Asturias, la caza en apuros

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Asturias, la caza en apuros
Foto cedida por S. Cazadores Mieres
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Al igual que ocurre en el resto del territorio peninsular, los cazadores asturianos encuentran cada día más dificultades para llevar a cabo una actividad que está acusando la crisis económica y la falta de relevo generacional. Para colmo, la caza no goza del respaldo popular, en buena medida debido a lo que ellos llaman el ‘efecto bambi’ y al desconocimiento de la labor que realiza este sector.

A menos que la caza encuentre vías alternativas de financiación económica, la especie de “hombre cazador” puede sufrir un serio revés. Es lo que se deduce al observar los datos del número licencias de caza, que va descendiendo año tras año. Así sucede en Asturias y en buena parte de la geografía española. Costear una actividad como ésta requiere un desembolso económico cada vez más difícil de realizar: “es lógico, porque en momentos de crisis económica lo primero que quitas es lo correspondiente al ocio”, opina Valentín Morán, presidente de la Federación de Caza de Asturias, que aglutina a más de la mitad de las 52 sociedades y asociacioones de caza de la región. Afrontar una temporada de caza puede suponer más de mil euros por persona: además de pagar la cuota de socio que ronda entre 300 y 400 euros, hay que costear la licencia de caza y tener el equipamiento adecuado. A esto hay que sumar los gastos de desplazamiento en coche y las consabidas cenas y comidas con la cuadrilla. En total se manejan cantidades que para los más jóvenes pueden resultar inalcanzables. Por eso, la media de edad de los cazadores está aumentando y “ya supera los 50 años”, calculan en la Federación.

En Asturias las Sociedades de Cazadores son responsables de la gestión de los cotos regionales de caza y también de los posibles daños que produzca la fauna salvaje, porque se adentran en cultivos agrícolas o bien porque provocan accidentes de tráfico.

En Asturias las Sociedades de Cazadores son responsables de la gestión de los cotos regionales de caza. Ello les hace responsables también de los posibles daños que produzca la fauna salvaje, porque se adentran en cultivos agrícolas o bien porque provocan accidentes de tráfico. Es una de las diferencias fundamentales de Asturias con respecto a otras comunidades españolas, ya que aquí estos gastos recaen directamente sobre los cazadores, es decir, sobre las cuotas que éstos pagan a sus Sociedades. “Aquí pagamos la cacería mucho más cara que, por ejemplo, en Cantabria – asegura Morán- además es inevitable que aparezca la picaresca y a muchos propietarios de terrenos cultivados les resulta más rentable no recoger las cosechas en su tiempo, de forma que los animales causan destrozos y nosotros tenemos que pagar entera la cosecha… Al final no te salen las cuentas”.

Jabalíes

Por eso cuanto más negro se ve el futuro de la actividad cinegética, más se buscan soluciones o medidas que puedan favorecer al sector. Para Valentín Morán el turismo cinegético podría ser una de ellas. Utilizar esta actividad como recurso turístico podría “aliviar el balance económico de las Sociedades, siempre sin perjuicio de los cazadores locales, que tendrían más facilidades para acceder a piezas de caza a un coste más asequible”. Para eso sería necesario “tener un poco más de autonomía en las Sociedades de Caza, tener cierta movilidad para desarrollar un programa, ya que actualmente si viene un turista de lejos y por condiciones metereológicas adversas no puede cazar el día prefijado, se pierde el rececho, con los gastos que supone un viaje de tal calibre”.

Desde la Federación de Caza se insiste en la necesidad de modificar el reglamento de caza y la ley que lo regula, que data de febrero de 1989 y que “encorseta a los cazadores hasta límites insospechados”. La Consejería de Agroganadería y Recursos autóctonos ya ha manifestado su intención de variar ciertos aspectos del reglamento. Entre las cuestiones que plantea el sector se encuentra también la flexibilización para obtener la licencia de caza en Asturias en determinados casos, de forma que, por ejemplo, si un cazador de fuera de la comunidad acredita su experiencia, no tenga que realizar los exámenes habituales. “No puedes decirle a un americano o a un alemán, que está harto de cazar por todo el mundo, que en Asturias tiene que examinarse, porque eso es un hándicap para que no venga”. Lo mismo ocurre para cazadores de comunidades españolas en las que no exigen examen y que no pueden cazar en Asturias porque no existe una convalidación. En este caso, además de pagar la cacería tienen que sacar la licencia que cuesta 30 euros; una licencia para la que hay dos o tres convocatorias al año. La petición es especialmente interesante para los recechos, en los que el cazador va acompañado por un guarda que supervisa la caza.

Además de un aspecto lúdico, la actividad cinegética lleva aparejada una importante repercusión económica en el entorno rural en el que operan las cuadrillas. En el caso, por ejemplo, de una Sociedad que cuente con once cuadrillas (de entre veinte y treinta personas cada una), puede llegar a desplazar hasta 300 personas en un fin de semana. La caza beneficia a la hostelería, restauración y los comercios, argumenta Valentín: “son muchas las personas consumiendo, desayunando, cenando, repostando gasoil, y a eso hay que añadir los gastos de alimentación de los perros, cuidados veterinarios, más lo que se precisa de equipamiento básico y munición”.

El perro sano y bien entrenado vive el día de caza como una fiesta. Se crean vínculos fuertes con el humano.

Sin embargo, una de las quejas más habituales es la mala fama social del sector, tal vez porque se desconoce el trabajo que desarrollan las Sociedades y sus consecuencias en la región. “Desde que existen los cotos regionales -apunta el presidente de la Federación-, en Asturias hay más caza y más especies cinegéticas porque todo está controlado y regulado. Nosotros nunca abatimos más de lo que debemos, para que siempre se conserve el equilibrio. Si los cazadores desapareciesen el monte se abandonaría aún más de lo que está, muchos caminos se volverían intransitables y los daños aumentarían considerablemente, porque una parte importante de lo que hacemos es la protección de cultivos”. Por eso en los cotos es posible encontrar pastores eléctricos distribuidos estratégicamente para que animales como los jabalíes no invadan dichos cultivos. Además, al disminuir la densidad de población, se reducen los daños, así como el riesgo de accidentes en carreteras, con las consiguientes consecuencias.

Desde las Sociedades se impulsan, en colaboración con otras entidades, tareas de desbroces, realización de cortafuegos, cultivos destinados a especies como la perdiz, limpieza de caminos, tareas de cuidado del monte… trabajos que repercuten positivamente en la densidad de la caza y en la seguridad de los propios cazadores. También han impulsado distintos proyectos de recuperación de especies. En la opinión de este colectivo, las consecuencias positivas de la actividad cinegética son poco conocidas entre el público en general, cuando de no existir el colectivo de cazadores “en poco tiempo tendría que crearse un grupo de funcionarios que controlase a determinadas poblaciones animales”, como en el caso del jabalí, cuya proliferación está causando grandes destrozos en el sector agrícola y al que es posible ver cada día más cerca de los núcleos habitados.


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