Historias del Atletismo por Langreo… del pleistoceno

Ireneo de Lucas (dorsal 240) y Santiago de la Parte en una carrera de obstáculos
Ireneo de Lucas (dorsal 240) y Santiago de la Parte en una carrera de obstáculos / Fotos cedidas por Alejandro de Ancos
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Un día me dijo Fernando Huergo –que también perteneció al equipo como lanzador de peso– posteriormente médico de HUNOSA: Alejandro, la historia es cíclica. Y me la dijo hacia 1979 en el pasillo del Sanatorio Adaro. Es que hay cosas que marcan mucho. Y presiento que está a punto de acabar otro ciclo y el atletismo en Langreo sufrirá por motivos varios y si no desaparece será porque algún romántico se deje su tiempo y sus conocimientos en pro de algo que ama y a la vez encuentra a un político que sepa de que van las cosas y le apoye… a ver si aparece pronto.

Hubo un tiempo en Langreo que solamente había fútbol. El Troya y San Esteban en Ciaño, en Sama el Alcázar y el UP Langreo, La Cruz Blanca, Tuilla, etc, etc. y un equipo de balonmano (otro de hockey en extinción) y poco más.

Pero entre ese “poco” había un equipo de atletismo con Montes a la cabeza. En El Entrego estaba Vega el fotógrafo y en Blimea Alejandro ¿Mastache?
El equipo del Instituto de Sama -el mismo OJE Sama- aglutinaba un grupo de chavalillos de todo Langreo que poco a poco también declinó, cinco o seis años más tarde, cuando desaparecieron de la escena Julio P. Cuesta o Julio el de A.J. y su hermana, o Eduardo que luego presidiría el Alcázar. Toni Mazola se hizo abogado y abandonó la primera línea hacia 1977 (más o menos), Ordax hizo INEF y se fue a entrenar a Bañolas al equipo olímpico de remo, Cadenas economista y se puso a trabajar duro y Ángel Canga en un banco, pero permaneció ligado al deporte con un gimnasio propio en la c/ Manuel Llaneza hasta el 94 en que un tiburoncito político acabó con él.

Cuatro de los muy buenos atletas que dio Langreo: de pie y de izquierda a derecha Toni Mazola, José Luis Cadenas, y agachados Ángel Canga y Javier R. Ordax en la pista de ceniza del Cristo de Oviedo, aproximadamente en 1968
Cuatro de los muy buenos atletas que dio Langreo: de pie y de izquierda a derecha Toni Mazola, José Luis Cadenas, y agachados Ángel Canga y Javier R. Ordax en la pista de ceniza del Cristo de Oviedo, aproximadamente en 1968

Otros que no están en la foto siguieron una deriva parecida. Mariano el de Barros se hizo veterinario, Mortera se fue a Madrid a INEF, Polón se hizo médico como Huergo, Julio Pérez Cuesta le dio por ser arquitecto… y los años ochenta eran bastante duros y el atletismo no volvió hasta que apareció Km 0.

Fernando Montes
Fernando Montes

El alma de este equipo fue Fernando Montes, el profe de “ginasia” del Instituto, cuando un profesor lo era todo y de todos los deportes. Lo mismo cuidaba tus planes de atletismo que entrenaba a los de balonmano (aquí era un genio), a los de baloncesto o vóley, a las chicas y a quien se pusiera por delante.

En balonmano, Langreo, tuvo un equipo que se codeaba con los mejores de Gijón, Oviedo o Avilés. Jandrín Canga, César Menéndez, Cancio o Gabino Morán, etc, etc. Gran equipo de grandes chavales.
A las tardes –porque trabajaba en Correos a la vez– aparecía por el local de la OJE Sama en calle Dorado y organizaba multitud de actividades: marchas, ajedrez o damas, cursos de revelado fotográfico, clases de música o teatro. Un cajón de sastre.

Luego, ya en plan especialización y en el atletismo, teníamos al mejor entrenador de los posibles. Ireneo de Lucas de Frutos. En Oviedo.

Nos reunía dos o tres veces al año –el equipo de OJE Sama estaba integrado casi al completo en el OJE Asturias, que era una especie de selección– y nos llevaba a las dunas de Castrillón a entrenar y soltarnos y conocer gente igual a nosotros, pero de Oviedo, Mieres o Sotrondio. Era de toda Asturias.

Ireneo de Lucas de Frutos
Ireneo de Lucas de Frutos

Ireneo era, además de profesor en la Universidad, el mejor corredor que había en Asturias. Se codeaba con Mariano Haro; intratable en el cross y en obstáculos; afable y siempre sonriente, guapo a rabiar, educado, socarrón y corrosivo cuando era necesario, firme cuando nos pasábamos y una enciclopedia de atletismo, te explicaba las cosas colocando su mano sobre tu hombro y, con una sonrisa, no te quedaba más remedio que obedecer y superarte poco a poco.

Atesoro muchos y muy buenos recuerdos de él. Las pistas de El Cristo o las dunas de Castrillón, los viajes en autocar desvencijado, su forma elegante de correr. Recuerdo un cross en Luanco (año 1972) donde me hizo correr la locura de dos kilómetros y medio; recuerdo las miradas “rijosas” y los cuchicheos de las niñas de dieciocho que pululaban alrededor de él. Fue todo un referente.

Los atletas buscamos la medalla o el trofeo que corroboren nuestra valía y el mejor y más brillante que obtuve fue, después de cuarenta años sin vernos, un día en la cafetería Jumbo de Oviedo, frente a La Nueva España. Entra un “señor” al que tímidamente pregunto:
– ¿Ireneo?
Se me queda mirando y con el índice me señala …
– ¿Alejandro?… Alejandro… Alejandro de Ancos.

Impagable. Por desgracia, este diciembre pasado se nos fue, joven y demasiado pronto. No hay días buenos para morirse, los hay malos y los hay peores y el 25 de diciembre, cuando todos celebramos, es el pésimo.

Fue profesor de Expresión Corporal-Psicomotricidad en la Universidad de Oviedo y algún amigo al que le impartió clase, me decía que era “duro”. Increíble.

 

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