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sábado 15, junio 2024

La justicia social: un camino para la paz

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Recientemente he tenido la oportunidad de formar parte de la vigésima Delegación Asturiana de Verificación de los Derechos Humanos en Colombia. Al día siguiente de mi llegada -el resto de los compañeros llevaban unos días en el país-, visitamos el ETCR (Espacio Transitorio de Capacitación y Reincorporación) de la Fila, situado en el municipio de Icononzo, Tolima; allí nos reunimos con un grupo de excombatientes de las FARC, firmantes del acuerdo de paz, que esperan -desde hace demasiado tiempo-, que se cumplan las condiciones de todo lo que les prometieron. Cada una de las personas que participaron en el encuentro compartieron con nosotros sus dificultades para vivir allí, sus preocupaciones y sus recorridos vitales. De todos ellos, destaco las palabras de uno en especial: “tenía doce años y estaba harto de pasar hambre y necesidades de todo tipo, no tenía zapatos, no tenía nada y, un día, apareció un hombre que me ofreció comida y vestuario y, en ese momento, empuñé el arma”.

Este testimonio confirma lo que he dicho muchas veces: no se pueden mantener espacios de extrema pobreza, porque generan violencia. No hay paz sin justicia social y, mientras consintamos que existan tantos lugares en el mundo en los que las personas sufren las consecuencias de la desigualdad y la injusticia en el reparto de los bienes, no podremos vivir en una paz verdadera y duradera.

Pobreza infantil en el mundo
Imagen de Billy Cedeno en Pixabay

A excepción de quienes se enriquecen con las guerras y, por tanto, están interesados en mantenerlas, todas las personas queremos vivir en paz, el único contexto posible para el desarrollo de la vida, el único camino hacia el bienestar; pero no podemos mantener una paz que solo afecta a unos pocos privilegiados que hemos tenido la suerte de nacer en determinados lugares del mundo; no podemos dar la espalda a la pobreza extrema, la desigualdad y la falta de justicia social, porque son generadores de violencia y, tarde o temprano, puede encontrar una vía de salida que nos afecte a todos. No podemos alimentar la indiferencia hacia las guerras que asolan algunos lugares: Gaza y Ucrania -actualmente muy presentes en los medios-, pero hay otras muchas que están cronificadas en otros territorios de los que nadie habla en estos momentos. No debemos dar la espalda a los conflictos que se mantienen por intereses económicos -como en algunos países africanos-, vinculados a la explotación de recursos y de materias primas.

La paz y la justicia son la cara y la cruz de una misma moneda, son hermanas gemelas que caminan de la mano.

En muchos lugares de este mundo que habitamos, la vida de millones de personas transcurre en una incertidumbre permanente que la mayoría no seríamos capaces de soportar; es la incertidumbre de no saber, cada día, si podrán comer o no, si la salud los acompañará o simplemente, si sobrevivirán un día más, para seguir buscando lo básico para mantener la vida.

Seamos conscientes de lo que ocurre, de la desigualdad que alimenta los conflictos y busquemos tiempo y espacio para reflexionar sobre la necesidad de trabajar por la justicia para construir la paz.

La paz y la justicia son la cara y la cruz de una misma moneda, son hermanas gemelas que caminan de la mano.

Termino con unas palabras de García Lorca: “El dolor del hombre y la injusticia constante que emana del mundo, y mi propio cuerpo y mi propio pensamiento, me evitan trasladar mi casa a las estrellas”.

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