Grandes dosis de valentía

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Niño en la escuela con mascarilla y tablet
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Hace unos meses hablando con un amigo sobre la importancia del capital humano como factor de producción y desarrollo en un territorio, hablábamos de Asturias. Me decía que echaba en falta unas buenas dosis de valentía en los políticos para que se atrevieran a llevar a nuestro parlamento debates tan fundamentales como la educación. Que, si de verdad queríamos cambiar la realidad asturiana, había que empezar por ahí. Proponía eliminar la compra de libros de texto por parte de las familias, y basar el aprendizaje en otros métodos educativos a través del uso de tabletas, o la conexión a internet que permitirían actualizar los materiales pedagógicos, algo que también obligaría a una reeducación y reciclaje del profesorado. Pero “quién iba a atreverse a hacer todo eso, aunque sea una demanda social, con la cantidad de gente que se iba a ver afectada con tanto cambio”, me decía.

La educación desde hace muchos años es prisionera del continuismo y en eso, coincido con mi amigo, tienen mucha responsabilidad los políticos que tienen miedo al cambio, a meter mano al negocio de las editoriales que sacan nuevas versiones de libros de texto cada año bajo la excusa de una renovación de contenidos que no es real, y de profesores chapados a la antigua, que independientemente de la edad que tengan, reproducen el esquema de la enseñanza memorística sin sentido que genera frustración y desmotivación en los alumnos.

La educación sigue anclada en el pasado, ahora la pizarra no es de tiza sino digital, pero se utiliza de la misma manera. Se sigue memorizando lo que viene en un texto para luego volcarlo en un papel en blanco y, en base a ello, recibir una calificación. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que los mejores alumnos no son los que mejores notas han sacado, ni tampoco los que luego se manejan mejor por la vida. ¿Quién les enseña a buscar, hacer o desarrollar un criterio y pensamiento crítico?

Tuve la ocasión de entrevistar hace algunos meses a la docente asturiana Marian Moreno, un referente nacional en coeducación que fue fichada por la Comunidad de Navarra para poner en marcha un programa pionero, a nivel nacional, denominado Skolae. Ella fue una de los cuatro profesionales encargados de diseñar este complejo programa educativo que luego resultó muy sencillo de llevar a la práctica; su objetivo era facilitar a los alumnos la posibilidad de aprender a vivir en igualdad, a observar, entender, pensar de forma crítica, construir, aportar o respetar. Además de contenidos, tenía un catálogo de actividades perfectamente diseñadas por niveles, ciclos y cursos. Y como novedad, incluía formación presencial del profesorado y luego online durante todo del año.

Aquella decisión valiente del Gobierno Foral de Navarra, levantó ampollas entre un sector conservador reaccionario que acusó a Skolae de adoctrinar a los niños e inculcarles una ideología de género, pero también recibió el Premio de Educación de la Unesco por alentar el aprendizaje crítico y el pensamiento orientado al cambio.

Me confesaba Marian que poner en marcha aquella experiencia fue ver cumplido un sueño. “La enseñanza no es una profesión cualquiera, no se trata solo de aportar conocimientos, esos están en Google. Nosotros trabajamos con personas. Nuestra obligación como profesores es acercarnos continuamente a lo que está formando parte de sus vidas para desde ahí atraerlos, ver lo que les motiva y les hace conectar o les aburre y les desconecta. Tenemos muchas herramientas en nuestra mano para ayudarles a que puedan aprender de forma natural sin forzar la repetición constante. Ellos te miden y te obligan a buscar estrategias continuamente. Nos ponen a prueba”.

Además, tenemos ahí a la tecnología que, aunque no es la panacea, sí puede ser el complemento perfecto que ofrece las herramientas necesarias para dar este cambio, para ayudar a diseñar modelos educativos más flexibles y adaptables a la realidad cambiante en la que estamos viviendo. Pero insistimos, el cambio está en la manera de enseñar, no en las nuevas tecnologías. No se puede dar una clase igual que siempre pero delante de una cámara, ni tampoco enviar los deberes por correo electrónico para que el alumno los haga cuando le parezca bien, no van por ahí los cambios, son más radicales, más profundos.

Esta crisis ha puesto encima de la mesa, aún más si cabe, los graves problemas y las carencias de nuestro sistema educativo, así como las necesidades del mundo actual. El Covid-19 ha cambiado nuestras vidas y está haciendo que todo lo que no vale se desmorone. Solo hace falta valentía para hacer los cambios necesarios, hay iniciativas que funcionan.

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