La palabra vacía

El árbol para pensar, sección de opinión en Fusión Asturias escrita por Inmaculada González-Carbajal García, presidenta de la Fundación El Pájaro Azul
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Algunas personas hablan y se expresan con palabras que no salen del interior. Elaboran un discurso y ellas mismas creen que, por decir lo que dicen, eso forma parte de sus vidas, pero que en realidad son palabras vacías de contenido, porque sus actos no corresponden a lo que expresan.

En algunos contextos ideológicos, se incorporan formas de hablar que no provienen de la experiencia; son como un código con el que las personas de un mismo grupo se relacionan, y así, mientras se diga lo que se espera, todo el mundo está tranquilo, porque se sienten unidos por palabras que corresponden a la ideología que los agrupa.

Hay discursos de todo tipo que pueden contener grandes incoherencias con los principios que se defienden: feministas militantes que en sus casas alimentan el machismo en la relación que mantienen con el marido, el hijo, el hermano o el padre; personas religiosas que formulan conceptos y hablan de Dios como si fuera un señor con el que comen a diario, cuando sus vidas están alejadas de la misericordia y el amor, que es la base de cualquier religión; o políticos que hablan con mucho énfasis, poniendo contundencia en sus palabras para engañar con ellas a los ingenuos que los escuchan y esconder sus verdaderos intereses, que no son el bien común, sino el propio.

La palabra vacía suena como el agua de lluvia que cae en una lata y produce un sonido hueco, no toca el corazón, porque no tiene en él su origen.

La palabra vacía es estridente y altanera. A menudo, quien la utiliza se cree poseído por la verdad, y por eso la grita y la enarbola como una bandera que le protege de la posibilidad de ahondar en sus incoherencias y en su propio engaño. Es una palabra movida por emociones ocultas que la proveen de fuerza, pero que está desposeída de autenticidad.

La palabra vacía suena como el agua de lluvia que cae en una lata y produce un sonido hueco, no toca el corazón, porque no tiene en él su origen. Sale siempre de la cabeza y alimenta el engaño tanto del que habla, que termina creyendo que lo que dice corresponde a la verdad de su vida, como del que escucha, que vive en el mismo engaño.

Quienes hablan con palabras vacías no provocan la reflexión, porque ésta puede incitar a cambios, a mover posiciones y a cuestionar la propia vida; son más bien servidores de la demagogia y del discurso “políticamente correcto” que esconde todos aquellos aspectos de la realidad que pueden ser molestos porque azotan las conciencias.

La palabra vacía no necesita que haya coherencia con los actos; no lo necesita porque su fin es otro y su interés no está en lo que dice, sino en lo que puede conseguir: poder, alimentar el ego, mantener el engaño, controlar la relación con el otro, protección frente al miedo que inconscientemente nos provoca la verdad, etc.

El objetivo de la palabra con contenido es excitar preguntas, para que se promuevan respuestas, pero no inmediatas, sino en el tiempo que cada persona necesita para darlas desde su propia vida y desde su propia búsqueda.

Si la palabra vacía viene de la cabeza, la palabra con contenido viene del corazón y brota de la experiencia; por eso, forma parte de un discurso que no es estridente, sino sereno y pausado, con el ritmo que marca lo que sale de adentro y brota del hontanar de la vida. Es una palabra que se expresa con calma y que no forma parte de ningún guión. La palabra con contenido es coherente con los actos, porque expresa lo que se aprende con la vida y nace de ella; induce a la reflexión, porque no es totalitaria en lo que formula y deja espacio a la divergencia; no apabulla en el discurso, porque no tiene intenciones ocultas ni pretende dominar al otro.

La palabra vacía se alimenta con la anuencia de las masas, mueve emociones y provoca reacciones, y aunque puede formular preguntas, no espera ninguna respuesta. En cambio, la palabra con contenido no necesita de grandes aforos, porque fluye mejor en espacios en los que el silencio tiene cabida y su objetivo es excitar preguntas, para que se promuevan respuestas, pero no inmediatas, sino en el tiempo que cada persona necesita para darlas desde su propia vida y desde su propia búsqueda.

Vivimos tiempos de palabras vacías y eslóganes que se repiten sin reflexión; por eso, nunca tanto como ahora asistimos a la condena silenciosa del pensamiento.

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