Carolina Sarmiento: “La literatura es mi mayor espacio de libertad”

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Carolina Sarmiento, escritora
Carolina Sarmiento / Foto: David Feito
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Sus personajes le hablan al oído y Carolina Sarmiento no pone freno a su imaginación a la hora de reflejarlo. Todo lo contrario, la escritora asturiana vuela libre con ellos descubriendo partes de sí misma hasta entonces desconocidas.

Carolina nació en Oviedo, aunque prácticamente toda su vida ha transcurrido entre Gijón y Villaviciosa, en un binomio campo-ciudad al que no es indiferente su obra. Su entorno laboral habitual son los informativos de Radio Televisión Asturiana (RTPA), pero la autora sabe combinar oficio y devoción literaria para dar vida a relatos como el de Tarada. Bajo el sello de Pez de Plata, esta novela corta plantea una huida hacia adelante que no deja a nadie indiferente. Subidos a las inquietudes y necesidades de su protagonista femenina nos adentramos a la vez en el universo de la propia Sarmiento.

-¿De dónde viene tu idilio con la literatura? ¿Eras una niña que ya creaba historias en tu cabeza?
-Hay distintas etapas, tuve la suerte de que en el ciclo medio me tocó una maestra que al llegar el fin de semana te pedía que hicieras una redacción, una historia o un cómic. Se llamaba Maricruz y también hacíamos teatro con ella; a mí todo esto me gustaba.
Además, fui niña de cartas con amistades del verano y en el instituto, aunque no era constante, tenía un diario, y si algo me rondaba la cabeza, escribía sobre ello. En la escritura siempre encontré un refugio en el que explorarme a mí y en el que también evadirme, tanto con las historias que inventaba para el cole como con esos diarios más íntimos de reflexión en la adolescencia.
Luego me apunté a un taller de escritura creativa de la Universidad Popular de Gijón que impartía una profesora argentina muy buena, Graciela Lietvak. Ese taller fue un antes y un después, la evidencia de que esto a mí me apasiona.

“En la escritura siempre encontré un refugio en el que explorarme a mí y en el que también evadirme”

-De todas formas, aún tardaste en ponerte a escribir de cara a un público lector, ¿por qué esa demora?
-Por miedo, porque estás acostumbrada a leer cosas que te gustan tanto que piensas ‘no creo que merezca la pena, para qué voy a escribir yo con la cantidad de gente buena que hay haciéndolo’. A través de los talleres de escritura fui acumulando muchos relatos, al principio era como ir al cole, te pedían un relato corto para el siguiente taller y yo lo hacía, pero luego me fui soltando y escribiendo lo que me apetecía; esa creo que es la evolución de un tallerista. Y de repente, hace seis años y como un meteorito, surgió la poesía y fue lo primero que publiqué, el poemario Ikiru. Fui madre, tenía un pelotazo gordo en la cabeza y la manera que encontré de poner en orden mis sensaciones contradictorias fue por la vía poética. Con poemas cortos, pero no haikus porque no me gusta ceñirme a la métrica. No contaba con publicarlos, pero a una muy buena amiga que lee poesía le gustaron mucho; después se los di a leer a Juan Gallo, un editor de poesía que me animó a escribir más. Y ahí ya me enganché a mirar el mundo con ojos poéticos y sacarle el encanto o la dureza; cuando salió el poemario me vi recitándolo y defendiéndolo, algo que nunca había hecho en la vida.

-Tu última publicación ha sido la novela corta Tarada, pero sé que tienes un trabajo anterior que también va a ver la luz que nada tiene que ver con esta obra. La primera es como una pequeña locura, mientras que la otra es más cabal o normativa. No te voy a hacer elegir, ¿ambas definen dos partes de ti misma?
-Sí, todo lo que escribes te define de alguna manera, aunque sea ficción, y todo depende del momento en el que lo escribas. Tarada lo escribí justo después de acabar esta otra novela que saldrá a finales de febrero y que es una novela más seria, en la que puse más ojo en el tono, en el misterio. En esta primera yo sabía hacia dónde iba, conocía el final y cuando la terminé me apeteció dejarme llevar y así surgió Tarada, en la que me dejé llevar por la improvisación como si fuera una jam session. Me dejé llevar por el juego, y es una locura que luego va cobrando sentido. Quise que la naturalidad con la que fluía la historia no se quebrantara por darle una estructura o hacerle una revisión literaria, la quería tan espontánea como a mí me fue surgiendo según escribía. Y ambas me definen porque cuando pasas una etapa de concentración luego te apetece ir de fiesta. Es así.

