor de nuestra vida y carrera.

-¿Vuestra vuelta es también un mensaje de esperanza?
-Sí, muchísima gente nos lo ha dicho, nos han escrito diciéndonos que era la mejor noticia de 2021. No fuimos conscientes de la dimensión del grupo y de lo que puede calar en la vida de la gente la música hasta que no hemos vuelto. Algunas historias que nos han contado son increíbles y conmovedoras, como el caso de un hombre que se había separado de su pareja y que cuando intentó volver a verla se enteró que había muerto de cáncer y buscó dónde estaba enterrada para ir a contarle que regresábamos, que volvíamos a cantar juntos. Ella era súper fan de Amistades.
O el de una mujer cuyo marido está enfermo muy grave en un hospital, y ella, que se ha quedado sin casa por falta de trabajo, nos cuenta que cuando se enteró que volvíamos, la primera noche estaba tan feliz que no podía descansar. ¡Dios mío qué responsabilidad!

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