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lunes 27, mayo 2024

Morcillas suculentas antes del Apocalipsis

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La semana pasada hablábamos de las fiestas leonesas de Froilán. En el aspecto gastronómico no solamente son días de pulpo, también de morcillas, ese negro embutido que ya mereció versos en el Siglo de oro.

Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente, (“Ande yo caliente”, Góngora)

Una de las tareas que tienen los hosteleros es recuperar el nombre del producto. Los que vivimos a este lado del Payares solemos pedir “morcillas de Matachana”; os advierto, es impropio. El apellido les viene de una carnicería que era particularmente hábil en la elaboración, lo correcto es decir Morcilla de León, porque muchas otras chacinerías las hacen igual de buenas.

En aras de la honra del sabroso embutido, se esmeran en inventar platos, hay incluso una competición de tapas con base morcillera. Un clásico como Ezequiel presentaba una empanada con compota de manzana y piñones que es una gloria, excelente para degustar en buena compañía con un clarete de la tierra.

Claro que una cosa en modernizar las tapas y otra cometer herejías. La Expo Alimentaria ha pasado de la Plaza de toros al Palacio de Exposiciones que se montó sobre los restos de la Azucarera; allí lanzo el anatema contra quienes presentan salchichón con arándanos, con boletus y ¡con queso de cabra!

Iréis al infierno de los fogones junto con otros herejes que no pueden tener perdón como, por ejemplo, los dos últimos atentados contra la razón gastronómica, anotados en septiembre en el Mercado central de Alicante. No son veniales, sino pecados de tamaña magnitud que mis dedos no se atreven a escribirlos sobre el teclado: Una gilda con piña y unos torreznos con turrón de Jijona. ¡Lúculo los perdone!

De una tierra de morcilla a otra, Burgos, que tiene otra honrada especialidad. Acorde con los tintos de la Ribera se celebran las Jornadas Cidianas, un extraño invento que sirve para que las señoras se disfracen con galas presuntamente medievales, los caballeros se crean cides y los niños puedan jugar con espadas, escudos y arcos de madera. Suele hacer frío en el otoño burgalés, pero en este caso la temperatura, más propia de verano, recomendó a la castañera quedarse en casa y puso en serios aprietos a los caballeros con cota de malla y casco de metal, y a la sufrida mujer que salió a desfilar, cual reina, cubierta de armiño.

En El Espolón, feria, con gran éxito de los puestos de comestibles, claro. En el de El Buen Yantar pudimos ver las gildas, con cromáticas innovaciones dentro de los cánones del encurtido, sin cruces espurios de dulces, como se puede ver.

Gildas
Gildas

Los industriales de la restauración encantados del tiempo soleado; listas de espera a la hora de comer, en el centro. Claro que alguno merece un correctivo, por ejemplo, a quien se le ocurre anunciar lo que él llama “menú cidiano”, uno de cuyos platos es el pollo con patatas. No digo yo que Don Rodrigo no se cepillara buenas aves galliformes, pero para las papas aún habrían de pasar un par de siglos y algunos viajes allende la mar océana.

Paseamos por la Plaza de Capitanía, que hace tiempo tiene otro nombre, pero que no se puede quitar el marchamo militar. Anuncian un gran espectáculo para un Izado público de bandera, (andábamos cerca del 12 de octubre, que para algunos tiene rasgos imperiales), para enseñar unas fuerzas armadas puestas al día. No hay un protagonista en la foto, sino una. Una soldada con el pelo recogido en gracioso moño, tal que esa chica que trabaja de princesa en Madrid y ahora hace la mili.

De la espada y el evangelio. Desde el Gobierno militar a San Lesmes, con el que se da otra de esas curiosas circunstancias de nuestra cultura. En la patria del Cid Campeador, para algunos, paladín de la monarquía castellana, ejemplo de caballeros, -se ve que no leyeron el Cantar-, han nombrado un santo protector gabacho. Saint Aleaume era natural de Loudun; monje en la Auvergne no tuvo problemas para adaptarse al frío burgalés cuando Constanza de Borgoña, esposa de Alfonso VI, le llamó para cristianizar castellanos.

En la iglesia donde reposan sus restos bajo monumento de lujo, terriblemente contradictorio con quien, dicen, entregó sus riquezas a los pobres, encontramos, novedades tecnológicas como ordenador y pantallas de plasma para eliminar puntos ciegos a los fieles, de nuevo la modernidad en la recaudación eclesiástica. Al igual que señalábamos en San Marcelo de León, hay un cepillo cibernético, patrocinado por el Banco de Santander, para que las católicas puedan contribuir sin necesidad de efectivo. Es enternecedor ver juntos los antiguos y modernos medios de cobro.

Cepillos

Por fin, para que se vea que la Iglesia sigue peleando por la salvación de España, recojo un llamativo panfleto, puesto a disposición de los usuarios en la parroquia, en el que se ve como el santo rosario nos librará de las pestes de los malos gobernantes. Eso sí, como bien dice el ínclito arzobispo Sanz después de reconvenir a los rojos astures, el clero no se mete en política. Vean vuesas mercedes, antes de que llegue el Apocalipsis.

Rosario por España

Afuera, en la Plaza de San Juan, exhibición de otras rapaces -cárabos, búhos, milanos y águilas reales-, mientras los rapaces ensayaban a competir con juegos tradicionales. Tranquilamente, al sol dominical, porque afortunadamente, además del trabajo infatigable de los herederos de Antonio María Claret, tiene la humanidad otros salvadores; en la calle se ve profusamente anunciado un libro, “donado por diferentes asociaciones altruistas”, que reparte gratuitamente, sin gastos de envío, el ciudadano burgalés Nacho Martín Alonso. Lo dejo anotado, posiblemente me lo pida para Reyes, en vez de “La utilidad de lo inútil” de Nuccio Urdine, que al fin y al cabo sólo era un filósofo.

Hercóbulus o el planeta rojo

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