“Con ‘Tarada’ quise que la naturalidad con la que fluía la historia no se quebrantara por darle una estructura o hacerle una revisión literaria, la quería tan espontánea como a mí me fue surgiendo según escribía”

Carolina Sarmiento en una firma de libros
Carolina Sarmiento en una firma de libros / Foto: Pez de Plata

-Y eso que la huida de la protagonista no es precisamente una fiesta.
-La fiesta fue para mí que me dejé llevar, una fiesta de la creatividad, de hacer lo que quisiera en cada momento. La novela que va a salir también tiene ese punto, pero es más reducido. En Tarada hay otro tipo de riesgo, es más salvaje, de alguna manera la historia es más bruta, es dura, pero también tiene un punto de humor.

-En la narración de esta novela, al igual que hace ella, tú te saltas varias normas o prácticas literarias convencionales.
-Es que yo no me puse ninguna norma, fue el dejarme llevar, iniciar un viaje con ella, un viaje en pijama y en un coche viejo y a ver hasta dónde llegábamos. La escribí escuchándola a ella y cuando yo no podía hacer de médium directamente no escribía. No era consciente de querer saltarme ninguna norma, pero sí de ser lo más natural, como ella, ser lo más espontánea escribiendo, lo más loca y arriesgada, y que su pensamiento y mi escritura fueran acorde. Una prosa clásica no le pegaría siendo un monólogo de la protagonista.

“Todos somos diferentes, todos tenemos un pensamiento único que es el tesoro que llevamos. Es importante respetar esa esencia que tenemos cada uno y que, por la socialización, y tal vez por la globalización, vamos perdiendo”

-Al hacerlo así, ¿la protagonista experimenta cosas que no había conocido anteriormente?
-Sí, eso estaba también en Ikiru, en el que tuve un momento un poco mágico a raíz de la maternidad y me fijaba en detalles de la vida que pasan desapercibidos. La protagonista de Tarada sí tiene esta reconexión con, por ejemplo, el sabor del chocolate, la sensación de ir en bicicleta, la de bañarse en la playa en invierno, el contacto con un animal o, de repente, sentirse atraída por un chico o por una chica. Es esa revolución de los sentimientos que muchas veces llevamos tapiada por las prisas o porque no te da tiempo a fijarte en ciertas cosas maravillosas que hay en la vida.

-Ella también se siente un poco bicho raro, ¿todos lo somos en algún momento de nuestra vida?
-Sí, porque todos somos diferentes, todos tenemos un pensamiento único que es el tesoro que llevamos y el que puede marcar la diferencia en un proceso creativo o un proceso vital. Es importante respetar esa esencia que tenemos cada uno y que, por la socialización, y tal vez por la globalización, vamos perdiendo. Es como la identidad de las regiones que se va perdiendo porque llega esa apisonadora que es el mercado; lo mismo sucede con los individuos. A mí sí me gustaría ir hacia una sociedad más diversa en la que fuéramos muchos los bichos raros, y en Tarada, sin darme cuenta, defendí eso. No es un tratado de ética ni un alegato, pero sí se refleja esa necesidad de quitarse los corsés que llevamos y que vienen dados por el día a día, porque tienes unos horarios, porque tienes unas obligaciones y estamos en la rueda del hámster. Hay que salir de ahí para que pueda brotar con naturalidad, sin complejos, la esencia de cada uno.

