Capítulo XIV: El Llobu

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El Llobu, imagen del nuevo capítulo de El viaje de Elba
El Llobu / Ilustración: Adolfo Lombardero
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—¡Rápido, Elba! ¡Debemos extraer las flechas o morirá! ¡No hay tiempo! —Freba parecía saber qué hacer; aquella inesperada actitud resolutiva sacó a Elba de su abstracción y ambas se pusieron manos a la obra para salvar la vida de aquel joven.

—¡Gas’phar, vuela alto y trae toda la yerba cabrera que puedas!, ¡Elba, trae agua, hay que limpiar las heridas tras aplicar el ungüento! —dijo alzando la vista al cielo —la luna está a punto de aparecer…

—¿Agua?, ¿y cómo se supone que voy a traerla?

—Mmmm… toma, utiliza esta bolsa —improvisó desatándose una diminuta faltriquera que siempre llevaba anudada en su cintura.

Aquella bolsa, del tamaño de un grano de mijo parecía una solución ridícula, pero de pronto al cogerla, el pequeño artefacto de piel adquirió el tamaño apropiado para las manos de Elba.

—Ten cuidado, procura no meter los dedos dentro… ¡Vete ya!, yo intentaré sacar las puntas de flecha sin romperlas.

Elba emprendió la carrera en busca de algún arroyo cercano al tiempo que trataba de recomponer en su cabeza la inesperada situación, y no llegaba a imaginarse cómo la diminuta Freba podría ser capaz de extraer los proyectiles del cuerpo de aquel moribundo muchacho.

Se desplazó pendiente abajo buscando un curso de agua, tratando de elaborar un mapa mental con el camino de vuelta y teniendo en cuenta que al regreso debería ascender con buena carga. Su mayor temor era perderse o alejarse demasiado, aunque lo cierto es que una frenética urgencia empujaba sus piernas sin ningún reparo.

Elba emprendió la carrera en busca de algún arroyo cercano al tiempo que trataba de recomponer en su cabeza la inesperada situación, y no llegaba a imaginarse cómo la diminuta Freba podría ser capaz de extraer los proyectiles del cuerpo de aquel moribundo muchacho.

Echando vistazos rápidos al terreno y avanzando como lo haría un reguero de agua, Elba esperaba encontrar pronto algún cauce. No había tiempo de observar con detenimiento aquel estrecho valle y únicamente tomó como referencia un viejo roble y un par de abedules antes de adentrarse en lo más profundo. Pronto pudo escuchar el sonido del agua y decidió seguir la dirección que le marcaban sus oídos. Descendió con premura, en ocasiones dejándose arrastrar sobre las hojas secas para avanzar más rápido.

Pudo ver un pequeño remanso de agua. Se había formado tras el salto que unas rocas provocaban en el discurrir del arroyo, permitiendo que este fluyese cristalino, tranquilo y sosegado. Un lugar tremendamente hermoso, aunque Elba no podía permitirse malgastar el tiempo en disfrutar de aquella maravilla y apresuradamente se abalanzó sobre la orilla para beber enormes tragos y saciar así su propia sed antes de llenar la bolsa con agua.

Bebió con ansia, tumbada en el suelo, tal y como lo haría un gato. Mientras sorbía, un sutil reflejo en el agua la instó a quedarse inmóvil, y alzando los ojos sin moverse, pudo ver en la orilla opuesta una figura que la aterró: un gran lobo de manto gris, casi blanco, y que fácilmente sobrepasaría dos veces la altura de Elba, la observaba con mirada penetrante. Resultaba evidente que el animal había decidido mostrarse deliberadamente, y lo hacía con el porte digno de un líder que muestra sus cicatrices con orgullo y las recuerda como la gloria de un majestuoso pasado.

Aquella visión hipnotizó a la muchacha durante unos segundos, inundando su mente con un miedo tan profundo y ancestral que le provocó el mayor escalofrío que jamás había sentido.

Los dos se mantuvieron inmóviles observándose mutuamente.

