Menos muros y más puentes

El árbol para pensar, sección de opinión en Fusión Asturias
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En la última sesión de las II Jornadas de Literaturas Africanas del pasado 12 de noviembre, el escritor y filósofo africano Ismael Diadié inició su intervención diciendo: “En el mundo actual se han creado muchos muros, cuando lo que se necesitan son puentes”. Realmente, estamos rodeados de muros: unos, visibles, que generan líneas divisorias claras y evidentes; pero quizás los peores son aquellos que no podemos ver, porque están en nuestra mente, son sutiles y se deslizan sin darnos cuenta en las relaciones que establecemos con los otros. Algunos los hemos incorporado con total naturalidad, porque derivan de una ideología con la que nos identificamos; otros los generamos a partir del marco cultural en que vivimos; y algunos los construimos para defendernos cuando estamos embargados por emociones que no sabemos identificar, como el miedo, la rabia o la tristeza.

El inconveniente de los muros es que terminan por socavar nuestra capacidad crítica, nos convierten en seres que responden de forma automática ante determinadas circunstancias y sin mediar una reflexión; pero lo peor de todo es que nos endurecen por dentro y alimentan una rigidez que nos aleja de nosotros mismos y nos dificulta la relación con los otros.

Los peores muros son aquellos que no podemos ver, porque están en nuestra mente, son sutiles y se deslizan sin darnos cuenta en las relaciones que establecemos con los otros.

Los muros oprimen en cualquier situación, tanto cuando alguien huye de un ambiente de miseria buscando una alternativa y se encuentra con esas fronteras blindadas con vallas infranqueables, como cuando estamos tratando de encontrar una vía de entendimiento para llegar a un acuerdo y te das cuenta de que la otra persona no se mueve de sus ideas, no da opción a otras perspectivas y, en el fondo, no quiere construir un puente que facilite el acercamiento.

Levantamos muros para protegernos del otro, en unos casos para que las personas migrantes no invadan nuestro espacio o para que aquellos que tienen otra ideología política o religiosa no convivan con nosotros. Pero también levantamos enormes barreras en nuestra mente, que, a veces, son más excluyentes que las construidas con piedras o hierro. El problema es que los muros dividen, excluyen, categorizan por clases y alimentan el miedo y el odio, nos hacen creer que somos muy diferentes por hablar una lengua distinta, por dirigirnos a Dios con otros nombres o por defender sistemas de vida y tradiciones diversas.

Actualmente vivimos en una paradoja: por un lado, estamos impelidos a un cosmopolitismo inevitable, que nos obliga a hablar otros idiomas y a mantener relaciones de todo tipo con otras culturas, y, además, no podemos impedir el flujo de personas de unos lugares a otros, porque todo está profundamente interrelacionado; por otro lado, parece que cada vez hay más impedimentos que dificultan el necesario entendimiento para construir una humanidad diferente, basada en el intercambio más que en el enfrentamiento. En este contexto, en el que parece que la vida actual nos invita a ser ciudadanos del mundo, sorprende el auge de nacionalismos y colectividades cerradas sobre sí mismas y que excluyen a otros por razones diversas.

“Hay mi verdad y tu verdad, que jamás llegarán a encontrarse. La Verdad se encuentra en medio. Para acercarse, deberá cada uno desprenderse un poco de su verdad y dar un paso hacia el otro”
(Tierno Bokar, sabio sufí)

Necesitamos construir puentes que nos acerquen al otro, que nos faciliten el camino hacia una mayor apertura de mente, que nos permitan comprender las diferentes formas de ver la vida, porque nadie tiene la verdad. El místico maliense y sabio sufí Tierno Bokar, conocido por su tolerancia religiosa y amor universal, dice: “Hay mi verdad y tu verdad, que jamás llegarán a encontrarse. La Verdad se encuentra en medio. Para acercarse, deberá cada uno desprenderse un poco de su verdad y dar un paso hacia el otro”. Efectivamente, debemos reconocer los muros mentales que soportamos, aquellos que nos impiden tender puentes de entendimiento y nos alejan de nuestros semejantes. Debemos identificar los intereses que los sostienen y las emociones que los generan, porque siempre hay una emoción detrás de toda rigidez; la mayor parte de las veces es el miedo que nos despierta el otro por ser diferente.

Crear puentes es trazar un camino de comprensión, que nos permite conocer al otro, y recorriéndolo perderemos el miedo que nos impide convivir conjuntamente; sólo así podremos superar los obstáculos que, aparentemente, vemos en la diferencia y, sobre todo, podremos vivir en paz y menos solos.

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