Contra el olvido

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Jóvenes en una fiesta sin preocuparse por los contagios.
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Dicen que los acontecimientos que generan emociones fuertes, tanto positivas como negativas, difícilmente son olvidadas por nuestro cerebro. En cambio, las que son neutras requieren de una serie de repeticiones para que queden grabadas en la memoria.

La memoria y el recuerdo son elementos fundamentales que nos distinguen de los animales o las plantas, son condiciones de nuestro crecimiento personal y también de madurez: su pérdida nos lleva al olvido. ¿A qué viene todo esto, se preguntarán? Pues que hace tan solo unos meses todos vivimos una cuarentena como consecuencia de la pandemia del coronavirus. Una situación dura que nunca nos hubiéramos imaginado que cambiaría nuestras vidas por completo. Algo lo suficientemente impactante para que hubiera quedado grabado en las memorias, hubiera generado un recuerdo que nos ayudara a evitar que tropezáramos dos veces con la misma piedra.

Es increíble ver la rapidez con la que se olvida y la necesidad que hay de pasar página para regresar a una normalidad que no volverá nunca porque el mundo entero ha cambiado, a pesar de que muchos se empeñen en crearse realidades paralelas como si lo que está ocurriendo no fuera con ellos. Estamos en el mismo barco.

La pandemia sigue ahí, aunque podamos salir a la calle. No ha sido un mal sueño del que podamos escapar yendo de fiesta en fiesta como si nada hubiera pasado, terraceando sin respetar la distancia de seguridad, pasando de la mascarilla con los amigos o alardeando de que aquí en Asturias estamos mejor que en otras comunidades autónomas, como si eso fuera la vacuna esperada contra el virus. ¿Cómo puede haber tanta estupidez en el ser humano? ¿Cómo puede sentirse uno ajeno a lo que está ocurriendo? ¿Solo es real si me pasa a mí?

En un informativo del pasado fin de semana, escuché el testimonio de un joven que, con gesto desencajado, comentaba que se había contagiado de coronavirus en una fiesta, era asintomático, y lo peor, que había contagiado a sus abuelos y no sabía aún si también a sus padres. Su rostro reflejaba además de incredulidad, miedo: el que se siente cuando ves que tu mundo y el de tus seres queridos se desmorona, no puedes hacer nada por evitarlo y además te sientes culpable.

La pandemia no está ni mucho menos controlada solo hay que ver las noticias. Leo las, hasta ahora, acertadas predicciones que viene realizando el matemático asturiano Juan Luis Fernández, y estima que el número total de infectados en nuestro país en esta segunda ola podría ser de unas 250.000 personas. En el caso de Asturias, cabe la posibilidad de llegar hasta los 1.500 afectados que se sumarían a los 2.600 de la primera ola. Aunque en el Principado podríamos estar aproximándonos al pico, el matemático dice que en el resto de comunidades la situación es más preocupante porque el mayor número de infectados es asintomático y está relacionado con actividades de ocio en grupo, lo que multiplica el número de contagios. Advierte que si esto no se controla a tiempo se podría mezclar con la gripe y el resultado podría ser devastador.

Sería lamentable que no aprendiéramos de esta experiencia, que no la grabáramos a fuego dentro de nosotros, no solo por nuestro bien sino por el de todas las generaciones venideras. Porque nuestros recuerdos son los que nos hacen decidir, actuar, evolucionar. No seríamos nada sin ellos y eso solo depende de nosotros.

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