Utopía

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La Espada, por MAK
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Si pedimos a alguien que nos explique qué entiende por utopía, posiblemente nos dirá que se trata de algo irrealizable. Una especie de sueño que sería maravilloso que pudiera existir, pero que está tan alejado de la realidad que se convierte en algo prácticamente imposible. Es más, aquel que en nuestra sociedad se confiesa defensor de utopías sabe que pronto tendrá colgado el cartel de idealista ingenuo que no vive con los pies en la tierra.

Utopía
Dibujo: Arabesko

Porque la sociedad, el sistema impuesto, no permite que nadie se salga del rebaño así como así. Si no te lo pueden impedir buscarán la forma de desacreditarte, de ponerte ante los demás como un transgresor del sistema, de lo establecido, de lo que se supone que es bueno para todos.
En algunos casos te convierten en un enemigo que pone en peligro el equilibrio social, el bienestar del rebaño.

Pero si echamos la vista atrás y nos fijamos en la historia de nuestro planeta podemos comprobar que la humanidad está donde está gracias a ciertas intuiciones utópicas que alguien tuvo en algún momento y que luego, sin saber muy bien cómo, se convirtieron en realidad.
La historia está llena de hombres y mujeres que consiguieron hacer realidad cosas hasta aquel momento impensables. Todos ellos tenían algo en común: la necesidad de cambio, de penetrar en lo oculto, de romper rutinas y descubrir algo que intuían les estaba esperando en otro lugar.

Para ello, estuvieron dispuestos a emprender cualquier aventura, a enfrentarse al riesgo, a experimentar, a equivocarse. También sabían que, en algunos casos, ponían en peligro su propia vida.

La historia está llena de hombres y mujeres que consiguieron hacer realidad cosas hasta aquel momento impensables.

Así que, con este motor vital en marcha, cerraron los ojos y se dejaron llevar por esas utopías que habían soñado alguna vez.
Y no tuvieron que ir muy lejos. Descubrieron un espacio ilimitado dentro de su mente donde pudieron dar rienda suelta a su imaginación. Allí vieron otras realidades diferentes a la que estaban viviendo. Y sintieron que aquello, que en teoría era un sueño, era precisamente lo que buscaban, y resultaba ser más auténtico que la ilusoria sensación de la “realidad” de la que procedían.
Como no aceptaban que fuera imposible, lo convirtieron en objetivo y lo hicieron.

Podíamos citar a muchos hombres y mujeres que se atrevieron a cruzar esa barrera que separa un mundo de otro, en todos los terrenos, en todos los niveles de la humanidad, en todos los tiempos.
Pero voy a escoger un ejemplo que conocen millones de ciudadanos de todo el mundo.

Un día, a un montañero llamado Messner, se le ocurrió que podía subir la montaña más alta del planeta, el Everest, sin necesidad de utilizar oxígeno. A continuación, se le echaron encima otros montañeros de renombre, médicos, científicos y todos aquellos que se sintieron “ofendidos” por la utopía de conquistar lo imposible.
También le acusaron de poner en riesgo su vida, algo que, al parecer, no tenía derecho a hacer. Como si su vida fuera más de los demás que de él mismo.

Pero Messner puso por encima de todo lo que le decían la voluntad para conseguir su sueño, la confianza en sí mismo, la necesidad de cruzar lo imposible para llegar a lo real, y lo consiguió, subió al Everest y abrió una puerta impensable hasta ese momento.
A continuación, otros muchos siguieron su camino y dejaron el oxígeno fuera de sus metas, de sus sueños, de sus montañas.

Pero como los sueños no tienen tiempo ni límites, el conquistar los 14 ochomiles se convirtió en el objetivo de muchos, y algunos lo consiguieron. Pero dicho reto se acabó convirtiendo en una carrera contra el tiempo, y el récord quedó establecido en ocho años. Ocho años para convertir un sueño en una realidad.