El pensamiento de Elba volvió a la realidad de nuevo. Recordó la situación en lo alto del valle. No había tiempo que perder. Por algún extraño motivo la singular nobleza del gigantesco lobo había despertado en ella misma un sentimiento similar y propio, que la obligaba a cumplir su cometido para salvar una vida.

Mientras sorbía, un sutil reflejo en el agua la instó a quedarse inmóvil, y alzando los ojos sin moverse, pudo ver en la orilla opuesta una figura que la aterró: un gran lobo de manto gris, casi blanco.

Se arrodilló respetuosamente a la orilla y recogió toda el agua que pudo ante la atenta mirada del imponente animal. Anudó la pesada bolsa sin realizar ningún movimiento brusco, con la esperanza de derramar la menor cantidad de líquido posible durante el regreso. Tras hacerlo trató de recibir la mirada de aprobación del lobo para retirarse valle arriba, pero no pudo hallarlo. El animal había desaparecido sin hacer ningún ruido tal y como había llegado.

Esto puso de nuevo en alerta a Elba que miró a su alrededor con desesperación. El pánico puso sus piernas en movimiento y ascendió por el escarpado terreno en dirección al viejo roble que recordaba en aquella dirección. El ascenso sería duro y el peso del agua comenzaba a hacerse notar mientras avanzaba con paso decidido y sin dejar de mirar atrás.

Todo lo que sabía de los lobos es que cazan en manada.

La luna brillaba llena en todo su esplendor y ascendía imponente en el horizonte. Alumbraba la senda con claridad, como si el sol se hubiese olvidado de ocultarse.

En la imaginación de Elba las sombras del crepúsculo comenzaron a jugarle malas pasadas. Creía ver siluetas de lobos acechantes por todas partes. Tan pronto el miedo volvía a erizarle la piel, sus piernas reaccionaban con la premura de saberse que ella era la presa. Pocas carreras hicieron falta para alcanzar el alto de la cuenca y pronto divisó a lo lejos el lugar donde suponía que Freba y Gas’phar la esperaban impacientes.

Las agujas de los pinos reflejaban la luz lunar con un tono azulado y la brisa, balanceando las ramas con un suave mecer, parecía recrear un maravilloso baile de luces que acompañaba todo el camino de Elba mientras la muchacha avanzaba con el astro de cara ascendiendo entre las cumbres nevadas de la lejanía.

Se hacía imposible obviar la belleza de aquel cálido momento, incluso ante la urgencia de su carrera.

Corrió el último tramo al límite de su respiración, esta vez con esperanza y no con miedo, y aunque la fatiga se hacía notar en sus pulmones, Elba podía sentir que en cierto modo esta se mitigaba con la fresca fragancia que la savia de aquellos generosos árboles emanaba.

—Ya debo estar cerca —se dijo a sí misma para animarse.

Elba detuvo sus pasos para escuchar con detenimiento unos instantes hasta que dedujo horrorizada que los aullidos provenían de todas direcciones y, por lo tanto, debía encontrarse rodeada.

De pronto, sobre el sonido de su propia respiración y sus pasos, se impuso el largo y lejano aullido de un gran lobo que pudo escucharse haciendo eco en las montañas de todo el valle. Parecía un canto lastimero, una oda al dolor. Un quejido desgarrado, fruto de un profundo dolor clavado en el alma.

Por todos los alrededores se replicaron varios aullidos de respuesta que parecían contestar a la llamada y revelar su posición al resto de la manada.

Elba detuvo sus pasos para escuchar con detenimiento unos instantes hasta que dedujo horrorizada que los aullidos provenían de todas direcciones y, por lo tanto, debía encontrarse rodeada y lo que era mucho peor: perdida.

Los aullidos pronto se tornaron burlones y cercanos, como si el juego del acecho estuviese a punto de concluir. La manada parecía ceñir el círculo en torno al avance de Elba, que veía por el rabillo del ojo el brillo de la luna reflejado en los pelajes grisáceos de las bestias.

