Los “dioses” y sus bastardos

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La Espada
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Existió un tiempo en el que los “dioses” caminaban entre los hombres. Convivían con ellos, les enseñaban y, de paso, se cruzaban con ellos, surgiendo así los “semidioses”.

Los hombres, a su vez, les veneraban, les respetaban, les temían y les reconocían como a “dioses”, sencillamente porque descendían de los cielos en sus “carros voladores”.
Pero un día los “dioses” decidieron marcharse, aunque eso sí, prometieron volver.

Pero antes dejaron organizados a los humanos. Crearon a la realeza, es decir, nombraron reyes, escogiendo a aquellos que o bien tenían un vínculo especial con ellos, fruto de sus relaciones con las humanas, los llamados “semidioses”, o bien destacaban entre los humanos por su inteligencia o por sus cualidades personales.

Los “dioses” se marcharon y los humanos acusaron la soledad que nunca habían conocido.

También crearon la casta sacerdotal, escogiendo a aquellos que serían los responsables del contacto, de la comunicación con ellos, y de velar por el cumplimiento de las “normas” morales que habían enseñado a los humanos.

Por último, crearon lo que ahora conocemos como políticos, humanos responsables de organizar y dirigir todo lo concerniente con lo social, con los derechos y deberes de los ciudadanos, con la convivencia, la educación y la regulación del progreso.

Luego, los “dioses” se marcharon y los humanos acusaron la soledad que nunca habían conocido.

Al principio, los responsables de los diferentes campos cumplieron con eficacia el mandato de los “dioses”, sobre todo porque esperaban que volvieran pronto y encontraran todo a su gusto.

Pero el tiempo pasó y los “dioses” no volvían. Las generaciones siguientes fueron tomando el testigo de sus antecesores, pero poco a poco, y a medida que el recuerdo de los “dioses” se iba convirtiendo en tradición, fueron transformando su responsabilidad en una cuestión de poder, de mantener el poder que su cargo les aportaba y aprovecharlo para sus fines y ambiciones personales y familiares.

Con el tiempo solo quedó el poder y un vago recuerdo de los “dioses” que, incluso, empezaron a poner en duda.

Los tres poderes establecidos por los “dioses”, realeza, religión y política, se unieron para hacerse mas fuertes ante el creciente acoso de los ciudadanos que se rebelaban contra las injusticias, contra los abusos, y que se dividían entre los temerosos de “dios”, los responsables ya habían cambiado a “dioses” por “dios”, y los que no creían ni aceptaban a ningún “dios” ni tampoco a los que se denominaban sus intermediarios.

Los “dioses” dejaron algo más que enseñanzas y buenos consejos, dejaron su genética en la especie humana, y esa genética también incluía la guerra, la lucha por el poder, la ambición y las jerarquías.

Así surgieron las revoluciones por todo el planeta, aunque mucho más cruentas fueron las guerras motivadas por el ansia de poder, por la ambición y el egoísmo de los que seguían llamándose a sí mismos representantes de los “dioses”, aunque era evidente que ya no seguían sus instrucciones, su legado.
Pasaron los siglos, pasaron los tiempos, y todo continuó con su degradación.

Pero los “dioses” dejaron algo más que enseñanzas y buenos consejos, dejaron su genética en la especie humana, y esa genética también incluía la guerra, la lucha por el poder, la ambición y las jerarquías, aspectos que podemos ver entre los humanos de todos los tiempos y que tanto dolor y sufrimiento causó y causa en la humanidad.

Aunque lo que más daño hizo y hace a la humanidad, es que los tres poderes establecidos perpetúan la impronta del “endiosamiento” en aquellos que ascienden a niveles que les aportan poder sobre las masas.

Lo que los primeros humanos percibían de los “dioses” era una consecuencia de su estado evolutivo, sobre todo a nivel tecnológico. Ellos no eran “dioses”, pero para los humanos sí que lo eran y eso influía poderosamente en la relación.

Al marcharse los “dioses”, los humanos que actuaron como intermediarios, y con el poder que eso les aportaba, acabaron atribuyéndose a sí mismos la categoría de “dioses”, convirtiendo así su mandato en una esperpéntica y enfermiza exigencia de servilismo que causó mucho daño y que lo sigue causando hoy en día.

Aún persiste con todo su poder y permisividad el tercero de los poderes creado por los “dioses”, el político. Ellos son los supervivientes, de momento, de la terna heredera de los “dioses”.

Realeza, religiones, políticos… ¿existió o existe en la historia de la humanidad alguna guerra que no fuera provocada por ellos? ¿Existió o existe algún otro foco de corrupción que se pueda comparar al de los tres poderes? ¿Podemos encontrar alguna manifestación comparable con la de ellos en egoísmo, despotismo, falta de humanidad, fanatismo, bajeza moral y otras “virtudes” que ostentan estos “dioses” de pacotilla?

