Capítulo X: Freba y Gas’phar

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Freba y Gas'phar
Freba y Gas'phar / Imagen: Adolfo Lombardero
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El despertar fue plácido. “Con la luz de la mañana todo cambia de color”, reflexionó Elba mientras recibía el primer rayo de sol directamente en la cara. Trató de enfocar sus ojos y descubrió que se encontraba bajo un enorme texu que ocupaba el centro de un claro. El bosque se mostraba radiante con el sol matutino, las aves trinaban y una suave brisa transportaba miles de copos blancos que los álamos esparcían al viento durante aquella época del año.

¡Chsss…! Parece que ya se despierta… —un susurro la trajo de nuevo a la realidad.

(Clin…)

Elba reconoció el tintineo y al buscarlo con la mirada descubrió que sus amigos la observaban atentamente; se habían posado sobre un viejo y enorme hongo que brotaba de la corteza del árbol. La pequeña hada se había sentado con las piernas cruzadas y escrutaba a Elba con sumo interés. Parecía analizarla a la espera de alguna reacción.

—Hola, me llamo…

—¡Elba…! Lo sé, Gas’phar me lo ha dicho, ha estado hablando de ti toooda la mañana. Tenemos un montón de cosas de las que hablar. ¡Vamos!, levántate, hemos preparado algo delicioso para desayunar… estarás agotada, es normal cuand…

—¿Gas’phar te lo “ha dicho”? —Elba interrumpió a la pequeña personita, que no paraba de hablar rápidamente, para intercalar sus preguntas en el continuo discurso del hada —. Pero… ¿Estás bien?… ¿Cómo es posible?… No entiendo nada… ¿Comer?…

(Clin, clin…)

La pequeña hada se había sentado con las piernas cruzadas y escrutaba a Elba con sumo interés. Parecía analizarla a la espera de alguna reacción.

—¡Oh!, sí, es cierto, Gas’phar tiene razón, soy una desconsiderada, permíteme presentarnos —Se puso en pie sobre el hongo y anunció con tono solemne —Mi nombre es Freba, y él es Gas’phar el saltamontes —. Los dos se inclinaron a modo de reverencia.

—… pero… pero… pero…

—Gas’phar me ha contado cómo me rescataste de las zarzas, ha sido una suerte que anduvieses cerca, te estamos muy agradecidos, es decir… te estoy muy agradecida, me gustaría…

Elba tuvo que interrumpir de nuevo a Freba para poder entender lo que había sucedido durante la noche.

—Pero… ¿Estás recuperada?, ayer parecía que no pasarías la noche y ahora… mírate… estás perfectamente, caminando y hablando y…

—Estoy muy bien, gracias a ti, Elba. Digamos que… mientras dormías… el alba me ha traído de vuelta…

(Clin…)

—¡Ah!, es cierto, se me olvidaba tu almuerzo, ¡vamos, sígueme! —Freba montó a horcajadas sobre el saltamontes de plata y revoloteó alrededor de Elba, que se puso en pie y comenzó a caminar.

—¿Puedes entender lo que dice el saltapraos?

—¡Pues claro que sí! ¿Tú no?, Gas’phar es un saltamontes de plata. Es mi amigo. Mi inseparable compañero de fatigas, mi salvador… —Expresó esto último abrazando el cuello de Gas’phar desde la grupa —. Ya aprenderás a escucharlo, con el tiempo tú también podrías comprender su lengua. Hemos llegado, te va a encantar.

Llegaron a un tronco cortado donde Freba y Gas’phar habían dispuesto el desayuno. El panal de una colmena que rebosaba miel y unas pocas moras calmaron el hambre de Elba. El carácter entusiasta de Freba, que no paraba de hablar y hablar, pronto contagió de alegría y esperanza al espíritu de la muchacha, que entre bocado y bocado se descubría a sí misma boquiabierta, fascinada, mientras escuchaba a sus dos nuevos amigos relatando y teatralizando las aventuras y desventuras de su viaje. El alma de Elba vibraba intensamente con cada historia que atropelladamente representaban el hada y el saltamontes.

