De ascos

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Foto: Pepo Maralva
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Y cosas que no tienen el gusto que deben.

“Me das más pena que asco”, frase gloriosa de sabe dios quién, que retrata la escueta distancia entre ambos sentimientos cuando algo nos revuelve más de la cuenta, a veces complementado con odio.

Veía yo una publicación en IG hace semanas en la que se proponía un juego para ver la tolerancia al asco de los seguidores: ¿Te comerías… queso con larvas, pez globo o patas de gallina fritas?

En ese sentido, se instaura en nuestra sociedad el desconocimiento acompañado de desgana y ‘refalfiu’, donde las labores de avituallamiento se limitan a la inmediatez, lo fácil, lo descaradamente publicitado.

El contexto cultural donde a cada uno de los anteriores se le tiene en consideración es relevante. Cuando aquí el guisado y degustación de perro en hogares, sidrerías o restaurantes michelados es penado por ley y repudiado por la sociedad, en otros es manjar. En ese sentido, se instaura en nuestra sociedad el desconocimiento acompañado de desgana y refalfiu, donde las labores de avituallamiento se limitan a la inmediatez, lo fácil, lo descaradamente publicitado. Aumentan nuestras vergüenzas al ritmo de la desaparición de costumbres que, para según quien, son repugnantes en casi igual medida que comer cachorrillos.

¿Seré yo un degenerado por consumir según qué alimentos cuyo arcaísmo y fijación se disipa en nuestra dieta?

Con absoluta sinceridad, no le veo lo exótico a comer patas de gallina. ¿Seré yo un degenerado por consumir según qué alimentos cuyo arcaísmo y fijación se disipa en nuestra dieta? Para mí, en mis adentros, carece de sentido que pueda resultar asqueroso el consumo de una parte del ave por excelencia en lo ordinario de nuestras cocinas. Al igual que otras como las crestas de gallo o los sabrosos hígados, base estos de mis patés preferidos.

De la niñez, (pues escribir activa la memoria) recuerdo un carpintero italiano que vivía en el pueblo y gustaba de preparar uno de sus platos favoritos con el estómago de gallina. Ver las patas de les pites turriando sobre el fogón de gas en la cocina de casa o ya ni te digo guisadas, que también. Patas, dicho sea de paso, que hacen más kilómetros al día que cualquiera de nosotros, por muchos pasos que nos registre el “esmarguoch”, pues todo el día caleyen. Como también se guisan en abundancia las manos de cerdo (uñes de gochu) y no sólo con la intención de ser un rico aporte de callos con esa gelatina que permanece como el mejor lipstick del mercado, también como protagonistas de plato principal por Samartín, festividad celebrada hace unos pocos días, por cierto.

¿Y los caldos? Ese glorioso líquido que torna más frío que una manta zamorana, que atempera cuerpo y alma cuando los días cargan con la penetrante humedad de estos verdes.

¿Y los caldos? Ese glorioso líquido que torna más frío que una manta zamorana, que atempera cuerpo y alma cuando los días cargan con la penetrante humedad de estos verdes. Formados en esencia por la cocción de aquellos mal denominados “restos”, pues todo es valioso y aprovechable en igual medida si se le sabe dar utilidad, nutren en sentido figurado y literal. Qué diferentes de los polvitos…

Dijo Curnonsky, el “Príncipe de los gastrónomos” que “las cosas deben tener el gusto que tienen”, y es curioso, o muy triste no lo tengo claro, pero nada sabe a lo que debe. Al menos, así son los diferentes productos que nos encontramos languideciendo, tristes, en los supermercados donde la materia muerta no da ni para bodegón. Puerros enormes sin aroma y arrancados hace meses. Manzanas del año pasado con textura de mueble de Ikea. Pechugas (ya que hablamos de aves) infladas y descoloridas, huevos insulsos de yemas tintadas. Rincones de comida para llevar y un sinfín de envases donde la piña o el plátano vienen ya pelados o la pieza de carne más grande se identifica de milagro.

Lo social, sin el común concéntrico del alimento, no sobrevive y viceversa.

Este despropósito es resultado del adulterado imaginario desde el que se desconfigura el origen de nuestro alimento, relegando la imagen del animal a un sujeto omitido o, peor aún, ilustrando etiquetas, logos y fachadas bajo ese aura-disney de ojos brillantes y testa desproporcionadamente enorme que alberga ojos implorantes de largas pestañas. La manipulación evolucionista del cachorro mamífero hecha dibujo.

A todo lo enumerado, y mucho más, (un desesperante “mucho más”) le ocurre lo mismo que a según qué personas: se quedan sólo en la estética, en una fachada de artificio sin sustancia, sin sabores, sin relleno de consistencia.

Mucho me temo que esta desmemoria y pasotismo intencionado hacia lo propio traerá mayores penas y desgracias de las que cualquier otro evento cataclísmico pudiera acarrear. Quizá resulte más perjudicial la desmemoria alimenticia, gastronómica (o como se le quiera denominar) que el propio individualismo social al que nos enfrentamos. Lo social, sin el común concéntrico del alimento, no sobrevive.

1 COMENTARIO

  1. El otro día entré al Mercacoña y todo me pareció comida basura.
    (Excepto algún trozo de jamón y alguna botella de vino)
    Así que sigo comiendo lo que encuentro por la huerta y les caleyes…

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