Alpe d’Huez

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Alpe d'Huez
Alpe d'Huez
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Quería ser de mayor el rey de la montaña.

Atravesar las nubes,
alcanzar la gloria.

Pedalear más fuerte.

Quería alcanzar la cima, y apretaba los puños
puerto arriba, jaleando al campeón.

Mi campeón. Mi héroe.

Venga, vamos, empuja, un poco más…

Me comía las uñas de los pies.

Quizás no nos creamos ni a nosotros mismos
cuando nos damos ánimos, cuando decimos
que ya queda muy poco.

¿Poco para qué?

Lo peor de las pesadillas
es que no se acaban nunca.

Puerto arriba.

Por eso se llaman pesadillas.

Por eso el peso en crudo
tantas veces

de una sola palabra.

Espirales atroces que, en la noche, la fiebre,
los demonios, uno llega a pensar
no acabarán jamás.

Vasos de agua, hospital, fauces, pasillo
aguardado mil veces,

fuerza, vamos, arriba, un poco más…,

consuelo y espejismo de pasos acercándose
que no alivian del todo, miedo, máscara, sueño

interrumpido siempre.

Almohada que no acierta con la antigua postura
que permitía dormir, velar, juntar,
encontrarnos a medias, sin dejar de estar
solos, pero a medias.

Aquella mano sola, y hoy tan lejos,
que en mitad de la noche
buscaba justo al lado, rastreaba lo incierto,
y eras tú, lo más firme,

dedos ciegos
sobre el braille del otro,

una letra aprendida con las pinzas
del apenas saber, y qué más da,

era intemperie a medias,

pero ahora ya no, ya ni siquiera
puedo estirar mi mano, sin gritar, sin callar,
sin contagiar.

Sin apenas saber.

Muero de solo.

Apretando los puños,
agarrado a los hierros de la cama,

puerto arriba.

Venga, vamos, empuja, un poco más…

Te queda ya muy poco.

Puerto arriba la sangre, el corazón, las ganas,
las uñas de los pies,
como aquellos ciclistas que ascendían
montañas imposibles, latidos inhumanos
que ahora pienso inventaba para todos
nosotros, niños rotos, o solos, o infectados
de incurables quimeras, algún guionista mágico.

¿Existía el deporte?
¿Eran ciertas las chapas?

¿Era tan sólo un cuento el rey de la montaña?

Queda ya poco, le gritaban
desde el coche auxiliar, y el ciclista apretaba
desencajado, muerto, indesmayable
los hierros de mi cama, helado manillar

sin levantar la vista, aprieta fuerte, empuja…,

más ahínco, más ánimo, más qué,

los dientes, las costillas, los pulmones.

Atravesar las nubes, alcanzar la gloria.

Mal de altura.

Venga, vamos, arriba, queda poco…

¿Poco para qué?

De La curación del mundo (Hiperión)

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