Hacer realidad esos sueños exigía romper la rutina del día a día, la placidez de la vida cómoda, las aparentes limitaciones, los esquemas mentales.

Pero en 2019 apareció en escena un hombre, un sherpa, que dijo que iba a subir los 14 ochomiles en menos de siete meses. Todos se burlaron de él, le dijeron que estaba loco y otras cosas innombrables.
Este sherpa, llamado Nirmal Purja, consiguió realizar su sueño en poco más de seis meses.
Una vez más lo imposible fue hecho posible. Una vez más un hombre atraviesa la barrera infranqueable de lo imposible y deja abierta una puerta aun mayor para todo aquel que no se limite, que no escuche las voces “sabias” de los que no saben nada.

Estos hombres, junto con otros muchos en muchos campos, rompieron las barreras establecidas por algunos, que utilizaron el miedo como arma arrojadiza, y dejaron muy claro que las barreras están ahí para romperlas, también que el poder que tenemos en nuestro interior es impensable, desconocido, enorme.

Hacer realidad esos sueños exigía romper la rutina del día a día, la placidez de la vida cómoda, las aparentes limitaciones, los esquemas mentales.
Obligaba a sacar lo mejor de cada uno y sobre todo, abría un abanico de posibilidades reales, porque en aquel espacio existía un sinfín de opciones que sólo esperaban ser rescatadas por alguien que creyera en ellas. Alguien que estuviera dispuesto a hacer realidad cualquiera de estos posibles futuros.

Si una mente genera una determinada fuerza, muchas mentes unidas multiplican esa fuerza, la necesaria para el nacimiento de algo que antes no tenía vida, no existía.

Convertir esa utopía, ese posible futuro, en realidad, dependía única y exclusivamente de cada uno, de la capacidad de la mente, y no sólo de la suya sino de todas las mentes que fueran capaces de apoyar y alimentar esa idea. Mentes que creyeran que eso podía ser posible.

La estela dejada por estos hombres y mujeres ha dejado marcado un camino que la ciencia de hoy, a través de la física cuántica, empieza a confirmar tímidamente: el hombre es el artífice último de lo real.
Cuando se descubre la estrecha relación entre el mundo interno y lo que acontece en su entorno, ve la capacidad que tiene de alterar la realidad, de elegir el futuro que quiere vivir.

Dicho de otra forma, allí donde va nuestro pensamiento va la energía. Si una mente genera una determinada fuerza, muchas mentes unidas multiplican esa fuerza, la necesaria para el nacimiento de algo que antes no tenía vida, no existía.

Si podemos soñar y hacer realidad los sueños es porque alguien que tenía esa capacidad nos ha contagiado. Si él lo consiguió… ¿por qué yo no?

Como dicen y creen los indios, los indígenas norteamericanos, todos somos Hijos del Soñador.

El poder está dentro de todos, pero no todos están dispuestos a descubrirlo. Pero basta que uno dé el primer paso para que otros le sigan, entonces descubren que no tenemos límites.

Como dicen y creen los indios, los indígenas norteamericanos, todos somos Hijos del Soñador.

Hay por tanto dos niveles de existencia. Uno, el cotidiano: consumista, atrapante, rutinario, ficticio, “ya creado”. Y otro que no está sometido a tiempo ni forma, donde la utopía se convierte en una realidad, donde surgen y han surgido siempre las grandes ideas que conducen los pasos que han hecho avanzar a nuestra humanidad. Un mundo que no está fuera, sino dentro. Un mundo lleno de sorpresas. Un mundo por descubrir.

Aprovechando el año que empieza, desde estas páginas te invitamos a que recuperes tus sueños. Te invitamos a que seas realista, buscando lo “imposible”, para descubrir que no dependes para nada de tu entorno, que todo lo que necesitas está dentro de ti, y que no existen los límites.

Sueña y comparte tus sueños. Ahí nos encontraremos.

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