Una montaña de ficción. Iñigo Palacio. Autor de Monsacro

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El gijonés Iñigo Palacio reside en Madrid, pero asoma por Morcín al menos una vez al mes: ‘y tengo un grupo de WhatsApp con la pandilla de críos, que ahora ya somos cuarentones’.

Fue precisamente en la casa familiar, con vistas al Monsacro, donde se le ocurrió la historia para una novela. Una aventura que une la historia de Santo Toribio, en el siglo V, con los templarios medievales y la investigación actual.

Iñigo Palacio. Autor de Monsacro
Iñigo Palacio en la cima del Monsacro. / Foto: Iñigo Palacio
La vocación literaria le viene de casta, porque su madre es la escritora María Luisa Prada, pero él no piensa dedicarse profesionalmente a esto; ha optado por autoeditar este primer trabajo para tener contacto directo con sus lectores y escapar de una comercialización que no le gusta. ¿El objetivo de la novela? «Que quien la lea sienta unas ganas irresistibles de subir esa montaña».

-Nueve años ha tardado en escribir esta novela.
-La idea se me ocurrió en 2004 y terminé en 2013. Como un embarazo, pero en años en vez de meses. Yo no contaba con experiencia literaria previa, y lógicamente tenía otras obligaciones que atender; además de todo el trabajo de documentación, porque hay veces en que para escribir un párrafo mínimamente creíble estás dos días leyendo cosas. He intentado que la novela resulte agradable de leer para cualquiera, pero también que si la lee un historiador experto, no le pueda sacar demasiados errores.
-El Monsacro o la Madalena tiene una mitología casi excesiva. Con todo lo que ha estudiado el tema, ¿qué le parece que hay de verdad en esas leyendas?
-Tampoco es que me importe mucho lo que haya sido real y lo que no; creo que discernir eso es materia de historiadores. Me quedo con el hecho de que durante siglos la gente ha decidido contar cosas sobre este monte, y no sobre el de enfrente. Eso tiene que ser por algo. Hay hechos evidentes, como que de las dos ermitas que hay ahí, que son perfectamente datables, una es de planta octogonal, y no hay muchas así en el mundo. Hay una teoría que dice que los templarios desarrollaron este tipo de iglesias de planta octogonal, basándose en la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. Y claro, ahora subes en 4×4, pero imaginemos aquella época, ¿a qué venía hacer una iglesia tan rara ahí arriba?

«No me importa mucho si las historias sobre el Monsacro son reales o no. Me quedo con que durante siglos la gente ha decidido contar cosas sobre este monte, y no sobre el de enfrente. Eso tiene que ser por algo»

-Real o no, ¿cuál es su historia favorita?
-Me gusta especialmente la que habla de que el arca santa estuvo aquí, luego se llevó a lo que ahora es la Catedral de Oviedo, y años más tarde el obispo la abrió en presencia del Cid, y de ahí salió una luz cegadora… La historia de que unos restos del arca santa acabaron viniendo desde Jerusalén a España es muy interesante, unos la ponen en Sevilla, otros en Toledo y otros en Morcín y Oviedo. Y si a esto le añades al Cid, que además tiene sentido porque estaba casado con la hija de un rey astur… es una historia fantástica, me es indiferente que sea real o no.
-¿Trabaja ya en el próximo proyecto?
-Se va a llamar La Ruta Mathé, y cuenta cómo en el siglo XIX en España se desarrolló una red de telegrafía óptica, que iba desde Madrid hasta Irún, hasta Cádiz y luego hasta Valencia intentando llegar a Barcelona. Consistía en colocar torres en colinas, para que un torrero viera las señales del otro y las transmitiera para el siguiente. En esto se gastó un montón de dinero porque el proyecto era muy relevante y porque además se hizo todo muy «a la española». En una época en la que toda Europa estaba ya con la telegrafía Morse, en España se decide no optar por ella por miedo a que los bandoleros cortasen los cables, y se van a la telegrafía óptica, que ya se había descartado en Europa más de cien años antes. Al final es una historia de ingeniería carpetovetónica: el proyecto funcionó durante diez años, tardaron más tiempo en construir las torres de lo que luego se usaron.
-Quizá es redundante preguntar por su lugar favorito de Morcín…
-Por supuesto subir a la Madalena es una experiencia, porque conlleva un cierto esfuerzo que le da más mérito. A la gente que sube por primera vez le cambia la cara cuando llega a la explanada y ve las dos ermitas, el estanque… no se esperan que esté eso arriba. También me encanta subir hasta el área recreativa de Viapará y al pico Gamonal, porque la vista de 360 grados desde allí es brutal. Y, entrando en algo más sencillo, está una zona que se llama El Peréu. Me encanta sentarme en ese prado y disfrutar del contraste entre la calma total del paisaje, que sólo oyes los cencerros de las vacas, y ver debajo Santolaya y escuchar el zumbido de los coches en la carretera.

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