Las consecuencias de una mala educación

El árbol para pensar, sección de opinión en Fusión Asturias
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La pandemia se ha convertido en la excusa perfecta para justificar cualquier tipo de comportamiento, aunque éste sea claramente un delito. La restricción de los movimientos en el último año y la consecuente limitación de nuestra vida habitual, se esgrimen como pretexto para justificar las tropelías de algunos jóvenes descontrolados, la mayor parte de ellos carentes de educación de la buena, de esa que te enseña que tu libertad termina donde empieza la del otro, que la diversión puede formar parte de la vida, pero no es un derecho -no creo que muchos de ellos se hayan leído la Declaración Universal de los Derechos Humanos-, y por supuesto, que causar cualquier tipo de daño a alguien o a sus propiedades no nos vuelve más libres ni más guais, sólo nos convierte en delincuentes.

Los jóvenes han sufrido el confinamiento, han tenido un año con clases online que limitaba sus posibilidades de relación con los otros y no han podido divertirse en esa “modalidad a la española” de desmadre pasado por alcohol hasta las pestañas. La realidad es que el confinamiento lo hemos sufrido todos y todas, y también todos hemos perdido un año de nuestras vidas ante una situación que nos ha pillado con muchas carencias personales para afrontarla con madurez, pero si hay que mencionar al grupo de población más afectada y el que ha sufrido las consecuencias de la pandemia de manera clara y contundente, sin ninguna duda han sido los mayores. Ellos han sido el grupo más afectado, no sólo por la enfermedad que se ha llevado a un buen número de ellos, sino también por las limitaciones que, en muchos casos, les ha provocado secuelas irreversibles, tanto motoras como cognitivas. Y muchos de esos mayores pasaron el confinamiento en habitaciones de residencias de unos 8 o 10 metros cuadrados, alejados de sus seres queridos. Ellos sí que han perdido un año de sus vidas que no podrán recuperar nunca.

Si hay que mencionar al grupo de población más afectada y el que ha sufrido las consecuencias de la pandemia de manera clara y contundente, sin ninguna duda han sido los mayores.

Pero vamos de nuevo con el tema que nos ocupa. ¿Qué pasa con esta juventud criada entre algodones, con escasos recursos ante la frustración y cuyos objetivos de vida van poco más allá del botellón del próximo fin de semana? Antes de seguir adelante, quiero aclarar que no todos los jóvenes son así: dichosamente, conozco muchos que tienen objetivos claros en sus vidas, que estudian o trabajan y no necesitan perder la consciencia para divertirse y, mucho menos, destrozar vidrieras, robar en las tiendas o quemar mobiliario urbano. Claro que aquellos que no optan por el desenfreno suelen ser hijos de familias que se han ocupado de educarlos con principios, y entre todos ellos, uno muy importante: el respeto.

Todo cuanto vivimos en el presente tiene su origen en tiempos pretéritos y ahora voy a decir algo muy impopular y políticamente incorrecto, porque no se quiere decir abiertamente, pero ya va siendo hora de que se empiece a señalar a los padres y madres que consienten a sus hijos, desde muy pequeños, que hagan lo que les de la gana, porque así son más libres, confundiendo la libertad con el desenfreno y la desvergüenza, con la incapacidad para moderar y contener los caprichos y pulsiones, por más que estos sean destructivos o perjudiciales para terceros o para ellos mismos.

Ya va siendo hora de que se empiece a señalar a los padres y madres que consienten a sus hijos, desde muy pequeños, que hagan lo que les de la gana, porque así son más libres, confundiendo la libertad con el desenfreno y la desvergüenza.

En el ámbito de la enseñanza, los profesores han perdido la autoridad ante el alumnado y ante los padres, y llevan años sufriendo sus consecuencias, pero las instituciones políticas se empeñan en pasar a la escuela la responsabilidad de la educación de los niños en aspectos que sólo competen a las familias. De todos modos, los efectos de esta falta de educación en las casas se perciben en todos los ámbitos, y cuando contemplas algunas escenas cotidianas con los más pequeños, es fácil adivinar lo que puede suceder en el futuro. Podría señalar muchos ejemplos que veo cada día, pero sólo voy a hablar de uno. Hace unos meses, acompañé a un amigo al juzgado para un tema en el que iba como testigo para unos trámites de matrimonio; en el grupo iba una pareja con una niña de unos 20 meses. Entramos todos en la sala de juicios, que en aquel momento estaba vacía. La pequeña estaba muy tranquila en su silla, pero el padre la sacó de allí para que la nena anduviera por la sala; después, le sacó un balón para que la niña jugara, porque era el lugar más “apropiado” para jugar al balón: la sala de un juzgado. La niña andaba por allí y no hacía mucho caso a la pelota; entonces, el papá, en un intento de estimular a la niña, empezó a darle pataditas al balón contra la pared de la sala, a la vez que invitaba a su hija a que hiciera lo mismo. Mientras contemplaba la escena, yo me preguntaba si era necesario darle a la niña el balón en ese lugar. Si hoy le muestro que puede jugar al balón en cualquier sitio, ¿podrá entender mañana que no puede hacerlo donde a ella le apetezca?

Los desmadres de estos jóvenes descontrolados en medio de botellones multitudinarios tienen su origen en una educación sin límites, sin principios y sin normas. Estos comportamientos no surgen por generación espontánea ni por efecto de la pandemia, porque la mala educación la llevamos padeciendo hace muchos años y nadie habla de ella. Lo fácil ahora es descargar la responsabilidad de padres, por un lado, y de políticos, por otro, a algo etéreo e informe, en todo caso invisible e inasequible, como es el virus Covid19 que ha provocado esta pandemia.

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