En pleno corazón de Asturias, entre montañas verdes y lluvia fina, existe un pequeño refugio en Gijón donde el tiempo parece detenerse. aTélier by The Japanese Tea Hub Concept Shop no es solo una tienda: es el lugar donde Xenia Blanco, moldeada por medio mundo, ha encontrado su manera de honrar a Japón, al té y a la artesanía. Tras años de viajes, formaciones en origen y comienzos interrumpidos por la pandemia, ha construido un proyecto íntimo, hecho a mano, donde cada hoja, cada cuenco y cada historia tienen nombre propio. En esta conversación, nos abre la puerta a su universo: un espacio donde el té se convierte en cultura, en memoria y en una forma de estar en el mundo.
-¿Qué es aTélier y qué experiencias se pueden vivir allí?
-aTélier es, ante todo, una tienda de té japonés. Pero también es un pequeño refugio donde conviven la cerámica artesana y una selección de productos gourmet. Un espacio que cumple ahora su primer año y que nació como extensión natural de mi proyecto anterior, The Japanese Teahouse Country Shop, que lleva ya casi tres años en marcha. Empecé asistiendo a eventos, luego abrí la tienda online y, finalmente, este espacio físico. Todo ha sido un proceso lento, casi orgánico, después de haber tenido que cerrar mi primera tienda en Suecia por culpa de la pandemia. Aquello me obligó a parar, a trabajar en otra cosa, a ahorrar… y a volver a empezar desde cero. aTélier es el fruto de esa segunda vida.
«Desde muy pequeña sentí una atracción inexplicable por Japón. Siempre digo que en otra vida fui japonesa. Con mi primer sueldo, a los 14 años, me compré un té “bueno”. Lo preparé fatal, pero seguí investigando»
-¿De dónde nace tu pasión por Japón y, más concretamente, por el té?
-Nadie en mi familia lo entiende. Soy hija de un minero, nacida en La Robla (León) y desde muy pequeña sentí una atracción inexplicable por Japón. Sin referentes, sin exposición… simplemente estaba ahí. Siempre digo que en otra vida fui japonesa. Y el té llegó pronto. Con mi primer sueldo, a los 14 años, me compré un té “bueno”. Lo preparé fatal, claro, pero seguí investigando. A los 22, estudiando japonés, probé un té matcha de ceremonia preparado por una chica de la región de Uji (Japón). Aquello me cambió. Desde entonces no he dejado de buscar, probar, estudiar y formarme. El té japonés es, sencillamente, el que más me emociona. De hecho, suelo ir una o dos veces al año al país nipón.
-¿Cuándo decides convertir esa pasión en un negocio?
-En 2016 viajé a Japón para visitar plantaciones. Allí descubrí que existía un programa de formación en inglés para sumillería de té japonés. Volví en 2018 para certificarme y, tres meses después, regresé invitada por The Japan Tea Export Council para un viaje de instrucción en Shizuoka y Kagoshima. A partir de ahí, todo tomó forma. En 2019 ya estaba preparando mi proyecto. En 2020 tenía la web lista, las fotos hechas, los eventos cerrados… y llegó la pandemia. Tuve que cerrar, mudarme, trabajar en otra cosa, pero volví. Y aquí estoy.
-¿Qué secreto guarda el té y la ceremonia que lo rodea?
-El gran maestro de té japonés del siglo XVI, Sen no Rikyū, lo dejó escrito: “Primero calienta el agua, después añade las hojas y consume el té de forma correcta. Esto es todo lo que necesitas saber. Aparte de esto, el té no tiene nada”. La ceremonia del té es otra cosa: una disciplina artística, filosófica, espiritual. Requiere años de estudio, repetición y silencio. Pero la sumillería es la rama gastronómica: entender el origen, el cultivo, el procesado, el sabor. Son caminos distintos que a veces se confunden.
-¿Cómo surge la idea de especializarte en algo tan concreto como la sumillería de té japonés?