Pero el tiempo, el gran Juez de la vida, fue poniendo a cada uno en su sitio. Los reyes y las religiones fueron perdiendo poder y credibilidad. Al igual que ocurre con muchas especies animales, están al borde de la extinción, aunque también es cierto que duele más lo de los animales. Y eso se debe a que el ser humano fue evolucionando, fue abriendo los ojos a la cruda realidad, dándose cuenta que todo era una burda mentira que se alimentaba de la ignorancia y del miedo, precisamente lo que los poderes más cuidaban, alimentaban y promovían entre los humanos.

De todas formas, persiste aún un temor soterrado entre la humanidad a esos poderes, tal vez porque fue lo que más se prodigó por parte de las religiones, un temor a “dios”, al “dios” inventado para sustituir a los “dioses”, al “dios” castigador, justiciero, sin escrúpulos, que es la antítesis del Dios amoroso, Padre de la humanidad, justo y cercano. El Dios del que nos habló Jesús.

Pero aún persiste con todo su poder y permisividad el tercero de los poderes creado por los “dioses”, el político. Ellos son los supervivientes, de momento, de la terna heredera de los “dioses”.

Ignoran a los ciudadanos, excepto en elecciones, desprecian el dolor de los que sufren y a veces lo utilizan como arma arrojadiza contra sus rivales.

No existe aspecto, faceta, apartado, materia, ley, y todo lo que tenga que ver con el desarrollo de la vida en el planeta que no esté controlado por los políticos. Manejan tanto poder que son capaces de anular decisiones científicas vitales para el planeta y la humanidad. También pueden influir, como está sucediendo con la pandemia actual, sobre cuestiones tan vitales como la vida y la muerte, rechazando a aquellos que son expertos cualificados y negando lo evidente sin que les suponga ningún problema legal.
Son los “dioses” actuales, intocables, con plenos poderes, respetados y temidos.

Pero, si bien los originales tenían visión, conocimiento y mucho que enseñar a la humanidad, los políticos actuales, hay excepciones, son incultos, ignorantes, soberbios, engreídos, inhumanos y, generalmente, estúpidos.
Solo les importa su posición privilegiada y mantenerla a costa de lo que sea.
Ignoran a los ciudadanos, excepto en elecciones, desprecian el dolor de los que sufren y a veces lo utilizan como arma arrojadiza contra sus rivales. Para ellos solo existe su ideología y, por encima de ella si es necesario, su propio beneficio personal, creando leyes que les protegen contra todo y contra todos.

Utilizan y colaboran con las religiones porque saben que es lo mejor para mantener a los ciudadanos idiotizados y con miedo.
Utilizan la “justicia” para sus intereses y, al mismo tiempo, nos la venden como independiente.
Se protegen bajo el manto agujereado de la realeza, allí donde todavía queda algún vestigio.
Y se siguen aprovechando de la vulnerabilidad de los ciudadanos, quienes incomprensiblemente les siguen votando, riendo sus “gracias”, creyendo en sus promesas, justificando sus desmanes y su corrupción.

¿Se han fijado cómo caminan, cómo hablan, cómo nos miran a los mortales de pie? ¿Qué más tiene que ocurrir para que los ciudadanos tengan definitivamente claro que les importamos un comino? ¿No es evidente ya a quien sirven?

¿Y si los “dioses” del origen solo pretendían transmitir su experiencia, la de sus mundos, a una humanidad niña para que creciera en paz y en equilibrio?

¿Por qué no se puede eliminar su aforamiento? ¿Y rebajar sus sueldos, sobre todo ahora que la pobreza se disparó en el mundo? ¿Por qué no colaboran para ayudar a los afectados? ¿Será porque los “herederos” de los “dioses” no se sienten de este mundo?
Sea como sea, no tienen futuro en una humanidad unida y libre, tal y como fue soñada.

¿Por qué no se pueden construir gobiernos con técnicos preparados en las diferentes materias que necesita un país para crecer con equilibrio, justicia, libertad e igualdad?

¿Y si los “dioses” del origen solo pretendían transmitir su experiencia, la de sus mundos, a una humanidad niña para que creciera en paz y en equilibrio?

Sea como sea, la realidad, la cruda realidad, es que estos son los tiempos anunciados, tiempos en los que nada volverá a ser como era. Nada ni nadie.

Lo que ya vivimos y lo que nos queda por vivir es culpa de todos, porque todos hemos permitido que la degradación llegara a este extremo, y ahora, cuando más se necesita, en el planeta no hay nadie al timón capaz de tomar decisiones correctas, inteligentes, positivas.
Nada ocurre por casualidad. Todo tiene un origen y camina hacia un fin.
El “sálvese quien pueda” está a punto de sonar.

¿Y si efectivamente los “dioses” regresaran? ¿Dónde se esconderían los bastardos que los suplantan, que abusan de un poder secuestrado que no les pertenece?
¿Y si los bastardos ya supieran que están a punto de regresar?

El reloj de arena ya comenzó a marcar el tiempo.
Como dice una conocida y a la vez profética canción… “la respuesta está flotando en el viento”.

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