Flor González Fernández. Ganadera desde la infancia

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Flor González Fernández, ganadera de Belmonte de Miranda
Foto: Fusión Asturias
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Belmonte de Miranda presume de buen ganado y buena carne, y eso es gracias al trabajo de familias ganaderas como la de Flor González Fernández: la ganadería para ella forma parte de su vida desde que era pequeña. ‘Antes, cuando había ternerinos en la cuadra era como tener un muñeco para jugar. No hacía falta que te mandaran ir, ya ibas tú sola’.



La ganadería que Flor lleva junto a su marido, Servando, está ubicada en San Martín de Ondes. Allí trabaja en jornadas de mañana y tarde para cuidar a las casi ochenta vacas Asturiana de los Valles que dan vida a este negocio familiar que, de momento, no tiene continuidad generacional.

-¿Cómo ves la evolución de la ganadería en la zona?
-Hay muy poca gente joven. Donde nosotros vivimos somos tres ganaderos que tenemos un volumen más o menos grande de ganado, tenemos hijos pero ya tienen una vida hecha fuera de aquí y va a ser difícil que haya un relevo. Nadie se arriesga a quedarse en el pueblo con la ganadería.
-¿Os sentís apoyados en vuestro trabajo por parte de las instituciones?
-Muy poco. El dinero que te dan de las subvenciones y prácticamente nada más porque desde hace mucho tiempo no arreglan ni hacen ningún camino, no vienen a las zonas a dar charlas informativas… de todo esto ya no hacen nada. Otro problema que tenemos bastante importante es el del lobo o el oso porque, cuando te toca, da muchas pérdidas. La Administración lo valora como quiere y si no estás de acuerdo con lo que ellos marcan tienes que pleitear e ir a los tribunales.
-La parte visible en las ganaderías siempre fue la del hombre, ¿qué papel fue y sigue siendo el de la mujer?
-Dependiendo de cómo fuese la explotación la mujer siempre colaboró en mayor o menor medida. Una ganadería un poco grande es muy difícil de llevar por una persona sola, siempre necesitas ayuda y más en una zona de montaña como esta en la que el minifundio es lo más común. Yo llevo trabajando en esto desde que me casé hace treinta y dos años, aunque antes estudiaba en Gijón y cuando volvía a casa en verano también ayudaba. La mujer, sobre todo en el mundo rural, nunca fue muy considerada pero siempre trabajó tanto o más que el hombre. Criaba a los hijos, cuidaba a los abuelos… yo recuerdo cuando era pequeña que mi madre iba a lavar al reguero que estaba a un kilómetro con el balde en la cabeza, trabajaba la tierra cuando sembraban patatas, escanda, maíz… No tenía agua caliente en casa y muchas veces ni agua, me acuerdo de cuando iban a la fuente con los calderos en la cabeza. Y en verano, en época de siega, cogían el cesto e iban a llevarles la comida a los maridos.
-A pesar de lo que se ha avanzado, ¿sigue siendo un trabajo sacrificado?
-Sí, porque tienes días de descanso pero a no ser que se quede alguien que sepa lo que hace, no te puedes marchar quince días de vacaciones. Cuando la gente te dice de quedar dentro de tres días para cenar, yo siempre contesto que con tanto margen no me puedo organizar, porque no sé lo que va a pasar ese día. Vives día a día. Pinche aquí para ver más reportajes de este concejo

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