-Desde fuera puede parecer extraño, pero para mí fue lo más natural del mundo. Vivía en el extranjero, tenía acceso a vuelos, a salarios más altos, a formación en inglés. Aproveché esa oportunidad. Me gusta entender los procesos: quién cultiva el té, en qué región, cómo se elabora cada ingrediente que vendo. Trabajo con pequeños productores japoneses, familias que llevan generaciones cultivando hojas bajo la misma luz, en las mismas laderas. Conozco sus nombres, sus manos, sus procesos. Lo mismo me pasa con la cerámica japonesa, me apasiona, la investigo y escribo sobre ello. Para mí, formarme es la única manera de construir un proyecto honesto.
«Trabajo con pequeños productores japoneses, familias que llevan generaciones cultivando hojas bajo la misma luz, en las mismas laderas. Conozco sus nombres, sus manos, sus procesos»
-Cuando alguien entra en tu tienda, ¿qué ocurre?
-Le doy la bienvenida y le pregunto qué busca. Si quiere probar un té, le preparo una pequeña muestra. Trabajo solo con té japonés de calidad superior, envasado en origen, porque es muy delicado y no puede estar expuesto al aire. Explico lo que tengo, cómo se prepara, de dónde viene. Y luego la persona decide sin compromiso. Mi papel es acompañar, no empujar.
-¿Existe realmente un turismo del té en Japón?
-Sí, aunque es relativamente reciente. Japón ha tardado más que otros países como India o China en abrir sus plantaciones al visitante. El idioma era una barrera. Pero en los últimos diez años ha crecido mucho el interés y la oferta. Eso sí: Japón no es heredero de China en la forma de hacer té. Son tradiciones distintas. El matcha, por ejemplo, desapareció en China y sobrevivió en Japón gracias a los monjes zen.
-¿Cuál es tu té preferido?
-El matcha y el gyokuro. Ambos son tés de sombra, intensos, profundos. Uno en polvo, otro en hoja, pero comparten alma.
-También te has formado en cata del chocolate.
-Sí. Me gusta la gastronomía de calidad y pensé que podía complementar con el té. Hice varios niveles en el Instituto del Cacao. Me encantaría completar la formación viajando a plantaciones de origen, pero ahora mismo no puedo moverme tanto. Aun así, haber vivido procesos en primera persona (fermentar, tostar, moler) te cambia la mirada. Y eso se nota cuando hablas con un cliente.
«en la tienda se pueden encontrar también ingredientes de pequeños productores japoneses así como cerámica artesana, algo de cosmética coreana y algunos productos asturianos. Me gusta esa mezcla discreta»
-¿Además de té qué otras cosas se encuentran en tu tienda?
-Ingredientes japoneses de pequeños productores, cerámica artesana de distintas regiones –como Minoyaki, con 1300 años de historia–, algo de cosmética coreana y algunos productos asturianos. Me gusta esa mezcla discreta: Japón como eje, pero con un guiño a la tierra que ahora habito.
-¿Cómo imaginas el futuro de tu proyecto?
-Vivo en el presente. El mercado cambia, las modas cambian, la gente cambia. No busco hacerme rica ni crecer sin medida. Quiero un proyecto pequeño, con alma, donde pueda atender a cada persona como merece. Lo hago todo yo: web, fotos, perfiles de sabor, envíos. Y así quiero seguir, creciendo despacio, adaptándome, sin perder la esencia.
-¿Realizas talleres?
-Sí. De matcha, de gastronomía y, a veces, de kintsugi, la técnica japonesa de reparar cerámica con oro. Tengo un servicio de catering de dulces japoneses especializado para particulares. Sigo formándome y aprendiendo. Nunca se sabe hacia dónde te llevará el camino.
-¿Estás a gusto con lo que haces?
-Sí, aunque emprender en España es duro. A veces solo queda adaptarse y seguir. Pero estoy donde quiero estar.
-Una curiosidad, después de estar por medio mundo, ¿cómo “aterrizaste” en Asturias?
-Soy de León, he vivido en Glasgow (Escocia), Berlín, Múnich (Alemania), Gotemburgo (Suecia)… Al final, una se vuelve un poco ciudadana del mundo. A final, la vida –y el amor– me trajeron a Asturias.