Tarada no es un tratado de ética ni un alegato, pero sí se refleja esa necesidad de quitarse los corsés que llevamos y que vienen dados por el día a día”

-Como se deduce del libro, ¿una playa puede resultar ser un infierno y un calabozo todo un paraíso?
-Sí, el tema del calabozo aparece porque yo tiendo mucho a la dispersión y me viene bien obligarme a estar encerrada porque así me centro. En el caso de la protagonista ella huye y es un viaje en el que hay un montón de aventuras, pero cuando la encierran y su espacio físico se reduce no le queda otra que echar la vista atrás y reflexionar. Ahí conecta con su pasado y es lo que a ella le hacía falta para recomenzar el viaje con otro espíritu y salir renovada del calabozo. A veces es necesario pararse, echar la vista atrás y reflexionar.

-Tu personaje salió huyendo en busca del sol y se fue encontrando a sí misma, ¿qué has ido encontrando tú en cada viaje literario?
-Sin saberlo la protagonista se ha convertido en un referente. De ella he aprendido esa necesidad de luchar por la naturalidad de uno mismo, la virtud de no tener complejos o al menos intentarlo. Y también el arrojo. Me encanta la gente espontánea, y a lo mejor a mí no me sale esa espontaneidad, pero si la veo en otra persona ahora la aprecio más, y hay que defenderla.
Algunas personas me han llegado a decir que al principio la protagonista de Tarada les caía mal, que siempre estaba muy enfadada, pero es que no tenía nadie cerca a quien amar. Luego va encontrando personajes que la tratan bien, que la arropan, y este es otro aprendizaje: la bondad, que es necesaria. A mí me educaron para valorar la bondad, pero ahora soy más consciente, porque se va viendo cómo esa mujer, según la van tratando bien, se va transformando y se convierte en un ser casi luminoso.

“Para mí ‘tarada’ no es una palabra extraña y aunque la protagonista al principio de la historia tiene varias salidas de tono que pueden apuntarla como tarada, ¡cuidado a quién llamamos tarado!”

-Me pareció muy valiente la elección del título de Tarada, y además por lo que escuché tuviste que pelear para que se aceptara.
-Sí, a la editorial en principio no le gustaba porque les sonaba muy fuerte, pero yo era el único título que veía. Como al editor no le convencía, le mandaba otros, pero sin convencimiento y al final, a base de enviarle títulos fallidos que no eran apropiados se convenció de que Tarada era el adecuado. Este insulto sale varias veces en la novela, a veces con cariño y a veces con desprecio. Cuando lo pensé no valoré si comercialmente iba a funcionar o no, de hecho, hay a quien le llama mucho la atención y a quien no le gusta, y además hay que tener cuidado porque en portugués tiene otro significado: hace alusión a una desfasada sexual. Para mí ‘tarada’ no es una palabra extraña y aunque la protagonista al principio de la historia tiene varias salidas de tono que pueden apuntarla como tarada, ¡cuidado a quién llamamos tarado!

-¿Crees que en esta sociedad haría falta revisar lo que se considera salud mental?
-Sí, afortunadamente se está hablando mucho de ello cuando antes se escondía. La salud mental no es solo prevenir una enfermedad mental, yo creo que es estar lo más equilibrado posible. Al hablar de salud mental parece que siempre piensas en algo muy grave, como la esquizofrenia, pero hay que cuidarse la cabeza porque a medida que vamos cumpliendo años nos podemos ir llenando de taras. En esta sociedad estamos muy centrados en la rentabilidad, porque es necesaria y hay que pagar un montón de cosas, pero no podemos olvidarnos de otras como el disfrute y las relaciones personales, que son básicas. En el caso de Tarada ella estaba desubicada socialmente, no conectaba con nadie, ni siquiera con sus amigos o lo que socialmente se llamaban amigos.

“Al hablar de salud mental parece que siempre piensas en algo muy grave, como la esquizofrenia, pero hay que cuidarse la cabeza porque a medida que vamos cumpliendo años nos podemos ir llenando de taras”

-Con esta manera de mirar y entender el mundo, casi como una carrera de obstáculos en constante movimiento ¿has cogido algo para tu vida personal o profesional?
-Creo que todos tenemos la fantasía de un día plantarnos en un aeropuerto, ver a dónde va el siguiente vuelo y subirse a él a ver qué pasa. Yo siempre ha fantaseado con esto, pero desafortunadamente ahora no puedo hacerlo. Sí que he ido cogiendo licencias sin sueldo en la televisión para poder escribir, y con veinte años he hecho viajes de este tipo en los que empezabas un fin de semana yendo a cenar a casa de unos amigos, luego salías de fiesta, y al día siguiente a lo mejor cogías un tren y no sabías dónde ibas a comer o si terminarías durmiendo en una playa. Si te dan un regalo que ya sabes lo que es no te sorprende tanto, pero esas noches o fines de semana largos eran los mejores porque el no tener expectativas te regalaban momentos únicos con los que no contabas. Mi madre siempre me echaba en cara la respuesta clásica que yo tenía: que fluya.

