Paraíso natural, paraíso cultural

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Asturias es verde, y más en el mes de mayo. Los paisajes desbordan y preparan esas postales idílicas que viene buscando el turismo, y que los autóctonos enseñamos con orgullo de tierrina.

El campo, sin embargo, se muere. Es una realidad dura pero innegable, una mezcla de varios factores que ya son conocidos: envejecimiento, despoblación, falta de servicios… El abandono rural es un problema serio que pocas veces se ha abordado con rigor, y desde luego no se ha dado con la fórmula magistral, o al menos con algo que palie los síntomas. Precisamente en este número contamos una de esas iniciativas, un Libro Blanco presentado por el Principado que, a pesar de los evidentes tintes electoralistas, contiene ideas interesantes: recuperar el potencial de los montes, apoyar a los productores agroalimentarios, reforzar los servicios en las zonas rurales, potenciar la creación de empresas diversificadas más allá del turismo… En realidad son medidas obvias. Más que inventar la pólvora, lo que hace falta es diseñar una hoja de ruta realista y dedicarle el esfuerzo y presupuesto que necesite.
Nuestro particular paraíso astur no puede vivir sin gente. Durante siglos -y hay evidencias ya en el milenio IV antes de Cristo- sus habitantes han ido creando pastos, limpiando montes, construyendo bancales… Esa naturaleza, que es marca de la casa y merecido eslogan turístico, es en realidad el producto de una interacción continuada del hombre con su entorno: de ahí que se empiece a hablar de paraíso cultural, más que de paraíso natural. Desde luego, no es posible entender lo uno sin lo otro. Por eso el aldeano, el «paisano», forma parte de ese paisaje que hay que proteger y valorar. No lo olvidemos.

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