Boal. Montaña cercana

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Castro de Pendia, en Boal.
Castro de Pendia / Foto: Fusión Asturias.
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A pocos kilómetros de la costa occidental, Boal regala un turismo de interior al abrigo de sus montañas. Rodeados de verde, sus castros, cuevas, casas indianas y diversos centros de interpretación nos hablan de un pasado unido a la naturaleza.

El paisaje boalés es uno de sus grandes tesoros. Desde las vegas a orillas del río Navia y sus afluentes, a sus montañas pobladas de vegetación autóctona, presididas por la Sierra de Penouta, amables postales desfilan ante nuestros ojos. Boal ha sabido poner en valor sus recursos, uniendo a ellos su forma de vida y aprovechándolos para atraer al turista que busca autenticidad en los destinos. La caza en los bosques, la pesca y los deportes náuticos son los grandes atractivos que ofrece el entorno. De tiempos antiguos nos queda el castro de Pendia, el más importante del concejo, en el que se distinguen la acrópolis y el poblado. De aquella época también nos hablan los túmulos funerarios existentes, el Penedo Aballón -una gran piedra oscilante que se considera un ídolo celta-, y la Cova del Demo, una muestra de arte rupestre de la Edad del Bronce.El paso de los romanos por estas ricas tierras en busca de oro también ha quedado grabado en diversos topónimos como el de Vega de Ouria. En un futuro se pretende instalar en la antigua escuela rural de Ouria un museo dedicado a la explotación de oro en el concejo, mostrando la vinculación del mismo a su extracción. Además de paneles y fotos, se completará la exposición con piezas empleadas para la explotación del mineral en esta zona, y una senda peatonal.

El castro de Pendia es el más importante del concejo, y en él se distinguen la acrópolis y el poblado.

De factura más reciente, Boal tiene repartidos por sus pueblos molinos, mazos y palacios como el de Berdín, en Doiras, y el de Los Miranda, en Prelo. El concejo alcanzó gran riqueza gracias a la industria de la forja, apoyada por la agricultura, pero a mitad del siglo XIX la decadencia de estas dos actividades obligaron a emigrar a miles de boaleses. Al volver construyeron varias casas indianas que hoy dan color y señorío al pueblo, como la emblemática Villa Anita. Actualmente, el turismo, la ganadería y la apicultura son los ejes económicos de Boal, que recuerda su pasado a través de diversos centros de interpretación dedicados a la emigración y la instrucción pública, a la artesanía del hierro, a los lavaderos y a la apicultura.

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