-¿Hay también muchas Fátimas en tu vida, personas que te ayudan a encontrar tu propia esencia?
-Este personaje no está inspirado en nadie en concreto, pero sí que hay gente cercana que derrocha bondad. Es una maravilla cuando te topas con una persona que te ilumina con su sonrisa, que siempre está dispuesta… te conecta con la humanidad. Me viene a la cabeza una de mis abuelas a la que recuerdo siempre siempre con una sonrisa y un abrazo. A las ‘Fátimas’ yo las adoro.

“Muchos lectores dicen ‘es que me he sentido identificado’ o ‘yo quiero ser una tarada’, fíjate cómo se transforma el concepto peyorativo de tarada. Todos en la cabeza tenemos pesares, fantasmas, miedos y complejos que no exteriorizamos”

Carolina Sarmiento, escritora
Foto: Pez de Plata

-¿Te sorprendió la respuesta de tus lectores sobre Tarada?
-Sí me sorprendió. La respuesta al libro de relatos cortos Animales Urticantes había sido muy buena y no sabía cómo se iba a recibir una novela experimental y ha gustado mucho. Me encantan las reacciones de la gente con las que no contaba. Muchos lectores dicen ‘es que me he sentido identificado’ o ‘yo quiero ser una tarada’, fíjate cómo se transforma el concepto peyorativo de tarada. Todos en la cabeza tenemos pesares, fantasmas, miedos y complejos que no exteriorizamos, y cuando lo lees en el monólogo interior de una mujer nos sentimos identificados; pero sí me llama la atención que la gente se haya sentido identificada con esta protagonista alocada pero auténtica.

-La acepción ‘tarada’ parece que va cogiendo significado según avanza el relato y tanto puede ser un insulto como un maravilloso reconocimiento.
-Cuando lo escribí era un ejercicio de creatividad, no pretendía hacer un alegato de nada, sin embargo, me dijeron que conectaba con una corriente feminista actual en la que la protagonista rompe con los clichés de lo que suelen ser las protagonistas femeninas en ficción y esto, ahora que lo han comentado, sí lo reconozco en ella. Una mujer de ficción no suele hacer lo que esta, y varias personas apuntaron este punto reivindicativo: una mujer puede no depilarse los sobacos durante el invierno pero, ¿por qué tiene que hacerlo cuando tiene pareja? ¿por qué tiene que llevar sujetador? ¿por qué no puede mostrar su ambigüedad sexual?, etc. Hay tantos tipos de mujer como tipos de hombre, y esta es así, en bruto, al natural.

-En febrero tienes nueva novela en la calle ¿puedes avanzarnos de qué trata?
-A ver si soy capaz de contarte sobre ella porque esto es muy difícil para mí, de hecho, aún no está en imprenta. La escribí cuando la pandemia y como llevaba tanto tiempo guardada he tenido el vicio de releerla y, como la protagonista había seguido viva en mí, he reescrito muchísimo. No es la novela que tenía cuando terminé Tarada, conserva su esencia, pero ha ganado en complejidad.
Es la historia de una mujer que es música, cantautora, y que hace muchos años que no sabe nada de sus padres. Realmente siempre le había dado miedo saber de ellos porque, detrás de su ausencia, ella teme que sea cierta una leyenda que se cuenta de un pueblo en el que vivieron y en el que ella los vio por última vez. La novela ronda el mundo de las leyendas, el mundo del misterio y también el mundo del mal.

