Y llegó el invierno

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Y llegó el invierno
Foto: Pepo Maralva
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Quedan por delante algo menos de tres meses de frío en los que el ganado se encuentra en la cuadra o pastando cerca de casa. Hay nuevos patos cambiando su plumaje hacia el de adulto sin separarse aún de su madre y los kakis lucen como árboles de navidad, sin hojas y colmados de enormes frutos anaranjados.

Chorizos ahumados con maderas de manzano y avellano cuelgan del techo y los congeladores se muestran llenos de carne y hortalizas.

Los kiwis reposan almacenados con cariño, compartiendo estantería con patatas, cebollas, nueces, avellanas y toda una suerte de productos cosechados durante el verano y el otoño. La despensa está llena de mermeladas variadas, salsas de tomate, piparras encurtidas, castañas en almíbar, confituras de higos… Chorizos ahumados con maderas de manzano y avellano cuelgan del techo y los congeladores se muestran llenos de carne y hortalizas. El maíz en el corredor de la panera y los tarros sobrantes, junto con los útiles para la sidra, permanecen custodiados en el hórreo hasta la siguiente temporada mientras aquella vive en toneles a la espera de finalizar su ciclo de fermentación y trascender a botella.

La tierra destinada al nuevo huerto se abrió hace unas semanas después de tres años de descanso sirviendo de pasto para ovejas, gallinas y todo bicho viviente con el que compartimos hogar.

Llegó el momento de dar buen uso a la leña obtenida en el lejano otoño de hace dos años procedente de árboles enfermos, viejos o del clareo propio de la gestión controlada del bosque cercano, de donde se recuperan y aprovechan hasta las ramas más pequeñas con las que iniciar el fuego mañanero en la chimenea.

Las labores en el exterior se reducen al mínimo, aunque siempre hay algo que obrar, es momento de trabajar dentro llevando a cabo reparaciones y mejoras para, en la primavera, arrancar con ganas y todo planificado. Tiempo de pensar y de engordar al calor.
Las berzas, cultivadas en gran cantidad en la huerta vieja, se cosechan de a pocos para alimento propio y como suplemento para los conejos que habitan nuestras cuadras.

Las calabazas iluminan la panera esperando la madurez de los dos años para convertirse en un almibarado cabello de ángel canelado.

Las calabazas iluminan la panera esperando la madurez de los dos años para convertirse en un almibarado cabello de ángel canelado que servirá de relleno para tartas o como disfrute de tenedor rápido. Otras, voluptuosas de grandes y naranjas pulpas, servirán cremas de dulce sabor acompañadas por curruscos de pan duro o serán asadas para acompañamiento a las sabrosas carnes producto del esmerado mimo que da el respeto hacia la cría de los propios animales.

Los huesos del ternero, sacrificado muchos meses atrás, darán buen sabor a guisos y potes con los que alimentar el invierno, mientras que las carcasas de gallinas viejas templarán el cuerpo con sus caldos de media mañana o durante las frías noches antes de acostarse.
Al amanecer, antes de que los gallos den sus primeros cantos, caballos y burras se adelantan al resto para pastar con la cadencia propia de quien tiene tarea para todo el día, despacio, con firmes pasos y labios ávidos.

Sus abultadas panzas indican que los partos se iniciarán más pronto que tarde, llenando cuadras y prados.

Las ovejas muestran su tupido vellón manchado de rojos barros a causa de las lluvias. Ya no quedan manzanas por las que pelearse entre avariciosas carreras por tan gustosa fruta que engullen sin apenas saborear. Sus abultadas panzas indican que los partos se iniciarán más pronto que tarde, llenando cuadras y prados de patas alargadas, caracolillos de lana y colas alegres. Saltos, juegos y berridos al mínimo despiste de su progenitora marcarán los días de finales de enero y principios de febrero. Algún cordero, rechazado por su madre, será necesario alimentarlo con una botella de vino aprovechada rematada en mamona. Correrá hacia ti al verte con ella en la mano y te abandonará con la barriga redonda y dura, propia del saciado, para continuar jugando con sus congéneres u oliendo de vez en cuando la hierba mientras en su cerebro se conforma el catálogo olfativo que le empujará a pastar en poco tiempo.

Las vacas pastan tranquilas sabiéndose protegidas por el mastín que les acompaña.

Los terneros, que no paran de crecer, destinarán parte de su tiempo a tumbarse con las patas recogidas sobre sí, mirando al infinito con enormes ojos mientras las vacas pastan tranquilas sabiéndose protegidas por el mastín que les acompaña, el mismo que los vio nacer y que con cada cambio de finca huele uno por uno para cerciorarse de que están todos. A la tarde, al volver a las cuadras, tendrán en sus comederos verde segado del día y hierba seca del verano para completar su alimentación. Las camas limpias, los bebederos con agua fresca y, con suerte para algunas, los pulgos de patatas y otros restos vegetales procedentes de la cocina.

Para nosotros la vida se ralentiza en invierno. Comienzan a crecer los días sin apenas notarse y el tiempo en casa es más largo, con menos quehaceres. Para los animales, que gobiernan sus jornadas calmas bajo leyes propias, mantienen un proceso continuado y tranquilo de actividad centrada en pastar, descansar y volver a empezar. A veces me pregunto que habrá en sus mentes durante tantas horas de labor mecánica, en qué pensarán, cómo interpretarán su entorno. La tranquilidad que desprenden es un lujo que debe ser disfrutado.

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