—Tan solo es cuestión de tiempo, solo deben dejar que el agotamiento me venza… —reflexionó y detuvo entonces sus pasos con la intención de recuperar fuerzas y enfrentarse a un oscuro final.

Miró a su alrededor y no pudo distinguir ni oír nada más que el latir del corazón rebotando en su sien.

De pronto pudo verlos con claridad, se mostraron intimidantes, desafiantes, ajenos a temor alguno y ostentando el poder que el grupo les proporcionaba, al tiempo que el cerco se estrechaba y se hacía más y más pequeño.

Contó siete enormes lobos a su alrededor, aunque podía escuchar claramente los ladridos aterradores que emitían otros tantos que permanecían escondidos entre los matojos.

De entre el grupo, se adelantó con paso lento el mayor de todos, dejando ver una mueca retorcida que desfiguraba su hocico y que mostraba el espléndido tamaño de sus colmillos. Avanzaba ladeado, con la cabeza cerca del suelo, el lomo erizado y las patas flexionadas…, y cuando hubo acercado sus fauces a tan solo un palmo de la cara de la joven, comenzó a emitir un gruñido ronco, grave y profundo que paralizó la respiración de Elba.

Se escuchó un gañido lastimero a un costado, y de pronto reinó el silencio.

Incluso el aterrador lobo alzó las orejas e ignorando a Elba por completo, centró su atención en la dirección del sonido seco y sordo que se produjo justo antes del quejido.

Todo ocurrió en un instante.

Una descomunal sombra gris embistió brutalmente al cabecilla de la manada que salió despedido y rebotó contra un grueso tronco.

Cuando todos hubieron regresado a la espesura, el gigantesco animal se alejó de Elba con paso lento y se volvió para dirigirle una última mirada que pareció instarla a seguir una dirección concreta.

Interponiéndose entre ella y la manada se impuso de un salto la figura plateada de un enorme lobo. Pudo reconocerlo fácilmente gracias a las cicatrices de su pelaje y a su descomunal tamaño, que superaba con creces la talla de cualquiera de los demás lobos.

El majestuoso animal no hubo de mostrar sus colmillos, ni siquiera emitió sonido alguno, tan solo la dignidad de su semblante y su mirada penetrante bastaron para amedrentar al grupo de hambrientas fieras que amenazaban con devorar a la joven Elba.

Todos ellos, uno a uno, postraron sus cabezas y se retiraron bosque adentro mostrando así cierta forma de pleitesía a algún tipo de pacto ancestral que solamente los lobos conocen y respetan*.

Cuando todos hubieron regresado a la espesura, el gigantesco animal se alejó de Elba con paso lento y se volvió para dirigirle una última mirada que pareció instarla a seguir una dirección concreta.

Desapareció diluyendo su figura plateada entre las sombras de la noche.

Cuando la asustada muchacha llegó al campamento se encontró una pequeña fogata que Freba había encendido para calentar al herido, que ahora descansaba de costado e inconsciente sobre un mullido lecho de musgo.

Ya no había flechas clavadas en su cuerpo y sus heridas estaban taponadas con una pasta de color morado.

—¡Por fin has llegado! —exclamó Freba —por un momento Gas’phar pensó que te habías perdido.

—¡Clin clin!

—¡Rápido!, debemos limpiar su piel por completo para que la luna llena haga su efecto sobre el remedio… recuerda reservar un poco de agua para calmar su sed… Creo que se llama Athal. No dejaba de repetir ese nombre en sueños.

El aspecto de Athal había mejorado notablemente gracias a los cuidados de Freba y el saltapraos.

Ocupada en limpiar la sangre seca que enmarañaba el pelo de aquel joven, Elba tuvo tiempo de explicar lo sucedido mientras Freba, mostrando notable urgencia en sus diligentes labores, parecía estar obteniendo buenos resultados en las curas.

—Ya solo queda apagar la luz y confiar en que la luna haga el resto.

(Continuará…)


* Los descendientes de Ülf, El gran lobo solitario, y la primera manada pertenecen a la estirpe de los primeros moradores del mundo.

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