“La profesora Graciela Lietvak nos dijo en una de sus primeras clases: si os lanzáis a escribir vais a abrir cajones oscuros de vuestro pensamiento, y si los cerráis nunca escribiréis bien porque no seréis auténticos”

-¿Da un poco de miedo o cierto respeto afrontar este tipo de temas dado que obligan a sumergirse en entrañas menos luminosas?
-Hay determinados puntos de la leyenda que para mí son evasión, y es un disfrute porque a mí me gustan los cuentos; me gusta contarlos y que me los cuenten. En esta novela los pensamientos de la chica rondan sobre sus padres: el porqué de su silencio, por qué ese distanciamiento, por qué la extrañeza con la que siempre la trataron. Escribir sobre misterio no me provoca inquietud personal, no es algo que me dé miedo, pero a veces sí me provoca pesar o reflexión. Sigo utilizando esta herramienta sin ser consciente y ahondo en partes oscuras mías, sentimentales y de relaciones personales.

-¿Esto es inevitable? ¿Es verdad esto que dices en tu novela que las cartas son en realidad para el remitente?
-Esto nos lo dijo nuestra profesora Graciela en una de sus primeras clases: si os lanzáis a escribir vais a abrir cajones oscuros de vuestro pensamiento, y si los cerráis nunca escribiréis bien porque no seréis auténticos. Esto no quiere decir que yo escriba sobre mí misma, pero sí que escribo desde mi visión del mundo, desde mi conocimiento e intuiciones y si eso no está ahí, es falso.
Yo no puedo estar en tu cabeza, yo estoy en la mía, y lo que proyecto es desde esas zonas oscuras y desde esos fantasmas que todos tenemos de bichos raros, no los puedo eludir. En esta novela no confieso nada que no le pase por la cabeza a nadie, como la extrañeza que nos pueden provocar las relaciones familiares. También está muy presente el binomio campo-ciudad y es crucial en esta novela una montaña salvaje. La fuerza de la naturaleza humana y paisajística está muy presente, tiene algo atávico hacia los animales que somos ya que venimos de habitar la cueva y de vivir del bosque.

“No me gusta escribir acartonada, tengo que estar atenta a lo que me está contando la imaginación. Si escribo es porque la estoy escuchando según la escribo y si la pierdo, igual que un día perdí los versos, dejo de escribir”

-Tras este periplo narrativo ya no quedarán reductos en ti de indecisión respecto a tu trayectoria literaria, ¿me equivoco?
-No, pero la indecisión está ahí. Y eso se lo oía el otro día a Juan Casamayor que es el editor de Páginas de Espuma: «no he conocido ningún autor que no sea indeciso». Lo que tengo muy presente es no dejarme llevar por convencionalismos, y el hecho de que ahora haya publicado tres libros no quiere decir que lo siguiente que escriba lo tenga que publicar. No tengo contrato con nadie, yo lo hago como desarrollo personal instintivo y quiero ser honesta. No me gustaría sacar cosas que no me convenzan o no me remuevan. Tengo por ahí varios relatos, aunque insuficientes para un libro, pero ¿quién sabe?, si sigo cruzándome con situaciones peculiares en la vida y sigo escribiendo sobre ello igual dentro de diez años ya tengo los suficientes para publicarlos.

-¿Para ti escribir es un ejercicio de libertad total? ¿Ni tú misma sabes a dónde te conduce?
-La literatura es mi mayor espacio de libertad. Antes te decía que no podía romper con todo como la protagonista de Tarada y largarme por ahí porque al final soy responsable, soy madre, trabajadora, cliente de la luz y de todo, y tampoco me siento con la libertad de decirles a las personas lo que pienso por miedo a herir. A mí me educaron mucho en la prudencia, pero esa libertad que, como a todos, me falta en el día a día la encuentro escribiendo y a eso sí que tengo que ser fiel. Y es divertidísimo, te hace volar, te abre campos. Yo tengo que notar que me fluye la imaginación, tienen que sorprenderme las historias, no escribir por escribir y que quede bonito, sino que tenga una musicalidad, un swing, un ritmo. No me gusta escribir acartonada, tengo que estar atenta a lo que me está contando la imaginación. Si escribo es porque la estoy escuchando según la escribo y si la pierdo, igual que un día perdí los versos, dejo de escribir.

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