“Gas’phar es un saltamontes de plata. Es mi amigo. Mi inseparable compañero de fatigas, mi salvador… Ya aprenderás a escucharlo, con el tiempo tú también podrías comprender su lengua. Hemos llegado, te va a encantar”

Freba rebosaba la alegría y la inocencia propias de un niño, le encantaba ser el centro de atención y es por eso que nunca paraba de hablar y de contar cualquier cosa que le pasase por la mente. Simplemente, pensaba en algo y lo decía en voz alta sin reflexionar demasiado en las consecuencias. Elba no tardó demasiado tiempo en aprender que para entablar una conversación debía interrumpir adecuadamente el inacabable discurso de la alegre y simpática hada.

—… Y así fue como acabé adherida a las telarañas de la madriguera… —concluyó ejecutando un movimiento al unísono con Gas’phar.

Cuando Freba y Gas’phar hubieron acabado el relato de su viaje, algo que claramente habían ensayado a modo de obra teatral, Elba no había logrado comprender más que unas pocas anécdotas plagadas de seres mágicos formidables y algo acerca de una “misión importantísima” que Gas’phar y Freba llevaban a cabo al transportar unas misteriosas gemas.

Pasaron largas horas conversando y conociéndose entre bromas, historias y alguna que otra canción alegre. Por primera vez en mucho tiempo Elba rio. Durante unos momentos logró dejar a un lado sus propios problemas contagiada por la alegría del hada.

Latigo

En la cantera del Nial, a varios días de travesía desde el lugar donde Elba se encontraba en aquel momento, el sol se despertó de forma muy diferente. El calor reconfortante y sanador es abrasador para quien no encuentra el amparo protector.

El mismo sol, el mismo día, la misma luz.

Un latigazo en la espalda fue el desayuno que recibió Athal mientras avanzaba en la fila.

“Un día menos”, pensó.

La larga hilera de encadenados avanzaba lenta en dirección al puchero. Las peleas no tardarían en llegar, y con ellas más latigazos.

“¿Cuántos caerán hoy?, apenas quedamos medio centenar… Hoy el sol de mediodía castiga sin piedad…”.

Cada hombre en la fila portaba un cuenco de madera en las manos y arrastraba con sus tobillos la cadena que le unía al resto de esclavos. Daban los pasos acompasados, al unísono, cabizbajos, en silencio, descalzos y medio desnudos, con los cabellos sucios y enredados en una maraña de tierra y polvo. Las almas de aquellos pobres miserables hacía tiempo que habían sido doblegadas por la rutina de las minas.

“La sed es insoportable… a este ritmo cuando llegue al puchero no van a quedar ni las sobras…”, reflexionó.

Las nieves habían sido cruelmente duras aquel año. Más de la mitad de los que llegaron a la mina junto a Athal no habían logrado sobrevivir al invierno. Kobí “El viejo”, que no era viejo, sino que era el esclavo que más tiempo había sobrevivido a las duras condiciones del Nial, había proclamado: “Esta primavera tampoco vendrá la tribu del Pes a rescatarnos”, y no le faltaba razón, pues ya hacía casi una luna que las nieves habían despejado el paso y ningún ejército de montañeses había aparecido para liberarles de sus cadenas.

—Hasta los caballos de la mina comen mejor que nosotros… —clamó el hombre que caminaba justo delante de Athal al ingerir las migas de pan cocidas. —Si no nos mata el hambre, lo hará el sol, el agotamiento o la sed…, y cuando no quede más oro que arrancar de las entrañas de la tierra… acabarán con todos nosotros de alguna forma que no quiero ni pensar… —continuó diciendo sin detener la marcha—. Por eso nos mantienen débiles… ¿Cuántos hombres capaces de empuñar un arma quedan entre nosotros?, ¿Una docena, quizás?—. Los ojos de aquel anciano se posaron sobre los brazos de Athal con una mirada apesadumbrada y meditabunda.

Otro latigazo silbó demasiado cerca del viejo y la fila continuó su lenta marcha hacia la cantera.

Un corpulento capataz rodeado de cuatro hombres bien armados repartía los aperos al entrar en la excavación: una cesta de rafia a las mujeres, un pico a los hombres y el chasquido de las tabas de hueso cada vez que la fila se demoraba en el avance.

Aquellos invasores que vestían de rojo y dorado hablaban una lengua que Athal no comprendía. Se decía que sus tierras se encontraban más allá de las grandes montañas del este, aunque todos fueron testigos de su llegada por el mar del norte. Asaltaron los poblados y las aldeas, destrozando todo a su paso, eliminando cualquier vestigio de los primeros hombres y sus hijos y esclavizando a todo hombre capaz de extraer con sus manos el oro que tanto ansiaban de la mina del Nial.

(Continuará…)

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